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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl museo no es una escuela. La política de la estadística y la improvisación.
Es un cliché recurrente en los directores de museos (en Uruguay y el mundo) plantear la necesidad de “dar accesibilidad al arte”, “democratizar la cultura”, y muy especialmente la de “alfabetizar la mirada” del público. Esta última, la teoría de la alfabetización visual, además de tener un nombre bastante pretencioso, cuando se aplica al arte, parte de una premisa falsa: que el arte, al igual que un texto, se puede leer; lo reduce a símbolos estandarizados, a una codificación universal que no solo ignora el proceso de creación y el contexto en que fue creado, sino que también aplana y estandariza la percepción sensible, sensorial, política, afectiva, social e individual de la obra de arte. Reduce el poder de su presencia y la experiencia, creativa y receptiva, a su interpretación literal.
Por otra parte, asume que el público se encuentra en un nivel inferior de conocimiento que no le permite interpretar la obra y, además, presupone que todos debemos interpretarla de la misma manera, ignorando desde dónde surge la mirada del individuo que se planta ante ella. Retorna, así, a una visión elitista, en la que el público debe “alfabetizarse” en ciertos códigos para poder recibir la experiencia del arte. Y tiene, además, un potencial colonizador y adoctrinador, ya que siempre hay “alguien” que indica qué mirar, cómo interpretar, qué imágenes se escogen y con qué fines. Se implanta en el público una mirada institucional, que además puede ser importada, por ejemplo, del MoMA, un gran mall de arte contemporáneo que recibe miles de personas al día, cuyo objetivo es vender entradas, postales y merchandising. ¿Qué programa pedagógico genuino se puede desarrollar a partir de este modelo? O de uno “más serio” como el del Metropolitan, dirigido a los hijos de los members. No creo que esto sea democratizar, sino una forma de recaudar y ofrecer espacio de esparcimiento a la burguesía.
Democratizar el acceso a la cultura no equivale a banalizar sus contenidos. Considero un exceso ocupar espacios museísticos con talleres de expresión plástica infantil, pues resultan poco significativos para el fin que se pretende. En mi perspectiva, tales talleres tienen escasa relación con el auténtico despertar artístico en los niños, y se acercan más a un gesto simpático hacia los padres. Porque el arte es, en esencia, inscripción social, historia de vida, temperamento y obsesión; se nutre de experiencias individuales y sociales adultas. Por ello, los talleres de expresión infantil deberían desarrollarse en ámbitos más apropiados, donde prime la proximidad y la afectividad, en lugar de llevarse a cabo en espacios tan institucionalizados e impersonales como los museos. Para esto propongo que se trabaje en colaboración con las maestras y educadores, quienes verdaderamente conocen los contextos sociales de los niños porque diariamente conviven con ellos y sus realidades, y que luego en sus aulas apliquen las tareas que consideren más apropiadas con relación a la visita al museo, adaptándolas a lo que Jesualdo Sosa llamaba los “centros de interés” del niño y su comunidad escolar.
Esto no es contradictorio con la necesidad real de desarrollar desde el museo programas pedagógicos profundos. Pero, para ello, es preciso definir y replantear permanentemente el sentido del arte, el sentido del artista y el sentido del público. La obra de arte contiene un relato, pero este es una ínfima parte de un todo misterioso y mágico, que conforma algo tan profundo e inexplicable que no debería ser menoscabado, vulgarizado, buscando solo presencia de un público masivo. El museo debe contar con una museografía, una expografía y un guion adecuados a las exposiciones que presenta, ofrecer visitas guiadas, brindar al público información biográfica y complementaria sobre el artista y su contexto: temporal, social, político, económico, cultural, etc. Pero las buenas exposiciones son, en sí mismas, los mejores programas pedagógicos que se pueden brindar. Se pueden acompañar con charlas, disertaciones, películas, música, etc., pero las prácticas educativas se realizan mejor en la escuela con quienes tienen el conocimiento e información para trabajar con esos niños y adolescentes, sin imponer lecturas descontextualizadas, sin programas que “enseñan a mirar”.
El arte no necesita intérprete: se comunica con el espectador en forma directa, conmueve por su contenido y su presencia; el arte es universal y se conecta con cada persona de la forma en que esta lo recibe, habla el lenguaje de quien se enfrenta a él sin necesidad de traducciones. Es transformador y provoca reflexión por sí mismo, y todo el público puede acceder a él si lo desea, si lo necesita, no como una actividad más de consumo social: cuando un amante del carnaval entra al Teatro de Verano siente que entra al templo de Momo; cuando un amante del fútbol entra al Estadio Centenario, siente que entra al templo del fútbol; del mismo modo, quien entra al MNAV debe sentir que entra al templo del arte nacional, no en un sentido elitista y excluyente, sino como un espacio donde se enfrenta a una experiencia única, elevada y transformadora. Un lugar donde el arte le “habla directamente”.
Cuando el museo de mayor relevancia del país, que cuenta con solo dos pisos y cinco salas de exposiciones, anula una de ellas para convertirla en taller de expresión infantil, el programa curatorial plantea eliminar las exposiciones monográficas y que las muestras se extiendan entre cuatro y ocho meses, me pregunto cuál es la visión que el gobierno de izquierda tiene para la cultura uruguaya, más específicamente, hacia las artes visuales.
Suprimir las muestras monográficas, descontextualizando las obras de los artistas, borra la existencia del artista como individuo que crea su obra atravesado por un proceso, un contexto y una historia personal que es única y propia. Instalar una obra al lado de otra, en un diálogo sin sentido y que posiblemente ni siquiera es de interés para los creadores, apropiándose del discurso del artista para mostrar una mirada ecléctica y posmoderna, que vacía la obra de contenido, omite la trayectoria y producción del autor y diluye su excepcionalidad en el mar de la generalidad.
Es posible realizar una curaduría que busque estas contradicciones y diálogos, pero no puede ser el programa para los próximos cuatro años. La arbitrariedad de instalar una mirada políticamente correcta, implantar una forma de ver propia del buscador de Google, que lejos de incentivar la reflexión la licúa, mata el aura de la obra para instalar un relato que solo lleva a unificar la mirada.
Ante todo, lo que se percibe es una política cultural que se desarrolla desde la improvisación y la estadística. No es mi intención personalizar esta reflexión en la directora del MNAV, ya que ella está desarrollando el programa en el que cree. Me refiero a las autoridades de izquierda: ¿cuál es el programa que se ha pensado? ¿Se ha analizado seriamente el proyecto propuesto para el MNAV (y otros espacios del MEC), o solo importa que los colores de las gráficas de estadísticas estén balanceados? ¿O exhibir un número elevado en el contador de visitas?
La obra de Camnitzer El museo es una escuela, a la que hace referencia el título de esta carta, propone una mirada transformadora con relación al diálogo que se produce entre el artista y el público en el ámbito museal; la escuela, en su sentido ideal, como espacio de coconstrucción y convergencia de miradas disímiles. Es el resultado de un proceso de reflexión del artista en el campo del arte conceptual y la pedagogía: es una obra de arte conceptual. En este sentido, en ocasión de su exposición retrospectiva en el Reina Sofía, María Acaso (jefa del área educativa del museo) observaba el riesgo de tomar esta frase en forma literal y que el museo se convirtiera en una escuela tradicional, con modelos jerárquicos, aprendizajes no reflexivos y sistemas de control. Agregaría a esto el potencial uso de esta frase como un eslogan, moralmente complaciente pero vacío de contenido, interpretada solamente con un fin demagógico que no enriquece la reflexión, sino que la edulcora para hacerla apta para todo público. La convierte en una forma más de entretenimiento y esparcimiento: un producto más de consumo en el que el arte y los artistas se vuelven meros pretextos y donde lo fundamental no es la confrontación con la obra, sino el consumo de una atmósfera cultural.
Atentamente.
Ricardo Lanzarini