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Cómo Daniel Hendler unió policías, quesos y astrología en una sola película

El director y los protagonistas de su película, Un cabo suelto, Pilar Gamboa y Sergio Prina, estuvieron en Uruguay previo al estreno de esta comedia (el jueves 9), que basa su humor en el choque de universos aparentemente incompatibles

Editora de Galería

Es el martes de Semana de Turismo por la tarde y un trío de artistas de fama discreta acapara las miradas de los visitantes que, al ritmo pausado de esos días extrañamente calurosos, se toman un café, salen de ver una película o eligen un libro en un centro cultural de Pocitos. Son Daniel Hendler, Pilar Gamboa y Sergio Prina, y vienen a promocionar Un cabo suelto, la película de Hendler que transcurre en Uruguay pero coquetea con el concepto fronterizo y las diferencias (y similitudes) culturales entre uruguayos y argentinos.

La historia, cuenta Hendler, “apareció de la nada”, mientras escribía otro proyecto. Un cabo (Sergio Prina) anda suelto por el litoral uruguayo. Viene huyendo de Tucumán, algo vio que no debía ver y que involucra a policías de mayor rango. Dos, en particular, que le vienen siguiendo, no sin torpeza, los pasos. Este cabo suelto sabe que no puede detenerse, pero en el free shop de la frontera conecta con la vendedora (Pilar Gamboa), y las ganas de volver a verla hacen que alargue su escala y demore unos días en seguir viaje.

La escena que se le empezó a “aparecer” a Hendler, también guionista de la película, es una de las primeras, cuando este cabo visita un puesto de quesos en la ruta e intenta hacer valer su autoridad sobre el puestero (Alberto Mandrake Wolf) en una especie de control bromatológico improvisado. “Veía como un duelo entre esos personajes que ocultaban cosas y, en ese ocultamiento, la posibilidad de escribir una historia, a ver qué aparecía detrás”, cuenta Hendler.

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Sergio Prina con Alberto Wolf en la escena que Hendler imaginó y dio origen al resto de la historia.

Sergio Prina con Alberto Wolf en la escena que Hendler imaginó y dio origen al resto de la historia.

La charla empieza con la dificultad de Hendler en encontrar buenos títulos para sus películas y sigue con la importancia de contar historias pequeñas, los desafíos de la continuidad del cine de autor en el contexto argentino y cómo se llevan los tres con los cabos sueltos.

La película tiene un humor muy particular, con juegos de palabras. ¿Es el humor Hendler?

Daniel Hendler: No tanto, el juego de palabras es algo que creo que nunca desarrollé demasiado. Es cierto que cuando el título se conformó como un juego de palabras me pareció que estaba bueno meter ese juego entre estos personajes, como un código entre ellos que también justificaba el juego del título. Pero es bastante novedoso. De hecho, los títulos de otras cosas que hice en general son medio malos, tengo dificultades para encontrar buenos títulos y en este caso, cuando apareció Un cabo suelto después de una búsqueda larga, sospeché; dije: es demasiado bueno para la película, hay algo acá que no funciona.

Pilar Gamboa: Norberto apenas tarde (el primer largo de Hendler como director) es un titulazo, me parece espectacular.

D.H.: Pero puede resultar extraño.

P.G.: A mí me encanta. Es un titulazo. Eso de: soy malo para los títulos después de Norberto apenas tarde…

¿Hay que tener cuidado, en estos tiempos de sensibilidad social, con el humor?

P.G.: Yo no concibo otra manera de ver el mundo si no es a través del humor.

D.H.: ¿Consigo o concibo?

P.G.: Concibo.

D.H.: Bien. Por las dudas.

P.G.: No consigo también estaba bien…

Sergio Prina: “No me gustan mucho los juegos de palabras” (ríen).

P.G.: No concibo ni consigo ver el mundo si no es a través del humor. Siento que la única manera de pensar la tragedia es riéndose. Me cuestan las cosas que no tienen nada de humor. Me cuesta la solemnidad, me cuesta el mensaje, la bajada de línea. Yo siento que a través de la risa el espectador descarga algo que acerca. Y para mí el pensamiento más profundo, la pirueta más mágica, es cuando uno se ríe y después puede pensar hasta incluso por qué se rio de eso. Para mí, si no está el humor, es complicada la vida, y también la ficción.

S.P.: Algo que está bueno también es que en el rodaje no se habló del humor, en ningún momento hubo una bajada donde dijimos: esta escena va a ser muy graciosa. Hay algo del guion que escribe Dani que es muy inteligente, la forma en la que se construyen las escenas, los personajes, que pareciera que no pueden convivir y de repente están juntos, y hay algo de esa tensión que empieza a producir un humor muy particular que tiene la peli.

D.H.: El humor está y ni siquiera tenés que sacarlo a relucir, es saber que está. Y creo que la película trabaja un poco con esa idea, o al menos es la intención, de pensar que todo en el fondo tiene humor o puede llevar al humor, y eso genera una especie de expectativa o casi de suspenso. No saber si las cosas se van a volver cada vez más densas o más pavas.

P.G.: El humor se desprende de las situaciones. Y me parece que ahí hay una pirueta inteligente, como que en el choque de los mundos se produce el humor y no hace falta reforzarlo: está sucediendo y está todo el tiempo ahí, por lo bajo.

D.H.: Y está esto del choque que decía él (Prina): el choque de cosas distintas, de universos en apariencia incompatibles. Creo que la película está signada por la convivencia de cosas disonantes. Me hace acordar a un juego que hacía con mi madre en el auto cuando era niño. Ella me decía que la consigna era encontrar dos palabras que no se pudieran unir en una misma frase. Obviamente, era un ejercicio imposible, porque siempre podés encontrar una frase que las una, pero el ejercicio de buscarlas era interesante. Para mí, la película tiene que ver con eso, con buscar cosas que en principio no podrían ser parte de una misma película. Por ejemplo: policía-quesos-luna, o policía-quesos-astrología.

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Pilar Gamboa interpreta a la vendedora de un free shop y Sergio Prina a un cabo escapado de la policía argentina.

Pilar Gamboa interpreta a la vendedora de un free shop y Sergio Prina a un cabo escapado de la policía argentina.

¿Y por qué la decisión de que el protagonista cruzara la frontera de Argentina a Uruguay? ¿Una necesidad de plasmar ambos países en su idiosincrasia o de mostrar al personaje como en un limbo, cambiando de rumbo?

D.H.: Supongo que era una excusa, una oportunidad de bromear con esas diferencias culturales pequeñas y grandes entre uruguayos y argentinos y, sobre todo, cómo le hacen pisar el palito a este tucumano que se camufla de uruguayo y no le es tan fácil.

¿Qué sienten que dice la película de Uruguay y de Argentina?

D.H.: Que Uruguay es bueno y Argentina es mala, ¿no? (ríen).

P.G.: A mí me parece que hay como una cercanía cultural inevitable con Uruguay. Él (Daniel) es como un infiltrado, como que es un poco de ningún lado. De hecho, tiene más tiempo en Argentina ya que en Uruguay; o sea, es más argentino que uruguayo, aunque ustedes se lo quieran agenciar.

D.H.: Sigo teniendo más tiempo en Uruguay. Me mudé (a Argentina) a los 27 o 26, y tengo 50.

S.P.: Estás ahí.

P.G.: Lo que digo es que el lenguaje de la película me parece que tiene que ver con la poética de él de ser un poco de los dos lados. Fue reloco porque en Argentina la gente se ríe de lo mismo que en Uruguay; el chiste, la situación sucede igual, de la misma manera, con la misma intensidad.

D.H.: A ver, cuando aparece el momento que él (Sergio) presenta su termo y su mate frente al personaje de César Troncoso, y Troncoso con su termo le echa una miradita a ese kit de mate que claramente no es del lugar, de esa miradita el público en Uruguay se rio y en Argentina no. Es una miradita, y se entiende todo. Pero es una sutileza. Es verdad que el humor funciona (en ambos lados) y es verdad que no hay resentimiento en las risas.

¿Creen que las películas les llegan cuando están listos?

P.G.: En el caso de Argentina no están llegando en ningún momento (ríen). Por ahí en otro momento te hubiese dicho que sí, pero ahora no hay manera de hacer nada. Pero en un contexto más amable te diría que sí. Capaz que es contrafáctico, pero es cierto que cuando las cosas se dan, después, con el diario del lunes, entendés por qué se te dieron ahí y no en otro momento. A mí me pasa, más que con los proyectos, con los personajes. Es medio raro y extraño lo que te digo, pero sí, como: mirá este personaje, yo estaba justo pensando en esto y me proponen esto, ponele.

D.H.: Estabas pensando en dormir tipos y robarles y justo aparece Viudas negras (ríen).

P.G.: No, no. Me ha pasado más con el teatro, como esta sincronía de: te estás separando y te llega una (obra) de separación. Hay algo raro ahí en el mundo de lo que tenés que actuar, de las energías. No me pasa todo el tiempo, pero me ha pasado varias veces, y es como: qué bien, se ve que tengo que canalizar acá todo.

S.P.: A mí no me pasa. Siento que no tengo conexiones de otro orden con las cosas que hago. Soy alguien que no le pasa mucho ni con las energías ni con nada.

D.H.: No tiene sensibilidad el Negro (ríen).

S.P.: Sí, tengo sensibilidad, pero no de esa.

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Sergio Prina, Daniel Hendler y Pilar Gamboa.

Sergio Prina, Daniel Hendler y Pilar Gamboa.

Ahora que Pilar hablaba de la situación de la cultura en Argentina. ¿Cómo la ves vos, Sergio?

S.P.: Es terrible. Yo vivo en Tucumán, que es una provincia pequeña en donde antes, cuando todavía se filmaba, ya era muy difícil filmar. O sea que ahora es prácticamente imposible. La primera película que hicimos la hicimos con subsidio del Incaa (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) hace un montón de años, y creo que si no hubiese existido el Incaa en este momento yo no estaría acá. Ni yo ni muchos colegas que tuvieron la posibilidad de poder filmar solamente porque existía un Incaa, que hacía que las provincias de alguna manera pudieran desarrollar algunos proyectos. Siento que ahora está muy jodido, muy difícil.

¿Y cómo resisten?

S.P.: En Tucumán, la forma de resistencia que se está encontrando de alguna manera es que amigos que tienen equipos se están juntando con amigos que tienen guiones y con algunos actores, y decimos: che, esta idea está buenísima. Y nadie cobra nada.

D.H.: Es una resistencia espiritual.

S.P.: Y después ver la manera de que eso circule por algunos espacios…

P.G.: Me parece que no dejar de hacer es una manera de resistir.

D.H.: Por supuesto.

S.P.: Sí, me parece que es supernecesario. Yo no le veo mucho la vuelta más que resistir de esa manera, haciendo y generando lazos con gente que está en la misma. No me lo imagino de otra manera, o prendiendo fuego todo o así, no sé.

P.G.: Es que, si se apaga eso, si encima también se llevan el deseo de hacer, ya está, ganaron para siempre. Estamos fritos si se llevan el deseo de hacer. Y yo creo que en Argentina no se lo van a llevar, justo es una sociedad en la que los artistas no van a dejar de hacer. Además, si no hacés, te volvés loco, no podrías dejar de escribir, dejar de actuar, dejar de pensar. Eso no es capital de ellos. Te pueden dejar en culo, pero no te van a sacar ese deseo. Me parece que sí es una manera de resistir.

D.H.: Hay una provocación, porque el dinero que se recauda por un impuesto del 10% a las entradas de cine y a las productoras que hacen publicidad en televisión, un impuesto que sale del mismo sector, ese dinero está, pero simplemente no se sabe a qué se está volcando. Y cuando se vuelca, se vuelca con parámetros absurdos, se premia a las películas que no necesitan el subsidio. Por ejemplo, para darte el subsidio la película tiene que tener más de 100.000 espectadores y/o venderse a plataformas. Son justo las películas que no necesitan. Y es castigar a la cantera donde tiene que discutirse el lenguaje cinematográfico, donde tiene que formarse gente, donde tiene que generarse un sector con movimiento de trabajo. Eso es lo que se corta y eso es lo que hizo que el cine argentino también creciera tanto y conquistara muchos territorios y generara lazos comerciales internacionales. Entonces, obviamente hay un castigo directo, no es que sea una estrategia, es que se está planteando otra forma de pensar, es un castigo directo.

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Sergio Prina y Néstor Guzzini en una escena de Un cabo suelto.

Sergio Prina y Néstor Guzzini en una escena de Un cabo suelto.

Se está incentivando cierto tipo de cine.

P.G.: Hay una lógica que es así: darle dinero al que tiene dinero.

D.H.: Un ejemplo que recuerdo ahora: Whisky, la película uruguaya, recibió los premios de guion del instituto del cine, que en ese momento creo que era el FONA (Fondo para el Fomento y Desarrollo de la Producción Audiovisual Nacional). Pero cuando le fue bien y ganó un premio afuera, (los directores) decidieron devolver los premios de guion (al FONA). Es absurdo que una película que hace más de 100.000 espectadores reciba ese subsidio: no, gracias, a mí no me lo den, dénselo a todos estos proyectos tan importantes para que se desarrolle un lenguaje cinematográfico propio, para que haya trabajo.

S.P.: Es que también se coloca la actividad en un lugar que solamente tiene que ver con lo mercantilista, como si solamente las cosas funcionaran si generan dinero. O sea, es cierto que el cine es una industria que genera un montón de puestos de laburo, pero además hay un montón de otras cosas que se generan de fondo y que son igual o más importantes. En ese sentido me parece más terrible, porque qué se discute, qué es lo que se quiere ver en una película. A mí me pasa mucho con el norte argentino, que siento que queda muy relegado, muy al margen. Ya estaba al margen antes. El único actor de Tucumán que está laburando, que tuvo una continuidad en películas, en cine, te podría decir, en los últimos quizás 50 o 60 años, soy yo; uno en una provincia entera. Y no tiene que ver con que sea mejor o peor, tiene que ver con una cuestión de oportunidades solamente. Tucumán tiene una escuela de cine que tiene un montón de años, una facultad de teatro que tiene un montón de años. Hay un polo cultural recontrafuerte. Y no sucede, no pasa. Y siento que ahora pasa mucho menos. Para mí es terrible.

P.G.: Por eso el discurso de la directora (artística, Alejandra Trelles) de Cinemateca en la apertura del festival (donde se estrenó Un cabo suelto) fue muy interesante. Ella decía que el cine es político. ¿Qué nos queremos hacer los que no? Sí, y así tiene que ser. Me emocioné un montón con su discurso. Está pasando tan poco en Buenos Aires y en Argentina en relación con eso que me emocioné por contexto. Por ahí, si en Buenos Aires siguiese estando como el hervidero, tendría otra mirada. Pero fue muy emocionante ver un país que tiene un festival de cine con 200 películas, que la gente puede ir a ver cine durante dos semanas, con una curaduría espectacular. Fue emocionante y triste. Pensaba: qué bueno que lo tienen, qué mal que estamos nosotros.

Volviendo al tema de la película, que tiene mucha simpleza, mucha sencillez. ¿Les parece que falta un poco de esa simpleza en el mundo?

D.H.: Yo creo que todos los personajes son un poco hasta…, que esa línea que divide buenos y malos está un poco corrida, desdibujada. El cabo tiene todos los elementos para hacer la representación de un malo. Y, sin embargo, sabemos que ahí hay un tipo desesperado, con una zona noble que los demás advierten. O al menos tratan de presionar para que salga. Y los malos son unos tarados también. Inés Bortagaray, la escritora, que es amiga mía y jurado junto conmigo en el festival, me dijo algo muy lindo: que le parecía transgresor que la película fuera compasiva y tuviera ese cariño hacia los personajes.

P.G.: Es que me parece que el mundo es más así que de la otra manera, aunque nos hagan creer lo contrario. Ves una película así y decís: sí, es más así. Lo que pasa es que después está todo el negocio del artificio, de lo que te quieren hacer creer, que son todos crueles contigo entonces vos tenés que ser cruel.

D.H.: Pero el mismo Negro tiene unas anécdotas brutales. De encuentros con personas en la calle, que se ayudan entre sí y terminan amigos para siempre, ¿o no? Le pasa todo el tiempo.

¿En Tucumán?

S.P.: En Tucumán, sí, siempre me pasan cosas y termino medio de comedido ayudando a alguien que se le quedó el auto. Me voy, dejo a mi familia, vuelvo, le arranco yo el auto y el tipo se va, y resulta que me dejo el celular adentro del auto del tipo. Al otro día me doy con la noticia de que el chabón encuentra el celular y me lo trae. Después, otro que también tenía un problema con el auto, que no podía salir y tenía que vender una mercadería. Entonces le dije: pasemos la mercadería a mi auto y a las cuatro de la mañana te ayudo yo a repartir. Entonces me fui, le llevé la mercadería y cuando volví es como una hermandad con el tipo. Un día me lo encuentro y le digo: se me quemó el tele. Y me dice: ¿te doy la tele de mi casa? No, no, pará.

D.H.: Y también han sido inicialmente buenos contigo.

S.P.: Sí, he recibido ayuda también. Estoy pensando cosas, no lo puedo organizar, pero pienso que la pregunta sería: ¿qué es lo importante para contar? ¿Cuáles son las cosas que nos quieren hacer creer de las que tenemos que hablar realmente? Esto es importante y esto no es importante, ¿no? Siento que esta película nos mete en un terreno donde los personajes son más humanos, son más complejos, están ahí en el borde, van un poco mal, un poco bien; nadie es tan de un lado ni tan del otro.

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¿Y cómo se llevan con los cabos sueltos?

P.G.: En lo vincular, me llevo mal. Cuando me queda un cabo suelto en una relación me llevo mal. En las cosas más cotidianas de la vida, no me interesan. A los cabos sueltos más mundanos de la cotidianeidad los suelto.

D.H.: Ah, esos son los que yo no puedo soltar.

P.G.: Te la tiré para que dijeras ese remate.

D.H.: Cada vez que me voy pensando que dejé algo mal ubicado, donde no va, no puedo convivir con eso.

P.G.: ¿Y los vinculares?

D.H.: Y…, al revés. Es la contradicción misma inherente a los vínculos (ríen).

P.G.: Es el masculino y el femenino.

D.H.: ¿Y vos, Negro?

S.P.: No, con los vínculos no me gusta tener cabos sueltos, me gusta que las cosas estén más o menos ordenadas, más o menos claras. Me cuesta un montón llegar a esa zona de claridad, a veces siento que yo hago cosas para que no se aclaren y a veces hago cosas para que se aclaren. Estoy en esa, yo no hice terapia nunca, tengo 45 años y voy a empezar a hacer terapia justamente por algo de esto, de algunos cabitos sueltos en relación con lo vincular que todavía digo: ay, ¿por qué es así? Esto lo debería poder aclarar.

P.G.: Pero lo rebotaron tres terapeutas. Dijo: voy a empezar, llamó a tres y los tres le dijeron que no lo podían tomar.

D.H.: ¿Por qué no te pueden tomar?

S.P.: Están tapados de laburo.

Es una señal, capaz.

P.G.: Eso decíamos ayer.

S.P.: Entonces dije, bueno, no hago terapia.

D.H.: Yo te puedo analizar, Negro, si querés.

Daniel, pasó mucho tiempo desde 25 Watts y El fondo del mar. ¿En qué cambiaste? ¿Qué sentís cuando mirás esas películas?

D.H.: Es difícil resumirlo. Yo, que sí hago terapia, que no me niegan los turnos, puedo decir que no es tan fácil resumir eso…

S.P.: Voy a aprovechar y le voy a mandar un mensaje (al terapeuta), para no dejar este cabo suelto (ríen).

D.H.: Creo que era Oscar Wilde que decía: lo más difícil de envejecer es que uno sigue siendo joven. Y yo creo que hay algo de uno que cambia y otras cosas que, lamentablemente, siguen igual y hacen que uno tenga que lidiar con eso.

P.G.: El paso del tiempo es una estafa.

¿Y sentís que hay algún tema que esté presente en tus películas como director en general?

D.H.: Como director hay algunas cosas que aparentemente sí, que tienen que ver con esto de la ropa que se pone uno, si es un disfraz o es tu identidad. Eso aparece en general, me parece. Y las empanadas. Aparentemente, salvo en esta película, en todas las series web y un par de mis películas hay empanadas. Gente comiendo empanadas y eligiendo sabores.

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