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Lucía Topolansky: “Yo no reniego de mi vida, la viviría de vuelta así como está”

A un año del fallecimiento de José Mujica, su compañera de militancia y esposa, la exvicepresidenta de la República, lo extraña a cada paso y encuentra su esencia en los recuerdos que construyeron juntos

Coordinadora de Sociales

La memoria de Pepe es el refugio de Lucía. Su ausencia duele, pero los momentos compartidos en cinco décadas la acompañan en cada instante. Un año después del adiós, su huella sigue viva en La Puebla, la chacra de Rincón del Cerro. Lucía lo evoca con emoción, confirmando que el amor verdadero no se apaga con el tiempo.

En una conversación profunda, Lucía reflexionó sobre su vida personal, la militancia, su trayectoria política, la evolución de la sociedad uruguaya y su relación con Pepe Mujica. La dualidad política de su hogar, con una mamá del Partido Demócrata Cristiano y un padre batllista, le resultó formativa. Las movilizaciones en el IAVA (Instituto Alfredo Vásquez Acevedo) y la Facultad de Arquitectura fueron delineando una causa que la llevó a unirse al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Estuvo presa dos veces, y al recuperar la libertad en el año 1985, gracias a la Ley de Amnistía, se reencontró con Mujica para comenzar un proyecto de vida. Se dedicaron a trabajar en su chacra y a militar sin imaginar que en marzo de 2010 ella le tomaría juramento a su esposo como presidente de la República, y siete años después Lucía asumiría el cargo de vicepresidenta.

A pesar de tener personalidades diferentes, respetaban las manías del otro y solían debatir sobre ideas y libros, conociéndose “de taquito”. Ya jubilada, continúa con una activa agenda militante: asesora a los jóvenes, participa en política y trabaja en la chacra. Los tiempos en soledad transcurren entre lecturas diversas, mantenerse informada y preparar conservas. Extraña “todo” de él, sus “rezongos” constructivos, su sabiduría y su manera de ver el mundo. Para preservar su pensamiento se está creando un sitio en su memoria en Ciudad Vieja.

Topolansky se declara feliz con su vida, sin arrepentimientos. Se considera rica en recuerdos, experiencias y personas. Y a pesar de vivir sola, se siente acompañada por su comunidad, sus vecinos y la presencia de Pepe.

Este mes ha sido removedor. Se cumplió un año del fallecimiento de José Mujica y el miércoles 20 fue su cumpleaños. ¿Cómo lo está llevando?

Sí, la gente nos venía preguntando dónde podían homenajearlo, pero en realidad acá no hay una tumba, entonces decidimos hacer ese encuentro en El Galpón, un lugar muy emblemático. Después seguimos con una actividad de voluntariado muy importante para nosotros que llamamos el Mayo Solidario, somos hinchas del voluntariado. Por ejemplo, el domingo pasado estuve en una escuela del barrio Maracaná, pintamos los juegos, la rayuela, la reja de entrada y el director nos mandó una nota que decía que los alumnos estaban contentos porque les parecía todo nuevo. Además, les vamos a llevar algunos arbolitos que ya recogí de nueces pecán, níspero, mandarino, limonero, arbolitos útiles para las maestras y los chiquilines.

¿Pequeñas obras que se traducen en acciones positivas?

Sí, esa pintura los dejó muy contentos. Además, los chiquilines tienen la suerte de tener una profesora de educación física que es jueza de la AUF (Asociación Uruguaya de Fútbol) y ahora con el Mundial están envalentonados con el fútbol. Y como la escuela no tiene nombre y se cumplieron 100 años del nacimiento de Rubén Lena, maestro, director, inspector de secundaria, aparte de ser poeta, propuse que se le ponga su nombre, así la escuela podrá trabajar sobre su personalidad y todas las canciones que cuentan la vida del interior profundo.

Qué contraste con la escuela a la que asistió en Pocitos, ¿qué recuerdos le trae?

Yo fui a las Domínicas. Primero, que era una escuela solo de niñas, eso ya era una diferencia enorme, y una escuela de horario completo, pero no se almorzaba ahí, entonces íbamos y veníamos a casa. También estaba el componente religioso, y todo era más protocolar, más rígido, la época era así. De todos modos, como hice hasta cuarto de liceo ahí, tengo un recuerdo muy lindo de mi profesora de Historia, una de las mujeres más importantes de este país, desgraciadamente poco recordada, Alcira Ranieri, esposa de (Juan) Pivel Devoto. Excelente docente y una historiadora tan importante como él que quedó opacada por la figura de Pivel Devoto. Siempre he dicho, y todavía no he tenido suerte, que es necesario levantar esa figura. La escuela estaba en Ellauri y Montero y ellos vivían en la otra cuadra; si tú precisabas consultar un libro, podías ir a su casa. Ella te hacía gustar la historia y comprender por qué sucedieron ciertas cosas y por qué es necesaria para entender el hoy. Esas clases marcaron mucho mi vida y es de las mejores cosas que recuerdo de ese tiempo.

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¿Cree que su vocación por el voluntariado comenzó en el colegio católico?

Sí, cuando estaba en segundo de liceo había una asistente social con la que hacíamos voluntariado, hablo del año 1958. Íbamos a Aparicio Saravia, a los asentamientos, que en ese momento se les llamaban cantegriles. Ella hacía trabajo social con las familias y nosotros con el juego, el vóleibol, empatizábamos, descubríamos ese mundo a través de la amistad con los de nuestra edad. Y eso me sirvió para darme cuenta de que el mundo era más grande que mi entorno, que lo veía y podía vivenciar.

¿Le gustaba el vóleibol y dibujar?

Sí, siempre me gustó dibujar. Es más, me hubiera gustado tomar clases de dibujo, pero como correspondía a las tradiciones de la época una niña tenía que aprender baile, pero yo no tenía oído para la música y, además, en la escuela había una profesora de canto que nada más hacía cantar a las niñas entonadas y las demás nos aburríamos, entonces a mí no me gustaba y armábamos lío. Mi madre y mi abuela me mandaban a una clase de baile que para mí era casi una tortura. De cualquier manera, yo dibujaba en casa porque mi abuela paterna, que vivía con nosotros, había sido pintora y mi padre, que era ingeniero, también dibujaba, entonces había ambiente para esa expresión. Después, cuando ingresé a Facultad de Arquitectura, había un coro muy emblemático en el año 64, que lo dirigía Coriún Aharonián, uno de los mejores musicólogos de Uruguay. Él invitaba al coro a los de primer año, pero yo era un desastre, tenía una zanahoria en la oreja, y él me dijo que todos podíamos hacer música. Me rompió todos los esquemas, participabas en el coro, en la percusión, en lo que fuera; no serías solista, pero no te excluía.

¿Y por qué armaron una huelga?

En el 58 fue el año de la Ley Orgánica de la Universidad de la República, había una movilización estudiantil que nosotros mirábamos desde un balcón. Todos los estudiantes se movilizaban con aquel emblemático rector de la Universidad, Mario Cassinoni, que encabezaba las movilizaciones. Era año electoral y secundaria acompañaba, entonces un día decidimos hacer un paro, pero no pasó nada. Después de cuarto de liceo, casi todo el mundo caía en el IAVA, como yo, y después entré a la Universidad, éramos pocas mujeres.

En esa época el destino de una mujer era conseguir un marido antes que estudiar. Casi todo el mundo tenía un proyecto de familia, de matrimonio. Recuerdo a una compañera, la mejor de nuestra clase, que tuvo un conflicto grande con su familia por querer estudiar teatro. Esta muchacha luchó contra viento y marea, pero al final se suicidó.

¿Usted no pensaba en casarse?

No, yo no, yo era bastante anárquica en eso, tenía mucho sentido de la libertad, de tratar de hacer lo que quisiera en la vida. Y en realidad hice lo que quise en la vida. En el acierto o en el error hice lo que quise. Porque uno siempre tiene que romper los prejuicios de la época. Cada generación le hereda a la siguiente, sea consciente o no, los avances en las cosas.

¿Su madre qué pensaba?

No, mi madre era una persona supertolerante. Ella no había podido estudiar no por una razón económica, sino porque terminada la escuela le hicieron estudiar un idioma, un poco de piano y no sé qué más. El hermano se hizo abogado porque era varón. Entonces ella terminó siendo una autodidacta, le encantaba leer. Se ilustró sola porque tenía esa inquietud, pero no era lo habitual en una mujer nacida en 1908 en Colonia. Mirá cómo serían los prejuicios. Mi abuelo era juez de paz, acababa de terminar la guerra del 4 y Colonia no tenía lo que hoy es el gran turismo, ese barrio (el casco viejo) era el barrio de la prostitución, donde además estaba la estación de tren de los ingleses. Entonces mi abuela mandaba a mi madre a estudiar inglés con la señora del jefe de la estación. Ella además de inglés le enseñaba a hacer gimnasia, pero a mi abuela le parecía un escándalo, aprender gimnasia no era para una mujer. Y bueno, mi madre tenía una cabeza abierta, aunque solo había una generación de diferencia. Nosotros fuimos a una escuela católica porque ella era católica, mientras que mi padre era batllista, nunca pisó una iglesia, salvo el día que se casó. Eso pasaba en el Uruguay. Los batllistas, esos de (José) Batlle y Ordóñez, eran radicales. Y había muchos hogares con esas dualidades. Paradójicamente, mi madre, que votaba la Democracia Cristiana, después votó al Partido Demócrata Cristiano, entonces ella llegó al Frente Amplio, cosa que nunca pasó con mi viejo. Sin embargo, mi padre tenía esas ideas avanzadas de Batlle y Ordóñez, que fue un político de fuste para el Uruguay en su tiempo y hasta el día de hoy. Te voy a contar esto: el otro día fui a San Pablo y a Minas Gerais, porque las universidades me querían entregar un honoris causa para Pepe. Y allí encontré un grupo de politólogos haciendo un posgrado, y en la tesis se plantearon por qué Uruguay a principios del siglo XX tenía leyes más avanzadas que Brasil y entonces descubrieron a Batlle y Ordóñez. Los invité a conocer Uruguay para entender su esencia. El Partido Colorado tiene un archivo maravilloso de todo su pensamiento, hay historiadores como (Gerardo) Caetano que han hecho libros, además, están las editoriales del diario El Día, hay actas parlamentarias donde se discutieron leyes fundamentales. Domingo Arena en su discurso, cuando, hace más de 100 años, se aprobó la Ley de Ocho Horas, la ley de horario obrero, dijo una cosa increíble, “espero que esta ley no dure mucho”, porque esperaba que fuera superada por el progreso social, y ahora estamos en la discusión de las seis horas. En esa etapa de mi vida yo tenía una confusión porque todas las elecciones las ganaba el Partido Colorado, entonces, para mí el Partido Colorado y el gobierno eran más o menos lo mismo. Y recuerdo que cuando estaba en tercero de liceo por Radio Carve escuché la caída de (Fulgencio) Batista, la toma de La Habana. Todo eso se transmitía por radio, no había televisión.

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Ese hecho marcó su futuro.

Totalmente. Recuerdo que Marcha publicó el discurso que dio Fidel (Castro) en su autodefensa cuando estuvo preso, La historia me absolverá. Y en el año 59 vino al Uruguay, había inundaciones y el joven general (Liber) Seregni lo llevó en helicóptero a recorrer la zona. Hace un tiempo dije que los blancos eran jettatores porque en sus gobiernos siempre hay una catástrofe. Llovía tanto que aparecieron en Uruguay los pilots de nylon, me acuerdo de que me compraron uno azul, era una novedad, como si ahora te compraran un iPhone.

¿Y en qué momento esos contrastes la encaminaron hacia su incorporación al MLN?

Desde que íbamos a Aparicio Saravia empecé a darme cuenta de que había otro mundo, después en el IAVA con las movilizaciones estudiantiles… También recuerdo la primera marcha de Los Cañeros, que me llamó la atención porque eran trabajadores con un aspecto que no tenían los de Montevideo. Aunque el derecho laboral existía en el Uruguay no llegaba al norte, eso empezó a estar claro en mi cabeza. Y después en la facultad me metí en un mundo donde se discutía de política, se conversaba mucho entre alumnos y profesores, y Arquitectura tenía esa tradición de lucha, la esquina de Bulevar (España) y Bulevar (Artigas) era emblemática. Las luchas estudiantiles por el presupuesto te obligaban a pensar cosas nuevas. Y eso fue trayéndome la politización. En todo el continente se discutía cuál sería la vía para llegar al poder. Había dos posturas en la izquierda latinoamericana. La vía electoral, que Salvador Allende encaró más emblemáticamente en el sur, y la vía armada, más identificada con la Revolución cubana. Pero después había dictaduras en muchísimos países. Ahora bien, yo tuve la suerte de entrar al paraninfo de la Universidad cuando el Che (Ernesto) Guevara dio una conferencia que presentó Salvador Allende. En ese momento no pude medir la importancia que esas dos personas iban a tener en el contexto latinoamericano. A la salida hubo un atentado en el que murió el profesor Arbelio Ramírez y eso también nos impactó mucho, eso fue un clic. Después vinieron las muertes de Líber Arce y Susana Pintos, y todas las medidas de seguridad del período pachequista. Todo eso radicalizaba el ambiente y, en ese marco, me sumé al Movimiento de Liberación Nacional.

¿Su hermana melliza ya se había incorporado?

Sí, pero ella militó por una cuerda aparte y mi hermana más chica, que también estuvo presa, también militó por una cuerda aparte. En realidad, no fue una militancia familiar, sino que cada uno tuvo su experiencia personal y tomó su decisión.

¿En algún momento midió los riesgos o las consecuencias?

Es difícil contestar esa pregunta, porque cuando uno está en un momento histórico, en un clima determinado, como dice (José) Ortega y Gasset, es parte de eso. El Movimiento de Liberación Nacional tenía un promedio de edad de 22 años, había muy pocos viejos, entonces, obviamente uno sabía que el riesgo podía ser la muerte, la cárcel o el exilio, pero creo que no lo pensábamos… Pesaban más la causa y la determinación de lucha, estábamos convencidos de que valía la pena. El convencimiento y el compromiso valían más. La primera vez que estuve presa, diría que estuve media hora, porque ya sabía que se estaba planificando una fuga, fueron pocos meses. La segunda vez fue una prisión larga, pero hay una cosa que es verdad, que repetía Pepe: esas situaciones extremas, si a uno no lo destruyen, lo fortalecen.

¿Qué hacían para sobrellevar la prisión?

Primero, no hay que sentarse a llorar porque uno está preso, sino pensar que en un momento dado uno va a salir. Después, tener un cierto grado de educación, de cultura, es una herramienta valiosísima, y la causa, llegué acá porque estaba peleando por esto, eso es importante. Tratábamos de llenar el tiempo con actividades culturales, lectura, canto, manualidades, lo peor es el tiempo vacío. Cuando se está en colectivo, como me tocó estar a mí, es una ventaja, aunque a veces también puede haber tensiones porque es un espacio pequeño con mucha gente, pero yo pienso que igual tiene ventajas sobre la soledad.

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¿Le llegaban cartas, escribía?

En todos esos años solo me llegó una carta de Pepe. No me acuerdo si me dijo si le llegó alguna mía porque estaban las censuras de los dos lugares y a veces te entregaban un papel todo tachado.

¿Y cuándo se conocieron exactamente?

En la militancia. Nos fuimos conociendo, y un día los dos estábamos libres de pareja y decidimos seguir juntos. Es difícil explicar estas cosas para quien no estuvo en la lucha clandestina ni en la persecución porque de repente hoy vivías ese momento y al día siguiente estabas en la cárcel o muerto. Entonces todas las cosas tienen un tinte que es muy difícil de explicar.

Al principio los unía la causa y después…

Siempre les he dicho a los compañeros jóvenes que, cuando hacés un proyecto de vida con otro, tenés que compartir la causa. Si tuvieras causas contrapuestas, no sé cómo lo desarrollarías. Imposible. Podés tener causas complementarias, pero tiene que haber un proyecto de vida, y la vida de un militante es insoportable.

Cuando salió de la cárcel el 14 de marzo de 1985 y se reencontraron, ¿cuál era el proyecto?

Dijimos “¡vamo arriba, hay que reconstruir!”. Al día siguiente salimos a buscar un local, así como te lo cuento. Cuando salí, los policías me dejaron en la puerta de mi casa, saludé a mi familia y me encontré con las compañeras en la plaza Libertad. Un compañero me arrimó hasta la casa de Pepe. Nos encontramos en la nochecita y desde ese momento seguimos hasta el 13 de mayo pasado.

¿Y cómo presentó a Pepe a su familia?

Durante el tiempo en la cárcel sabían que él era mi compañero. Después que salimos, lo llevé a mi casa y lo primero que Pepe le dijo a mamá fue: “Le quiero agradecer por su hija”. Entonces mi vieja quedó contentísima porque fue el primero de sus yernos o nueras que le agradeció. Se la compró hasta el día que murió.

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La mamushka con la cara de Pepe Mujica fue un regalo del senador Aníbal Pereira, quien la compró en una feria de artesanos de la plaza Roja, de Moscú. Tiene las caras de los presidentes: Tabaré Vázquez, Jorge Batlle, Julio María Sanguinetti, Luis Lacalle Herrera.

La mamushka con la cara de Pepe Mujica fue un regalo del senador Aníbal Pereira, quien la compró en una feria de artesanos de la plaza Roja, de Moscú. Tiene las caras de los presidentes: Tabaré Vázquez, Jorge Batlle, Julio María Sanguinetti, Luis Lacalle Herrera.

¿Cómo surgió la idea de tener una chacra?

Cuando Pepe estaba preso pensaba que al salir quería tener una charca, lo escribió en un cuaderno que anda por ahí, desde el nombre La Puebla, qué producir y una serie de cosas que él imaginaba. Al salir se puso a plantar flores en el fondo de la casa de la madre y yo trabajé en la cantina de la facultad. En ese momento lo más importante era trabajar, alquilamos una casita en Paso de la Arena, empezamos a ahorrar y a militar. Más o menos a fines de noviembre del 85, empezamos a salir cada uno con una bicicleta, a buscar una chacra para comprar en cuotas y dimos con este lugar. Al principio nos matamos trabajando porque teníamos unas cuotas tremendas. Esto se llovía como afuera y le encajamos un nylon, para nosotros lo último era la casa. Y les doy un consejo a los jóvenes, que va en contra de esas publicidades que dicen “cambie el baño, la ducha…”: no, no cambie nada, lo primero es producir. Nosotros teníamos agua en el pozo, pusimos un nylon para que no se lloviera, y el que se fue de acá había dejado una cosecha de zapallito y zanahoria para levantar, conseguimos unas gallinas viejas para tener algún huevo y empezamos a plantar flores. Trabajar y trabajar, porque cada tres meses había que pagar la cuota. Después de que pagamos todo, me puse al día con las cuentas, la contribución inmobiliaria, el BPS (Banco de Previsión Social). Y después de remontar todo eso compramos un tractor usado, así que primero equipamos la chacra y recién en diciembre de 2004 decidimos arreglar la casa, ahí ya estaba todo encaminado.

¿Tuvieron vacaciones?

La primera vacación que nos tomamos fue cuando Pepe terminó la presidencia. Fue la primera vez que salimos, fuimos al País Vasco y a Italia a conocer de dónde venían la familia del padre y de la madre de Pepe. Mi familia era muy difícil de ubicar en el mapa europeo porque del lado paterno, de origen polaco, había seis o siete familias cerca de Cracovia, pero no teníamos ningún hilo conductor. Hay varias familias en Austria, una en Barcelona, otra en Sudáfrica y acá en el Río de la Plata. Mi abuelo paterno había emigrado de lo que era el Imperio austrohúngaro, había nacido en Budapest y estudió en Viena. Entonces era muy difícil encontrar el lugar de salida. Del lado de mi madre es peor todavía, Saavedra desciende de José Ignacio Saavedra, un hermano de Cornelio Saavedra, el libertador de Argentina.

¿Cuándo pensaron que Mujica podría convertirse en presidente?

No, ninguno de los dos lo pensaba. Se dio así por las circunstancias de la vida. Nunca nos planteamos la militancia como una profesión. La militancia es una pasión, un compromiso político. Por tanto, no pensábamos hacer una carrera, primero edil, después diputado… No era ese el camino.

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El recuerdo de Manuela en un estante de la chacra.

El recuerdo de Manuela en un estante de la chacra.

¿Y cómo fue tomarle el juramento el 1º de marzo de 2010?

Le tomé juramento porque encabezaba la lista del sector más votado del partido que había salido electo. Yo siempre tuve mi militancia propia y como esposa jamás hubiera firmado ni firmaré fulana de tal. Y menos como las europeas y las americanas, que se borran su apellido. Eso es un horror. Ahora hay una pobre mujer en Francia que el marido le hizo no sé qué cantidad de cosas y sigue con su apellido. No lo puedo entender. ¿Por qué no tirás el apellido al diablo?

¿La maternidad estuvo en sus planes en algún momento?

En la militancia clandestina no me lo planteé porque yo andaba corriendo todo el día y siempre pensé que si traías a alguien al mundo, te tenías que ocupar. No era cuestión de tirarlo y que lo críe otro. Después vinieron los años de cárcel y no me planteé ni tener ni no tener, simplemente no se dio. Pero a mí no me trauma, no creo que la descendencia sea un imperativo. Todo eso me parecen mitos. La vida fluye y en algunos casos aparecen hijos, en otros no.

¿Han tenido una vida feliz?

Totalmente. Yo no reniego de mi vida, la viviría de vuelta así como está.

¿Se arrepiente de algo?

No. Yo viví feliz y que me quiten lo bailado, eso es lo que digo.

Las decisiones se toman dependiendo de las circunstancias y del momento…

Si yo hubiera nacido 10 años antes o después en otro país, hubiera tomado decisiones diferentes. Pero la circunstancia fue esta y no me quejo. Creo que soy rica en recuerdos, en cosas que viví, en gente que conocí y ahora soy rica en compañeros, en vecinos y en familiares. Por más que en este espacio pequeño viva sola, no estoy sola. Mirando lo que es la desgracia de los viejos en el siglo XXI, que fundamentalmente pasa por la soledad —y no solo los viejos; muchas de las raíces de los problemas de la salud mental están en la soledad—, yo tengo una ventaja enorme en ese sentido y agradezco la vida que tengo. Me sobra compañía, a veces se me llena la casa y pienso “si se van y me dejan tranquila” (ríe).

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¿Cómo es un día hoy?

Ahora no tengo una responsabilidad institucional, estoy jubilada, pero tengo militancia política, trabajo con la bancada de mis compañeros porque estuve 22 años en el Parlamento. No me planteo imponer nada, porque los que están son los que tienen que dar la cara y tomar las decisiones. Después hago trabajo barrial a través de la militancia política y trabajo político puro. Doy una mano en la chacra hasta donde me da mi físico, como clasificar semillas, y estoy atenta a temas de organización, hago conservas, tengo mi tiempo de lectura y de estudiar temas que me interesan.

Acabo de terminar tres libros casi seguidos de Hannah Arendt. El primero es una tesis acerca de la libertad, me encantó, lo recomiendo. Después me dio curiosidad leer el del juicio de Eichmann y descubrí uno sobre la cuestión Palestina. También voy intercalando otros libros como el último de (Mauricio) Rosencof, me lo regaló y lo leí en un domingo que justo llovía.

¿Es fan del Quijote?

A mí me encanta el Quijote y me hice más fan al lado de Pepe, porque él lo debe haber leído 50 veces del derecho y del revés, y el que venía a hablar con él no se salvaba de que le leyera un pedacito, sobre todo el discurso de los cabreros, que era el que más me gustaba. Yo he leído todo de (Alejo) Carpentier, una de las mejores plumas latinoamericanas, leí todo lo que pude conseguir de (Gabriel) García Márquez. Me pasó una cosa graciosa con García Márquez, siempre creí que su escritura era una portentosa imaginación, aunque él había sido periodista. Hasta que un día conocí Colombia y me di cuenta de que tenía gran capacidad para describir la realidad. Pero también leí a (Carlos) Fuentes, Octavio Paz, (Jorge Luis) Borges, todo muy variado. Hay otros libros que releo cada tanto como el reportaje que (Eleuterio) Fernández Huidobro le hizo a Héctor Rodríguez, una figura importantísima en el movimiento sindical y fundador del Frente Amplio.

Si yo hubiera nacido 10 años antes o después en otro país, hubiera tomado decisiones diferentes. Pero la circunstancia fue esta y no me quejo. Creo que soy rica en recuerdos, en cosas que viví, en gente que conocí, y ahora soy rica en compañeros, en vecinos y en familiares. Por más que en este espacio pequeño viva sola, no estoy sola.

Sus gustos también son variados en música, ¿le gusta el rap?

Yo soy tanguera. Me gusta el rap porque es la única música de este momento que cuenta, dice verdades, es comprometida. Me han dicho que se usa mucho en psiquiatría para expresarse y ahora, últimamente, me hice hincha de Bad Bunny. Es una maravilla ese hombre, por lo que expresa, por lo que hizo, por esa reivindicación del español, del migrante.

Lucía, ¿de qué forma usted fue una gran influencia para Pepe?

Yo no sé contestar eso. Pero dos personas que viven tantos años juntas se influyen mutuamente. Así como él influyó en mí, yo debo haber influido en él.

Pepe decía que si no fuera por Lucía él no estaba vivo.

Sí, siempre decía eso. En muchas cosas nosotros jugábamos de taquito, en el sentido de que siempre estábamos conversando, pensando, discutiendo, pero no eran siempre cosas políticas. Por ejemplo, al final, que a Pepe le costaba leer, yo leía la poesía que le gustaba. Tenía ganas de leer poesía de Rubén Darío y Héctor Guido me consiguió las obras completas. Él disfrutaba mucho con la poesía y leía muy bien porque había estudiado composición literaria, pero yo no leía con tanto expertise. De repente discutíamos sobre una lectura o por lo que veíamos, y pienso que ahí nos influíamos mutuamente, éramos dos personalidades distintas.

¿Por qué temas peleaban?

Nosotros no peleábamos nunca porque cada uno se respetaba. Pepe era un hombre tremendamente desprolijo, salvo para las herramientas, entonces podía perder todo en este pequeño espacio. Pero, bueno, yo soy prolija, me decía prolijini. Entonces eso podía haber sido un modo de fricción, pero yo aceptaba su condición y él aceptaba la mía porque en la convivencia, si no partís de esos pactos, estás frito. A mí no me importaba que dejara la ropa colgando en esa silla, era problema de él, y yo tengo la costumbre de dejarla en la percha, manías de cada uno, pero no podés imponer esas cosas al otro, porque entonces no convivís. Convivencia quiere decir eso, vivencias compartidas, y las vivencias no tienen por qué ser homogeneidades. Sería aburridísimo, insoportable, te diría.

A un año de su fallecimiento, ¿qué extraña de Pepe?

A un año yo te tendría que decir una sola palabra: todo (se emociona). ¿Cómo explicar esto? Por ejemplo, ese martillo que está ahí (señala la estantería), Pepe decía “no vayan a perder el martillo, es el mejor martillo que hay”. ¿Pero por qué? Porque era el único recuerdo que tenía de su padre. Pero después, cuando iba a usar un martillo, pedía uno más ordinario. Cuando cortábamos el césped nos decía: “Déjense de esa pelotudez, hagan las cosas que sirven de la chacra”. Pepe rezongaba y a veces se enojaba, pero era calderita de lata, a los dos minutos se le pasaba. Rezongaba con un sentido constructivo de poner orden en las cosas, esa era su peculiaridad y nosotros todos sabíamos que era así.

¿Él quería que lo enterraran acá en la chacra?

Hace mucho tiempo ya lo había dicho en varias entrevistas, quedó grabado. Él no se quería ir de acá, me dijo “me quemás y me ponés debajo de la secuoya”. La secuoya es un árbol que nos regalaron, es majestuoso, en el sur no crece tan alto como en el norte, pero es un árbol portentoso. Después cuando ya vimos que la enfermedad no iba para ningún lado, que no se salía, nos dijo que no quería nada invasivo, que quería estar acá y no tener dolor. Le dije a la dietista que la comida de hospital ya no iba, entonces le cocinaba lo que tenía ganas de comer y que pudiera comer, porque él tenía dificultad, pero por lo menos que el sabor en boca fuera el que le gustaba.

En ese árbol hace años tiramos las cenizas de la perrita y él también quería estar ahí. Hay que cumplir lo que se pide, pero la gente también pregunta a dónde pueden ir a recordarlo, por eso vamos a armar un sitio de memoria, para que perdure su pensamiento sobre la ganadería, el riego, las relaciones internacionales, la necesidad de los puentes, cómo vincularse en la política, que la política no es una profesión, sino un compromiso. Será un espacio grande para hacer conferencias, recitado, música, lo que se quiera y que lo gestionen los gurises del MPP (Movimiento de Participación Popular). Un lugar donde se puedan escuchar los discursos de Pepe, llevarse la grabación o la trascripción digital o ver los cuadernos de Pepe con su letra es la forma de difundir su pensamiento.

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La relación de amistad cercana y de compañerismo con el presidente de la República Yamandú Orsi se mantuvo intacta siempre.

La relación de amistad cercana y de compañerismo con el presidente de la República Yamandú Orsi se mantuvo intacta siempre.

¿Dónde será?

Vendimos una casa que teníamos del MPP y ahora estamos buscando en Ciudad Vieja. Ya hicimos una fundación porque hay que darle un armado jurídico, también tenemos que ponerle contexto: el barrio donde nació, cómo la familia italiana de la madre llegó a Carmelo, todas las vacaciones las pasaba en Colonia Estrella, donde aprendió el gusto por la tierra, eso explica parte del personaje.

Muchos proyectos por delante.

En realidad las causas quedan, los seres humanos pasamos. La preocupación mayor de Pepe era que quedara una barra para tomar la bandera. Por eso él quedó tan contento cuando vio el resultado electoral y cómo había votado, porque votar mejor que la lista 15 en este país, para el que sabe un poquito de historia, realmente fue una cosa tremenda. Entonces dijo “yo ya me voy tranquilo, cumplieron, pero ¡qué líos van a tener para hacerse cargo!”. Porque Pepe siempre largaba esas cositas.

¿Esa sería su herencia?

Sí, sí, él construyó la 609 dentro del Frente Amplio, que fue creciendo y pudo llegar a ver ese momento, ese fue un gran premio para él. Ahora eso está en manos de los compañeros más jóvenes que están viviendo otro siglo con otros desafíos.

¿Un consejo?

Siempre hay que tener un plan. Daniel Vidart, gran amigo nuestro, un día nos dijo “a los 20 tenía planes a 40 años y me comía el mundo, ahora que tengo 94 hago planes a 24 horas, pero siempre hay que tener un plan”. Un buen consejo.