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Un puente que cumple 125 años: River y el fútbol uruguayo
Jugadores, camisetas, clubes, hinchas y hasta videntes cruzaron históricamente el Río de la Plata para unirse a uno de los gigantes argentinos, fundado el 25 de mayo de 1901
El uruguayo Enzo Francescoli luciendo la camiseta de River argentino.
En días en que las copas Libertadores y Sudamericana arrancaron su edición 2026 y se vuelven a entremezclar los cruces entre los representantes rioplatenses —esta vez, inéditos, como Peñarol contra Platense y Montevideo City Torque ante Deportivo Riestra—, el cumpleaños que muy pronto celebrará uno de los gigantes argentinos, River Plate, pone sobre la vidriera su histórica relación con el fútbol uruguayo. Fundado el 25 de mayo de 1901, el River de Buenos Aires construyó durante sus primeros 125 años infinitos puentes en común al otro lado del Río de la Plata.
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Es cierto, eso sí, que su homónimo montevideano, el “darsenero”, que hoy juega en la Segunda División, no tiene relación con el “millonario” argentino, sino con el River más original de todos, también uruguayo, el River Plate Football Club fundado en 1898, que dejó de jugar en 1925. Recién siete años más tarde, en 1932, nació el River Plate del parque Saroldi, inspirado en su antecesor montevideano con su camiseta roja y blanca a rayas verticales, a diferencia de la banda roja que caracteriza al argentino.
Un libro de reciente publicación en Buenos Aires, Este es el famoso River, 125 años, se detiene en el origen de Boston River, otro participante habitual de la Primera División uruguaya —y este año también de la Sudamericana—, que sí supone un homenaje al argentino, por más que vista de rojo y verde: su primer presidente, en 1939, era porteño e hincha del club de Núñez. En el interior de Uruguay, además, hay al menos siete River con el escudo atravesado por una banda roja, es decir, inspirados en el argentino: muchos de ellos chacareros, son los River de Villa Foresti (departamento de Canelones), de Melo (Cerro Largo), de Florida, de Maldonado, de Guichón (Paysandú), de San Javier (Río Negro) y de Paso de Panta (San José). Además, El General y Piriápolis F.C., que participan en las ligas de Colonia y Maldonado, respectivamente, juegan con la camiseta del River argentino.
Aunque entre River y Peñarol hoy existe una evidente rivalidad, en algún momento fueron amigos: entre 1928 y 1930, por ejemplo, el River porteño —todavía no llamado “millonario” ni “gallina”— usó en varios partidos la camiseta de Peñarol, siempre negra y amarilla, como indumentaria alternativa cuando tenía que enfrentar a equipos con remeras similares a la suya. En 1957, para el partido homenaje que River le realizó al delantero Ángel Labruna —el primero de su especie en Argentina—, el invitado fue el propio Peñarol. Ese amistoso sería mencionado en la historieta de ciencia ficción más famosa de Argentina, El Eternauta: el protagonista central recuerda haber asistido ese día al Estadio Monumental. Aunque se trataba de un tributo, el partido se jugó en serio: River ganó apenas 1 a 0. Ya en 1999, cuando River le realizó un homenaje a su uruguayo más famoso, Enzo Francescoli, el invitado volvió a ser Peñarol, club del que el Príncipe —apodo aportado por Víctor Hugo Morales— es hincha.
Esa relación, claro, sufriría un quiebre tras la final de la Copa Libertadores de 1966, que Peñarol le ganó a River tras remontar un 2 a 0 en contra y convertirlo en un 4 a 2 a favor. El club argentino entonces pasó a ser llamado “gallina”, primero como burla por los rivales y luego como orgullo por cuenta propia: Néstor Gallo Gesualdo, un hincha de Banfield —el primer rival al que enfrentó River por el torneo local tras la derrota por la Copa, el 29 de mayo de 1966—, tiró un ave con una cinta roja en el momento en que los futbolistas salían a la cancha del sur bonaerense.
Un uruguayo, pero en este caso exjugador de Nacional, fue de los primeros en recibir una canción propia de la hinchada de River. Integrante de La Maquinita, el quinteto de ataque del primer lustro de la década de los 50, recitado de memoria como Vernazza, Prado, Walter Gómez, Labruna y Loustau —campeones en 1952, 1953 y 1955—, el uruguayo fue una excepción lingüística: siempre se lo mencionó con su nombre y apellido juntos, como si fueran indisociables, incluso en la canción La gente ya no come por ver a Walter Gómez, hermana melliza de La gente ya no fuma por ver al gran Labruna.
Acaso la hincha más célebre de River, Haydée Luján Martínez, aunque más conocida como la Gorda Matosas, recibió ese apodo en 1964 cuando recibió la camisa con el número 6 en el dorsal del caballeresco defensor uruguayo, Roberto Matosas, otro exjugador de Peñarol. Desde ya, el “uru-guayo, uru-guayo” baja desde las tribunas del Monumental desde hace décadas no solo para Francescoli, sino también —entre otros— para Antonio Alzamendi, Rodrigo Mora, Carlos Sánchez, Camilo Mayada —bicampeón de América en 2015 y 2018— y Nicolás de la Cruz. En total, 71 uruguayos jugaron en River: en la actualidad lo hace Matías Viña.
Uno de esos uruguayos, Juan Ramón Carrasco, provocó una polémica con uno de los grandes ídolos riverplatenses, el ya citado Labruna, pero esta vez como técnico, en 1980. El mediocampista creativo —símbolo de Nacional— quería jugar más minutos de los que le concedía el entrenador y la hinchada de River le daba la razón: el 6 de julio de 1980, por la 26ª fecha del campeonato, en medio de un triunfo 1 a 0 ante Vélez en Liniers, la gente ovacionó a Carrasco e insultó a Labruna, que había ordenado su salida a falta de siete minutos para el final del partido.
El propio Labruna, ya en 1983 —fuera de River—, cometería un error histórico con Francescoli, recién incorporado al club de Núñez pero de rendimiento sin vuelo hasta entonces. Enojado con el presidente de River, Rafael Aragón Cabrera —e indirectamente con todas las contrataciones a cargo del dirigente—, Angelito dio a entender en una de sus últimas entrevistas antes de morir que, si el joven uruguayo provenía de Wanderers y no de Peñarol o Nacional, tan fenómeno no debía ser.
La relación entre River y Uruguay excede al fútbol. Según cuenta Este es el famoso River, “en 2014, una parapsicóloga uruguaya con pasado en varios clubes argentinos, entre ellos San Lorenzo y Boca, se contactó con la dirigencia para advertirle que River necesitaba una sanación. Cómo creer y cómo no es un acto de fe, pero de algún modo la uruguaya —que tiene un perfil muy bajo y se define como vidente natural— entró en nuestro ecosistema y comenzó su trabajo, es decir, a rezar, limpiar las energías negativas, eliminar maleficios, rociar agua bendita sobre los escudos de las camisetas, encender velas y bendecir toallas blancas que luego llegarían a los jugadores. Y también, a sugerir decisiones. Ya en la final de la Copa Libertadores 2018 contra Boca, nuestra parapsicóloga uruguaya también hizo lo suyo a la distancia, desde Montevideo: rezar, limpiar las energías negativas, encender velas”.
Si el estadio de River, el Monumental, es recordado por los uruguayos entre otros motivos porque fue el escenario en el que la Celeste ganó la Copa América de 2011, pocos deben saber que una de sus tribunas tenía, al comienzo, el nombre de una ciudad uruguaya: la cabecera hoy llamada Sívori, y anteriormente Almirante Brown, primero se denominó Colonia, porque apuntaba a esa ciudad, al otro lado del Río de la Plata. En verdad, entre River y Uruguay siempre hay un puente.