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El caso de la abogada Agostina Páez en Brasil: entre la excepción y la regla del racismo entre los argentinos
El racismo más habitual en Argentina no se ejerce contra la gente de raza negra, sino contra los que en alguna época se denominaba “cabecitas negras” (término que comenzó a ser reivindicado por el peronismo después de 1955)
Agostina Páez, la abogada acusada de cometer el delito de racismo en Brasil.
Desde el 14 de enero de este año la noticia ocupó los portales periodísticos casi todos los días y el caso parece que no se va a agotar pronto. Agostina Páez, una influencer y abogada argentina de 29 años, tuvo una pelea en un bar de Río de Janeiro con los empleados y al irse les hizo el gesto del mono. La escena fue filmada, y a partir de entonces la Justicia brasileña la detuvo, le dio prisión domiciliaria y tobillera electrónica y solo le dejó abandonar el país el 1 de abril, previo pago de una fianza de 15.000 dólares. Ahora espera la sentencia del juicio y si bien desde que volvió a la Argentina ejerció sus dotes de influencer y pidió perdón por los gestos que hizo, su padre —poco después de que retornara al país— empeoró su situación: se hizo viral un video en el que hacía los gestos de un mono y entonces los damnificados elevaron la suma porque lo que podía ser interpretado como un gesto aislado y desafortunado adquiría un carácter provocativo e intencional. Agostina Páez publicó un mensaje diferenciándose del padre, pero quedó la sensación de que sus disculpas eran más para zafar de la acusación judicial que un gesto de sinceridad.
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La historia de Agostina Páez en Brasil impone una pregunta: ¿somos los argentinos racistas? La pregunta es un poco tramposa porque es imposible responder, ya que “argentinos” es un colectivo heterogéneo y el ensayo del ser nacional como se sabe está lleno de generalizaciones y psicologías facilonas. Pero hecha esta aclaración podemos dar una respuesta especulativa y tentativa a partir de las situaciones de las que hemos sido testigos o vivimos cotidianamente. Claro que si uno es de piel blanca (lo que es mi caso), los conflictos disminuyen o directamente no existen, pero mi papá, a quien le decían cariñosamente Negro (por el color de su piel), más de una vez vio como ese calificativo se desplazaba hacia la injuria y la burla. Él además no tenía antecedentes africanos (sí posiblemente indígenas), pero el término negro abarcaba un amplio repertorio de etnias no blancas. Negro puede ser un apelativo cariñoso o agresivo, pero básicamente identifica al otro por el color de piel en un país —lo escuchamos miles de veces— donde “no hay negros”.
Sin embargo, la población afroargentina fue muy importante en el siglo XIX y fue disminuyendo por la guerra de la Triple Alianza, la epidemia de fiebre amarilla y las políticas de blanqueamiento impulsadas desde el Estado. Hubo nuevas inmigraciones de población de origen africano (los caboverdianos, por ejemplo, y, en los últimos años, los senegaleses), pero en un debate que tuvo lugar el año pasado diversos intelectuales sostuvieron que en la Argentina “más que discriminación hubo invisibilización”. Lo mismo pensaba un amigo mío hasta que se puso de novio con una brasileña y entonces comenzó a escuchar los comentarios más desopilantes y desagradables. En el caso de los afroargentinos, la pregunta es siempre la misma: “¿de dónde sos?”, como si argentino y negro fueran términos incompatibles. En los últimos años las estrategias de visibilización que ha adoptado la comunidad afroargentina se ha propuesto cambiar la idea de que en la Argentina “no hay negros”. Desde el Estado se ha reforzado esta visibilización y el billete de 10.000 pesos presenta la efigie de Manuel Belgrano con la de Remedios del Valle, luchadora negra de la Independencia argentina. Sin embargo, estas políticas no afectan el microrracismo y el racismo más difundido, que es —sobre todo— el que se ejerce contra la población indígena o de origen indígena.
El racismo es una hidra de muchas cabezas y no se ejerce de modo homogéneo o idéntico en todos los países. Los dos países americanos en los que la esclavitud fue más generalizada y duradera, Brasil y Estados Unidos, ejercieron el racismo de modo diferente. En Estados Unidos predominó el modelo segregacionista, que se proponía que blancos y afroamericanos no se mezclaran ni compartieran lugares. Los años sesenta fueron testigos de las luchas por los derechos civiles y si bien los avances fueron enormes y muy veloces, en varias zonas de los Estados Unidos los problemas del racismo siguen siendo muy graves (se sumó, además, en las últimas décadas y ahora desde el gobierno, el ataque a los latinos, que configura un racismo diferente al que se ejerce con los afroamericanos).
Hay una anécdota muy interesante que muestra la diferencia con Brasil. Durante la Segunda Guerra Mundial, el batallón del Ejército norteamericano formado por negros y llamado División Buffalo luchó en Italia en condiciones inferiores a sus pares blancos (la película Paisà de Roberto Rossellini tiene un emotivo episodio con un soldado negro). La cuestión es que en un momento este batallón se encontró con el ejército brasileño (la Força Expedicionária), que también estaba luchando con los aliados en tierras italianas. Al ver que en el Ejército brasileño se mezclaban negros, blancos y mestizos, los integrantes de la División Buffalo se rebelaron y cuestionaron a los altos mandos por tenerlos apartados de los soldados blancos. La solución que encontró el alto mando norteamericano fue ubicarlos lejos de los batallones brasileños para no crear más conflictos.
Esta mezcla del Ejército brasileño, que también era la de la sociedad, llevó a la errónea idea de que Brasil era una “democracia racial”, autoimagen positiva cultivada por intelectuales y el Estado, ocultando el racismo estructural de un país que fue el último en abolir la esclavitud en América. Lo que sucede es que Brasil no tuvo un modelo segregacionista, pero tuvo otros mecanismos de marginación o desprecio de la población negra. Por eso las leyes son tan duras y tan atentas a castigar cualquier forma de racismo.
Si la autoimagen de los brasileños fue la de la “democracia racial”, en la Argentina eso nunca fue un problema sencillamente porque no habría racismo. Sin embargo, cada vez que hay alguien negro o negra, el color de piel juega un papel fundamental para la definición del otro. En el fútbol esto sucede a menudo: si el jugador es de los propios se lo elogia, pero si es de los contrarios se le dicen los peores insultos. De hecho, un caso similar al de Agostina Páez tuvo lugar en el partido que jugó el equipo femenino de River contra Gremio de Porto Alegre en la Ladies Cup 2024. Seis jugadoras fueron expulsadas y cuatro de ellas detenidas por gestos racistas (Candela Díaz, una de ellas, se dirigió al lanzapelotas también haciendo gestos de mono). De todos modos, el racismo más habitual no se ejerce contra la gente de raza negra, sino contra los que en alguna época se denominaba “cabecitas negras” (término que comenzó a ser reivindicado por el peronismo después de 1955). En su mayoría descendiente de indígenas, si son del norte del país enseguida se los extranjeriza. Se los llama “paraguayos” o “bolivianos” y, si se trata de injuriarlos, “paraguas” o “bolitas”. No fue hace mucho que un presidente argentino dijo sin ruborizarse que “los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos”. Toda una autodefinición de los argentinos que se pretende simpática y es racista.
Como en Brasil, la diferencia económica funciona como modo de la marca “racial”: basta recorrer diferentes ámbitos para ver cómo a medida que se asciende de clase (y ya la idea de “ascenso” delata este componente discriminatorio) la población se blanquea. Se trata de una repartición estructural que a menudo no es ejercida por las personas salvo en el momento en que esa distribución es trastocada, no solo por la discriminación sino también por otras actitudes menos ofensivas: la sorpresa o la duda (“no parece médico”, “¿vos naciste en la Argentina?”). “Negro de m…” es tal vez uno de los insultos más habituales y frecuentes en el vocabulario argentino y se escucha a menudo en los lugares más disímiles. Pero si uno le dice a la persona que lo dijo que es racista, la respuesta seguramente no se hará esperar: “No, nada que ver, los argentinos no somos racistas, si acá no hay negros”. La autoimagen de los argentinos ha sido el mayor obstáculo para revelar y extirpar el racismo de un país que todavía se piensa como blanco y de origen europeo.