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    Es imperativo fortalecer recursos y autoestima en liceos nocturnos del oeste de Montevideo, plantea investigación

    “Es muy fácil echar a un gurí”, explicó un adscripto a Diego Cuevasanta, quien realizó su tesis de doctorado en Psicología sobre los motivos de retorno y permanencia de jóvenes y adultos en estos centros de estudio

    Caminan sobre el pretil. Alcanza un empujoncito para que se caigan del sistema los jóvenes y adultos que cursan en liceos nocturnos y de extraedad del oeste de Montevideo. Un adscripto explicó que allí “es muy fácil echar a un gurí”.

    “Vos a mí me das 24 horas en este liceo y yo echo a todo el mundo sin putearlo”, agregó. Para que nunca más vuelva, basta con mirar serio a un estudiante y preguntarle: “¿qué hacés acá, si fracasaste toda tu vida?”. Un chiste o un comentario negativo sobre fracasos previos pueden romper el vínculo con el liceo. En estos “gestos mínimos” y en los otros, los que fortalecen la relación de los estudiantes con la institución, puso el foco Diego Cuevasanta en su tesis de doctorado en Psicología de la Universidad de la República, titulada “Algo pasa en la noche: una mirada multirreferencial sobre los motivos de retorno y permanencia de jóvenes y adultos que concurren a liceos nocturnos y extraedad de la zona oeste de Montevideo”.

    En el marco de una actividad de extensión de la Facultad de Psicología, Cuevasanta, junto con un equipo de la facultad, comenzó en el año 2019 una práctica de intervención en el turno nocturno del liceo 11 del Cerro. Allí propusieron el fortalecimiento de trayectorias educativas de jóvenes y adultos, y hallaron su contracara: las dificultades para sostener la permanencia. Esa fue la raíz de su tesis de doctorado.

    Durante su investigación académica emergieron las “vulnerabilidades estructurales”, entre las que destaca las dificultades económicas, que se traducen en problemas para acceder a alimentos, pagar boletos o buscar trabajo. En paralelo existe otro plano, “quizás más sutil”, apunta Cuevasanta, que se asocia a “pequeños gestos, comentarios o discursos que pueden operar como gestos erosivos de la permanencia, profundizando marcas ya existentes y haciendo que los estudiantes se perciban a sí mismos como incompetentes, pierdan confianza y desarrollen baja autoestima”. Trabajar sobre estos “gestos mínimos erosivos” es “una herramienta fundamental de reflexión”.

    Entre los aportes y recomendaciones que el psicólogo presentó el 29 de abril en la defensa de su tesis aparecen dos a nivel pedagógico. Por un lado, propone que dialoguen “los contenidos relevantes y socialmente valorados con los conocimientos construidos social e históricamente de los estudiantes”. Recomienda asociar esos contenidos a lo laboral, el entorno familiar o la vida cotidiana. Por otro lado, el investigador remarca el lugar “fundamental” de los vínculos afectivos en la educación de estos jóvenes y adultos. Es “un imperativo”, para el tesista, “el reconocimiento y el fortalecimiento de la autoestima de los estudiantes”.

    Como han relevado investigaciones académicas previas, estos estudiantes se convierten frecuentemente en “depositarios de discursos negativos o negadores”. En este contexto, las llamadas “mamás gallinas” juegan un rol clave en sostener a sus compañeros más jóvenes. “Son madres, mayores de 35 años, que generan un vínculo afectivo y de sostén sin igual”, plantea Cuevasanta. Los pasan a buscar por la casa, se juntan a estudiar los fines de semana o les preparan comida.

    A partir de entrevistas con docentes, adscriptos y subdirectores, la investigación muestra cómo los liceos responden “a pulmón” ante situaciones que exceden lo educativo. Los trabajadores juntan dinero en jornadas y rifas, arman canastas con alimentos. Y en invierno preparan un espacio donde se sirve café y té ”para que tomen algo calentito”.

    La adjudicación de recursos específicos —como el financiamiento del transporte o becas de estudio— y el establecimiento de un mayor diálogo entre las políticas de distintos organismos (los ministerios de Desarrollo Social y Salud Pública, la Dirección General de Educación Secundaria y la Intendencia de Montevideo) permitirían abordar algunos de los factores estructurales que dificultan la permanencia, destacó el investigador.

    Buscando desentrañar la motivación de los estudiantes para retornar a estos centros de estudio y permanecer, el psicólogo desplegó técnicas cuantitativas y cualitativas de investigación en todos los liceos nocturnos y de extraedad con Plan 2013 de la zona oeste de Montevideo. Primero aplicó un cuestionario de autorreporte a 175 estudiantes de seis liceos nocturnos y extraedad, relevando datos sociodemográficos, valoraciones y expectativas vinculadas a la educación, así como los motivos de retorno y permanencia. En una segunda etapa de la investigación realizó 20 entrevistas semiestructuradas a jóvenes y adultos, y 21 a referentes institucionales, seleccionados según criterios de diversidad de experiencias y trayectorias.

    Su investigación se focalizó en una zona poco explorada del sistema, pero que se presenta como “un faro” para quienes tuvieron que abandonar los estudios. En liceos nocturnos y de extraedad estudian unas 45.000 personas. Sin embargo, no abundan relevamientos o estudios sobre esta población. La que existe es, según Cuevasanta, información descriptiva, de matrícula, que no aporta datos sobre características sociodemográficas o de trayectorias. No se había investigado en profundidad, desde la psicología, qué los motiva a volver a estudiar.

    Más de un siglo de nocturnidad

    Los liceos nocturnos se crearon por ley en 1919. “Los liceos, especialmente el nocturno, dejarán de ser antesala” de la universidad, expresaba la fundamentación del proyecto de ley que los creó, “para convertirse en centros de beneficiosa acción cultural donde hallarán oportunidad para manifestarse tantos cerebros útiles que se pierden por falta de ocasión para desarrollarse”. Este turno nació pensado para quienes “luchan” y “trabajan” y que, por ello, no pueden seguir los cursos diurnos.

    El principal salto se dio entre 1985 y 2003, cuando la matrícula del nocturno creció 235%, tres veces más que la matrícula total y cuatro veces más que la matrícula diurna. Desde 2002, más de 40.000 estudiantes concurren a liceos nocturnos. Según el relevamiento del autor de la tesis, hoy hay 298 centros en el país con este turno o extraedad.

    Existen cuatro planes vigentes para Ciclo Básico y uno para Bachillerato. La tesis analizó el último aprobado, el Plan Experimental Extraedad 2013, de Ciclo Básico, que se aplica en 77 liceos y alcanza a unos 7.000 estudiantes. Este plan surgió a raíz de una propuesta de la Asamblea Técnico Docente con el fin de generar condiciones para que los estudiantes jóvenes y adultos puedan continuar y culminar el Ciclo Básico. Está destinado a mayores de 15 años con trayectorias discontinuas: quienes abandonaron sus estudios y quieren retomarlos, o bien nunca ingresaron al liceo.

    En cuanto a los motivos para retornar al liceo nocturno, la tesis plantea que están vinculados a lo laboral, la culminación del Ciclo Básico o la idea de seguir estudiando, lo que “se articula” con el desarrollo personal, el valor otorgado al aprendizaje y la realización de una actividad que se había visto suspendida en el tiempo y que les permite construir “nuevos sentidos subjetivos”.

    “El rol de los otros —particularmente de familiares, pero también de compañeros y compañeras del ámbito laboral— se convierte en un sostén fundamental en la decisión de volver a estudiar”, concluye Cuevasanta. Los vínculos, insiste el investigador, ocupan un lugar central en estas trayectorias educativas, ya sea “impulsando la decisión, acompañando desde la proximidad o incluso compartiendo el reingreso al liceo”. En algunos casos, “las figuras de los hijos e hijas oficia de traccionador simbólico, especialmente cuando cursan en el mismo nivel educativo, movilizando a sus referentes a involucrarse para poder ayudarlos o para no quedar rezagados”.

    Entre otras historias, el psicólogo presenta la de una mujer que se anotó a los 67 años para cursar el Ciclo Básico en su barrio. A los 12, durante la dictadura, terminó la escuela, pero nunca empezó el liceo. Le siguieron décadas ocupadas por el trabajo, los cuidados, “la batalla de la vida”, como le contó a Cuevasanta. Fue una de las 175 estudiantes que llenó una encuesta, cuenta una reseña de la Facultad de Psicología, y la única que respondió a los mails que el investigador mandó invitándolos a una entrevista. Le respondió que el correo electrónico lo había aprendido hacía poco en el liceo y necesitaba usarlo para no olvidarse.