N° 1975 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn estos días es casi imposible evitar una televisión con la transmisión de algún partido de fútbol, se vaya a donde se vaya. En oficinas públicas, locales comerciales, centros de enseñanza, en la calle, en todos lados se siente la fiebre del Mundial, especialmente en este país señalado por algunas encuestas internacionales como el más futbolero de todos. La agenda informativa en radio, televisión y prensa escrita está dominada por el desempeño de las selecciones de los distintos países en Rusia. Parece que nada más importara.
A eso hay que sumarle un fenómeno que no es nuevo, pero que ahora toma dimensiones difíciles de cuantificar: la penca. Le corresponderá a algún sociólogo analizar el impacto del entretenimiento del momento, que llega a confundir las preferencias de los aficionados. Lo que es seguro es que cuenta con una virtud inesperada: no discrimina. Nadie está a favor de un determinado país, una raza o un color de piel; solo importa si gana el equipo por el que apostamos, si el resultado es exactamente el que habíamos anticipado.
El asunto de hacer apuestas no es nuevo entre los uruguayos. Hace un par de meses ya se habían iniciado las pencas electorales; antes la apuesta fue cuánto duraría Raúl Sendic en la vicepresidencia y más atrás qué lugar ocuparía Uruguay en las eliminatorias para el Mundial de Rusia. Lo cierto es que todo sirve para competir con las predicciones, pero hoy solo el fixture del mayor evento futbolísitco del mundo es el que importa.
Las redes sociales tienen un papel importante en este nuevo fenómeno. Desde allí se adoptó este pasatiempo que era de limitado alcance para convertirlo en un gran negocio o en la forma de promocionar una marca. Internacionalmente, había sucedido con las predicciones para el Oscar de la Academia de Hollywood, pero por supuesto nada parecido al atractivo del Mundial. Basta con abrir el buscador de Google para encontrar una larga lista de posibilidades de pencas.
Por supuesto que muchos de los que se suman a estas apuestas en privado, luego en público las catalogan como un negocio oscuro y recuerdan el pasado corrupto de la FIFA. Pero al final, siempre gana la pasión y no pueden evitar sumarse a la gran ola futbolística que cubre en estos días la vida cotidiana.
Eso sí: desde el Poder Ejecutivo y también desde el Parlamento, siempre se escuchan las propuestas demagógicas que, bajo la falsa premisa de que los grandes espectáculos son “de todos”, pretenden que no se paguen los derechos adquiridos por empresas privadas. Lo que no entienden, o aparentan no hacerlo, es que sin negocio no hay espectáculo ni organización que lo regentee, en este caso, la Asociación Uruguaya de Fútbol.
Hay un sentido expropiatorio en el gobierno y en todos los partidos políticos, que se refleja en el artículo 39 ampliado de la ley de medios, y que simplemente le roba el derecho al fútbol (y al básquetbol) a vender sus contenidos en exclusividad, un claro ataque contra la propiedad privada. Ya nos hemos referido en estas páginas a la mentalidad tramposa que se aplica en esa ley para apropiarse de los tiempos de la televisión. Días pasados, hemos visto supuestas campañas de “bien público” del gobierno —algunas parecen más bien una propaganda electoral— en los canales de televisión y en radios, otra insólita obligación incluida en esa ley.
Aunque cueste creerlo, la expresidenta argentina Cristina Kirchner mostró más sentido de las reglas del juego cuando creó el proyecto Fútbol para Todos. Se podrá decir que fue un despilfarro populista, pero no que dejó de respetar al mercado. Lo que hizo fue meterse en el negocio y pagar más que su competencia. Aquí lo que se hace es votar normas que pretenden obligar a ceder las licencias gratuitamente.
Esos mismos políticos que están dispuestos a causarle tanto daño al fútbol, y con ello a la selección uruguaya que tan bien nos representa, son los que después van a querer subirse al escenario de los festejos. Es probable que todos ellos también hayan llenado sus pencas y hayan puesto a la Celeste en los primeros lugares. El problema es que desde su tarea pública solo promueven trancas al crecimiento de la selección nacional. Y lo peor es que parecen no darse cuenta.