El rayo verde

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Nº2002 - al de Enero de 2019
por Fernando Santullo

Estoy parado en la puerta del almacén de Héctor, un clásico de Punta Fría. Es de tardecita y me entretengo mirando la puesta de sol antes de entrar y ponerme a comprar lo que necesito para una merienda tardía. El sol muerde el horizonte, desparramando mil tonos de amarillo, desde la furia incandescente y casi anaranjada de su centro, hasta los tibios amarillos rosa pálido que tiñen los bordes de la escena que contemplo.

Mientras veo al sol sumergirse en el río mar violeta, pienso en si esta vez veré el famoso rayo verde del que escribió Julio Verne, ese fugaz instante en donde el sol brilla con intenso verdor antes de desaparecer. Y es ahí cuando pienso que quizá me estoy perdiendo una puesta de sol increíble por estar concentrado en algo que es increíblemente difícil de observar o que quizá no exista. Y que todo eso está ocurriendo justo en la última y espléndida puesta de sol del 2018 que se termina.

A veces, y esta es una de esas veces, me da la impresión de que esta clase de contradicción nos aflige cuando, en pos de justificar un proyecto político (o algo más amplio, quizá una cosmovisión), no alcanzamos a ver y reconocer lo que colectivamente hemos logrado. Cuando digo colectivamente hablo de nuestra especie. No de mujeres y hombres, cristianos y musulmanes, tal o cual país: entiendo que dentro y entre esas categorías hay siempre mucha variabilidad, desigualdades de toda clase. Y cuando digo logros no me refiero a alcanzar aquello que está en la imaginación de algunos, pocos o muchos, sino aquello que puede ser aquilatado en resultados tangibles y medibles. Pongamos, el número de personas que cada año sale de la pobreza extrema en todo el mundo, uno de los procesos que más se ha acelerado en los últimos decenios.

En el caso de esta última estadística, la contradicción entre la mirada del atardecer y la esperanza de ver “ese maldito rayo verde”, al decir de señor Chinarro en su canción homónima, es especialmente flagrante. Según datos de Naciones Unidas, el Banco Mundial y varias otras organizaciones, la población en situación de pobreza extrema se ha reducido de manera notoria en las últimas décadas. Y, como apuntaba Gerardo Sotelo en Twitter: “No se trata propiamente de una noticia: ocurre desde hace 200 años y se agudizó en los últimos veinte”. En 1999, por ejemplo, la población en esa situación de pobreza extrema abarcaba al 28% de la humanidad. En 2017 al 10%, la cifra mas baja desde que se tienen registros.

Esta es una tendencia que se da de frente con cierta visión que, para poder plantarse como alternativa más o menos utópica (la utopía es por definición un no lugar, un deseo) a lo realmente existente, para poder entusiasmarse y entusiasmar a otros en la necesidad del cambio, necesita que las cosas vayan a peor y no a mejor. Algo así como que para querer conquistar un mundo mejor se necesita creer que vivimos en el peor de todos. Digamos, perder de vista lo real en la búsqueda del rayo verde.

Y sin embargo, no es raro ver a quienes aseguran que todo va a peor, reclamar al mismo tiempo que se reconozcan logros locales en esos mismos indicadores que se rechazan a nivel global. Gente que parece que creer que el acceso a más bienes de consumo, acceso a salud y educación públicas, mejoras en varios de los rubros que recoge la ONU en sus estadísticas, incluido el número de gente que cada año sale de la pobreza extrema, son cosas que solo ocurren cuando ellos lo consideran así y no cuando los datos lo dicen. Esa vuelta en el aire, ese usar el mismo argumento en un sentido u otro, suele producirse cuando los declarantes entienden que esos cambios solo ocurren cuando son resultado de lo que hace SU gobierno, de SU voto y de SU idea. Entonces ahí se nos dice que el rayo verde no importa. Que pensar en rayos es cosa de delirantes o de tontos que no han sabido aggiornarse y que lo que uno debe hacer es concentrarse en la hermosa puesta de sol que ellos ofrecen al resto.

La lógica indicaría que no debería ser difícil darse cuenta de que se trata más o menos de los mismos procesos, que lo que recogen la ONU y otros organismos en sus datos es una versión macro de los números que ellos manejan en lo micro. Pero la lógica no se lleva demasiado bien con la ideología. O mejor dicho, con las versiones for dummies de las ideologías: esas que son capaces de negar el cambio salvo cuando se considera que ese cambio es resultado de las propias acciones.

Por supuesto, este salto lógico se puede entender por el llamado “sesgo de confirmación”: “es la tendencia a favorecer, buscar, interpretar, y recordar, la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dando desproporcionadamente menos consideración a posibles alternativas” dice la Wikipedia y agrega: “El sesgo de confirmación contribuye al exceso de confianza en las creencias personales y puede mantener o reforzar estas creencias ante evidencias contrarias”. Todo esto es bastante fácil de observar, especialmente entre los “expertos” de las redes sociales. Pero no alcanza para explicar del todo cómo se puede incurrir en una contradicción tan evidente como asegurar que la pobreza ha descendido en, pongamos Uruguay, y negar ese mismo descenso cuando Uruguay aparece incluido en una estadística más amplia.

Ahí, creo yo, es que simplemente no se admite la posibilidad de que sea justamente la puesta de sol la que nos muestra un rayo verde en el final. Es decir, que los procesos que rechazamos cuando chocan con nuestros apriorismos ideológicos y que solo logramos observar cuando nuestra ideología coincide con la de quienes logran resultados, sean en realidad parte de la misma cosa, un proceso más amplio y profundo que hace tiempo nos viene alejando del abismo. Y que, pese a todos sus defectos y todas las posibilidades de cambio y mejora que presenta, ese proceso es lo mejor que nos hemos logrado dar hasta hoy.

No debería ser un problema si es bajo el odiado capitalismo, con las herramientas que nos hemos logrado dar en las democracias liberales, donde estamos, pese a todo, logrando mejorar nuestras economías, nuestras libertades, nuestra educación, nuestros horizontes humanos. Como dije antes, no hace falta pensar que se vive en el peor de los mundos posibles para querer cambiar lo que no nos gusta de este. A veces se puede anhelar ese casi metafísico rayo verde y al mismo tiempo apreciar la maravillosa puesta de sol que tenemos delante de nuestras narices. Que alguna vez logremos ver la foto completa no parece un mal deseo para este año que acaba de empezar.

Termino de pensar todo esto cuando el sol ya desapareció en el agua, así que doy media vuelta y entro en el almacén a comprar leche, pan y alguna cosa que les guste a los niños para merendar. Está arrancando 2019 y yo todavía no he visto ese maldito rayo verde. Puestas de sol, sí, unas cuantas.

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