El votante como materia prima

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Nº2024 - al de Junio de 2019
por Fernando Santullo

A pesar de mis firmes intenciones de no dejarme llevar por esa aburrida vorágine de pelotazos y descalificaciones que llamamos campaña electoral, me temo que es inevitable sentirse interpelado. Especialmente cuando es imposible no percibir las contradicciones más o menos flagrantes que se desprenden de discursos y prácticas. O mejor dicho, entre discursos y prácticas. Y ver cómo, partiendo desde unos discursos que se pretenden integradores (o inclusivos, que suena mejor), se pueden construir unos argumentos que en la práctica resultan abiertamente paternalistas, cuando no discriminadores.

Por tradición familiar y por una cuestión de elección ideológica y afectiva, siempre he estado más cerca de quienes sostienen una ideología que, grosso modo, se puede definir como “de izquierda”. Yo mismo me defino “de izquierda” a pesar de un montón de prevenciones. La mayor parte de mis amigos, mi familia más cercana, mis colegas en mis distintos oficios, suelen estar más o menos ubicados en esa zona ideológica. Con amplias diferencias, eso sí.

Tengo amigos que se definen como social demócratas laxos, apenas un par de centímetros a la izquierda del centro. Otros para quienes las cuestiones ideológicas se reducen a votar y a comentar alguna generalidad en la mesa, frente a un asado. También tengo amigos que militan por lo que consideran una causa correcta y otros que defienden cosas que a mí me parecen por completo indefendibles, como dictaduras “buenas” y genocidios “necesarios”. Tengo también amigos liberales que, en su intento de marcar paquete, a veces terminan soltando dogmas que son un calco en negativo de aquellas ortodoxias que pretenden debatir.

Sumándole a eso que desde hace quince años gobierna un partido que se define claramente como de izquierda, no es raro que en mi universo de interacciones cotidianas terminen dominando los mensajes de izquierda. Y aquí no me meto a intentar definir qué es izquierda o qué es derecha, asumo que quienes se autodefinen de tal forma, efectivamente lo son, por lo menos a los efectos de esta columna. Me limitaré entonces a comentar un asunto que veo en mi entorno, sin asignarle la menor pretensión de universalidad.

Es en este contexto que me llama la atención una idea que veo expresada con creciente frecuencia entre mis conocidos de las redes y del mundo real: la de que los sectores populares (o los pobres dirían algunos de ellos) estarían ontológicamente imposibilitados de votar otra cosa que no sea izquierda. ¿Por qué? Porque según esta mirada solo la izquierda ha sido capaz de atender los intereses de esos sectores populares. Sectores que, hasta la llegada de esta izquierda al poder, habrían estado sumidos en la más abyecta miseria material y en la más absoluta falta de representación ideológica en el terreno político. Y que cuando esos sectores populares votan otra cosa que no sea esta izquierda, estarían “votando mal”, siendo “engañados” por el “sistema” (que aparentemente no incluye al gobierno ni al partido más votado) o estarían siendo “desagradecidos” con quienes mejor velan por sus intereses. En resumen, que no saben lo que hacen.

Por un lado, la idea de que los sectores populares no tuvieran representación ni objetivos conquistados resulta insostenible en un país que pasó por el battlismo y que tiene una central obrera poderosa desde hace más de cinco décadas. Por otro, la idea de que unos ciudadanos le “deben” cosas a los partidos solo revela una concepción patrimonial de la política y en particular del votante. De ahí que me estremezca cuando escucho a politólogos (gente que tiene un aval estatal y social detrás de sus opiniones) decir sin el menor matiz que “los votos del candidato Fulano se los puede robar el candidato Mengano”. Como si de alguna forma no explicitada por el sistema político y electoral los votos pertenecieran a los partidos y no a cada ciudadano que libremente se expresa.

Es especialmente sangrante cuando se habla con esa displicencia de sectores sociales enteros. Es decir, cuando se subestiman o se desconocen las razones que tal o cual ciudadano tiene para votar esto o lo otro. En esa mirada que señalo y que es muy frecuente entre los votantes (y hasta candidatos) de izquierda, el voto tendría solamente una dimensión que lo define: la gente votaría según su clase social y según la llamada “conciencia de clase”. Quizá muchos de quienes las pregonan no saben que detrás de esas ideas late aquello que Marx llamó “la clase en sí” y “la clase para sí”: una cosa es ser de una clase y otra ser consciente del papel que le “corresponde” en la historia. Y aunque esa idea tiene casi dos siglos, empíricamente es difícil decir que las cosas realmente funcionan así.

A pesar de que las clases existen y que, de manera más o menos nebulosa, operan sobre la realidad, el voto incorpora un montón de otras dimensiones. La trayectoria personal de cada individuo suele pesar mucho más que una definición socio económica que la mayor parte de las veces se percibe como exógena. Y si a lo largo de esa trayectoria a ese individuo se lo ha venido considerando como un niño incompetente que no sabe elegir (que elige “mal”), no es raro que a la hora del voto, esas otras dimensiones pasen por encima de la bendita clase. Por no hablar de que es llamativo ese énfasis en la clase social en manos de una izquierda que ha hecho lo posible por sacar la categoría de cada una de sus políticas públicas, apostando por el tribalismo identitario como factor motor de lo social. Si hasta se podría pensar que es demagogia volver a la “lucha de clases” justo en año electoral.

Lo interesante no es solo la contradicción que late entre las políticas sociales reales que los gobiernos de izquierda han venido implantando (varias de ellas muy necesarias y sensatas) y las definiciones ideológicas que se demandan a esos votantes que se consideran “propios”. Es que en esa contradicción se construye una distancia que no logra dar cuenta de los motivos reales que tienen los votantes para definirse por tal o cual opción. Votantes que pese a ser el supuesto sujeto de esas políticas públicas siempre son definidos de manera negativa por quienes reclaman su voto. Un votante que es entendido antes que nada como materia prima en manos de sus ideólogos “naturales”. Un votante que en su origen sería un machista, un violento, alguien que “atrasa”. Un ignorante que no entiende el mundo que lo rodea y que solo gracias a la tutela de quienes sí son inclusivos y entienden el mundo como este debe ser puede llegar a realizarse como el hombre nuevo. El material con que quienes realmente saben lo que es bueno construyen el sueño colectivo. Y poca cosa más.

Por descontado, esta columna no tiene la menor intención de orientar el voto de nadie ni nada parecido. Creo que el voto es un mal necesario y que la política que importa es la que se hace todos los días. Sí me interesa señalar que la soberbia, los apriorismos ideológicos y la displicencia son pésimos argumentos cuando se intenta convencer gente de las bondades de una opción. Y eso es algo que se aplica de manera indistinta a derecha y a izquierda.

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