Prometer no empobrece

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Nº2012 - al de Marzo de 2019
por Fernando Santullo

Unas horas después de que se conociera la destitución del comandante en jefe del Ejército, el precandidato por el Partido Colorado Ernesto Talvi publicó el siguiente tuit en su cuenta en esa red: “La destitución del Gral. Manini no admite dos opiniones: el Pte. ejerció su autoridad y se acata sin chistar. Pero hay que hablar de lo que medio país cuchichea: ¿tiene sentido con nuestro tamaño y en este tiempo tener FF.AA. convencionales teóricamente preparadas para la guerra?”.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, un señor que se presenta a las elecciones se animó a meterse con un tema que a) debe poner incómoda a una parte importante de sus posibles votantes y b) se mete con un asunto delicado y que, de manera más o menos subterránea, burbujea en la política local desde hace ya mucho tiempo. Es decir, un señor que ha cometido algo muy parecido al suicidio político o a pegarse un tiro en un pie, al pensar que puede tratar a sus conciudadanos como adultos responsables, capaces de intercambiar ideas complejas en la arena pública. En política, eso lo sabe cualquiera que haya navegado sus sucias aguas, nunca se puede tratar al elector como otra cosa que alguien incapaz de asumir los costos de sus decisiones o de plantearse debates de calado. Alguien preocupado solo por la satisfacción inmediata de su deseo.

En una columna reciente decía que la lógica del universo tecnoeconómico ha colonizado todas las otras lógicas que rigen nuestras vidas y que desde hace ya bastante tiempo, tanto a la política (preocupada por la igualdad) como a la cultura (preocupada por el placer y el disfrute) se les pide eficiencia y performatividad. En esa clasificación sintética que usaba para señalar que esas categorías, planteadas hace más de 30 años por el sociólogo Daniel Bell, habían perdido en buena medida su relevancia analítica, omití señalar un aspecto de nuestras vidas en donde sí que impera una lógica diferente a la de la eficiencia. Una lógica que, de a poco, nos hace dudar cada vez más de las bondades del sistema democrático. Y es que ¿cómo puede estar bien un sistema que nos pide que seamos responsables, estemos dispuestos a asumir sacrificios y, horror de horrores, tener que lidiar con visiones del mundo distintas a la nuestra?

Esa lógica distinta, esa que exige la inmediata satisfacción de nuestras necesidades, es la lógica del consumo. A quienes intentan vender cosas ya les va bien que el usuario (nunca ciudadano, siempre usuario o cliente) se comporte como un niño caprichoso que no puede ver un metro más allá del cumplimiento del deseo que es alimentado por esos mismos vendedores. Esa lógica del consumo, que me animaría a llamar consumista, es un reclamo por el dinero desembolsado el 100%, las 24 horas del día, los 365 días del año y que nunca admite para el producto que compra nada por debajo de eso. Y es justo bajo esa lógica que viene operando el mercadeo político desde hace ya un buen rato.

Se pide eficiencia, sí, pero siempre y cuando esa eficiencia sea infalible. Como quien compra una licuadora cara y espera, habiendo pagado lo que pagó, que jamás falle. Como si el debate democrático, lleno de dudas, temas límite o poco claros, idas y venidas en el contraste con la realidad (esos datos que siempre sirven para testear nuestra idea en la práctica) fuera asimilable a un electrodoméstico de gama alta. Y que la garantía que ese electrodoméstico siempre trae consigo, fuera exigible a la democracia. Y que si esa garantía no existe, ese es un problema de la democracia, que no está a la altura de lo que ofrece en su folleto. Como si la democracia fuera un ente que existe más allá de nuestras prácticas colectivas. Una licuadora, un auto, un aire acondicionado que están ahí para satisfacer nuestro deseo de licuados, velocidad o brisa fresca.

Esto ha derivado, cómo no, en que los electores nos comportemos cada vez más como clientes y no como ciudadanos. Es decir, como quien espera que le vendan la moto sin ponerse a pensar que la moto puede fallar o ser cara o romperse. Como quien quiere una moto rápida y linda, en lugar de un señor que le explique todo lo que puede salir mal con esa moto. Un electorado infantilizado que no quiere candidatos que le hablen de temas dudosos o sobre los que hace falta reflexión extensa. ¿Cómo me van a pedir reflexión a mí, que estoy ocupado en las cosas que me importan (la licuadora, la moto), cuando son ellos los que cobran por darme soluciones?

Por eso el tuit de Talvi, lamentablemente para él, puede resultar un tiro en el pie. Leyendo los comentarios en Twitter, en donde se lo acusa de ultraizquierdista o de irresponsable, entre otras simplezas, parece claro que la ciudadanía no quiere candidatos que se pregunten cosas, que planteen debates. Quiere candidatos que le expliquen la cilindrada de la moto, la velocidad de giro de las aspas de la licuadora pero que nunca, jamás, la interpele como responsable de una democracia. El problema es que la democracia es eso que hacemos todos, no lo que dice el folleto de la licuadora. El folleto es marketing, tal como lo es la promesa delirante que hace el político, que sabe que seguramente no va a cumplir pero que sabe, también, lo acerca a la poltrona.

Esa promesa difícil de cumplir o directamente demagógica está alineada así con la lógica del consumismo. Ese mismo consumismo que puede ser criticado como una señal de estupidez humana (“Mire que gastar la plata en estas cosas en vez de hacerlo en cosas profundas como el crecimiento personal interior”) o usado como señal de prosperidad económica (“Nunca en los 200 años previos se vendieron tantos celulares caros”), es usado también como retícula a la hora de considerar a los candidatos del sistema político: aquel que ofrezca mejores prestaciones y no me venga con problemas que no son míos es mi candidato.

Más aún: cuando un candidato (o un político en general) es cauto en sus apreciaciones, es capaz de asumir errores y criticar las propias acciones, es percibido como un político torpe (“El problema de Astori es que es técnico, no político”). Es decir, alguien que no sabe vender la moto de manera adecuada. Y es que si alguien puede vender la moto en esos términos es porque alguien está ansiando comprarla, también en esos términos. Como dice el viejo refrán castellano: “El prometer no empobrece, el dar es lo que aniquila”.

Mientras frente a la democracia nos comportemos como consumidores o clientes y no como ciudadanos activos, el descreimiento en los resultados de la democracia seguirá creciendo. Porque la lógica consumista no puede, no debe ser aplicada en la política, so pena de infantilizarlo todo y a todos. Lo que resulta exigible y esperable de un objeto de consumo es absurdo esperarlo y exigirlo a la democracia. Plantados en ese altar de niños caprichosos que solo quieren oír cosas lindas, abrimos cada vez más la puerta a la decepción que la realidad, terca, siempre trae consigo. La vida en común es debate, complejidad, ambigüedad, marchas y contramarchas. Todo lo que una licuadora no es.

✔️ Ciudadanos y partitocracia

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