Velando el yugo ajeno

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Nº1998 - al de Diciembre de 2018
por Fernando Santullo

Siempre me ha llamado la atención, por contradictoria, la gente que es abiertamente beligerante con la Iglesia católica y, al mismo tiempo, es tremendamente generosa con el “derecho cultural” que tendrían otras religiones. Vaya por delante que fui educado en el más puro laicismo y que, aunque reconozco la importancia de las creencias y la fe para muchos individuos, descreo de manera radical de las religiones organizadas.

Es una contradicción que siempre se manifiesta en una única dirección, como si fuera una amplia avenida flechada en un solo sentido. Y viene a decir cosas como que de la misma manera en que todos los católicos deben sentirse responsables de la existencia de curas violadores de niños, asuntos como la ablación de clítoris, el uso obligatorio del hiyab y la burka son gestos culturales que deben ser respetados a cara de perro, so pena de estar cometiendo delito de etnocentrismo.

Lo contradictorio, y hasta irónico, es que justamente ese criterio rezuma el más puro etnocentrismo en sí mismo. O si se prefiere, “occidentecentrismo”: aquel prejuicio que, sin darse cuenta, coloca a la civilización occidental en el centro de cualquier cosa, buena o mala, que ocurra en el universo conocido. Por lo general, cosa mala, ya que esos occidentales (siempre son occidentales, sin excepción) son incapaces de ver a su alrededor nada salvo culpa, devastación, privilegios, violencia y muerte. Un etnocentrismo que sería, más exactamente, un “etnocentrismo inverso”.

Traigo un ejemplo muy reciente para ver cómo opera esa contradicción, una que se disfraza de diversidad, siempre y cuando el “diverso” no sea católico: hace un par de semanas Mimunt Hamido, activista y feminista de origen musulmán que se define como “mora, amazigh (bereber), magrebí, laica y musulmana por nacimiento”, cuestionó públicamente la decisión del partido español de izquierda Podemos, de enviar a las elecciones al Parlamento Europeo una representante con velo. Y no con un velo cualquiera: con el velo negro que ha impuesto la teocracia iraní a las mujeres de aquel país.

El velo, explica Hamido, es la “exhibición voluntaria de un uniforme ideológico moderno estandarizado en las últimas décadas para identificar a las mujeres musulmanas en todo el mundo. Hay que preguntarse ¿por qué las mujeres y no los hombres?”. También señala: “El velo es una separación sexista entre agresores por naturaleza y agredidas culpables de ser agredidas”. La activista, que es nacida en la ciudad autónoma de Melilla, afirma no poder creer que “los tres años de luto obligatorio en España de hace unas décadas nos hagan reír y nos parezcan antediluvianos, y ahora nos parezca guay que chicas adolescentes piensen que taparse para no excitar a los hombres las hace ser empoderadas y feministas”.

La crítica de Hamido fue recibida con uñas y dientes por el activismo de izquierdas español: ¿cómo se atreve a cuestionar la multiculturalidad esta mujer? ¿Cómo puede creer que alguien que desea usar una prenda lo hace sometida por un patrón cultural que la discrimina? ¿Cómo se atreve a faltar el respeto a una tradición milenaria como el velo? En una entrevista posterior, Hamido recuerda que ella no cuestionó la multiculturalidad sino su versión burda y lineal. Que la existencia de patrones culturales que discriminan a la mujer son señalados sin problemas todos los días por Podemos y sus activistas, por ejemplo cuando afirman que el uso del bikini en Occidente es una imposición patriarcal. También que el hiyab no es parte de ninguna tradición cultural milenaria y que, por ejemplo en Marruecos, hasta la década de los 80 prácticamente ninguna mujer lo usaba.

Hamido dijo más cosas: que el uso de hiyab antes que un gesto cultural o religioso es un gesto político, el gesto político del islam mas reaccionario y derechista que no ha parado de someter a las mujeres musulmanas en los últimos 30 años. Que la diferencia es que el bikini en Occidente no es obligatorio para nadie y que salir a la calle sin el hiyab en algunos países islámicos termina en tu muerte por lapidación.

Y es ahí donde, creo yo, se hace evidente ese “etnocentrismo inverso”: lejos de asumir que lo que se demanda para una sociedad occidental debería poder demandarse a otras que no lo son, siempre que eso que se reclama vaya en el sentido del respeto y el desarrollo de los derechos de los ciudadanos, la izquierda multicultural prefiere pasar por alto (básicamente para que les cierren las cuentas teóricas) a las mujeres musulmanas que no están por la labor de usar esos símbolos retrógrados. Y que son, justamente, las mujeres más brutalmente reprimidas en esas sociedades.

Lo que vienen a decir esos occidentales es que aquello que resulta inadmisible para ellos y los suyos, es perfectamente admisible para otros bajo la coartada del “derecho cultural”. Algo así como: “A ustedes, que son incapaces de desarrollar una sociedad libre y democrática como deseamos sea la nuestra, ya les va bien con lograr conservar sus tradiciones. No importa si estas tradiciones se inventaron hace dos días, discriminan y hasta matan mujeres, lo que importa es que nosotros respetamos su cultura”. La cultura de la ultraderecha islámica, claro.

En una entrevista de 2013, la feminista argelina Marieme-Hélie Lucas señalaba: “A mí me gustaría que la vociferante defensa de la ‘elección’ de las mujeres con velo y del ‘derecho al velo’ por parte de ‘gentes progresistas’ anduviera a la par con su defensa de las mujeres masacradas por no llevar velo. Pero lo que, en cambio, vemos esconderse tras la defensa unilateral de los derechos humanos de las mujeres con velo por parte de la izquierda poslaica y de la comunidad de derechos humanos en Europa y en Norteamérica es, de hecho, una posición claramente política. Los pretendidos ‘progresistas’ han optado por defender a los fundamentalistas como víctimas del imperialismo estadounidense antes que a las víctimas de esos fundamentalistas”.

Parecería que en estos últimos cinco años las cosas no han mejorado y que, al revés, cada vez se afirma más ese “etnocentrismo inverso” que admite para no occidentales cosas que ni siquiera consideraría para su propia sociedad. Y que lo hace en nombre de la diversidad, faltaría más. Colocando ese supuesto “derecho cultural”, que sería eterno y natural, por encima de cualquier otra consideración. Infantilizando al otro y, en nombre de un supuesto respeto hacia otras culturas, tratándolo como una suerte de niño eterno que solo puede aspirar a permanecer por siempre en las cercanías de la caverna. El paternalismo occidental de toda la vida, con distinto collar. Nada nuevo ni, contrariamente a lo que se podría pensar, nada ajeno.

Esta semana se supo que la actriz egipcia Rania Youssef estuvo a punto de ser condenada a cinco años de cárcel por usar un vestido con transparencias en una entrega de premios. Youssef, de 45 años, tuvo que pedir disculpas públicamente por su gesto. Ninguna organización feminista occidental dijo una sola palabra en su defensa. Será porque usar transparencias es obra del patriarcado, pero terminar en la cárcel por usarlas es, en cambio, un derecho cultural. Así está el patio.

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