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    A propósito de Eduardo Lust

    No está construyendo su personaje político sobre la rabia; no grita; no insulta; no necesita convertir al adversario en enemigo; esto lo diferencia de buena parte de los outsiders que han prosperado durante los últimos años en otras democracias

    Columnista de Búsqueda

    Me llama la atención lo que viene haciendo Eduardo Lust. Antes de detenerme a explicar por qué, quisiera repasar rápidamente algunos datos sobre su trayectoria. Lust es abogado y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de la República. De joven, militó en el Partido Nacional. Fue electo diputado por Montevideo por Cabildo Abierto para el período 2020-2025, pero abandonó el partido en 2023. Luego, fundó el Partido Constitucional Ambientalista, por el que fue candidato a la presidencia en las elecciones de 2024, y obtuvo algo menos de 12.000 votos. No está muy claro todavía dónde estará en 2029. Lo que sí me atrevo a afirmar es que ya está dando qué hablar. Veamos algunos rasgos de su discurso.

    El profesor. Habla como alguien acostumbrado a dar clase. Pone ejemplos. Recurre a la historia. No parece demasiado preocupado por encontrar la frase perfecta para las redes sociales. Se toma su tiempo. Pero esa forma de hablar, acaso antigua para los códigos de la comunicación política contemporánea, termina siendo parte de su atractivo. Lust no solamente opina. Quiere explicar por qué piensa lo que piensa. No asume que hay solamente un puñado de personas a las que les puede interesar escuchar hablar de historia, de filosofía o de derecho. Como los profesores con experiencia, se las ingenia para despertar el interés de quienes lo escuchan. No subestima a su público. Esto merece ser subrayado en una época en la que buena parte de la comunicación política parece construirse infantilizando a la ciudadanía.

    El constitucionalista. Lust mira la política desde las instituciones, desde las reglas, desde la Constitución. Vuelve una y otra vez sobre los límites que el derecho le impone al poder. No en vano es un producto de la Facultad de Derecho de la Udelar, la institución que durante muchas décadas formó a la élite política uruguaya. Desde luego, conocer la Constitución no significa tener siempre razón acerca de cómo interpretarla. Algunas de sus opiniones jurídicas son discutibles, como su recelo respecto a las normas internacionales que entran en conflicto con las decisiones soberanas de las naciones. Su trayectoria profesional, además, no está exenta de algunas controversias impactantes: como informó Búsqueda, desde 2014 se encuentra suspendido por la Suprema Corte de Justicia del ejercicio de la función notarial. Lo que me interesa acá no es juzgar sus posiciones jurídicas (me falta formación específica) o su conducta personal (me falta información completa), sino registrar el lugar que ocupa el derecho en la construcción de su discurso político.

    Sin casete. Lust es espontáneo. No parece hablar siguiendo un libreto cuidadosamente preparado por un equipo de comunicación. Al contrario, a veces hace afirmaciones a contrapelo del manual. Por ejemplo, no tiene ningún problema en decir que los políticos con los que trabajó en el Parlamento son “buenas personas”. Más de un experto le hubiera recomendado decir otra cosa, dado el malestar reinante. En realidad, no parece demasiado preocupado por acertar siempre con lo que el público podría querer escuchar. Esa libertad tiene probablemente mucho que ver con su situación política actual: no dirige un gran partido, no administra un aparato y no tiene demasiado que perder. Pero también forma parte de su personalidad política. Hablar sin casete, desde luego, tiene riesgos. El que habla mucho y libremente se equivoca más. Pero también tiene una ventaja: transmite autenticidad. Claro: la autenticidad no es en sí misma una virtud política. Se puede ser auténtico y estar profundamente equivocado.

    Sin enojo. Este rasgo me parece especialmente interesante. Lust se muestra distinto a los demás, pero no está enojado. Por ejemplo, se fue de Cabildo Abierto, pero no parece guardarle rencor a Guido Manini Ríos. No está construyendo su personaje político sobre la rabia. No grita. No insulta. No necesita convertir al adversario en enemigo. Esto lo diferencia de buena parte de los outsiders que han prosperado durante los últimos años en otras democracias. Critica al sistema político, pero no propone dinamitarlo. El discurso outsider suele alimentarse de la denuncia de una élite corrupta, incompetente o moralmente inferior. Lust, como es bien sabido, está del lado de la Coalición Republicana. Se considera un liberal. Pero no es un enemigo de los “socialistas” de la vereda de enfrente. Asume con mucha naturalidad que hay diferentes formas de pensar. Esto es muy llamativo y quiero destacarlo: el respeto a los que piensan distinto todavía puede ser un atributo políticamente valioso.

    La ciudadanía, también en Uruguay, envía señales claras de cansancio. Circula por nuestra sociedad, otra vez, o quizás más que otras veces, la demanda de novedad. La gran pregunta es quién o quiénes tendrán los atributos personales necesarios como para sintonizar con esa demanda en la próxima elección nacional. Los colegas que, en la ciencia política uruguaya, más han estudiado la personalización de la política en América Latina (pienso en Diego Luján y Gonzalo Puig) han insistido mucho en esto. Para que prospere un proyecto político nuevo no alcanza con que se genere una demanda. Tiene que aparecer una oferta atractiva, una personalidad carismática, un liderazgo con cualidades de interés. Hay espacio para algo nuevo. En ese escenario, Lust, que ha logrado hacerse escuchar, podría tener la oportunidad de jugar un papel relevante.

    Por cierto, nada de lo dicho implica que sus propuestas sean necesariamente las mejores, ni que Lust esté preparado más que otros líderes para gobernar, ni que, como él mismo ha dicho, “no tenga muertos en el ropero”. Tampoco sabemos cómo funcionaría su estilo si tuviera detrás un partido grande, responsabilidades de gobierno y posibilidades reales de alcanzar el poder. Puede arriesgar con un discurso diferente porque no tiene nada para perder. Mi objetivo es otro. Lo que me interesa decir es que el creciente interés por Lust sugiere que es posible captar la atención y, eventualmente, el apoyo de una porción significativa de la ciudadanía, sin recursos, sin ataduras, sin casete, sin agresividad, sin caer en la crítica fácil, apostando a la cultura, hablando de historia, de filosofía y de leyes, sin convertir al adversario en un enemigo.