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A pesar de las diferencias, hay una rendija que se abre en los encuentros partidarios en Torre Ejecutiva; deberíamos verlo como una oportunidad de no caer en la dicotomía de buenos y malos, zurdos y fachos, progres y conservas
Si vamos a ser sinceros, todos a quienes nos gusta la política disfrutamos de un buen ida y vuelta entre dos dirigentes opositores. Nos gusta cuando hay una chicanita inteligente, respuesta, contrarrespuesta o un archivo irrefutable. Es más, buscamos la boca del señalado e intentamos por todos los medios que deje caer lo suyo. Pimba y pimba, como decía Claudio Romanoff, periodista inolvidable por su talento y sus frases inmortales. Pero el pimba y pimba tiene que tener un límite. No se puede vivir en guerra durante cinco años y luego cambiar y volver a vivir en guerra y así sucesivamente. Porque ya sabemos, una cosa son las diferencias políticas e ideológicas y otra muy distinta es esta especie de convivencia insoportable en la que el sistema político viene cayendo sin pausa.
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Pero esta vez intentemos ver por encima del barro. No todos los políticos son iguales, ya lo sabemos. No todos caen en el agravio fácil y muchos, por el contrario, buscan los consensos cuando son necesarios. Dicho esto, la sensación es que de esos cada vez hay menos. Porque, claro, ser peleador rinde. Da visibilidad, genera conversación, exposición y, en algún momento, votos. Pero si vamos al fondo, ¿realmente rinde? ¿Cuánto tiempo se sostiene la imagen del insulto o el ataque permanente?
En fin, en medio de este clima apareció una pequeña luz. Una propuesta del senador colorado Andrés Ojeda que el presidente Yamandú Orsi aceptó y encaró rápidamente. Una convocatoria a todos los líderes partidarios para reunirse antes de la Asamblea General de las Naciones Unidas para analizar juntos mucho más que el discurso. Allí pasan otras cosas. Hay líderes mundiales, hay personas con las que hacer acuerdos, negocios, atraer la atención hacia este diminuto punto del mapa. Todo iba bien hasta que el Partido Nacional reclamó postergar esa reunión aludiendo a una conferencia del día anterior en la que el Frente Amplio ubicaba al expresidente Luis Lacalle Pou como responsable político de todo el caso de las patrulleras océanicas que construiría la española Cardama. Si vamos a las propias palabras de Lacalle Pou, todo lo que saliera bien en su gobierno sería “gracias al equipo” y, si en algún momento las cosas no salían como los uruguayos necesitaban, decía el mandatario, “no miren al costado, será responsabilidad exclusiva del presidente”. ¿Entonces? Nadie le adjudicó responsabilidades penales en el contrato con una empresa que presentó garantías truchas ni mucho menos. Se lo responsabilizó políticamente como se responsabilizará a Yamandú Orsi si en este período alguna decisión de gobierno tiene consecuencias negativas para el país. Incluso la de rescindir el contrato con Cardama.
Es cierto, la conferencia del Frente Amplio no fue una más. Se aludió al expresidente, estuvieron allí todos los senadores y el presidente de la fuerza política, Fernando Pereira, se habló de enviar material a la Justicia. ¿Pero tanto dista en cuestiones de tono esa conferencia de la que algún tiempo atrás hizo la coalición en conjunto cuando anunció que no votaría la Rendición de Cuentas en general, antes de ponerse a discutir el articulado? Sin comparar los contenidos, la puesta en escena es bastante similar. A ninguno de los dos bloques le gustó lo que hizo el otro, pero la reacción posterior fue parecida. Ofensa, indignación, señalamientos. No nos hagamos los tontos.
Pero volvamos a lo bueno. No es fácil enfocarse, pero podemos hacerlo. A pesar de la negativa inicial y la postergación del encuentro, el Partido Nacional aceptó la reunión. Es difícil decir que no a una convocatoria del presidente, más aún cuando la idea partió de la propia oposición. El presidente del Directorio del Partido Nacional, Álvaro Delgado, debió lidiar con posturas radicalizadas que advertían que aceptar ese encuentro era ir contra sus propios intereses, pero varios cercanos aseguraban por lo bajo que terminaría aceptando. Lo que sucedió, por suerte. A pesar de que el discurso en Masoller el pasado fin de semana volvió a hablar de la falta de rumbo y liderazgo y de una coalición encabezada por los blancos que ganaría las próximas elecciones —punto aparte para el mensaje al Partido Colorado de que no tendría lugar en la cabeza coalicionista—, primó la racionalidad y la actitud republicana de la que tanto nos gusta jactarnos.
Quizás el contenido de las reuniones no logra calmar las aguas partidarias, no llega a todos quienes piensan, aunque digan lo contrario, que “cuanto peor, mejor”, pero por la salud del sistema político que aún seguimos eligiendo como el más adecuado, es urgente. Mientras en Torre Ejecutiva hay conversaciones sensatas y respetuosas, en el Parlamento sobran los dardos y los insultos. Urge parar. El faro de la próxima elección no puede ser la guía para seguir escalando en la confrontación. ¿Queremos ser Argentina? ¿Queremos ser Brasil? ¿Queremos ser un país quebrado a la mitad, que ya no es capaz de discutir ideas con respeto y solo ve enemigos en el lado opuesto? Déjenme, por favor, creer que no. Que los fogoneadores de la ruptura son solo eso y que, en el fondo, queremos seguir siendo un país que discute y pelea por el bienestar de todos y no solo y exclusivamente pensando en la urna y el sillón de cuero.
A pesar de las diferencias, hay una luz en esos encuentros. Deberíamos verlo como una oportunidad de no caer en la dicotomía de buenos y malos, zurdos y fachos, progres y conservas. Hay enormes temas que el país necesita que se encaren con los mejores de todos nosotros. Y esos no están solo en un partido. Están en todos. Y el uruguayo común merece más respeto.