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    Conservadores

    Si nuestras antiparras ideológicas son capaces de distorsionar el objeto del trabajo periodístico hasta el punto de perder de vista cualquier posibilidad de verdad (esa que no existe según el tan de moda relativismo moral), la tarea periodística pierde su sentido

    Columnista de Búsqueda

    Una de las ideas clave que el escritor y periodista Roberto Herrscher tiraba en el arranque del máster de periodismo que dictaba en la Universidad de Barcelona era “nunca se enamoren de su entrevistado”. Herrscher, argentino egresado de Columbia y profesor de periodismo narrativo, advertía que año a año, cuando los alumnos de su máster entrevistaban a alguien, especialmente si se trataba de alguien carismático o alguien con quien los estudiantes compartían perspectivas, más que entrevista lo que salía era un masaje al entrevistado. A pesar de su advertencia, aquel curso, dictado en el ya lejano año 2001, no fue distinto de otros: buena parte de los alumnos, especialmente quienes hacían por primera vez una entrevista, mostraron claramente su simpatía por el entrevistado y sus puntos de vista, presentándole así al lector una visión más bien sesgada del personaje en cuestión.

    Esto, que es algo relativamente habitual entre quienes están estudiando periodismo, debería ser más bien raro entre profesionales de la materia. No solo porque en la trayectoria de entrevistar gente, al periodista seguramente le van a tocar entrevistados que no le caigan bien o con quienes no esté de acuerdo. También porque su tarea como entrevistador es acercar al lector o espectador una mirada interesante, rica y, en la medida de lo posible, desapasionada sobre el sujeto de la entrevista. Esto es, su tarea es dejar espacio para que el entrevistado se extienda en sus respuestas antes que mostrar cuán cerca o lejos el periodista se encuentra de esos puntos de vista. Esto último es algo que solo le interesa al periodista, no al lector.

    Esto recordaba ayer miércoles 28 en el Movie, mientras el expresidente Julio María Sanguinetti señalaba, rememorando el medio siglo periodístico de Búsqueda, la relevancia de Danilo Arbilla en el contexto uruguayo. Antes de Arbilla y de Búsqueda, venía a decir Sanguinetti, la idea de un periodismo independiente no era frecuente en Uruguay. Lo habitual era que el periodismo, sin ir en desmedro de la información, estuviera siempre enmarcado en un medio de clara vocación partidaria. El expresidente recordó que ahí estaba El Día, como “portavoz del batllismo de la 14”, El País alineado con el Partido Nacional, El Popular como órgano del Partido Comunista, etcétera. “Periodismo de investigación hemos hecho todos”, dijo Sanguinetti, “pero la idea de un periodismo independiente, que se debiera antes que nada a la calidad de la información, llega de la mano de Arbilla”.

    Un elemento común destacado en ese encuentro, que reunió al presidente Yamandú Orsi, al expresidente Luis Lacalle Herrera y al citado expresidente Sanguinetti, fue la compleja situación que enfrenta esa clase de periodismo, digamos, más “conservador” o tradicional. El periodismo que, más allá de las ideas políticas que cada periodista tenga, se concentra en verificar datos, buscar fuentes primarias, hablar con los protagonistas en vez de limitarse a levantar lo que alguien dijo en X y convertir eso en una suerte de declaración fundacional sobre determinado asunto.

    En el encuentro se habló de la inmediatez de las redes, de su capacidad de empujar el caos a través de la difusión de informaciones no confirmadas o, directamente, a través de la promoción de fake news diseñadas para generar bronca y confirmar prejuicios. “Cómo puede estar equivocada esa información si yo pienso lo mismo”, podría ser el leit motiv del actual consumidor de esas noticias de diseño negativo y estruendoso. La idea de contrastar datos, de confirmar lo dicho preguntando a los involucrados nos resulta cada vez más ajena en una realidad de “todo al mismo tiempo ahora, 24/365”.

    Algo que no se dijo en el evento, pero que se agrega como problema extra es un giro más o menos reciente que se ha producido al interior del periodismo que se supone más convencional o conservador (en el sentido de conservar unos métodos de trabajo, no como postura ideológica ante la realidad). Este giro es una suerte de matiz de la fascinación por el entrevistado sobre la que advertía Herrscher: ya no es que el entrevistador le dore la píldora al entrevistado. Ahora lo que se lleva es que, si mi convicción ideológica profunda es X o Y, mi trabajo como periodista debe ser el de difundir la buena nueva ante el público. Ya no se trata de intentar exponer unos hechos basándome en testimonios y documentos. Se trata de subordinar cualquier gesto informativo a un mapa ideológico previo.

    Esto, que es el pan de cada día en redes, no debería ocurrir en unos medios cuya apuesta es la información. Es evidente que cada uno carga con una visión del mundo que marca su perspectiva, pero no es evidente que un periodista deba subordinar su método y su práctica a esa visión. Dice el dicho que no hay niños sin padres, pero sí hay niños sin partido político. Especialmente cuando el niño en cuestión es un periodista que entiende que su aporte de valor es contribuir a dilucidar una partecita de la verdad que se esconde en las tramas de la realidad. Hacer otra cosa como profesional de la información es, más temprano o más tarde, pegarse un tiro en el pie.

    De ahí la relevancia de separar peras de manzanas. O, como apuntaba Sanguinetti, de no ir en desmedro de la información que se pretende dar. Si nuestras antiparras ideológicas son capaces de distorsionar el objeto del trabajo periodístico hasta el punto de perder de vista cualquier posibilidad de verdad (esa que no existe según el relativismo moral radical de moda), la tarea periodística pierde su sentido. Ojo, y que quede claro: la “objetividad” no tiene nada que ver con este asunto. Se trata apenas de la búsqueda consciente de “los hechos puros y duros” (just the plain facts en su versión en inglés) a través de unos métodos contrastados que han demostrado su valía en un montón de casos. Algunos tan conocidos como el de Nixon y su Watergate.

    Como ocurre en las ciencias sociales, al mismo tiempo que observa, el periodista también interviene. Las cuestiones sobre las que investiga o informa no son algo exterior, está inmerso en ellas. Es como si el periodista fuera una suerte de “observador participante”, ese rol asociado a la sociología o la antropología. Apurado, claro está, por el cierre diario o semanal, ahora convertido en un cierre eterno y constante. Por eso muchas veces el marco ideológico se presenta como un atajo: si no tengo suficiente información contrastada, mi marco ideológico me viene perfecto para completar la línea de puntos que tengo sin cerrar.

    Se nos suele decir que ser conservador es algo inherentemente negativo. Que querer conservar es algo que atrasa el necesario cambio. Sin embargo, tengo para mí que algunas cosas sí que nos conviene conservar. La posibilidad de convivencia pacífica entre distintos, por ejemplo. O unas herramientas que nos permitan apuntalar esa convivencia a través de un periodismo serio y comprometido con la posibilidad de la verdad, sea esta cual sea. De ahí que quizá no sea mala idea querer conservar un periodismo que anteponga la información contrastada al veleidoso like o a la urgencia de las redes. Y para esa tarea quizá hagan falta conservadores.