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Los que terminan casi monopolizando la atención son los que se alimentan por el odio y están en una especie de competencia para ver quién destruye más de los otros
En sus más de 50 años de existencia, el Frente Amplio ha sido más tiempo oposición que gobierno. Elección tras elección fue creciendo electoralmente, sobre todo desde la restauración democrática en 1985, pero recién logró acceder al poder por primera vez el 1 de marzo de 2005, luego de un largo proceso de maduración y acumulación, con corrimiento hacia el centro incluido.
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Sin embargo, siempre mantuvo en sus estructuras a los que creen que la estrategia política para confrontar con los gobiernos de turno tiene que estar basada en la famosa frase, pronunciada por primera vez a finales del siglo XIX por un revolucionario socialista ruso, “cuanto peor, mejor”. Al principio esos opositores radicales eran mayoría en el Frente, pero después, con el transcurso de los años, se fueron diluyendo entre otros más pragmáticos, aunque siempre tuvieron una fuerza importante.
Tal fue esa incidencia que tuvieron que lograron hacer mucho daño. Funcionaron como una barrera para que los sucesivos gobiernos no pudieran realizar algunos cambios importantes y lograron convencer a unos cuantos de que la única forma de vencer a un adversario es destruirlo. Instalaron esa manera de oponerse que alimenta el odio y que deja secuelas durante mucho tiempo.
Lo que los apaciguó, aunque en parte, fue la llegada del Frente Amplio al gobierno. La izquierda uruguaya pasó al otro lado del mostrador y, para lograrlo, antes era necesario que dejara a los más confrontativos en un segundo plano. El primero en entenderlo fue Danilo Astori y después se sumaron Tabaré Vázquez y José Mujica. Los tres últimos líderes frenteamplistas se distanciaron de ese camino de “cuanto peor, mejor” y empezaron a construir desde otro lado.
Sin embargo, algo cambió cuando, luego de 15 años en el poder, los frenteamplistas volvieron otra vez al llano. Los que habían quedado opacados por el ejercicio del gobierno retomaron el protagonismo rápidamente. La oposición al gobierno encabezado por Luis Lacalle Pou fue dura. Quienes más se hicieron escuchar fueron los que más cerca se encuentran de aquello de “cuanto peor, mejor”. No le dieron ni un respiro a la nueva administración, ni siquiera durante la pandemia de Covid, que paralizó al mundo. Luego fueron incrementando sus medidas de resistencia a cualquier acción del gobierno hasta lugares que hacían recordar al Frente Amplio previo a 2005. No fueron todos los que eligieron ese camino, pero sí los más ruidosos.
El problema que causó ese recrudecimiento de los métodos para ejercer la oposición es que fue contagioso. Hoy, son varios los dirigentes de la coalición republicana que se han sumando a la filosofía de “cuanto peor, mejor”. Ingresaron como en una especie de competencia con sus adversarios frenteamplistas, a quienes consideran enemigos, para ver quiénes son los que ponen el palo en la rueda más grande cuando les toca oponerse.
Otra vez, no son todos los blancos, colorados e indepedientes que están en esa actitud. Hay algunos que intentan al menos tender algún puente hacia el oficialismo y tratan de elevar el nivel del debate. Pero es evidente que han quedado en minoría y que otra vez comienza a reinar el “cuanto peor, mejor”, ahora desde el otro lado del espectro político.
No parece ser el ánimo ni del principal líder de la coalición republicana, el expresidente Lacalle Pou, ni del actual mandatario Yamandú Orsi. Al contrario, ambos se han mostrado abiertos al diálogo y el primero hasta hizo en su último discurso un llamado público a elevar el nivel.
Pero no están logrando marcar el ritmo del debate político en Uruguay. Muy por el contrario, los que terminan casi monopolizando la atención son los que se alimentan por el odio y están en una especie de competencia para ver quién destruye más de los otros.
No está claro en qué momento se produjo ese avance tan pronunciado de “cuanto peor, mejor”, pero hoy está sumando cada día más soldados, y vienen de todos lados. Una pena, porque la que primero pierde es la política y, cuando eso ocurre, termina perdiendo la democracia.