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    El calor de los derechos

    En un mundo violento, la Marcha de la Diversidad responde con fiesta y alegría que se vuelven políticas

    Columnista de Búsqueda

    Miles de personas caminaron hasta el Palacio Legislativo el viernes pasado, en una noche cálida de primavera, para reafirmar una vez más su apoyo y compromiso con la diversidad. Igual que cada año, el último viernes de setiembre volvió a convocar a una de las marchas más multitudinarias de Uruguay (junto con la Marcha del Silencio y el Día Internacional de la Mujer). Una reivindicación política en clave de música, alegría y banderas de colores.

    Los movimientos sociales se volvieron a encontrar y abrazar en una marcha que es mucho más que orgullo LGBT+. Y, aunque se pueda sentir que abrir tanto las consignas desdibuja las demandas específicas de la comunidad LGBT+, hilvanar las problemáticas de las minorías también es reconocer que toda forma de discriminación tiene un origen común.

    En este sentido, la proclama de la Marcha de la Diversidad del pasado 25 de setiembre, bajo el lema “Vivir con dignidad, existir con orgullo”, es consciente de que la vulnerabilidad de los cuerpos discriminados y violentados solo puede ser abordada en forma conjunta. Como explica la teórica estadounidense Judith Butler en su libro La fuerza de la no violencia: “La ‘vulnerabilidad’ no debe considerarse un estado subjetivo, sino un aspecto de nuestras compartidas vidas interdependientes. Nunca somos simplemente vulnerables sino que somos vulnerables a una situación, una persona, una estructura social”. Para Butler, la vida no es una entidad autosuficiente: requiere de infraestructuras sociales, económicas e institucionales para sostenerse y que no se vuelva invivible. Así, la proclama de la marcha dejó bien claro que la dignidad precisa de una condición material: no hay existencia digna sin trabajo, vivienda, salud integral, educación ni el cumplimiento efectivo de la Ley Integral Trans. Una vida vivible necesita recursos e inversión pública, para que los derechos no sean promesas vacías.

    La Marcha de la Diversidad reivindica un enfoque interseccional, consciente de que las identidades no son monolíticas, y entrelaza la disidencia sexual con la clase trabajadora, las personas afro, las migrantes, las personas en situación de calle o las privadas de libertad, afirmando que la lucha por la diversidad no es un reclamo identitario aislado, sino una defensa integral del tejido social y de la vida común.

    Este año, la marcha homenajeaba la memoria de Dulce Polly, nombre artístico del docente, activista LGBT y artista drag Luis Magallán, fallecido en enero pasado. Desde la proclama final, también fueron recordadas las personas de la diversidad perseguidas y asesinadas durante la dictadura, las mujeres trans asesinadas en democracia, las víctimas de femicidio. Como expresa Judith Butler: “Ser un cuerpo expuesto al daño o a la muerte es precisamente exhibir una forma de precariedad, pero también sufrir una forma de desigualdad que es injusta”. En un orden social que jerarquiza algunas vidas y expulsa a otras a la precariedad, este tipo de homenaje constituye un acto de restitución política. Reivindicar colectivamente a quienes el desinterés social y estatal intenta borrar una y otra vez equivale a remarcar con firmeza que cada una de esas vidas es valiosa e insustituible. Así, la marcha logra honrar aquellas vidas que no son “dignas de duelo” en nuestras sociedades, las vidas que no merecen ser “duelables”, como diría Butler.

    Como siempre, muchas personas criticarán la marcha; nada es perfecto. La tildarán de una cosa o de otra. Les molestará que en la proclama se haya dicho que “Nuestra libertad no existirá hasta que los pueblos de Palestina, Cuba, Líbano, Irán, Sudán, Congo, Haití y tantos otros sean libres”. Y una vez más pienso en Judith Butler, cuando afirma: “Si preguntamos por qué alguno de nosotros debe ocuparse de quienes sufren lejos de nosotros, no encontrará la respuesta en justificaciones paternalistas, sino en el hecho de que compartimos el mundo y mantenemos relaciones de interdependencia. Nuestros destinos están, como siempre estuvieron, unos en manos de los otros”. Tal vez sea por esto que los movimientos antiderechos son también antiuniversidades, porque acción social y pensamiento académico avanzan cada vez con más fuerza y de la mano.

    En un mundo violento, la Marcha de la Diversidad responde con fiesta y alegría que se vuelven políticas. Que miles de personas ocupen el espacio público con organización popular e irreverencia reafirma a viva voz la necesidad urgente de un mundo más vivible. “Y mientras exista una sola persona a la que se le niegue un derecho por ser quien es, vamos a seguir tomando las calles”. Fin de la proclama.