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    La república imperial

    Trump, que dice querer acabar con el chavismo, tiene algunas prácticas políticas propias del chavismo

    Columnista de Búsqueda

    Siempre hay que volver a los clásicos. Mucho más todavía en tiempos tan turbulentos como los que vivimos. Hace algo más de medio siglo, Raymond Aron (probablemente el intelectual liberal francés más talentoso del siglo XX) publicó un agudo ensayo analizando la política exterior norteamericana desde la segunda posguerra. En este texto, acuñó una definición extraordinariamente precisa de los Estados Unidos, conjugando dos conceptos en principio diferentes y hasta opuestos: república e imperio. Estados Unidos, según él, es una “república imperial”. Brillante.

    República porque, desde que las 13 excolonias iniciales dejaron de ser una simple confederación para construir una autoridad federal (esto es, desde la aprobación de la Constitución de Filadelfia), procuraron de distintas maneras controlar el poder del presidente. El federalismo y la separación de poderes fueron los dos pilares fundamentales del diseño institucional inaugural. El objetivo central fue definido con claridad: a lo John Locke, evitar el poder absoluto y arbitrario. En los términos de El federalista, los “padres fundadores” pretendieron que el “presidente se parezca más al alcalde de Nueva York que al Rey de Inglaterra”.

    Imperio porque, especialmente a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos logró imponer sus reglas más allá de sus fronteras y sobre pueblos muy diferentes. Según Aron, la vocación imperial también viene desde el origen: “Los ‘Padres Fundadores’ de la República de Estados Unidos soñaban con un imperio americano, o un imperio de lengua inglesa, sobre el Nuevo Mundo”.

    La matriz ideacional inicial, esta mezcla inédita de república e imperio, reconoció variantes en el espacio y el tiempo. Siempre según Aron, la cara imperial de los Estados Unidos se manifestó en Europa como “protectorado”, pero de otra forma diferente en América Latina, donde el imperio se volvió, en distintas ocasiones, más descarnadamente “imperialista”. Mientras tanto, también el poder presidencial fue cambiando. Poco a poco, y a pesar de las severas restricciones impuestas tanto por las reglas como por el profundo temor al “big government”, también el peso del Poder Ejecutivo fue aumentando. En concreto, la política exterior, nada menos que las decisiones sobre la guerra y la paz, fue escapando al control del Congreso.

    En estos días es imposible no volver a pensar en la definición de Aron. El imperio muestra sin disimulo su faceta más desagradable. Liderado por Donald Trump, arrasando tanto con el derecho internacional como con el sentido común, el gobierno de Estados Unidos se atrevió a secuestrar a un presidente latinoamericano. Desde luego, Nicolás Maduro no es cualquier presidente. Es la cara más visible de un régimen patético que logró destruir, a la vez y en tiempo récord, la democracia y la economía de Venezuela. Maduro ha sido una vergüenza para América Latina. Pero ¿cómo no sentir también vergüenza al ver a un presidente latinoamericano esposado y juzgado en otro país?

    Pocas veces el viejo imperio norteamericano había sido tan escandalosamente imperialista como ahora. Esto coincide, como acaso resulte menos obvio, con la no menos extraordinaria degradación del lado sabio del diseño político inaugural, es decir, de la institucionalidad republicana. Trump viene arrasando también fronteras adentro. Atropella a los demás poderes (incluida la prensa), atropella a las universidades y atropella a sus críticos en el mundo empresarial y la sociedad civil. En verdad, es como si el peor de los presidentes latinoamericanos (de esos que se creen reyes) se hubiera metido bajo la piel de un presidente norteamericano. Dicho todavía más claramente: Trump, que dice querer acabar con el chavismo, tiene algunas prácticas políticas propias del chavismo.

    Cabe preguntarse, a esta altura, hasta dónde llegará. No es fácil estimarlo a priori. Por un lado, desgraciadamente, es probable que su apoyo en la opinión pública estadounidense aumente. Es sabido que los presidentes que confrontan, que construyen enemigos (internos o externos), se capitalizan políticamente. Ejemplos hay de sobra. ¿Intentará una tercera presidencia? La XXII enmienda, aprobada en 1951 con la finalidad (una vez más) de evitar la concentración del poder, establece que un presidente puede ser reelecto una sola vez. ¿Intentará Trump eludir esta restricción? No tiene las mayorías requeridas: la Constitución estadounidense exige 2/3 de cada rama del Congreso para aprobar enmiendas. Pero hemos visto muchas veces presidentes latinoamericanos hacer trampas por el estilo.

    Por otro lado, ¿cómo no confiar en las reservas institucionales y morales de una sociedad como la estadounidense que tiene grabada en su alma, desde sus primeros días, la palabra libertad? Trump se mueve como el peor de los presidentes latinoamericanos, pero en un territorio cultural e institucional completamente distinto. En el sur fuimos independientes mucho antes de entender el significado de la palabra república. Según la penosa formulación de Simón Bolívar, precisábamos tener “reyes con el nombre de presidentes”. Después de la independencia, no concebíamos otra forma de construir un orden político estable que no fuera concentrando el poder en el Ejecutivo. En cambio, ellos, en el norte, fueron republicanos desde el principio. Construyeron instituciones buscando prevenir el populismo y lo que, poco después, Alexis de Tocqueville divulgaría con la expresión “tiranía de la mayoría”. En el sur hemos padecido el populismo porque tanto las instituciones como la cultura política predominante lo hicieron posible. En el norte, el populismo nació a pesar del diseño institucional y de los entendimientos políticos más profundamente arraigados.

    Hay mucho escrito en la ciencia política contemporánea sobre el peso del pasado, en otros términos, sobre la inercia de instituciones, prácticas e ideas. Confiemos en que lo estructural, en este caso, pueda más que lo coyuntural.

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