• Cotizaciones
    jueves 09 de julio de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La suerte también entrena

    La suerte no reemplaza al mérito, lo completa justo en el borde, ahí donde la pelota de Match Point pica sobre la red

    Columnista de Búsqueda

    “Un golpe de suerte para el arquero de Noruega”. Así relataba Miguel Simón en ESPN una atajada con el pie del golero nórdico Ørjan Nyland en el partido ante Brasil por el Mundial 2026. En 2005, Woody Allen estrenaba Match Point. La película arranca con una pelota de tenis picando en el borde de la red, sin que nadie sepa todavía para qué lado va a caer. Sobre esa imagen, el protagonista dice que prefiere ser afortunado antes que bueno, que tenemos miedo de aceptar cuánto de lo que nos pasa depende del azar. Allen juraba que esa era la idea de la película, un relato sobre lo arbitrario del destino. Pero mirada con algo de distancia, la historia termina diciendo lo contrario. El protagonista no llega a la fortuna por casualidad, sino por años de método disfrazado de simpatía, y quien pierde no pierde por mala suerte, sino por falta de oficio para sostener el mismo juego. Las buenas películas suelen terminar diciendo algo distinto de lo que su director se propuso, y eso es una virtud más que un defecto.

    Por estos días es imposible no hablar del Mundial, con todo lo que viene generando: contenidos, comentarios, vivencias y miles y miles de imágenes que van a quedar, un volumen de videos que saturan cualquier feed. Quiero centrar hoy la reflexión en torno a la suerte, esa variable incómoda que el fútbol expone mejor que ningún otro escenario. La semana pasada la vimos presente de dos formas diferentes en dos partidos increíbles por cómo se dio su desenlace. Bélgica perdía dos a cero contra Senegal y terminó clasificando con un penal convertido en la agonía del alargue. Los Países Bajos y Marruecos definieron por penales; después de fallar cinco cada uno, Saibari metió el que mandó a los marroquíes a la siguiente ronda y dejó a los neerlandeses mirando cómo el partido se les escapaba en los últimos minutos. Portugal avanzó con un penal discutido de Cristiano Ronaldo y un cabezazo de Gonçalo Ramos en el descuento. Nadie que haya visto esos partidos puede sostener con seriedad que ahí solo hubo mérito, ni tampoco que solo hubo suerte.

    Tenemos un reflejo curioso frente a esto. Cuando algo nos sale bien, el resultado lo explicamos por capacidad. Cuando algo nos sale mal, el resultado lo explicamos por circunstancias. Ese doble estándar aparece todo el tiempo en los equipos que dirijo o acompaño. El trimestre exitoso se cuenta en la reunión como consecuencia de la estrategia. El trimestre flojo se cuenta como un problema de contexto, de tipo de cambio, de un competidor que jugó sucio. Rara vez alguien pregunta qué hubiera pasado sin ese viento a favor, o sin ese viento en contra.

    Alguna vez leí la idea de hacerle una autopsia al éxito con la misma rigurosidad con la que le hacemos la autopsia al fracaso. Cuando algo sale mal, armamos comités, buscamos la causa raíz y revisamos decisión por decisión hasta encontrar el momento exacto en que algo se torció. Cuando algo sale espectacularmente bien, en cambio, nos conformamos con la explicación fácil y pasamos directo al festejo. Casi nadie se sienta a diseccionar una victoria con la misma frialdad con la que diseccionamos una derrota, y ahí se pierde información valiosa, porque muchas veces ese resultado tuvo tanto de acierto propio como de circunstancia externa, y conviene saber en qué proporción para no repetir la apuesta pensando que fue todo mérito.

    Hay algo parecido con los jugadores o los ejecutivos que no encajan en el molde esperado. Cuando alguien atípico logra un resultado bueno, la primera explicación disponible suele ser la suerte, no la habilidad. Eso protege por un tiempo a los que no calzan en el estereotipo, porque nadie se toma el trabajo de estudiar qué están haciendo distinto, hasta que alguien mira los números en serio y descubre un método invisible para el resto. La historia de un gerente deportivo con poco presupuesto que arma un equipo competitivo usando estadística en lugar de olfato es conocida, y lo interesante no es solamente que ganó, sino que ganó mientras sus rivales insistían en explicar su éxito por casualidad. Esa ceguera ajena fue, paradójicamente, parte de su ventaja.

    También pasa lo contrario con las estrellas. El máximo goleador de un torneo rara vez repite ese nivel en el siguiente. La serie que es un éxito en la primera temporada casi nunca tiene una segunda parte a la altura. Eso no es mala suerte posterior, es la estadística haciendo lo que siempre hace, que es volver hacia el promedio después de un pico. El problema es que solemos contratar, promover o pagar de más justo en el momento de mayor pico, cuando estadísticamente es más probable la caída que la repetición. Pasa con el delantero que fichamos carísimo después de un semestre brillante y que nunca vuelve a repetirlo, y pasa con el gerente al que le atribuimos un año excepcional que en realidad tuvo mucho de mercado favorable y poco de gestión. Por eso los procesos de selección más serios ya no se quedan con el pico más alto de un candidato. Buscan patrones, un track record sostenido en distintos contextos y bajo distinta presión, la consistencia de alguien que rinde parecido un martes cualquiera y no solamente en la final. Esa consistencia dice mucho más sobre lo que esa persona puede volver a dar que cualquier temporada brillante aislada.

    Ahora, esto no quiere decir que el esfuerzo no importe. Hay una diferencia enorme entre pasar de mediocre a bueno, donde el trabajo constante casi siempre explica la mejora, y pasar de bueno a extraordinario, donde el margen que separa un resultado del otro empieza a depender de variables que ya no controlamos del todo. Correr una carrera de velocidad es casi puro mérito, gana el más rápido y se acabó la discusión. Una ruleta es puro azar. Casi todo lo que hacemos en el trabajo, en el deporte y en la vida vive en algún punto intermedio, y cuanto más alto es el nivel de exigencia, más cerca de la ruleta empezamos a estar.

    Volvamos a esos partidos de esta semana. En el margen de un penal que se ataja o se convierte, de un cabezazo que entra por centímetros en el descuento, ahí la suerte pesa fuerte, y cualquier entrenador honesto lo sabe, aunque no lo diga en la conferencia de prensa. Pero llegar a jugar un Mundial, sostener ese nivel partido tras partido durante años de eliminatorias, eso ya no es azar, es entrenamiento acumulado, decisiones tomadas mucho antes de que arrancara el torneo. La suerte no reemplaza al mérito, lo completa justo en el borde, ahí donde la pelota de Match Point pica sobre la red.

    Hay un último costado de esto que me interesa más que los anteriores y tiene que ver con lo que pasa después de haber tenido éxito. Los mismos rasgos que abren la puerta de una oportunidad, la curiosidad por lo nuevo, la humildad para pedir ayuda, la apertura a escuchar a alguien sin jerarquía visible, tienden a desaparecer justo después de haber llegado arriba. El líder que ya llegó deja de hacer las preguntas que lo llevaron hasta ahí y empieza solamente a responderlas. Ese cierre, más que cualquier golpe de mala fortuna, suele ser el verdadero comienzo de la decadencia de quien un día fue considerado afortunado. Los equipos que llegan lejos en un Mundial y los que se caen en primera ronda comparten, muchas veces, el mismo nivel de talento individual. Lo que los separa suele ser algo más parecido a esas virtudes que a un plantel superior, la capacidad de seguir escuchando al que menos jerarquía tiene en el vestuario, de no creerse todavía campeones antes de la final.

    Jim Collins le puso nombre a esto hace unos años. Lo llamó retorno sobre la suerte, ROL, por sus siglas en inglés (return on luck). Su investigación comparó empresas extraordinarias con otras del mismo sector, mismo tamaño, misma época, y encontró algo incómodo para cualquiera que quiera creer en el mérito puro. Las empresas extraordinarias no habían tenido más suerte que las demás, ni mejor suerte, ni golpes más grandes ni mejor sincronizados. Habían recibido, en promedio, la misma cantidad de suerte buena y mala que sus competidoras. La diferencia estaba en lo que hicieron con esa suerte cuando llegó. La pregunta relevante, entonces, no es si vas a tener un golpe de fortuna, porque tarde o temprano lo vas a tener, la pregunta es qué retorno le vas a sacar el día que aparezca.

    El protagonista de Match Point termina la película con lo que quiso, la fortuna, el apellido, la casa, sin que nadie descubra lo que hizo para conseguirlo. Pero el guion lo deja mirando por la ventana, incapaz de disfrutar del todo lo que construyó. Puede ser el único momento en que la película sí logra decir lo que Woody Allen quiso decir desde el principio, que hasta la mejor suerte, cuando no viene acompañada de algo genuino, deja a alguien mirando por la ventana. El Mundial va a terminar, las opiniones sobre Marcelo Bielsa y su conflicto con el plantel también, y lo único que nos va a quedar en limpio, en el fútbol y en cualquier otro lugar donde midamos desempeño, es la pregunta de siempre. Qué parte de lo que logramos fue mérito, qué parte fue suerte y qué estamos haciendo para seguir mereciendo la suerte que todavía no llegó.