La situación en la tribu de los urugombios, en el corazón de la jungla septentrional del África, se ha complicado mucho en los últimos tiempos.
La situación en la tribu de los urugombios, en el corazón de la jungla septentrional del África, se ha complicado mucho en los últimos tiempos.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl que más la viene sufriendo es el cacique Yamandumbu, a quien su pueblo quería mucho, pero últimamente lo viene queriendo cada vez menos.
Las tribulaciones del cacique arrancan de manera lenta pero contundente desde que asumió el poder, después que su predecesor, el cacique Lacallimbi, fuera fagocitado a fines de 2024 por un grupo de exaltados integrantes de la tribu, del subgrupo caníbal de los frentamplongos.
Yamandumbu asumió su cargo en medio de festejos populares, en los que se sirvió en forma gratuita una generosa picada de buñuelos de cocodrilo, croquetas de jirafa y brochettes de serpiente, todo regado con vino de uva chinche, la cual crece en forma silvestre en ese territorio semisalvaje.
En el festejo actuaron como organizadores y cocineros los integrantes de un grupo afín al nuevo gobierno, la subtribu de los pisenetembes, quienes esperaban sacar jugosos dividendos de la presencia de Yamandumbu en el poder.
—Ahora vamos a poder aprovechar la presencia de nuestro aliado cacique —declaró entonces el conductor de ese grupo, Abdalambo, quien les había prometido a sus seguidores que pronto se podrían jubilar con 40 años y que incendiarían el campo de los afapos, unos cultivos frutales muy generosos, pero que los pisenetembes odiaban porque decían que habían sido plantados por los integrantes de la tribu, impulsados y asesorados por agricultores vecinos de otras tribus muy prósperas.
—Hay que acabar con cualquier cosa que no venga de nuestras propias manos —había dicho Abdalambo—. Den frutos o no den frutos, los afapos deben desaparecer —enfatizaba a los gritos, mientras se comía unas croquetas de jirafa y empinaba con entusiasmo una rama hueca llena de güisquimbi, una bebida fermentada de alto contenido alcohólico que le encantaba y con la que se embriagaba cada vez que tenía algo para festejar.
Todos en la tribu estaban muy contentos hasta que, de forma sorpresiva y accidental, se supo que el elefante en el que circulaba el cacique no era propiedad de la tribu, sino que Yamandumbu se lo había comprado a unos mercaderes ajenos a la tribu, a un precio ridículo (se dice que entregó dos chimpancés, cuatro boas pitón y 17 doncellas, las que fueron secuestradas por los guardias del cacique mientras participaban de un concurso de belleza en un centro de amenidades de Puntadelembe).
Los mercaderes huyeron con el botín, pero lo que más preocupación creó entre los integrantes de la tribu fue la desilusión de haber comprobado que el cacique era capaz de un hecho similar.
—Nunca había ocurrido algo así —comentó un integrante del grupo opositor al partido de Yamandumbu. Jamás un cacique había privatizado el elefante oficial, siempre usaban el paquidermo estatal y lo pasaban al uso del cacique sucesor después que los triunfadores en las elecciones tribales se habían almorzado al cacique perdedor.
Las encuestas que circulaban en la tribu indicaban que el 120% de los ciudadanos desaprobaba la inesperada apropiación del vehículo oficial, y tan solo un 67% lo aprobaba.
Los opositores al régimen empezaron a revolver en las actividades del cacique y su entorno y empezaron a surgir más episodios de irregularidades, como por ejemplo, que la choza en la que habitaba el cacique debía los tributos por el uso de paja brava para techos, un tributo anual que permitía financiar actividades de mejoramiento urbano en el territorio. Y el escándalo aumentó cuando también se supo que Yamandumbu había hecho unas obras en su choza, que se había agrandado de forma significativa, con la construcción de un lago sin pirañas para que su familia y amigos pudieran nadar con menos riesgos que en el río, así como un parrillembe, una construcción típica de la zona, en la que los nativos asaban, con fuego de los troncos de baobab, jamones de ciervos, lomos de hipopótamo y filetes de tiernas gacelas, así como los restos del cacique que hubiera perdido las elecciones, con el fin de deglutirlo sazonado con chimichurrimbi (una salsa local hecha con hierbas picantes), salvo que no fuera necesario, porque se había logrado que el titular repitiera el mandato. Para escándalo y estupor de los integrantes de la tribu, resulta que todas las obras que había hecho el cacique en su choza estaban en afrodescendiente y no habían sido declaradas ante las autoridades competentes, lo que provocó el alboroto que uno puede imaginar.
Los sondeos de opinión pública fueron tremendos: el 172% de la población consideraba que el cacique era una bestia promotora de irregularidades y no aquel nativo simpático y bonachón que tanto apreciaba la tribu, y solamente el 1% decía que tan malo no era, que había que darle otra oportunidad.
El clima de insatisfacción de la tribu se hace cada día más visible, y las protestas de los nativos, que reclaman aumentos salariales, hacen huelgas y se manifiestan con la lanza en ristre, empiezan a preocupar seriamente a los ancianos de la tribu, quienes le dan consejos al cacique, pero este los desoye y sigue metiendo la pata en reiteración real.
La inseguridad campea, la delincuencia arrasa, los flechazos de los nativos asesinos están diezmando a la población pacífica, y al cacique no se le ocurre una idea mejor que pedirles a los lanceros de la tribu que le presten sus elefantes de combate para arrasar con los malvivientes en las zonas calientes asoladas por la delincuencia. Es obvio que los elefantes militarizados causarán aún más destrozos en las zonas más peligrosas.
Todo luce muy mal para Yamandumbu, su grupo y su futuro.
Y para peor, desde hace días circula la noticia de que el cacique que la tribu se había comido después de las elecciones pasadas no era Lacallimbi, sino un nativo parecido, y que el supuesto muerto estaría más vivo que muerto, aguardando la fecha de las próximas elecciones, para comerse a Yamandumbu a las brasas.