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Eté y Los Problems: 20 años volcados al escenario, con mucha verdad y nostalgia cero
La banda de rock uruguayo celebra sus 20 años de carrera con un concierto en el Teatro de Verano, el 29 de noviembre, que va a grabar en formato disco y documental
Llegaron como llegan las bandas de rock: haciendo ruido. Entre saludos irónicos, chistes internos y risas potentes, armaron en cuestión de segundos una ronda en el pasto, algunos sentados, otros de pie, con la infaltable miembro fundadora en mano: una cerveza.
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El pampero de la rambla les sentaba bien, movía las melenas y el pasto. A unos metros, la entrevistadora hacía rato que esperaba para comenzar, sentada prolijamente en una mesa de restorán. Pero la presentación de la banda no iba a ocurrir ahí. Primero estaba su ritual, después la entrevista. La anarquía del grupo era su forma de orden.
Eté y Los Problems cumplen dos décadas de vida y lo celebran el 29 de noviembre en el Teatro de Verano Ramón Collazo, “territorio sagrado” de la cultura, la música y el rock uruguayo. Ernesto Tabárez, voz, guitarra y compositor desde los inicios, en 2005, toma la batuta sin preámbulos, habla por la banda y la banda lo deja, aunque estén todos sentados a la mesa, no por falta de voz, sino porque delegan en la suya. “Hace dos años que lo empezamos a pensar (hacer un Teatro de Verano), hace un año que estamos trabajando y hace cinco meses que estamos completamente tomados”, confiesa Tabárez a Galería.
Eté y Los Problems 20 años será un show importante, producido por ellos mismos —lo que implica mucho más que ensayar canciones, cuentan, y hablan de puesta en escena, vestuario, iluminación, seguridad, logística, baños, acceso…—, y que en vivo se va a grabar para ser disco a la vez que será material para un documental-película de la trayectoria de la banda.
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El grupo demuestra que pasar de tocar para “dos gatos locos” en El Living, sobrevivir a cambios de formación, enfermedades, rupturas y resurrecciones musicales a llegar a un Ramón Collazo no se trata llanamente de una postal del éxito. Es una prueba de resistencia.
“La banda se llama Los Problems porque en un momento yo decidí que iba a elegir cuáles eran mis problemas y estos son los que elegí”, dice Tabárez. “Podría haber elegido otros”, agrega.
“Trabajar en una oficina y que un jefe esté de mal humor”, le acotan entre dientes. “O trabajar de lo que te gusta con compañeros que estén de mal humor”, responde con una sonrisa falsa y un burlesco movimiento de cabeza. En ese intercambio nacieron las risotadas que daban fe de que sí, esos eran los problemas que eligieron.
“Estoy agotado”, admite Tabárez, “y todavía no empezó”. Pero no sonaba como una queja, sino como una certeza: “Siento que estamos haciendo lo que teníamos que hacer. Tiene un precio, y es este: trabajo”.
Son la banda de álbumes como Plata (2024), El éxodo (2014), Malditos banquetes (2007). De canciones como Jordan, Los eucaliptos, Objetos perdidos, Hijos del mar. De letras que abrazan la melancolía con existencialismo, con ese toque rioplatense. De su primer disco hasta el imaginario marítimo detrás de Plata, el último, cambiaron sin dejar de ser ellos, evolucionaron sin traicionar nada.
Plata habla sobre el mar, es una metáfora de la travesía, de “mantenerse a flote” en medio de la tormenta, y tiene un tono más reflexivo, menos de urgencia que sus trabajos anteriores. Musicalmente, incorpora otras texturas, como los teclados de Bárbara Jorcin bien presentes.
Con El éxodo la banda consiguió un mayor acercamiento al público con un sonido más contundente y dieron el famoso “salto”, pero Plata se diferencia porque no solo busca la intensidad, sino que profundiza y crea toda una atmósfera que da una sensación de madurez artística que bien acompaña esta próxima fecha. Eté cumple 20 años y de sus canciones más recientes ninguna mira para atrás ni tematiza la estabilidad; al contrario, son agua, el movimiento del puerto, también el ancla de la familia pero sobre todo las secuelas del viaje.
Siempre fueron en serio
Los primeros ensayos de Eté y Los Problems, de los que fueron testigo Tabárez y Andrés Coutinho (batería), eran “un quilombo total”. El principio siempre lo es, en eso están de acuerdo todos, pero los ensayos lo siguen siendo, según los miembros más nuevos de la banda, como Iván Krisman (bajo), Martín Iglesias (guitarra) y Jorcin.
“Yo era pianista, no tecladista. No tenía teclado, solo un piano eléctrico y ni siquiera era transportable“, cuenta ella. “Me animo a decir que de los cinco fui la que más sufrió. Fui la que más sufrió para poder entender qué era lo que tenía que hacer. Tuve que aprender un instrumento nuevo y no entendí nada por mucho tiempo. Yo quería estar ahí, pero no entendía nada. No estaba el lugar hecho”, y Tabárez asiente: ella no heredó un rol, tuvieron que inventarlo.
No es fácil acoplarse a una banda que venía de 15 años con la misma formación central. “Estaba oscura la cosa, trancadita. Era como un matrimonio viejo al borde del divorcio”, cuentan Tabárez y Coutinho entre risas. “La llegada de Jorcin, Iván y Tincho fue como abrir una ventana y hacer correr el aire”. El vocalista tiene la teoría de que todo el proceso se terminó de cristalizar en Mudar (2020), que es “un montón de cuerdas empujando un piano”.
“Antes (era un caos) porque las canciones no estaban del todo claras, porque la banda no existía, porque era difícil explicar lo que yo quería”, cuenta Tabárez. “Yo quería una banda que no fuera punk, pero que sonara fuerte, pero que fuera cancionera, y eso era difícil de explicar y de entender hace 20 años. Y también era difícil que yo entendiera cómo se hacía”.
ete y los problems rock uruguayo
Mauricio Rodríguez
A ese caos lo acompañaron miles de anécdotas. “Una vez rompimos un espejo”, menciona el vocalista divertido, y sus compañeros lo corrigen, diciendo que “rompimos” en realidad se refiere a demasiada gente… La banda cuenta que uno de los integrantes decidió que era buena idea pegarse una patada a sí mismo “en un peligroso estado de rock” frente al espejo.
Aun así, “había algo ahí” que iba a funcionar, aseguraba Tabárez. Y funcionó. “Hemos tocado para dos personas y completamente convencidos. Siempre fue en serio, desde el día uno”.
Con los años, y aunque para Los Problems el suyo sea el trabajo más divertido del mundo —y esta formación, dicen, es la más divertida de la banda, siendo Iván el más gracioso del grupo—, el romanticismo del caos se convirtió también en responsabilidad. “Está demonizada la palabra trabajo, pero esto es trabajo. Es compromiso”, y la seriedad con la que lo hacen tiene mucho que ver con eso: “Creo que los artistas cuyos proyectos se convierten en obras valiosas, más allá de la popularidad, son los que siempre están tocando en serio”, resalta Tabárez.
“Yo soy portador de una cantidad infinita de amor y de confianza. Mi equipo, mis compañeros, somos como veinte personas más el amor de todos los que escuchan. Y yo siento la presión del amor de los míos. A veces me pesa, la mayoría del tiempo me sostiene, y a veces me sostiene y me pesa”.
Hacer música en casi familia
La mejor parte es que tranquilamente pueden mandarse un mensaje diciendo: “che, necesito que no me llames hoy, no te banco más”, y todo queda de maravilla entre ellos. “No tenemos nada personal nunca, pero la dinámica es esa. Cuando uno manifiesta ‘che, estoy quemando aceite’, listo, le damos aire”, explica el vocalista. “Hay cansancio, tensiones, silencios necesarios. A veces la banda se parece más a una familia de años de convivencia que a un proyecto musical”.
Y hoy la banda está durmiendo mal. La noche previa a la entrevista Tabárez tenía tres horas de sueño; su manager, Diego Civera, cinco; todos estaban sufriendo escasez de pastillas para dormir y alguno directamente no lo logró. Y es que el del 29 de noviembre es un show importante.
Después de conciertos muy intensos, a veces necesitan semanas sin verse, domingos de siesta y lunes de analgésicos. Paz hasta que caiga ese mensaje diciendo “¿che, alguien sabe dónde quedó mi guitarra?”.
“Si fuera una balanza, los dos platos nunca estarían alineados, jamás, siempre en movimiento, porque nadie está igual todos los días. Y cuando las cosas se trancan, la respuesta es siempre la misma: volver a la tarea”, apunta Tabárez, lo que significa: hacer música. “La música acomoda lo que cuesta desde las palabras. Podés venir complicado y te terminás yendo contento después de que tocás, y al siguiente ensayo ya estamos todos más contentos”.
Primero la música, después la banda. Los Problems no eran amigos cuando empezaron; la tarea los reunió y la convivencia los amistó. “La gente piensa que los de una banda se parecen entre sí, y nosotros somos cinco personas muy distintas. Para que funcione, hay que aprender todo el tiempo”.
La presión la acumulan como un suero que corre por las venas y en vivo explota. Después todo se calma, y el ciclo vuelve a empezar. “En vivo pasa algo que sobrepasa todo”, dicen, y esa mezcla de apasionamiento y liberación funciona como catarsis colectiva.
¿Quién es la musa?
Tabárez trabaja a partir de “pequeños satélites conceptuales”; ideas sueltas, imágenes o sensaciones que con el tiempo se vuelven melodía, letra y canción. “Es como que entro en un período isoprénico donde mis árboles de conceptos empiezan a desarrollarse por los frutos y lo último es el tronco conceptual”, explica.
En Plata la idea de fondo es que cuando Tabárez escucha el silbido del mar, se transforma. Es como un lobizón con su luna llena.
Si bien él centraliza la identidad musical de la banda, en este último disco hubo un cambio profundo: todos compusieron. Hubo mucho de “¿qué harías vos acá?”, pregunta que abrió el juego, amplió posibilidades, obligó a negociar y los llevó a festejar si en algún momento entraba el arreglo o sugerencia propia.
Ahora sí, la regla de Tabárez es bien clara: si alguien quiere cambiar algo, tiene que proponer algo mejor. Ese juego de tensiones hace que todavía haya sorpresa, riesgo y vida en cada canción.
La nostalgia no los mueve. “Cero”, responden casi al unísono cuando se les pregunta si el mirar para atrás les genera algún tipo de apego. Si bien reconocen el peso simbólico de sus primeras canciones, el corazón del presente está en lo nuevo. “Mis canciones favoritas son las que estoy pensando ahora”, dice Tabárez, y el resto parece estar de acuerdo. El entusiasmo de tocar material reciente es, para ellos, una forma de seguir vivos.
ete y los problems rock uruguayo
Mauricio Rodríguez
Aun así, sobrevivir 20 años implica abrazarse a las canciones que siguen funcionando. La lista del show tiene 35 temas, un recorrido tan largo que obliga a dejar varias piezas queridas afuera. También hay canciones que mutan, que obligan a reencontrar una voz o una actitud de antes cantada desde el presente. “Primero pensé que tenía que transformarla a lo que siento ahora, hasta que me di cuenta de que el espíritu era recuperarlo, entrar en esa sensación más vandálica que tenía. No cambiarlo”. Y ahí apareció la clave. “Para que las canciones viejas funcionen, hay que pararse donde se paraban antes. Hay que ser más quilombero en esas”, dice, entre risas.
Cuando intentan ajustar demasiado, se pierden. “Ayer nos pasó con una canción: la fuimos modificando porque no estábamos en su espíritu, y terminó perdiéndolo. Por eso no está en la lista”, detallan con la franqueza de una banda que aprendió a no traicionar su ADN.
El público pide Jordan —que cuando la tocan es “sagrado”— o abrir un show con cierto tema. Para los miembros más antiguos, las canciones tienen una carga afectiva enorme; para los que se sumaron después, son estructuras, letras, acordes. Y ahí aparece otra capa del oficio: respetar la historia que otros vivieron. “Hay canciones que para mí son canciones. Y para ellos, significan algo más. Yo no lo viví, pero lo entiendo”, dice Martín.
A los más jóvenes al principio no les pasaba nada con Jordan, pero cuando vieron lo que al público le pasaba, les empezó a encantar. “Eso pasa con las canciones que son buenas y punto, que muchas veces el vivo las transforma”, cuentan.
Sentido, balance y proyección
A 20 años de la primera vez que se subieron a un escenario, Eté y Los Problemsmarcan un checkpoint: el Teatro de Verano.
No tocar durante tanto tiempo los llenó de ansiedad. “Cuando pasás mucho sin tocar, se te empieza a atormentar la cosa. Pero después tocás y volvés a estar feliz”, cuenta Tabárez. Más aún si el lugar donde lo hacen es el que él define como “el templo de la música popular uruguaya”.
“La música popular uruguaya tiene una catedral, y es esa. Para mí, es muy valioso llegar ahí, porque yo hago música popular. No hay nada más grande que eso”. Y todos coinciden: sagrado, majestuoso, histórico, del pueblo, y más adjetivos. Es Montevideo, viento en la cara y agua al lado. Un escenario gigante y, a la vez, íntimo.
¿Hubiera sido más fácil hacer varias fechas en salas chicas? Sí. ¿Más barato, menos problemático, más cómodo? También. Pero esa no es la estirpe de Los Problems. “Es muy importante que 20 años después sigamos empujando al equipo a una posición de estrés. Es una forma de no morir”, resume Tabárez.
La banda revive al grabar un disco de ese show en vivo, “con toda la gente y con toda la verdad ahí. Tiene un aporte de realidad que está muy zarpado”, cuentan.
“Nosotros siempre pensamos en una cosa imposible. En plena pandemia se nos ocurrió hacer un show con una orquesta. Siempre es: ¿qué es lo más difícil que podemos hacer? Bueno, hagámoslo. Porque eso mantiene a las bandas creciendo”.
Ete y los problems rock uruguayo
Mauricio Rodríguez
No se trata de una fiesta nostálgica por las dos décadas cumplidas, sino de pararse en los 20 años y empujar de vuelta, a ver hasta dónde llegan, incluso aunque la pregunta sugiera que quizá verlos llegar hasta allí fuera una sorpresa.
“Yo puedo creer que estemos acá, porque trabajamos mucho para que pase. Hay una cosa en general de las bandas: los acontecimientos son sorpresivos para todos menos para los que lo están haciendo”, cuenta el vocalista. Pero hay algo que no se ensaya y eso es el disfrute. Veinte años después vuelven a apostar por la emoción en vivo. Y como siempre, con vértigo y fe, se suben a uno de los mayores escenarios a cielo abierto de la ciudad. Cierran los ojos y, cuando se quieran acordar, están en una fiesta.
Sábado 29 de noviembre, a las 21 horas, en el Teatro de Verano. Entradas entre 800 y 1.700 pesos en Tickantel.