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Fútbol, filosofía y benteveos: la autobiografía del Maestro Tabárez
El hombre que más veces dirigió a la selección uruguaya de fútbol publicó Las puertas de la memoria; como el autor, el contenido del libro está destinado a dividir las aguas
En 1983, todavía era maestro de una escuela en el Cerro mientras entrenaba a la selección que ganó el oro en los Panamericanos de Caracas
Hay algo que se puede decir sin dudar de la autobiografía de Óscar Washington Tabárez, Las puertas de la memoria (Editorial Planeta). A quienes admiran al Maestro, el director técnico con más partidos al frente de la selección uruguaya (225), el hombre que volvió a valorizar a la Celeste en el planeta fútbol para propios y extraños, alguien querido por casi todos sus dirigidos, quienes le reconocen mucho más que indicaciones tácticas, les parecerá brillante todo lo que diga. A quienes critiquen al líder del “club de amigos”, que “desperdició la mejor camada en décadas” al ganar “apenas” una Copa América, al maleducado que maltrata a periodistas y al que se mantuvo en el cargo “pura y exclusivamente” por afinidades políticas con el gobierno de turno, les parecerá horrible tanto lo que diga como lo que omita. Y ni unos ni otros precisan leer una sola línea del libro para reafirmarse en sus posturas. Basta leer los comentarios en el posteo de cualquier red social que lo promocione para darse cuenta de eso.
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Con su madre, Zulma Élida de Tabárez, en 1992
Archivo personal de Óscar W. Tabárez
Tabárez tuvo su primer contacto con la filosofía en cuarto de escuela, “gracias al maestro López”. Fueron los griegos, primero La ilíada y luego Sócrates, Platón y Homero, según relata en el capítulo 8, El pensamiento y las ideas. Nació en 1947, en la calle Termópilas, en el Cerrito de la Victoria, en “una vivienda muy humilde, pero también muy digna”. Alguna vez, siendo ya un entrenador consagrado, volvió a ese lugar. Tabárez siempre ha creído que “el pasado es una casa a la que hay que visitar cada tanto, para rescatar allí algunas cosas que puedan ser traídas hasta el presente: valores, convicciones, ideas y emociones que no deben perderse en el ayer”, aunque matiza que “es muy peligroso quedarse ahí”, siendo lo mejor ir y volver, como desarrolla al inicio, en el primer capítulo, El pasado es una casa. Su vínculo con la filosofía continuaría con el tiempo, en el liceo y en sus estudios de Magisterio: de hecho, la primera entrevista que le hizo una revista deportiva, poco después de debutar como defensa en Sud América en 1968, llevó por título Un futbolista que estudia filosofía. Si hoy algo así puede considerarse una rareza, casi sesenta años atrás lo era todavía más.
Esas referencias a sus raíces y a su interés por la filosofía salpican toda la autobiografía, incluso en los pasajes más futboleros. Eso también nutre y confirma a la persona (y al personaje), para solaz de sus admiradores y también para sorna de sus detractores (en caso de que alguno de estos últimos decida leerlo). No por repetido deja de ser cierto: esta autobiografía (bastante autoindulgente, por cierto) no revela a una persona (ni personaje) desconocido. Eso no quiere decir que no contenga anécdotas, reflexiones, pasajes y desarrollos realmente disfrutables, relacionados con el fútbol o no.
Los incios de un maestro en su comunidad
Hay pequeñas historias mínimas que son tocantemente emotivas. Una de ellas es cuando Silvia, su esposa desde hace 56 años, madre de sus cuatro hijas y abuela de sus cinco nietos, cobró su primer sueldo en la textil Fibratex y se compraron un tocadiscos, sin que todavía tuvieran disco alguno (los primeros en su discoteca fueron de Franz Liszt y de Frank Chacksfield). Otras fueron las peripecias que vivió por la salud de una de sus hijas, la hoy conductora de TV Ciudad Tania Tabárez, a quien un médico belga —que recuerda sin ningún cariño— le diagnosticó distrofia muscular (lo que afortunadamente fue erróneo, ya que el desenlace era inevitablemente fatal). Cuando reconoce que mucha gente ayudó a su familia, por entonces vecina del Cerro, a parar la olla a fines de los años setenta, cuando las lesiones crónicas lo obligaron a abandonar el fútbol y apenas contaban con su (magro) sueldo de maestro, reconcilian al lector con lo mejor de lo comunitario, aunque sea por añoranza. Graciela, la empleada de una panadería, con quien se volvió a cruzar mucho después en un recital en el Auditorio del Sodre al que fue invitado, fue una de ellas.
“Un día, durante mi etapa en la Escuela 226 del barrio La Vía, vi que una niña pelaba una banana y tiraba la cáscara al piso. Yo estaba a punto de acercarme a decirle que la levantara y la tirara donde correspondía cuando otra niña se acercó, levantó la cáscara y se la comió (...). Tal vez fue el momento en el que tomé conciencia, plenamente, de la pobreza en la que vivían muchos de mis alumnos”, relata en el capítulo 2, Un asunto entre personas. Ese episodio culminó en una gestión para poder acceder a un comedor cercano sustentado por una organización benéfica. Su buen hacer en esa empresa terminó con él como director en otra escuela del Cerro, algo que no cuadraba con sus planes de terminar de formarse como entrenador de fútbol, pero que no tuvo más remedio que aceptar porque la inspectora que se lo propuso era esposa de un militar. Era 1980, plena dictadura, y una respuesta negativa —como ella misma se lo hizo saber— podía equivaler a no trabajar más.
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Año 1977, en Bella Vista
Archivo personal de Óscar W. Tabárez
Por supuesto, su periplo como director técnico, iniciado en 1979 en las inferiores de Bella Vista, con la selección que ganó el oro en los Panamericanos de Caracas en 1983 y Danubio en 1984 como primera experiencia “grande”, con highlights como Peñarol, con quien ganó la Libertadores 1987, Boca Juniors, Cagliari, Milan y —obvio— la Celeste, está largamente desarrollado. Claro que si el lector quiere un compendio de anécdotas enteramente futbolísticas con partidos, campañas, arengas, folclore, goles y derrotas, evidentemente no conoce al Maestro Tabárez.
Planteles y amistades
De todas formas, para el lector que solo tenga una pelota en la cabeza, es reveladora la parada de carro que le hizo en 1987 al presidente de Peñarol, José Pedro Damiani, cuando este criticó a Diego Aguirre, quien había comenzado la Libertadores de ese año con la pólvora mojada: “Nunca más se le ocurra hacerme comentarios sobre mis jugadores. La opinión que importa en este momento respecto de los jugadores que tenemos es la mía”. Aguirre terminó siendo figura en esa campaña, en cuya final no se detiene (“Se ha escrito mucho sobre ella”). Sí sorprende con la sensación de “vacío” que tuvo después: “Mi experiencia me ha mostrado que ser campeón es eso, también: la fugacidad del logro obtenido y la sensación de vacío que llega de inmediato…”.
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En 1987, junto a Diego Aguirre con el trofeo de la Copa Libertadores
Archivo personal de Óscar W. Tabárez
Pero la anécdota más conmovedora de ese capítulo dedicada a Peñarol, y reveladora de lo que era (¿es?) el ambiente del fútbol hasta ayer nomás, refiere a Ricardo Zurdo Viera, una de las figuras de aquel equipo y cuyo carácter lo hacía tanto querido como “blanco de la mayoría de las bromas medio pesadas que se hacían en aquel plantel”. Un periodista de El Día llevó una pelota a la concentración aurinegra con la idea de que cada uno escribiera una frase en un gajo. Viera se escabulló. Cuando el zaguero Marcelo Rotti fue a buscarlo, este le contó que se escapaba porque no sabía leer ni escribir. Con palitos y arena, Rotti le enseñó a escribir una palabra fácil, ganar, para que él pudiera participar del juego. “Me emociono al recordarlo porque es una pequeña muestra del compañerismo que había entre ellos”, escribe el Maestro.
“En los momentos difíciles, las características más notorias de cualquier grupo pueden ser utilizadas como explicaciones de las derrotas, de modo que la amistad entre los jugadores, que había sido considerada una virtud cuando ganábamos, pasó a ser tomada como un demérito”, dijo el autor en el capítulo 6, Guías, jefes y líderes. Refiere a las críticas recibidas cuando, luego del pico de su proceso en la selección —cuarto puesto en el Mundial 2010, título en la Copa América 2011—, se sucedieron una serie de derrotas. Para él, no hubo más explicación en ese momento que una mejor actuación de sus rivales. Quitando alguna referencia a una “decisión dirigencial” que los obligó a ir a Europa dos meses antes del inicio del Mundial de Italia en 1990, un libro tan rico en reflexiones no lo es en autocríticas.
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Con Diego Armando Maradona, en 1992
Archivo personal de Óscar W. Tabárez
Pájaros volando
“El cerebro es selectivo para los recuerdos”, dice en otro pasaje. Los recuerdos y la memoria también juegan una mala pasada. Tabárez dice, por caso, que Diego Aguirre fue uno de los ascendidos al primero de Peñarol en 1987, cuando lejos de ser un producto de las inferiores había sido adquirido a Liverpool el año anterior, y que “el único partido oficial” de Claudio Benetti en Boca Juniors fue aquel en que anotó el gol de la consagración en el Apertura argentino 1992, cuando disputó 17 partidos en total, 11 de ellos oficiales, entre ese año y 1994 (sí fue su único partido en ese campeonato victorioso).
El libro tiene un último capítulo, un relato corto titulado Benteveos. Es un texto elíptico que no guarda casi relación con el resto de la autobiografía y que contrasta con la imagen de soberbio que le han endilgado sus detractores y que muchas veces él mismo se encargó de alimentar. “No he tenido días buenos, pero acabo de percibir una señal que me hace pensar que quizá las cosas cambien para bien, que el tiempo dé un giro”. Lo ubica a finales de invierno, no especifica cuál. Es el segmento más melancólico del libro, el momento de más vulnerabilidad del autor: “Me digo, entonces, que también somos todo lo que perdimos”. Lo dicho y no dicho, a partir de un benteveo que se posa en su jardín, genera un cúmulo de emociones en menos de 30 líneas. No se sabe cuál fue la intención, Tabárez no quiso dar entrevistas por este libro.
Pero se adivina que no es un final de filosofía barata.
Libro Tabárez.jpg
Las puertas de la memoria, de Óscar W. Tabárez. Editorial Planeta, 224 páginas, 890 pesos