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Lou Rinaldi: “Nunca esperé viajar a Estados Unidos, empezar desde cero y volver como embajador”

El embajador de Estados Unidos en Uruguay, Lou Rinaldi, comparte cómo su amistad con Donald Trump y sus orígenes humildes marcaron su camino hacia un cargo diplomático sin precedentes

Coordinadora de Sociales

Nombrado por el presidente Donald Trump, el empresario Lou Rinaldi es el primer uruguayo en convertirse en embajador de Estados Unidos en el país. A los 17 años, emigró con su familia a la tierra de las oportunidades sin hablar una palabra en inglés. Sin embargo, logró salir adelante con varios trabajos hasta fundar su propia compañía de construcción. A través del golf conoció al multimillonario Trump, con quien comparte una estrecha amistad y la pasión por ese deporte.

Nació en Italia y a los tres años y medio su familia se mudó a Uruguay. Creció en Colón, Melilla y Las Piedras, estudió tornería, pero cuando su familia decidió emprender una nueva mudanza a Estados Unidos el joven Rinaldi enfrentó sentimientos de tristeza y nostalgia por haber dejado atrás su vida en Uruguay. Al mes de llegar, conoció a la mujer que un año después se convertiría en su esposa y con quien formó una familia con cuatro hijos y siete nietos. El empuje y la dedicación al trabajo lo llevaron a crear su propia empresa de construcción y a desarrollar soluciones creativas para los clientes. El destino lo acercó a un deporte desconocido para él hasta ese momento: el golf. En uno de los partidos, un amigo le presentó al multimillonario Donald Trump, quien quedó impresionado con el uruguayo por compartir la fecha de cumpleaños, 14 de junio. Tras varios encuentros comenzaron a jugar de forma regular, lo que cimentó una estrecha relación profesional y personal.

Su misión como embajador hoy en Uruguay cumple con su sueño de representar a una nación tan poderosa en el país donde creció. Su vida es un ejemplo de que un inmigrante puede alcanzar el éxito y la prosperidad independientemente de su origen. Rinaldi se siente orgulloso de tantos uruguayos que han prosperado en Estados Unidos. Siempre mantuvo un vínculo fuerte con Uruguay, en especial con Atlántida, donde disfruta de la tranquilidad. Su talento musical perdura desde su niñez, cuando aprendió a tocar el acordeón. Hoy escribe y canta sus propias composiciones.

Desde setiembre pasado, cuando presentó sus cartas credenciales al presidente Yamandú Orsi, el embajador ha comenzado a recorrer Uruguay siguiendo los recuerdos de sus primeros años en el país mientras se dedica a trabajar para dejar su huella con el deseo de lograr lo mejor para ambas naciones.

Nació en Italia y a los tres años y medio su familia se mudó a Uruguay en busca de un mejor futuro, ¿dónde vivieron?

Vinimos derecho a Colón, estuvimos unos cuantos años, y fui a la escuela en la plaza Larrobla, no me acuerdo bien el nombre, fue hace casi 70 años. Después nos mudamos a Melilla y fui a la escuela en camino de la Redención y Azarola. Luego nos fuimos a la zona de chacras de Cuchilla Pereira, y estuvimos cerca de Las Piedras por tres años. El último año lo hice en la Escuela Razzetti, después en la UTU estudié para mecánico tornero. En esos momentos me postulé para un trabajo en la fábrica de cerveza Doble Uruguaya, mi padre trabajaba ahí en la calle Agraciada. Pero eso no sucedió porque nos fuimos para Estados Unidos. Cuando salió el trámite de visa se terminó todo en Uruguay.

Cultivaban vegetales, ¿vendían en la feria?

Sí, teníamos frutas, vegetales, hacíamos la feria y vendíamos en el mercado. Me acuerdo de que iba al Mercado Modelo y a las ferias de Colón, Las Piedras, La Paz. Volvía a las cuatro de la madrugada de los bailes y después me iba a la feria a trabajar. Todas esas experiencias fueron muy enriquecedoras. Por ejemplo, la UTU es una escuela que enseña oficios, y eso se necesita mucho en Estados Unidos. Carpinteros, plomeros, electricistas, soldadores hay muy pocos. Entonces, cuando llega un uruguayo que estudió en la escuela industrial, tiene trabajo.

De adolescente, ¿con qué soñaba?

Y en ese entonces quería ser mecánico tornero. Uruguay es un país chico y yo no conocía otra cosa, en ese tiempo no había computadoras ni nada, todo era a lápiz y papel, el futuro nuestro era el de los oficios.

¿Y llegó a trabajar como tornero?

No, nunca, porque nos fuimos a Estados Unidos. Cuando llegué no sabía hablar, ni leer, ni escribir en inglés. Y en aquel momento no había libros ni carteles escritos en inglés y en español, como ahora.

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El Embajador Louis Rinaldi visitó la Escuela No 124 de Melilla y la Escuela No 127 en Pueblo Ferrocarril, dos lugares muy especiales en su historia: las escuelas a las que asistió cuando era niño.

El Embajador Louis Rinaldi visitó la Escuela No 124 de Melilla y la Escuela No 127 en Pueblo Ferrocarril, dos lugares muy especiales en su historia: las escuelas a las que asistió cuando era niño.

¿Por qué sus padres tomaron la decisión de emigrar de nuevo?

Cuando tenía 17 años, más o menos, mi padre fue a Estados Unidos a pasear, le gustó, volvió a los seis meses y decidió mudarnos. Tengo unos tíos que viven allá y, bueno, así empezó la aventura. Salimos para Estados Unidos en el año 74, el 12 o 13 de abril. Recuerdo que fui a la embajada en el 73 a buscar mi visa y hoy, después de 51 años, vuelvo a la embajada como embajador. Es una cosa increíble.

Es la primera vez que un uruguayo es designado embajador de Estados Unidos en el país. ¿Qué siente?

Una emoción muy grande. Primero, por representar a un país tan poderoso como es Estados Unidos y, en segundo lugar, por volver al país en el que me crie. Es algo indescriptible, nunca esperé una situación como esta, que me cambió totalmente. Viajar a Estados Unidos, empezar de cero y volver como embajador de Estados Unidos aquí en Uruguay es muy emocionante.

¿Y cómo fue que el presidente Donald Trump le propuso el puesto?

Una mañana estábamos jugando al golf y cuando terminamos nos sentamos a almorzar. Trump estaba en plena campaña presidencial y le comenté que quería ser embajador en Uruguay. Me contestó que si ganaba las elecciones me daba el puesto. Pero en realidad nunca lo esperé hasta que después de ganar las elecciones, un día de diciembre, sonó el teléfono y me dijo: “Sos el embajador en Uruguay, te vas a Uruguay”. Fue una emoción muy grande, no tengo palabras.

Desde que emigraron mantuvo lazos estrechos con el país, ¿cuándo fue la primera vez que regresó en familia?

Con mi señora vinimos en el año 78, 77, y después cada año volvíamos a pasar dos meses de vacaciones. En un momento quise comprar una casa, pero no quería que fuera en Punta del Este porque nos quedaba lejos de Montevideo. Recuerdo que un tío tenía una casa hermosa en Atlántida y cuando me fui le dije que algún día iba a tener una así. Y bueno, compré una casa hermosa en Atlántida, abandonada por 30 años, pero la restauré de punta a punta.

¿Qué le gusta de Atlántida?

La tranquilidad, la playa cerca, el pueblo cerca, mucha juventud. Es lindo y me queda cerca del aeropuerto, cerca de Punta del Este. Atlántida es muy conveniente, por eso me gusta.

Como buen uruguayo le tiene que gustar el fútbol. ¿De qué equipo es hincha?

Soy de Progreso desde chiquito.

¿Quién lo hizo hincha de Progreso?

Tenía seis o siete años cuando jugaba al baby fútbol en Colón, el famoso baby fútbol uruguayo. Y recuerdo que me dieron un pantaloncito negro y una camiseta toda rayada amarilla y roja. Después, cuando me fui a Las Piedras, ya no jugué más. Más adelante, cuando vivía en Estados Unidos y veía a Progreso, pensaba en esa camiseta que tenía cuando era niño. Me quedó esa emoción por Progreso. De verdad lo sigo siempre. El otro día estuve en el estadio Paladino, la cancha está muy linda, y además ganaron. Es un cuadrito lindo. Además, como embajador, ser hincha de los grandes, de Peñarol o de Nacional, sería un problema. Y también soy hincha de Juventud de Las Piedras, de chico lo iba a ver.

Toca el acordeón y se animó a tocarlo en la Patria Gaucha.

Sí, lo aprendí de chiquito, a los siete, ocho años. Pero aprendí todo de oído, tomé clases un año o dos y sacaba todo sobresaliente, al contrario de lo que pasaba en la escuela. Tocábamos con una bandita, éramos la orquesta de los cumpleaños de 15, de los casamientos. Me acuerdo de que, cuando tendría 16, 17 años, tocamos en un casamiento en Santa Rosa y hace poco me encontré con el novio, y el señor me dijo: “Les cuento a mis amigos que el embajador tocó el acordeón en mi casamiento y no me creen”. De verdad, ¿quién te va a creer?

Lou Rinaldi
El embajador Lou Rinaldi toca el acordeón desde niño. En marzo se animó a cantar en la Patria Gaucha.

El embajador Lou Rinaldi toca el acordeón desde niño. En marzo se animó a cantar en la Patria Gaucha.

Conoció a la mujer que hoy es su esposa al mes de haber llegado a Estados Unidos, ¿cómo fue?

Sí, al mes. La conocí en mayo, en un baile por el Día de la Madre al que fui con mi primo. La vi y la quería invitar a bailar, pero como yo no hablaba inglés y ella no hablaba español no nos entendíamos, entonces usé a mi primo como intérprete. Le dije: “Vení, Mike, ayudame a conversar”. Tenía que comunicarme de alguna manera, ¿no? A los pocos meses estaba hablando inglés, no me quedaba otra. Nos seguimos viendo, nos casamos al año y seguimos juntos hasta hoy. Tuvimos cuatro hijos: Michael, Angela, Louis y Robert; lamentablemente Robert falleció con cáncer. Y bueno, hace 50 años que estamos casados y formamos una familia ahora con siete nietos.

¿Cuál fue su primer trabajo?

Cuando llegué empecé trabajando con una compañía de jardinería, cortando el pasto, haciendo cosas de landscaping. Después arranqué por mi cuenta a trabajar en jardinería. Más adelante nos pusimos a hacer entradas y escaleras, cosas chicas en cemento, y así arrancamos en temas de construcción hasta que nos encontramos con unas personas de un municipio que tenían un problema con un puente que siempre se les hundía. Entonces les propusimos la solución de construirlo por encima, fue muy fácil y quedó bien.

¿Así comenzó su empresa de construcción?

Sí, después de eso arranqué a trabajar con asfalto, que es un material diferente, que tiene más fuerza. Ahí fue cuando pude aplicar mis estudios de tornero de la UTU en cuanto a las medidas a escala, porque allá no usamos el metro, usamos pies y pulgadas. Eso me ayudó mucho a entender los planos, me fue útil, no tenía que pagarle a otro y así, de a poquito, arrancamos con la compañía. Después, con el tiempo hice una casa que se la vendí a una pareja judía, muy buena gente. Un día el señor me preguntó si jugaba al golf; hasta ese momento yo jugaba al fútbol.

El golf es el deporte de los negocios.

Pero en ese momento yo no conocía el golf. Aprendí a fuerza de perder. Este señor que te comenté me presentó en un club, fuimos varias veces y después me hice socio de un club en Westchester, que después lo terminó comprando Trump. Invitaba a amigos a jugar; por ejemplo, conocí a un gerente de un banco y lo invité a jugar en un campeonato a beneficio del cáncer de mama. Ese mismo día, este gerente me preguntó si quería conocer a Donald Trump, que en ese tiempo era empresario. Me lo presentó y nos dimos la mano, pero él no le da la mano a mucha gente, no porque no quiera, sino porque en el golf agarrás la pelota sucia. Cuando me lo presentaron le dije que la única razón por la que le daba la mano era porque los dos nacimos el mismo día, el 14 de junio. Él me dijo: “Entonces usted debe ser una persona muy exitosa”; y le contesté: “no como usted, pero me está yendo lindo”. Mientras se estaba yendo me tocó el hombro y dijo: “Llámame”. Pensé: “Yo no lo conozco, es la primera vez que lo veo, ¿a dónde lo llamo?, ¿para qué?”. Pasaron cuatro o cinco meses y nos encontramos en Atlantic City, en su primer casino, el Trump Castle. Habíamos ido a jugar al golf con mis primos y nos quedamos en el casino. El domingo apareció, nos saludó y me volvió a tocar el hombro: “Si precisas algo, llámame”. Poco tiempo después llamó a casa. Atendió mi esposa: “Trump en el teléfono. Quiere hablar contigo”. Yo pensé que eran mis primos haciéndome una broma, pero era él para invitarme a jugar al golf el sábado siguiente.

¿Y jugaron?

Sí, desde ese día jugamos juntos casi todos los fines de semana. Después compró canchas de golf y me dio trabajo con mi empresa de construcción y excavación, hicimos muchas canchas de golf en Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania, Virginia. En ese entonces me dio mucho trabajo pero, además, me ayudó mucho con un hijo que perdimos con cáncer. Durante seis años él hizo lo imposible para ver si podíamos salvarlo; es muy triste, pero no se nos dio. La verdad es que no tengo cómo agradecerle ni cómo pagarle por todo lo hizo. Me facilitó el acceso a hospitales, doctores, transporte, avión y la distracción que le daba a mi hijo en hoteles. Me decía: “Vamos a salvar a tu hijo”. Desgraciadamente no pudimos, pero esas cosas no hay cómo pagarlas. Mucha gente lo conoce como presidente, como negociante, pero personalmente tal vez no lo conozcan, porque es una persona que tiene un corazón de oro, si te ve en la calle te ayuda. La verdad es que no sé cómo agradecerle, le doy gracias eternas.

Trump estaba en plena campaña presidencial y le comenté que quería ser embajador en Uruguay. Me contestó que si ganaba las elecciones me daba el puesto. Pero en realidad nunca lo esperé hasta que después de ganar las elecciones, un día de diciembre, sonó el teléfono y me dijo: “Sos el embajador en Uruguay, te vas a Uruguay”. Trump estaba en plena campaña presidencial y le comenté que quería ser embajador en Uruguay. Me contestó que si ganaba las elecciones me daba el puesto. Pero en realidad nunca lo esperé hasta que después de ganar las elecciones, un día de diciembre, sonó el teléfono y me dijo: “Sos el embajador en Uruguay, te vas a Uruguay”.

En Uruguay hay una docena de canchas, ¿por qué no lo invita a venir?

Sí, lo invité y no me dijo que no, me dijo “es posible”. Es una persona que siempre dice “vemos”, no te dice ni sí ni no. Nosotros seguimos jugando al golf incluso después de que se convirtió en presidente, y ahora cuando viajo a Estados Unidos, tres o cuatro veces al año, también nos vemos.

Estados Unidos es un país que te abre las puertas, un país muy grande, que te da esa oportunidad de salir adelante. Les abrió las puertas a tantos uruguayos, veo tantos estudiantes uruguayos becados en universidades americanas, doctores, ingenieros, de todo tipo de profesiones. Vi últimamente a la reportera uruguaya de la NASA (Noelia González). Eso es un orgullo. La verdad es que es un honor que haya muchos uruguayos en Estados Unidos que les ha ido muy bien.

¿Qué se dice de Uruguay en Estados Unidos?

El Uruguay es respetado en el mundo, hay que decirlo, a nivel gubernamental se cumplen con las leyes internacionales, cumplen con su Parlamento, cumplen con todo. Entonces Uruguay se lleva muy bien con Estados Unidos en este momento. Para mí es el honor más grande estar representando a Estados Unidos y trabajando en mi propio país. Y ver que los gobiernos uruguayos a lo largo de los años han estado trabajando muy bien juntos, que no hay esa controversia. Mi mayor objetivo es que nuestras leyes se respeten aquí en Uruguay y que nosotros respetemos las leyes de Uruguay. Quiero que un día, cuando me vaya, ambos países continúen trabajando juntos como hermanos.

¿Esta designación es el máximo logro en su carrera?

No sé, creo que sí, no le sabría decir. Me dicen empresario, pero yo me considero una persona normal, común y corriente, como todos. Nunca cambié de personalidad. Siempre fui la misma persona, respeto a todo el mundo, al más pobre, al más rico, no importa. Yo respeto a todos.

Con su trabajo en la embajada podrá ayudar a los uruguayos.

Yo quería ser embajador porque quiero mucho a Uruguay, siempre lo quise, siempre quise ayudar. Hice una canción que dice “salí a girar para ayudar al mundo entero”. Y así es. Esa canción la escribí en el año 78, 80, pero la grabé en el 84. Me fui pero prometí que volvería, y volví todos los años.

¿Lo escucharemos en la fiesta de independencia del 4 de julio?

Sería mejor dejarlo a los profesionales. He cantado muchas veces, incluso la otra vez estuve cantando con (el presidente Yamandú) Orsi acá en la residencia.

Así que no solo el golf crea relaciones, sino también la música.

Sí, claro, la música hace crecer las relaciones, pero todo depende de cómo uno se posicione en la relación. Por ejemplo, Donald Trump es una persona muy importante, un ídolo, una personalidad, un billonario y viene y se saca fotos conmigo. ¿Por qué? No sé, será por mi personalidad, es muy difícil de explicarlo. Mi señora dice que está soñando porque esto no puede ser cierto. Una persona que vino de Uruguay, que no sabía hablar inglés, que nunca estuvo en la política, que no es abogado ni profesional y hoy es embajador en Uruguay. ¿Por qué? No lo sé todavía.

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Además de una profesión se necesitan ganas, compromiso para alcanzar las metas.

Yo diría que hay que agradecer lo que uno tiene. Por ejemplo, en Las Piedras me encontré con una señora de unos 80 años comprando un pedacito de carne así de chico. Y le digo: “Pero, señora, con eso no puede cocinar”. Y me contestó que no podía comprar más. Entonces le compré la carne, la señora no quería aceptarla pero insistí. Cuando salimos de la carnicería me gritaba: ‘¡Que Dios lo bendiga!”.

Otra día estaba en un restaurante en Atlántida y entró un niño pidiendo. El mozo lo quería correr pero lo senté conmigo y le pedí un chivito. Le pregunté cómo estaba formada su familia y entonces pedí dos chivitos para llevarles a su mamá y su hermana. Y después, otra vez, en el Club Cantegril de Punta del Este, a las siete de la mañana apareció una niña de ocho años vendiendo pelotas de golf. Eso me dolió más porque ¡ese era yo cuando era chico! Iba a Colón a tocar el acordeón en la feria y con la plata que me dejaban en el platito compraba juguetes para Navidad. Entonces le pedí un capuchino con dos o tres cruasanes, yo no precisaba las pelotas pero igual le di 20 dólares. Después le pregunté a mi caddie quién era esa niña que estaba sola con ese frío y me contó que vive con la abuela. Entonces le di 500 dólares para comprar túnica, lápiz, cuadernos y lo que necesitara. La abuela después me mandó una nota agradeciéndome. Me daba pena ver a esa niña porque me recordaba a mí. Cuando vinimos de Italia, Italia estaba destruida, no teníamos para comprar ni un pantalón, vivíamos en un ranchito de cañas, mamá cocinaba en el piso, dormíamos en un colchón hecho de chala, con bolsas de arpillera. Esas cosas que me pasaron no las olvido. Entonces, si ahora puedo ayudar, ¿por qué no lo haría? Yo estoy con los presidentes, con la embajada, con ustedes, me posiciono en todos los lugares, pero aquello que viví no lo olvido, el sacrificio que hicieron mi madre y mi padre, eso no lo olvido. Cuando voy por la ciudad y veo gente durmiendo en las calles, me pregunto “¿será posible?”. Te duele. Los grafitis, las casas todas pintadas, es una pena porque son hermosas. Hay que arreglarlo. Se lo dije al Pacha (Alejandro Sánchez, secretario de la Presidencia), le dije a Yamandú (Orsi). No se lo digo como embajador, se lo digo como uruguayo. Yo estoy acá y me duele. Cuando yo me fui esto no era así. El otro día fui al pueblo donde teníamos la chacra y me puse a llorar. Asentamientos en donde antes había chacras con verduras, tomates, limones, viñas. Había una cantera preciosa a donde nos íbamos a bañar y ahora la están llenando de basura. Está todo abandonado, no queda más nada.

Esperemos que se logre un cambio para Uruguay.

Pienso hacer muchas cosas y espero que me ayuden.

¿Van a organizar alguna actividad por la Copa Mundial de Fútbol?

Yo no voy a estar aquí, pero quiero que la gente vaya al Mundial a conocer nuestra cultura y celebrar nuestros 250 años de la independencia. Que viajen, se diviertan, les deseo lo mejor a todos, a todo Uruguay, a Estados Unidos, a toda la gente.