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Martín Ferrés, de Bajofondo: "Tocar el bandoneón es como tener un arma"

Edad: 49 años Ocupación: Músico, bandoneonista de Bajofondo y de La Maison Ferrés Señas particulares: Le gusta generar entusiasmo en otros; odia lo banal, incluso sacar la basura tiene que ser un momento especial; es papá de una niña de 6 y un adolescente de 13.

Redactora de Galería

¿Sos más heredero o traidor del tango?

Desde muy chico mi intención fue poner en contexto el bandoneón dentro de las nuevas tendencias de la música. Esa era mi misión. Vos tenés la tradición por un lado, que es muy buena porque mantiene los códigos, pero si no hay algo que se proponga romper con eso, pasa a ser una pieza de museo. Por eso me siento un poco más traidor, aunque empecé a escuchar tango a partir de Piazzolla. Hoy ya es tradición, pero en su momento era la rebeldía total. Por eso dejemos de tocar Libertango, porque lo que están haciendo con Piazzolla, si Piazzolla estuviera vivo, él no querría que lo hicieran.

¿Qué se siente tocar un instrumento tan cargado de identidad?

Yo estudié guitarra clásica, pero es el instrumento más difícil e ingrato que hay en el mundo. En cambio, agarrás un bandoneón, tocás una nota y es lo más parecido a la voz humana. Tiene esa capacidad desde lo más bajito a la cosa más gigantesca en una sola nota dependiendo de la fuerza del fuelle. Es como tener un arma. Además, podés mostrar del lugar de donde venís, independientemente de que lo hagas con un lenguaje más moderno. Antes, el porteño era adorado, engatusador pero machista. Hoy, todo eso pasó de moda y se pasó del modelo Maradona al modelo Messi. Ese proceso le va a hacer muy bien al argentino, pero en el interior la gente no es así. Una de las cosas más difíciles para un artista es encontrar qué es lo que quiere decir, y yo vengo del Río de la Plata. Yo soy sanjuanino.

¿Qué versión tuya existe en Bajofondo que no aparece en tu proyecto solista y viceversa?

Con (el colectivo) La Maison me tocó mostrar algo que tiene que ver más directamente conmigo. Por más que en Bajofondo compartimos las autorías, la etapa de girar mermó un poco, y ahí es donde apareció la necesidad de tocar mi música. Con eso siento más control, tiene que ver con poder romper con los conceptos que yo veo que están caducos, feos y añejados en la industria musical. Hay vicios, como que el cantante va a la suite presidencial y el baterista al sótano. Todas esas cosas yo las odio. A mí me gustó tener el control, por ejemplo, de que en la batería hubiese una chica. Quería tener esa energía femenina, eso Bajofondo no lo tiene.

¿Y cómo manejás el ego?

Odio la piramidalidad, y venir a demostrarte todo el tiempo que soy tu jefe, me parece lo más patético y demodé que hay en el mundo. Porque si vos tenés alguna intención de ser un líder, eso lo decide la gente que trabaja con vos. Todos ya sabemos que el jefe es el jefe. Los chicos (de La Maison) internamente lo saben, pero descontracturamos y jodemos con eso porque en la música es muy potente todo ese mundo del ego.

¿Qué parte de tu personalidad no dialoga bien con ser músico?

La franqueza, y que soy muy pragmático. Me gusta definir el blanco y el negro, y a partir de eso hablamos de los grises. Mi sueño sería que la gente se relacione a través de sus miserias y no de sus virtudes. Porque vos conocés a alguien y es bueno contigo, te separa la silla, te muestra su mejor parte y no, yo te tendría que mostrar mis miserias. Que te pregunten “¿te animás a traerme un vaso con agua?” y vos puedas responder que no, que te revienta ir a buscar un vaso con agua. No es tan grave.

¿Qué te enamora de alguien?

Y la franqueza también, obvio. El 100% de los seres humanos tenemos miserias, unas más grandes, otras menos graves, pero hay un montón que son medianamente molestas que a lo mejor vos podés aceptar y no pasa nada. Celebremos la diversidad, loco. Eso lo aprendimos mucho con Bajofondo, a respetarnos todos porque somos muy distintos. A lo mejor terminábamos de tocar, nos invitaban a una fiesta y aparecía Luciano diciendo que no quería ir y se volvía al hotel. ¿Vos te pensás que alguien le decía “aburrido”, “cagón”? No.

¿Sos más de quedarte o de irte?

Prefiero quedarme, pero de hecho, ahora estoy saliendo. Yo estoy separado, pero tengo a mis hijos conmigo el 45% del tiempo. Los llevo a la escuela, los pediatras, todo. Te cambio todo lo que tengo por mis hijos, me quedaría en casa haciéndoles la comida. Seré medio mujer, medio madre, pero me encanta eso. Pero los hijos mientras mejor están, más se alejan. Vos querés que esté lo mejor posible, él te quiere, pero está seteado para saber que te vas a morir. Entonces si vos no entendés eso y no te vas, le hacés daño. Es importante que te vean haciendo lo que tenés que hacer.

¿Dónde está la fuerza para eso?

En la vocación. En la escuela lo único que tendrían que hacer es orientar vocacionalmente, porque lo único que te salva en la vida es tener algo a lo que vos te dediques. Vos trascendés a través de tus hijos, sí, pero también trascendé por otra cosa. Y mirá que yo estoy embobado con mi hija.

Contame de ella.

Adoro la femineidad, pero no el taco aguja, me gusta más Kill Bill, adoro eso que tiene mi hija. Las niñas son la femineidad en el estado más puro que puedas encontrar. Ella baila y pone el hombrito y le sale natural, orgánico. No está haciendo de grande ni sexualizándose, lo hace como nena feliz. Baila, se expresa con el cuerpo, se ve linda y le gusta. Es esa frescura. No está mal eso, una mujer seduce al hombre como mamíferos que son; lo que está mal es que después con el tiempo crecés, te desilusionás y diferentes cosas te hacen menos expresivo.