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Nancy Fabiola Herrera: "Cantar es una manera de sublimar las emociones, una catarsis"

En el Teatro Solís, la mezzosoprano venezolanaespañola protagonizará La casa de Bernarda Alba, versión operística de Miquel Ortega sobre el texto de Federico García Lorca en el marco de la conmemoración de los noventa años de su muerte

Coordinadora de Sociales

La Casa de Bernarda Alba, con música de Miquel Ortega, renueva la fuerza del drama de Federico García Lorca y demuestra la infinita capacidad del texto para reinventarse en el escenario. Esta adaptación redimensiona su carga emotiva a través de la partitura transformando el silencio de la casa en un paisaje sonoro de ineludible tensión.

El estreno en el Teatro Solís el 8 de setiembre y las funciones del 10 y el 12 conmemoran el centenario del encuentro en Madrid entre Federico García Lorca y Margarito Xirgu, un vínculo determinante en la proyección del autor y en la consagración de la actriz en la cumbre del teatro español.

Nacida en Venezuela de padres canarios, la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera regresó a Uruguay para interpretar a Bernarda en esta ópera, que ya había estrenado en 2018 en el Teatro de la Zarzuela. La pieza retrata el mundo árido de una familia disfuncional y una época de autoritarismo y patriarcado. La cantante considera que los temas de represión, secretos familiares y el miedo al “qué dirán” de la obra siguen siendo actuales y cíclicos en la historia de la humanidad. Cada oportunidad en la que retoma la obra, Herrera vive una experiencia nueva con diferentes compañeros de escena y el enfoque del director, en este caso, Amelia Ochandiano.

Inició su trayectoria inspirada por la afición artística latente de su madre. De niña la inscribió en el conservatorio para estudiar piano y solfeo; y aunque cantaba con amigos en las “parrandas” en Canarias, su verdadera vocación por el canto surgió en Madrid al intentar convalidar su carrera de piano. Fue descubierta por una profesora que le cambió la vida en seis meses. Cantar es su razón de ser y el oxígeno de su existencia. Su facilidad para imitar voces y gestos le ayudó en la interpretación de personajes. “Es un reto, pero uno muy bonito porque todos nosotros tenemos al mismo tiempo al santo y al asesino en potencia, al bueno y al malo, dependiendo de lo que hagamos se desarrolla una parte o la otra. Lo lindo que tiene el actuar es que te permite explorar todas esas emociones”, define Herrera.

Ataviada con un pulcro blanco, hace su aparición en el camerino 6 del Solís lista para la sesión fotográfica minutos antes de un ensayo de La casa de Bernarda Alba.

Federico García Lorca la trae de regreso a Montevideo. ¿Cómo se siente con esta versión que ya estrenó en 2018?

La verdad es que Miquel Ortega hizo un gran trabajo. La música casa muy bien con el texto. A pesar de que es una escritura moderna, retrató muy bien la personalidad de cada uno. En la obra cada personaje tiene su motivo musical y cada vez que aparece Bernarda está precedida de unos acordes que son los mismos siempre, y así cada personaje. Además hay ritmos reconocibles también en muchos momentos. La música dibuja muy bien este mundo tan árido de esa casa, de esa familia disfuncional. Y sobre todo refleja muy bien una época que no está tan lejos. Yo la recuerdo con mis abuelas, no era el punto de Bernarda pero en la época de mis abuelos se daba el autoritarismo, el patriarcado. En muchos casos, las propias mujeres eran más machistas que los hombres, por la educación que habían recibido.

¿Usted lo vivió?

En esos momentos muchas mamás educaban con esa idea de patriarcado, con esa idea machista. Yo tengo un hermano varón y tenía una hermana que justamente falleció la noche antes de estrenar esta obra en España y tuve que salir a escena.

No puedo imaginar lo que sintió.

Era el estreno y yo no tenía sustituta, entonces tuve que cantar. Fue muy duro, sobre todo por la temática y por el final de la obra, toca mucho.

¿Cómo se preparó para salir a escena?

Cuando nos vemos en una situación así, uno saca fuerzas de flaqueza, te sitúas en un momento en el que sabes que no queda otra, tienes que seguir adelante. Estás en estado de shock y pasa un tiempo hasta que empiezas a asimilarlo; los primeros momentos cuando se te muere un ser querido es irreal. Lo que le pedí al director es que cuando llegara al teatro nadie me dijera ni me preguntara nada, porque si me preguntaban, algo me rompía. Todos fueron maravillosos, nadie mencionó nada y al final de la función, cuando llegó el aplauso, nos rompimos todos.

Nancy Fabiola Herrera en La gran Vía en el Teatro Solís.

Nancy Fabiola Herrera en La gran Vía en el Teatro Solís.

¿Y cómo evolucionó Bernarda de 2018 a la que se verá en el Teatro Solís?

Bueno, después de esa primera representación hice dos producciones más y cada una tuvo su visión. Han sido producciones bastante clásicas, alguna con una propuesta un poco diferente en escena, pero respetando mucho la temática. Creo que siempre que haces una obra, aunque la hayas hecho muchas veces, nunca hay dos noches iguales ni dos producciones iguales, y encima tienes compañeras diferentes, con lo cual cambia todo. Entonces, lo bonito es que retomas una obra que ya has hecho pero de alguna manera es nueva, porque la tenemos que construir entre todos. En este caso el trabajo con Amelia Ochandiano es maravilloso, porque Amelia es una mujer que conoce muy bien toda esta temática, lo hablábamos entre nosotras. Somos herederas también de las generaciones de nuestras familias que vienen de esta época, de entreguerras, de la guerra civil española; más luego una dictadura de 40 años, es decir, un mundo un poco opresivo en el que estaban más preocupados del qué dirán que de la propia tragedia en la familia.

De alguna manera la obra es muy actual, porque en muchos contextos, como los religiosos, que son muy extremistas, hoy hay una represión grande; sobre todo hacia la mujer.

¿Cree que las mujeres siguen en el mismo punto de desigualdad?

Creo que todo es cíclico, porque si miras la historia de nuestra humanidad, ha habido periodos de gran libertad a lo largo de los siglos, y después se vuelve a un periodo de represión, oscurantismo; luego vuelve la luz otra vez y a abrirse todo más. La mujer no siempre ha estado reprimida o el hombre no siempre ha sido opresor.

¿Esa desigualdad la vivió en el canto?

En mi caso no. Siempre dicen que a los hombres les pagan mejores sueldos. Yo crecí en una casa donde mi madre era avanzada a su tiempo. Nació en el 38, posguerra, pero ella fue un poquito rebelde, entonces siempre se prometió que a sus hijos los iba a tratar igual y siempre soñaba con viajar, siempre fue una mujer un poco anacrónica con lo que vivían en su momento otras mujeres. Por ejemplo, mi hermano también tenía que fregar la losa y hacer su cama, y mi padre se ponía de los pelos y le decía: “¿Cómo lo vas a mandar a limpiar los platos?”, y mi madre decía que tenía que aprender; ella ya venía con esa mentalidad.

¿Nació en Venezuela?

Yo soy de padres canarios que emigraron a Venezuela por la hambruna que pasaba España después de la Guerra Civil. Muchos canarios vinieron para Uruguay, otros fueron para Venezuela. Mis padres estuvieron 10 años allí y en ese periodo nacimos mi hermano y yo. Cuando yo tenía cuatro años decidieron volver a Canarias y a mi hermana la gestaron en el camino.

¿Por qué sus padres la anotaron en el conservatorio?

Mi madre siempre tuvo el sueño de ser actriz, cantante o algo relacionado con la música. Venía de una familia con condiciones económicas muy básicas, le gustaba estudiar y pedía libros prestados; soñaba despierta. Entonces se juró a sí misma que un día, cuando fuera madre, sus hijos estudiarían música en el conservatorio. Cuando tenía ocho años me anotó a estudiar piano y solfeo como a los niños los ponen a jugar fútbol.

La mezzosoprano vuelve al escenario del Solís.

La mezzosoprano vuelve al escenario del Solís.

¿Y le gustaba el piano?

Me gustaba, pero no era esa cosa de “qué bien toca el piano la niña”. Todo era en base a la práctica. Me sirvió mucho esa formación musical, esa disciplina del conservatorio fue desarrollando algo que yo traía conmigo. Mis papás cantaban en casa boleros y música mexicana, y crecí escuchándolos.

Cuando estaba en el liceo entré a un coro de chicas y el director me fue dando mis primeros solos, me decía: tú tienes buena voz, deberías estudiar canto. Y me quedó eso. Cuando terminé el liceo pensé en estudiar una carrera no muy larga. Me gusta el turismo, los idiomas, la historia del arte, entonces me fui a Madrid, a la escuela oficial de turismo. Hice las pruebas y me aceptaron. En ese momento, estaba en 4to de piano, seguía mis estudios de música en paralelo y estuve en dos coros cantando música polifónica en Canarias. Cuando intenté hacer el traspaso de matrícula al Conservatorio de Madrid, no pasé las pruebas de piano porque competía con pianistas concertistas. Mientras terminaba las asignaturas que me quedaban preparé un par de piezas y me presenté en canto. En el jurado había una profesora que le gustó mi voz, y ella fue la que me abrió al mundo de la ópera. En menos de seis meses mi vida cambió. Yo tenía mucha facilidad para imitar a mis profesores, voces, gesticulaciones, todas esas cosas. Y a partir de ahí se fue dando todo, terminé los estudios de canto en Madrid, luego me planteé que me tenía que seguir formando y pegué el salto a Estados Unidos. Una cosa fue llevando a la otra y me quedé en Estados Unidos, todavía soy residente, aunque estoy menos. Hasta que conocí al uruguayo.

¿Los presentó la gestora cultural María Julia Caamaño?

Con María Julia nos conocimos en Nueva York, teníamos una amiga en común, Verónica Villarroel, y nos hicimos amigas. Ella se portó muy bien conmigo en Nueva York y yo le dije: “Cuando necesites de mí, no dudes en llamarme, lo que sea”. Entonces, cuando la nombraron directora artística del Sodre y estaban por cerrar la primera temporada, me llamó para un concierto. Justo en ese momento, finales de 2007, tenía solo seis días para ir de Nueva York a España, cambiar maletas. Entonces me tiró el anzuelo con una obra dedicada a España, una que me gustaba muchísimo, que no la había hecho con orquesta pero sí con piano, entonces no la tenía que estudiar mucho. Y así me vine a Uruguay a hacer Las cinco canciones negras de Xavier Montsalvatge con la orquesta del Sodre, y conocí a mi marido, que tocaba los timbales.

¿Fue amor a primera vista?

Pues sí, fue una cosa muy curiosa, porque estuve cuatro días aquí para trabajar y trabajar porque tenía que ensayar, pero nos caímos muy bien. Por una serie de causalidades, éramos los dos únicos que quedábamos detrás del escenario mientras sucedía el resto del programa. Además, él no tenía que haber estado tocando ese programa; eso dio un lugar para charlar. Siempre fue muy educado, muy amable; en ningún momento hubo otra cosa y fue muy bonito. El día que yo me iba, fuimos a comer al Mercado del Puerto con María Julia, su asistente Augusto, y comimos asado, bebimos. Lo que sucedió es que terminamos todos en el aeropuerto brindando y, cuando me despedí de él, me iba a subir al avión, le di gracias a Marcello (Pérez Pose) y, cuando lo abracé, tuvo una sensación súper dolorosa; era como si yo ya lo conociera, me era tan familiar. Lo acababa de conocer pero sentía que había estado con él y empecé a llorar pero amargamente, no entendía nada, y él también lloraba. ¿Cómo lo puedo describir? Como una conexión de almas, una conexión de antes. Estuve dos horas llorando en el avión y no podía parar.

¿Cómo congeniaron sus vidas?

Yo me iba a Madrid directamente porque estrenaba La Bruja, una ópera zarzuela. Entonces estuvimos mes y medio escribiéndonos. Yo tenía un computadorcito y quedábamos para hablar, vernos; nos escribíamos y, cuando tuvo vacaciones en diciembre, agarró un pasaje y me fue a ver. Ni un beso ni nada. Además fue todo muy claro, yo le dije que no andaba buscando romance, buscaba un compañero de vida, y él coincidía. Era muy difícil porque él estaba en una punta del planeta y yo en otra, pero si los dos queríamos podíamos intentarlo. Los dos primeros años fueron muy locos, de repente iba a verme por tres días a Bratislava, se la pasaba un día viajando para estar conmigo. Después agarró un sabático de la orquesta y, cuando ya pasaron dos años, hubo que elegir. La verdad es que fue muy, muy generoso al dejar su plaza de la orquesta y en la Academia de Música para dedicarse a la parte de producción, que ya la hacía también.

En 1996 ganó el concurso Operalia creado por Plácido Domingo, ¿los concursos son importantes para abrir puertas a los jóvenes?

Sí, además de alguna manera el concurso también es una manera de medirse con otros cantantes y de que te escuche la gente, los agentes, directores de teatro. Ahí es donde descubres nuevos valores. Hoy en día está habiendo programas paralelos a la temporada de ópera que forman a cantantes jóvenes.

Para Nancy Fabiola Herrera cantar es su razón de ser.

Para Nancy Fabiola Herrera cantar es su razón de ser.

¿En su caso en qué sentido real fue positivo?

Por ejemplo, en la final había una agente muy importante de Alemania, que me escuchó y me ofreció dos contratos de roles principales. Mi primer papel en ópera fue haciendo de madre abadesa en una ópera de Giacomo Puccini que se llama Suor Angelica. Debuté y me fui a estudiar a Estados Unidos casi 21 años. Tuve la inmensa fortuna de que, mientras estudiaba en la Universidad en Juilliard de Nueva York, y luego en Filadelfia, me daban permiso cuando me salía un trabajo profesional. Fui construyendo mi carrera con muy buenos elencos y compañías importantes, y ahí iba teniendo mi experiencia mientras continuaba con mi formación.

¿Qué espacio ocupa el canto en su vida?

Todo. El canto es una expresión del ser humano y todo el mundo debería cantar, no importa que tengas voz o no la tengas. Cantar es una expresión del alma, es una manera de sublimar las emociones, es una catarsis. Cantar es una gran medicina para todo el mundo. Que alguien se ponga a cantar en un coro con otras voces es una de las terapias mayores, porque hay algo en el sonido de la voz humana que transforma, las vibraciones te traspasan. Es algo muy interno que está conectado con las emociones, entonces es una vía de poder expresar. Lo recomiendo a todo el mundo.