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Valeria Csukasi: “Con mi hija me queda clarísimo que no gano ninguna negociación, siempre gana ella”

Edad: 47 - Ocupación: subsecretaria de Relaciones Exteriores - Señas particulares: es ultrapuntual; la cocina es su profesión frustrada; pasa las fiestas en Punta Colorada

Quienes trabajan con usted dicen que no le gusta perder el tiempo, ¿es puntual? Ultrapuntual. Tengo el problema de que hasta me gusta siempre llegar un poquito antes, y en eventos sociales me encuentro a veces a mis amigos bañándose todavía.

Las diplomáticas siempre visten elegantes, ¿dónde compra su ropa? Tiendo a comprar más afuera. Compro repoco en Uruguay, porque cuando estoy acá uso el tiempo para otras cosas. Salvo que necesite algo urgente, porque se me rompió algo. Como viajo mucho y viví mucho tiempo afuera, tiendo a tener mucha más ropa comprada en el exterior que acá. Igual me gusta ir de compras, lo reconozco.

¿Qué prenda no puede faltar en su ropero? Vestidos, siempre. Para mí, son superprácticos porque no implican combinar qué te ponés arriba y qué te ponés abajo. También ropa que no se arrugue, de esas telas que están planchadas todo el tiempo.

Tiene una hija de casi tres años llamada Thea, ¿qué significa el nombre y por qué lo eligió? Nos pasamos meses buscando un nombre. Queríamos que fuera diferente, corto y con mucha fuerza. A mí me encantaba Thea de entrada, pero teníamos los dos una lista de nombres que compartíamos y él me lo había bochado. Y tres días antes de que naciera, conversando, me dijo: ¿sabés qué? Thea por ahí no me molesta. Además, tiene la gran ventaja de que se puede pronunciar en español, en francés, en inglés. Eso para el tipo de vida que tenemos nosotros es fundamental. De segundo nombre le pusimos Alix, un nombre francés que le gustaba el padre.

¿Aplica técnicas de negociación o de diplomacia en el ámbito familiar? Todo el tiempo. A veces me doy cuenta de que estoy moderando la forma en la que hablo, guardándome algunas fichitas para más tarde. Pero con mi hija me queda clarísimo que no gano ninguna negociación, siempre gana ella.

Fue embajadora en Malasia, un país con una cultura y costumbres muy distintas a las de Uruguay, ¿qué fue a lo que más le costó adaptarse? Al calor, increíblemente. Fue un destino maravilloso, es un país increíble, con gente buenísima. Pero el calor y esa sensación de que no cambia la temperatura en los 365 días del año, a la hora del día que sea tenés la misma temperatura, superalta, con humedad.

Más allá de los afectos, ¿qué cosas del país son las que más ha extrañado en sus misiones en otros países? La rambla. A veces no nos damos cuenta de lo que significa vivir en una ciudad volcada hacia el mar, en donde podés salir y caminar por kilómetros, sintiendo el ruido de olas.

Probó todo tipo de comidas del mundo, ¿qué fue lo más raro que probó y que le gustó? El tartar, que es la carne cruda cortada a cuchillo y apenas condimentada. Cuando te lo presentan y te lo explican, decís: “no, yo no voy a andar comiendo carne cruda”. Sin embargo, me fascina; para mí, es uno de los platos más ricos que hay. También el picante, al que no estamos muy acostumbrados en Uruguay. Me gusta, lo disfruto, sobre todo en Asia, que saben cocinar muy bien con picante sin anular la capacidad de sentir el gusto.

¿Tiene alguna receta de otro país que haya incorporado a su menú? ¡Sí! Amo la cocina, es mi profesión frustrada. Entonces, acumulamos libros de cocina de países donde vamos a vivir o de paseo, siempre nos traemos alguno. También traemos muchas especias y aprendemos a cocinar con otros sabores. Siempre cuento que mi hija se acostumbró a comer en la guardería, cuando tenía un año, con curry.

Pasó varias fiestas en el exterior, ¿hay alguna en particular que recuerde? La primera Navidad que nos tocó vivir en Ginebra, mi primer destino, en 2005. No teníamos muebles y teníamos un arbolito que habíamos decorado, un par de colchonetas tiradas en el piso del apartamento, un televisor y un equipo de audio. No teníamos sillas ni mesa para comer, la cocina estaba apenas equipada. Pero la pasamos espectacular porque fue la primera Navidad con nieve, fue alucinante.

¿Qué es lo más lindo y qué es lo más difícil de pasar las fiestas afuera? Lo más lindo es que aprendés a apreciar el núcleo familiar directo, compartís mucho. Pero acá en Uruguay no tenemos esa cosa de que paseás por la ciudad y te la encontrás decorada, iluminada. En otras ciudades del mundo empezás a ver ese espíritu navideño semanas antes de la Navidad. Desde los olores, la música, las luces, todo te pone en modo festivo y eso es relindo. Estar lejos de la familia, de los amigos, la hace una época muy sentimental también. Te ponés mal, te das cuenta de lo lejos que estás, te acordás de la gente que ya no está. Es una combinación amarga y dulce al mismo tiempo.

¿Cuáles son sus planes para la noche de Año Nuevo? Recuperar la tradición familiar, que es pasar en Punta Colorada, en una casa que construyeron mis abuelos por el lado paterno. Es el único lugar que sigue siendo mío, es la casa en la que desde recién nacida pasé todos los veranos. Para mí, volver a Uruguay, en general, es ir a Punta Colorada. Y las fiestas son allí, con la parrilla encendida, en chancletas y malla de baño.

¿Qué logro personal destacaría de 2025? El desafío más grande que sentí cuando me vine a Uruguay fue el de estar presente como madre y al mismo tiempo cumplir con un trabajo tan demandante y que requiere viajes de varias semanas. Siempre tuve el miedo de que eso afectara a mi hija o la relación, y no pasó. Sentir que pude cumplir con los dos roles, para mí, es el logro más grande del año.

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