En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Eric Spitznagel está un poco mal de la cabeza. Periodista freelance, colabora en medios como Rolling Stone, Playboy o Vanity Fair. Su especialidad en historias y personajes de particular extravagancia está patentada en la biografía del actor y director de cine porno Ron Jeremy, para quien también escribió los guiones de algunas de sus películas. Spitznagel no concibe la vida sin música. Tiene 45 años, una edad, dice, en que la mayoría de lo que ama y venera se está convirtiendo en algo “clásico” a una velocidad alarmante. Es un espécimen que proviene de “la época anterior a que pudieras escuchar la música antes de comprarla”. Esa época en la que uno decidía qué disco adquirir según el diseño de la tapa. Para él, la experiencia musical es también algo físico. “El vinilo es como una piel que va mutando para bien o para mal durante toda una vida”, asegura. No consigue mirar la portada de The Stranger, de Billy Joel, sin que su memoria olfativa lo transfiera sin escalas al olor de Obsession, de Calvin Klein, el perfume que usaba Debbie, chica atractiva —atractiva de una manera casi injusta— de los años de la pubertad.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Spitznagel está un poco mal de la cabeza y lo sabe. Porque a su edad, casado y con un hijo, con una situación financiera entre inestable y lacrimosa, se le da por salir en busca de los discos que, a su debido tiempo, significaron algo fundamental. O sea: emprende la búsqueda de las copias discográficas que le pertenecieron, con sus rayones, sus chirridos, su olor. Necesita esas, no otras. Aunque reconoce que lo que contienen no precisamente puede definirse como “buen material”. Spitznagel necesita la copia de Slippery When Wet, de Bon Jovi, que compró solo para impresionar a una chica —levante la mano quién no lo hizo— y que tiene el teléfono de esa chica, Heather G., en la portada. Una terrajada que en su momento representó una suerte de pasaje a la vida adulta. Necesita la de Alive II, de Kiss, que cuenta con la advertencia “¡¡¡NO TOCAR!!!” escrita con bolígrafo como prueba irrefutable de que Eric y su hermano Mark alguna vez fueron las personas más importantes de sus respectivas vidas. Y también: la copia de Exile in Guyville, de Liz Phair, comprada durante un viaje de mochilero en Londres, la de Let It Bleed, de los Rolling Stones, con la huella de una bota hecha de barro, la de Band on the Run, de Paul McCartney y Wings, con un adhesivo que reza “Propiedad de la Biblioteca Pública de Richton Park”, la de New York Dolls, aunque con la edición Sign o’ the Times, de Prince en su interior (o viceversa). Y la de Let It Be, de The Replacements, donde escondía la marihuana. De todos los discos perdidos, es el que más confía en que regresará a sus manos, a pesar de que un vendedor le dijo que salir a buscar ese álbum es como salir a buscar al yeti.
Así se inicia En busca de los discos perdidos (Contra, 2017, prólogo de Jeff Tweedy, de Wilco). La mecha la enciende Questlove, baterista de The Roots, dueño de una colección de setenta mil vinilos. Durante una entrevista telefónica, Spitznagel le confiesa que ya no tiene discos, que los vendió todos, a lo que Questlove le responde de una manera que evidencia haberse quedado sacudido por la confesión: “Como si le hubiese soltado casualmente que había puesto un almohadón sobre el rostro de mi padre mientras dormía y que lo había mantenido allí hasta que dejó de respirar”.
¿Cómo llegó a perder semejantes tesoros? Todo empezó con los CD, supone. Fue en algún momento de 1988, cuando empezó a vender poco a poco sus vinilos, que llegaron a ser alrededor de dos mil. Primero se deshizo de los que consideraba que no eran imprescindibles. Luego, los demás. No se trató de una purga meticulosamente programada sino una forma de hacerse con algo de plata para las cervezas del fin de semana. Si cambiaba de opinión, siempre podía comprarse una copia. Al fin y al cabo, vender discos a finales del siglo XX era un crimen desprovisto de víctima. Hasta que apareció Questlove con su erudición y sus miles de discos y lo arruinó todo.
En tiempos de Spotify y de bandas que editan directamente en Internet, una época en la que la música es algo que se puede adquirir en la comodidad doméstica, “sin necesidad de ponerte los pantalones”, lo de este hombre es, a su modo, una estrambótica exploración antropológica. Es como la historia del héroe que regresa a su pueblo natal a pesar de los sentimientos contradictorios, borrosos, inclasificables que ese lugar despierta. Los vinilos son el motor que lo impulsa a moverse, no como una maniobra de evasión, sino como una estrategia de conexión. Se trata de recuperar los fragmentos de un tiempo que ya no existe. En el relato que genera esta pesquisa, los discos y las canciones y los artistas son la excusa, unidades de desplazamiento para recorrer una vida. Para ingresar mentalmente a disquerías que ya no existen (donde estaba Rose Records ahora hay una escuela de peluquería, mientras que Evil Crown fue reemplazada por una tienda de artículos para despedida de soltera). Para evocar recuerdos poco fiables o distorsionados por la idealización, la fantasía y la marihuana. Para recorrer las manoseadas y despellejadas fundas de LP usados, internarse en sótanos ajenos y meterse en subastas en eBay. Para encontrar antojadizas categorías como “Cantautores nasales a los que adoro incondicionalmente”.
Spitznagel es imaginativo y preciso. Entre alusiones lineales, explícitas o encubiertas a músicos y baladas, genera imágenes poéticas, escenas de deliciosa comicidad y calidez. Se aleja de los clichés y los territorios abundantemente recorridos en otras obras que exploran y explotan con diversos grados de efectividad y distinta tonicidad humorística la crisis de los 40. Un poco aventura detectivesca, otro tanto crónica periodística y relato de viaje, estas memorias también hablan de los permeables y volubles significados de hacerse mayor, de llegar con lo mínimo a fin de mes, de ser esposo, padre, hijo, hermano, amigo, ex de alguien. Sobre la curiosa familiaridad que se genera en las ferias de discos. Sobre el acto de grabar casetes como táctica de seducción.
El referente inmediato, cómo no, es Alta fidelidad, del británico Nick Hornby, luego llevado al cine por Stephen Frears, con John Cusack. A diferencia del libro de Hornby, En busca de los discos perdidos es una obra de no ficción. Y parte de lo que la hace tan disfrutable es la autoconciencia, a veces con un dejo de vergüenza, de que se trata de una empresa ridícula, una odisea absurda, imposible de tomársela completamente en serio, aunque no por eso menos vital. No es un catálogo de apetencias ni una apología del coleccionismo completista y nerd. No es literatura Facebook. No busca acumular likes de aquellos que pertenecen a su misma tribu. Porque en esa búsqueda, por más delirante o patética que sea, vive también, de manera intrínseca, un impulso esencial, primordial, nada sexy y mucho menos cool, que es el de encontrarse con uno mismo; al menos, encontrarse con esas partes directamente conectadas con la experiencia de estar vivo. Si suena exagerado o demasiado esotérico, conviene hacer la prueba: revisar y rescatar aquellos vehículos o puentes —discos, libros, películas, lugares, sabores— que resuenan en el interior, como una descarga, y que conducen a reunir en uno aquello que parecía estar separado, muerto o anestesiado. Y que, al final, contribuyen a valorar el infinitamente imperfecto presente.