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    La tierra tiembla

    De entrada lo aclara el autor: el ferrocarril infunde una tranquilidad completamente opuesta a los mareos del autobús, a la parálisis claustrofóbica del auto y a los “angustiosos sudores de muerte que provocan los aviones”. En un ferrocarril el paisaje se abre como si estuvieses en una sala de cine; podés caminar, dormir y, esto es fundamental, tu bebida no se derrama. El ferrocarril es amigable, apacible, induce a la reflexión, al ensueño, a la literatura. A mediados de los 70, Paul Theroux se tomó un tren en la Victoria Station de Londres hacia París, y desde allí todos los trenes posibles hasta la Estación Central de Tokio, atravesando las insondables tierras de Asia con el Expreso de Oriente y tocando, entre muchos otros destinos, Estambul, Van Gölü, Teherán, Bombay, Nueva Delhi, Calcuta, Mandalay, Nong Khai, Singapur, Saigón, Sapporo y Osaka. Theroux buscaba el movimiento perpetuo, la visión de tierras, paisajes, ciudades, pueblos y poblados de diversas culturas, pero antes que nada, como él mismo lo dice en El gran bazar del ferrocarril (Alfaguara, reedición de 2018, 431 páginas), se encontró con pasajeros. Y gracias a su aguda observación y a la atinada elección de ciertos rasgos, de inmediato se transformaron en personajes.

    Este libro, que es un ensayo antropológico, una gran crónica periodística e incluso una novela —a veces basta con describir el entorno para lograr algo más sorprendente que la ficción—, le catapultó como uno de los más destacados escritores anglosajones de viajes. Theroux (Massachusetts, EE.UU., 1941) también ha escrito novelas como La calle de la media luna, Un crimen en Calcuta, La costa de los mosquitos (llevada al cine por Peter Weir) y la reciente Tierra madre.

    Sube al tren con el espíritu de un mochilero, de un Marco Polo moderno, saca su libreta de notas (al final del trayecto serán cuatro bien gordas y manchadas) y afila la pluma. Y así comienzan a desfilar los personajes, que no son otra cosa que el correlato de una tierra que vibra y tiembla en diferentes latitudes, geografías y temperaturas.

    El empleado teatral Molesworth, que había servido en el Ejército en la India y organizaba espectáculos para las tropas. El tipo bebe un Chablis que define como “aceptable” e invita al escritor a seguirle el tranco.

    Un tal Duffil, de aspecto cadavérico y con un “pijama abotonado hasta el cuello”. Su brazo queda suspendido fuera de la litera y Theroux contempla extasiado en la oscuridad el círcu­lo fosforescente que forma su reloj.

    El altanero escritor turco Yasar Kemal, que en un paseo por la playa habla de Moby Dick, de Don Quijote y de Homero, al tiempo que con su gigantesca sombra resguarda a Theroux de una posible insolación.

    Un hippie con melena rubia peinada a lo paje cuya camisa había sido “artísticamente cortada de un saco de harina”.

    Sadik, que apenas se colocaba en posición horizontal, ya se dormía. El don del sueño, dice Theroux.

    El novelista V. G. Deshmukh, quien debe escribir 108 novelas porque ese es el número mágico de la filosofía hindú.

    Un monje budista de muy malos modales, que viajaba en tercera clase y era oriundo de Baltimore.

    Bernard, de Rangún, que fue cocinero de la Artillería Real.

    Pensacola, el mercenario tailandés, cuya historia de tiros y muertos, helicópteros y aviones, parece sacada de una película.

    El señor Lau, vendedor de tubos fluorescentes, que se metió en semejante negocio gracias a su suegro, “un hombre muy listo que había emigrado de Shanghai a Hong Kong, donde aprendió a hacer letreros de neón”.

    El profesor Toyama, que enseñaba Literatura en una universidad de Kioto y una vez sacó a pasear a Saúl Bellow. Como no le divertía la ciudad, lo llevó a un espectáculo de estriptís.

    —¿Le gustó? —pregunta Theroux.

    —¡Una barbaridad! —contesta Toyama.

    También surgen personajes tangenciales, como en la caótica y superpoblada Calcuta, donde Theroux se topa con un hombre al que le falta la mitad de la cara (“parecía mal guillotinado”) o un mendigo saltarín con una sola pierna, que se pierde en la multitud y parece sacado de un cuento de Kipling.

    Estas criaturas que fueron compañeras de viaje o resultaron de un contacto urbano, se recortan contra paisajes a veces intimistas, a veces bucólicos y muchas otras veces brutales. Teherán, por ejemplo, es “una próspera ciudad injertada en una aldea, no tiene ninguna antigüedad y solo escaso interés, a no ser que uno se sienta particularmente fascinado por la forma detestable en que los conductores manejan los vehícu­los y por un tráfico veinte veces más denso que el de Nueva York”.

    En Kabul conoció un manicomio y no pudo sacar de allí a un canadiense internado por equivocación. Luego, en un campamento de pastunes, la visión de un camello desplomándose ante una gran carga de leña y su inmediata aniquilación y descuartizamiento, le provocaron horror y la consecuente huida.

    La llegada a la estación Amristar, en Nueva Delhi, es sencillamente descarnada y brutal: “Personas bañándose acuclilladas debajo de un grifo, desnudas entre la oleada de empleados de oficina que llegaban; hombres que seguían durmiendo sobre sus charpoys o se enrollaban el turbante; mujeres con aros en la nariz y pies amarillos agrietados que cocían sobre un fuego humeante unas legumbres mendigadas, que daban el pecho a sus hijos, que plegaban las esteras sobre las cuales habían dormido; niños que se meaban sobre sus pies”.

    También queda fascinado ante la aparición del viaducto de Goteik, en Birmania, una obra imponente que fue inaugurada el 1º de enero de 1900 y comparte la majestuosidad con el propio desfiladero.

    Theroux llega a Tokio en diciembre, y sale a caminar por la ciudad el día del pago de los aguinaldos. Describe los festejos y el pedo consecuente, que primero se manifiesta en grupos de japoneses alegres, que gritan por las calles; luego, las cenas y las bebidas, y finalmente las caídas abruptas en los restaurantes y en las calles congeladas. “Entre la fase del griterío y la de la parálisis”, dice Theroux, “vomitan y cantan”.

    Los trenes tienen los elementos significativos de cada región y cultura. Los tailandeses, dice el escritor, cuentan con el adorno de un dragón vidriado en la tinaja de la bañera; los cingaleses tienen un vagón especial para los monjes budistas; los indios, seis clases que corresponden a las castas y, por supuesto, cocina vegetariana; en los iraníes hay esteras para la oración; en los malayos siempre vas a encontrar un puesto de fideos, y los vietnamitas, hartos de los ataques y las guerras, tienen un cristal a prueba de balas en sus locomotoras.

    En uno de los tantos trayectos del Expreso Transiberiano por la inabarcable ex-Unión Soviética, un tullido comunista que cena en el vagón restaurante aborda a Theroux:

    —¿Qué tal es la comida en América?

    —¡Estupenda!

    —¡Capitalista! ¡Es usted un capitalista!

    —Quizá.

    —Capitalismo malo, comunismo bueno.

    —Una mierda. ¿Lo cree usted así?

    —En Estados Unidos se matan unos a otros con pistolas, ¡pam, pam, pam!, así.

    —Yo no tengo pistola.

    —Y de los negros, ¿qué me dice?

    —¿Qué quiere que le diga?

    —Ustedes los matan.

    —¿Quién le cuenta a usted esas cosas?

    —Los periódicos. Yo los leo. También lo dicen por la radio continuamente.

    —La radio soviética.

    —La radio soviética es una buena radio.

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