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    La vida y las familias

    Sr. Director:

    En una columna publicada en el semanario Búsqueda por Pau Delgado Iglesias, titulada La vida y las familias, se hace referencia a dos eventos que ocurrieron en paralelo el fin de semana del 23 y 24 de noviembre. Por un lado, el Congreso Regional Sudamericano Por la Vida y la Familia, organizado por grupos evangélicos, que tuvo como centro de la discusión el avance de la ideología de género en múltiples ámbitos de la sociedad. Por otro, la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, convocada por Mujeres de Negro y la Intersocial Feminista.

    La autora, después de hacer un extenso análisis sobre la violencia contra la mujer, se pregunta: “Cuáles son exactamente (y cuáles no) las vidas que defienden quienes bregan por ‘la vida y la familia’, si son capaces de admitir las desigualdades y complejidades ocultas detrás de una institución familia idealizada, dentro de la que, sin embargo, tantas mujeres encuentran su mayor riesgo de muerte”.

    Intentaré responder a esta pregunta, ya que durante largos años he procurado militar “por la vida y la familia”. Muchas veces, del brazo de cristianos evangélicos.

    Lo primero que hay que decir es que compartimos la idea de que estos temas son siempre complejos. Que existen desigualdades que es necesario corregir, es un hecho. Y por eso quienes defendemos la vida, defendemos toda vida, no solo la de cierto sector de la sociedad. Defendemos, para empezar, la de los niños por nacer y la de sus madres; la de las mujeres jóvenes o adultas que son víctimas de violencia; la de los ancianos olvidados en hospicios; la de quienes agonizan y la de quienes son víctimas de adicciones; incluso la de quienes han cometido delitos graves, etc. Conozco personalmente a muchos católicos que se acercan con amor y comprensión a cada una de estas realidades, y también sé de muchos evangélicos que trabajan en iniciativas por el estilo. Porque en el pobre, en el enfermo, en el desvalido, en la víctima, los cristianos ven a Jesucristo sufriente, y procuran ayudarlo.

    Lo segundo es que el modelo de familia que proponemos y procuramos los “provida” y “profamilia” es un modelo basado en el amor y en el perdón, en el compromiso de uno con una para siempre, y en la apertura a la vida: a los hijos. Modelo muy distinto del que otros proponen, donde la norma parece ser la inestabilidad. Y es precisamente, en situaciones de inestabilidad familiar, donde: 1) los actos de violencia ocurren con mayor frecuencia; 2) la mujer está económicamente más desprotegida y 3) los hijos e hijas tienen peores indicadores de rendimiento escolar. Promover la familia estable es, por tanto, una forma de promover la vida y luchar contra la violencia intrafamiliar.

    Lo tercero es que para calibrar la dimensión real de la violencia contra la mujer dentro de la familia, habría que incluir las cifras de aborto legal en el país. El año pasado, los abortos legales llegaron a unos 9.000. Por tanto, si aproximadamente la mitad de los seres humanos concebidos en Uruguay, son de sexo femenino, podemos concluir que el año pasado ocurrieron en nuestro país, unos 4.500 “femicidios”: niñas sanas y viables, que encontraron la muerte en el vientre de sus madres. Porque gracias a la legalización del aborto, el vientre materno se ha vuelto uno de los lugares donde las mujeres encuentran su mayor riesgo de muerte.

    Esas serían, en términos muy resumidos, las vidas que nosotros defendemos.

    Álvaro Fernández Texeira Nunes