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    Las cuentas del Gran Capitán

    No es broma

    Fortunato había tenido que explicarle a su familia de dónde venía la famosa expresión del título, tan utilizada como poco conocida en su origen real.

    Todo empezó cuando, tras la cena de Fin de Año, el jefe de familia (¿se podrá seguir usando en el nuevo año esta expresión tan políticamente incorrecta?) la había utilizado para referirse al despilfarro estatal vinculado con la compra del Museo Gurvich por parte del Estado, en una de esas operaciones difíciles tanto de creer como de justificar, por más versos oficiales que nos estén haciendo en estos días.

    Mientras compartían algunos turrones que habían quedado de la cena navideña, y bebían otra copita de champagne, Fortunato les había contado a su mujer y a sus hijos quién fue el gran capitán de las cuentas, expresión familiarmente utilizada para endilgarle a alguien unos gastos exagerados e inexplicables.

    —El origen de esta expresión es tan antiguo como la anécdota a la que se refiere —arrancó Fortunato. El tal Gran Capitán realmente existió, y fue el militar español Gonzalo Fernández de Córdoba, jefe de las tropas españolas en la conquista del Reino de Nápoles en 1506, derrotando a los franceses. El rey Fernando el Católico —prosiguió Fortu— le pidió al militar una cuenta detallada de los gastos en los que había incurrido, y este lo humilló con una enumeración de gastos exorbitantes en conceptos absurdos, poniendo más el acento en el heroísmo y la valentía de sus soldados que en los gastos incurridos para obtener la victoria. Fíjense por ejemplo —ilustró Fortunato— que le puso en una de las líneas “en picos, palas y azadones, cien millones, para enterrar los muertos del enemigo”, y en otro de los rubros, “ciento cincuenta mil ducados en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por las almas de los soldados del Rey caídos en combate”, y así varias expresiones por el estilo, culminando con un “finalmente, por la paciencia al haber escuchado estas pequeñeces del Rey, que pide cuentas al que le ha regalado un reino, cien millones de ducados” —concluyó Fortunato, aclarando además que aquí, en realidad, los reyes somos nosotros, los contribuyentes uruguayos, que pedimos cuentas, y el que nos hace los versos es el Gran Capitán Danilo (a) Waldorf Astoria, el de las explicaciones menos creíbles de la administración que por suerte ha entrado en la recta final de su celebérrima actuación. Es así que funciona ahora el cuento de las cuentas del Gran Capitán.

    De ahí Fortunato marchó a su sillón, con la tercera copa de champagne, para ver el informativo de cierre de la tele.

    Como siempre pasa en esta fecha, la laaarga introducción del noticiero pasó revista a todos los hechos que los informativistas consideran que fueron los más importantes del año, como la enumeración detallada de los cajeros automáticos reventados, la tasa de rapiñas paralela a la inflación venezolana, la floreciente tasa de los homicidios, las reiteradas metidas de pata de Trump, los múltiples escraches del gobierno a los granjeros, colonos y tabacaleros opositores.

    Cuando ya se estaba por quedar dormido, el informativista pasó a comentar las novedades gubernamentales en materia de nuevas adquisiciones para el patrimonio nacional.

    —Tras la exitosa adquisición del Museo Gurvich, que les asegurará a los orientales poder seguir admirando la obra del célebre artista, pero sabiendo ahora que todos esos cuadros al menos en alguna parte les pertenecen, así como el hermoso edificio, incorporado al acervo edilicio de la república, se anuncia que en fecha próxima el gobierno adquirirá la empresa Buquebus, con lo que el argentino López Mena ya no será el dueño de los barcos, sino que los uruguayos seremos propietarios de una flota fluvial para viajar a la vecina orilla. El monto de la operación no ha sido divulgado —dijo el periodista— pero sí se sabe que el Sr. López Mena será designado en un cargo de confianza en el Ministerio de Economía (se especula que será nombrado jefe de la Flota Fluvial Estatal, con un sueldo equivalente al de subsecretario de Estado) para continuar al frente de este emprendimiento.

    Fortunato ya suponía que esto era casi un sueño (o una pesadilla) pero sus párpados pesados aún no habían caído del todo. Había lugar para algo más.

    —También se informa desde el gobierno —dijo el notero de la tele— que será adquirido por el Estado, en fecha a confirmar, el Hotel Enjoy Conrad, un icono puntaesteño, que pasará a pertenecer a todos los uruguayos. El ministro Astori ha dicho, fundamentando esta medida, que si los turistas argentinos lo ocupan, los contribuyentes uruguayos lo explotarán, para obtener riquezas auténticas que permanezcan en las arcas nacionales. Se especula con que el exvicepresidente Sendic sea designado gerente general del nuevo hotel, lo cual es visto por la población en general como un acercamiento entre el grupo político del Lic. Sendic y el del Cr. Astori, quien había manifestado su preocupación por el anuncio del Lic. Sendic de convocar a una conferencia de prensa para informar detalles poco conocidos de la adquisición del Museo Gurvich. La conferencia de prensa ha sido cancelada, sin fecha. Asimismo —prosiguió el informativista, pero Fortunato ya creía que soñaba abierto—, el ministro Astori develó algunas otras incorporaciones al patrimonio nacional, tales como la Estancia Las Rosas, que será adquirida a la princesa D’Arenberg, quien será designada funcionaria pública (se especula que se le otorgará el cargo de gran jefa de la Cría de Ganado Jersey y Caballos Árabes, con un sueldo equivalente al de jefe de Sección del MEyF), y la de Casapueblo, complejo turístico que funcionará bajo el régimen de empresa estatal, la cual será dirigida por uno de los descendientes de Carlos Páez Vilaró, el cual surgirá de un sorteo entre todos los postulantes, que son 125, según se comenta. El nuevo jerarca será designado funcionario público con el cargo de superintendente de la Puesta de Sol, para presenciar la cual, en adelante, se pagará una entrada de 20 dólares por persona en el balcón principal, y 15 en el patio de la planta baja.

    —Vieja, es un escándalo, el gobierno sigue comprando empresas privadas y nombrando empleados públicos, vení a ver esto, no se puede creer… —le gritó Fortunato a su esposa, abriendo un ojo y viendo lo que pasaba.

    —Vení a dormir a la cama, a estrenar el colchón de Divino que compré con una tarjeta corporativa que encontré tirada en la vereda —le contestó la señora, pero Fortunato estaba tan dormido que no entendió la sutil broma conyugal.

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