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    Razón, corazón, democracia y redes

    Columnista de Búsqueda

    N° 1928 - 27 de Julio al 02 de Agosto de 2017

    La situación arranca así. Alguien sube a Facebook un gráfico basado en datos del BID, en donde se puede ver que en Uruguay completan el ciclo de educación secundaria tres de cada diez alumnos. El siguiente país en la gráfica es Argentina, en donde completan el ciclo cinco de cada diez. La gráfica recorre los países de América Latina hasta llegar a Chile, en donde egresan ocho de cada diez. Quien subió el material aporta ademas un link en donde se explica cómo se construyen esos indicadores, cuál es el N poblacional, etc.

    De inmediato, en los comentarios comienza una suerte de Peñarol vs. Nacional, en donde el sujeto del debate ya no es el sujeto de la gráfica, es decir, los estudiantes y su situación. Ahora se debate sobre si Uruguay mejoró en los indicadores de pobreza. Si hay una conspiración de la derecha para descalificar las maravillas del socialismo del siglo XXI. Si los datos confirman que la izquierda es el mal encarnado. Si los indicadores están mal, así, sin más, porque a mí me parece. Si todos los organismos internacionales son parte de un engaño maestro que arrancó con el montaje de la llegada a la Luna. Y el tono sube, se vuelve personal, aparecen los insultos.

    Aparecen también, cómo no, los nazis, que son como ese invitado a los cumpleaños que no es realmente amigo de nadie pero que siempre está en todos. Para cuando el posteo empieza a ser compartido, hace rato que nadie piensa en absoluto en los estudiantes. Ni en que su abandono del sistema educativo muy probablemente los condene a rascar toda su vida en la parte de abajo de las cosas.

    Esto no es, obviamente, algo que pase solo en Uruguay. Ni que pase en exclusiva en las redes sociales. Esos son, en todo caso, parámetros geográficos y de comunicación, pero no tienen lógicas tan diferenciadas como para pensar que son ámbitos exclusivos. En todo caso, en las redes morales la despersonalización del debate contribuye a que la violencia verbal sea más cruda. No es lo mismo decirle tarado o burro en la cara a alguien, que hacerlo escondido detrás de pseudónimos como Ser de Dulce Luz o Mis Chakras Brillan de Amor.

    Antes de seguir por este camino, una puntualización. Redes como Facebook y Twitter hace mucho que no son redes de jóvenes, quienes van migrando hacia redes más de moda o más, que se yo, juveniles. Mi hija adolescente me ha recordado esto varias veces, comentando que Facebook “está lleno de viejos que pelean”. Y eso puede ser importante, ya que quizá esa violencia sorda no es ajena al hecho de que la interfase fue construida para otros fines, que no son el intercambio de ladrillazos retóricos entre desconocidos. Ni que haya sido imaginada y desarrollada por gente que piensa en términos de ceros y unos. Just kidding, no se me ofendan los ingenieros. Aunque…

    Dicho esto, gente que sabe mucho más que yo señala que esta tendencia se integra dentro de un fenómeno más amplio, un fenómeno que viene empapando no solo nuestra forma de interactuar en redes, ese nuevo club político o comité de base. Es parte de una tendencia creciente a despreciar el dato y valorar la emoción, en donde la realidad sensible va desplazando velozmente a la realidad factual. De ahí que resulte casi natural dar el paso y considerar al adversario político como un enemigo. Es decir, aplicar una lógica de guerra a lo que deberían ser intercambios de ideas y argumentos en la plaza pública. La ofensa triunfando sobre la idea, algo que resulta puramente defensivo y nefasto para el debate de los problemas reales. Y es que habría que ser realmente malvado para meterse con los sentimientos ajenos, que en su calidad de arbitrarios y sentidos no pueden ser sujeto de debate.

    Haciendo una lectura de la victoria de Donald Trump en términos parecidos, el filosofo y politólogo español Manuel Arias Maldonado señalaba que fue “el triunfo del lenguaje directo, literal, sobre la ironía y el matiz... la derrota de los argumentos a manos de las puras percepciones”. La idea, sobre la que abunda y muy bien en su último libro La democracia sentimental, es que nuestra identidad, nuestro ser social, es más complejo. Más de lo que nos decía la religión, más de lo que nos decía el positivismo y su sujeto liberal. Y hasta más de lo que nos decía el posestructuralismo, de ser mera construcción del lenguaje. Y que en realidad estamos asistiendo a una discusión sobre las nuevas dimensiones que deben ser tenidas en cuenta en esa creciente complejidad.

    Su propuesta sobre cómo gestionar las emociones en nuestras democracias es que “dado que no es posible evitar que jueguen un papel de peso en los procesos políticos democráticos, ya sea incidiendo sobre la formación de las preferencias individuales o contaminando la atmósfera colectiva, tratemos de encauzar su influencia estableciendo unas reglas del juego asentadas sobre principios racionales: argumentación, hechos, diálogo”. Se argumentará que la razón es el campo de trabajo y de dominio del hombre blanco occidental. Y es verdad, no solo del hombre blanco sino de todo Occidente. Ahora, es difícil encontrar en el mundo de los hechos y no el de los sueños personales, algún otro procedimiento que haya permitido una deliberación tan completa sobre sí mismo. Pues en eso consiste el argumento racional, en llevar dentro de sí la espoleta que activa su propia destrucción y renovación creadoras.

    Solo a través de, al decir de Arias Maldonado, la “búsqueda prudente de soluciones imperfectas para problemas solubles” es que el debate sobre problemas tan concretos y reales como el abandono del sistema educativo podrá ofrecer soluciones a quienes las necesitan. Que evidentemente son los estudiantes y no dos señores tirándose platos a la cabeza en una red social.