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    Una mano en el poder

    Columnista de Búsqueda

    N° 1945 - 23 al 29 de Noviembre de 2017

    Las diferencias entre Mazarino y Richelieu, su predecesor y maestro, son de sustancia y no de acción. Es muy curioso el modo distinto por el que llega a resultados análogos, aun teniendo regentes y reyes de muy distinto carácter y protagonismo; porque María de Médici fue mil veces más intransigente que Ana de Austria, mientras que su hijo heredó ese rasgo, que no compartió con el caprichoso y distraído Luis XIII. Mazarino consiguió alinear a la corte detrás de la fidelidad al rey, pero en un estilo muy singular; con menos luz que Richelieu, pero con igual eficacia. Mientras que Richelieu tenía una mente estratégica y atisbaba el futuro con sus consecuencias más lejanas y veía en lo pequeño una posible puerta de entrada para lo grandioso y renovador, sin perder por ello habilidad y calidades en el manejo cercano de las realidades, Mazarino era un maestro del tejido fino, el jugador de ajedrez que visualiza diez o quince jugadas, que sabe ejecutarlas con arte y sin que sus enemigos sospechen para dónde va, pero no siempre tiene conciencia de dónde está ubicado el tablero y para qué se juega a ese juego y no a otro. Si Richelieu fue un gran estadista y un gobernante habilidoso y temible, Mazarino fue más que nada un gobernante preciso, administrador, pero sin una visión de horizontes lejanos.

    Tal vez era lo que hacía falta en ese momento, no el arrojo del pionero sino el reposo del intrigante que de a poco, como Richelieu cuando labraba su ascenso, va quedándose con parcelas de decisión y sabe separar lo que fortalece su poder de aquello que lo debilita independientemente del bien que ello represente para los intereses generales. Por ello lo vemos como un implacable policía para ahogar la rebelión de los nobles, como un prudente consejero para orientar al joven monarca en los tratos con sus ministros, como un distraído religioso que no le importaba demasiado qué cosas se jugaban en las disputas que abismaban al clero de Francia. Bajo su gobierno el reino consolidó su posición internacional, mejoró la seguridad interior y se fortaleció como nunca la institución real. Eso le dio mucho protagonismo, pero también libertad para quedar al margen de los problemas que sabía no le rendirían ningún rédito, como es el caso del conflicto en el clero de Francia entre los jesuitas y los agustinistas; prefirió que el rey y Roma se las viesen con el problema porque en su delicada posición, por ser extranjero, si podía evitarlo no se dejaba comprometer con los devaneos del problema galicano. Fue, en muchos sentidos, un orfebre de equilibrios.

    Desde los tiempos de Richelieu, pero especialmente bajo el largo dominio de Mazarino, las decisiones se adoptaban en diálogo con los ministros, el Consejo del Rey era bastante protagónico en los asuntos de gobierno. Luis XIV debutó en la plenitud de su reinado cambiando radicalmente los modos, proponiéndose no escuchar sino cuando pregunta e impidiéndoles a los ministros inducir o sugerir medidas. La relación de poder deja de ser orgánica y pasa a regirse por un confuso procedimiento donde la voluntad real está interferida tanto por las voces de los más idóneos como por, por ejemplo, las de los que circunstancialmente estaban cerca.

    Toda la gloria de la que está rodeado su nombre es por haberse instalado en un trono puesto en la cúspide por quienes tuvieron el tino de elevarlo a conveniente distancia de las pasiones humanas, ponerlo a salvo de apetitos e intentonas, dignificarlo con su adhesión y apoyo a los conocimientos, a las artes, a las ciencias. Sería una injusticia desconocer que el mecenas de Lully y de Marin Marais, de Luigi Rosi, de Molière a pesar de todos los pesares, de los arquitectos y decoradores más importantes de la época —Le Brun, Le Nôtre—, el creador de la Academia de Francia en Roma y de la Academia de Danza, el animador de las veladas científicas en Versailles y el monarca indulgente aun con sus variadas arbitrariedades para con los intelectuales poco cercanos a su persona, no tuvo un sello propio. Lo tuvo; solo que también incurrió en ligereza y en frivolidades, en imperdonable desinterés. Las mujeres que poblaron sus noches no estuvieron tan detrás de sus buenos sucesos. Como se cree vulgarmente, como sí las enseñanzas de Mazarino, que nunca condescendió a complacer sus opiniones sino el superior interés del reino.

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