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Dos coreógrafos internacionales crean desde Uruguay obras inéditas para el Ballet Nacional del Sodre

En su nueva gala de ballet, la compañía uruguaya estrena Anacer y The Stilless That Dances, dos creaciones innovadoras y exigentes del español Joaquín de Luz y el australiano Craig Davidson

Editora de Galería

En los pasillos, el escenario y las salas de ensayo del Ballet Nacional del Sodre (BNS) se viven días muy atípicos. En una disciplina artística cultivada a través de la repetición constante de movimientos y de un conjunto de obras —como El lago de los cisnes, El cascanueces o Romeo y Julieta— que todo bailarín profesional conoce y es capaz de interpretar, las conocidas como galas de ballet son una instancia dentro del programa anual que deja espacio a lo nuevo y desafía a los bailarines a desplegar al máximo su nivel técnico y versatilidad.

Pero la apuesta para la Gala de Ballet de este año fue aún más allá: dos coreógrafos reconocidos internacionalmente no solo viajaron hasta Montevideo para trabajar con el cuerpo de baile uruguayo, sino que crearon obras desde cero, concebidas especialmente para la compañía.

Este 4 de setiembre, la sala principal del Auditorio Nacional Adela Reta albergará el estreno de las inéditas Anacer, del español Joaquín de Luz, y The Stillness that Dances, del australiano radicado en Berlín Craig Davidson­, dos espectáculos muy distintos que, al mismo tiempo, comparten una alta exigencia técnica y el empleo del ballet clásico sin encasillarse en lo estrictamente clásico, sino más bien como materia prima para explorar miradas innovadoras dentro del ballet contemporáneo. El primero fusiona el flamenco con ballet clásico y neoclásico, mientras que el segundo está inspirado en el Concierto para piano n° 2 del compositor ruso Sergei Rachmaninoff. Para el coreógrafo y bailarín español, “son dos platos con sabores bien diferentes, pero que entre los dos hacen una comida perfecta”.

Humana y terrenal

Suena una única guitarra, y alrededor de una fogata ubicada en medio del escenario, una pareja de bailarines comienza un dueto. Todo parece indicar que se trata de los protagonistas de Anacer, obra que surge de la eterna inquietud y curiosidad del español por capturar la esencia, la musicalidad, “el duende” del flamenco y trasladarlos al lenguaje del ballet clásico. “Mi vida me llevó por el camino de la danza clásica, pero siempre he bailado con esa espinita de la musicalidad, de la postura y temperamento de un bailarín flamenco, incluso como bailarín clásico. Siempre estuve en ese laboratorio constante”, confiesa a Galería el coreógrafo que fue solista del American Ballet Theatre (de donde conoce a María Riccetto, directora del BNS), bailarín principal del New York City Ballet y hasta el año pasado director de la Compañía Nacional de Danza (España). Antes de viajar a Uruguay, De Luz dio cierre a su primer año como director de Los Veranos de la Villa, un festival de artes escénicas celebrado en Madrid, que en 2025 presentó 120 funciones en dos meses.

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Además de fusionar el flamenco, en su creación para el BNS el coreógrafo quiso contar una historia que, si bien es de amor, trata sobre todo de miedos y de prejuicios; un argumento con el que cada espectador podrá identificarse a su manera. “Se juega mucho con los contrastes, con la aceptación, la transformación. Anacer es una palabra de la lengua caló gitano que significa ‘evento que ocurre y que transforma, un antes y un después’. Va más allá de nacer”, explica.

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La obra se centra en la tradicional pedida de mano de una familia gitana, una fiesta que dura tres días. En esta celebración marcada por protocolos y reglas estrictas se presenta la figura de la hermana mayor de la novia, una soñadora que ve más allá de los mandatos de su comunidad y que fantasea con sus anhelos: “¿y si me fuera de aquí? ¿Qué vida me esperaría más allá?”. La celebración se ve interrumpida cuando aparece un payo (es decir, un hombre no gitano) que persigue a un gitano que le robó. En esa irrupción inesperada, el extraño revela su nobleza y termina siendo acogido por la comunidad, que le muestra su forma de vida. El payo se enamora de la hermana soñadora y ella proyecta en él la libertad que desea. Ese vínculo, a todas luces prohibido, ocurre únicamente en el terreno de lo imaginario. “Él se transforma, juega mucho con las emociones con las que todos pueden sentirse identificados, ese miedo a lo desconocido en otras culturas y etnias, y también los miedos que surgen a partir de las reglas con las que nos han educado desde pequeños, dependiendo geográficamente de donde vivamos”, detalla De Luz.

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Dentro de un lenguaje tan etéreo como el del ballet, el ritmo y el peso del cuerpo representaron dos de los mayores desafíos técnicos de esta obra, ya que el flamenco es un lenguaje “a tierra”, mientras que el ballet se eleva hacia el aire. “Les dolerían las piernas al principio, porque es un trabajo diferente”, comentó el coreógrafo sobre los bailarines. A través de esta danza terrenal, también buscó humanizar a los bailarines, “quitar esa especialidad que tiene el ballet, que cuando lo ves desde fuera piensas en personas intocables, casi como dioses”. Eso se logra, en parte, mediante la teatralidad, en la que cada bailarín tiene una historia, una individualidad que forma parte de un pueblo gitano.

“Me gusta sacar al bailarín de la zona de confort pero de una forma natural, no imponer nada ni pretender que de la noche al día se conviertan en bailarines de flamenco”, apunta el español, que se sorprendió con el nivel de la compañía uruguaya. “Es un sitio que sueño que algún día tengamos en mi país, donde no existe un teatro que albergue una compañía de danza, mucho menos que tenga taller propio de escenografía­, vestuario. Es un regalo lo que tiene la compañía acá, que además tiene mucho nivel. Es un gusto entrar a un estudio y ver esa energía”, manifiesta.

Alegría en la calma

En una de las salas hay solo cuatro personas. En inglés, Craig Davidson da indicaciones a una pareja de bailarines mientras la maestra Miriam Kescherman por momentos oficia de traductora.

Entre su carrera de bailarín —en la que fue solista en el Finnish National Ballet, el Royal Ballet of Flanders y el Tanz Luzerner Theatre­—, su trabajo como coreógrafo y las invitaciones como maestro o director de ensayos, el australiano ha trabajado en más de una decena de países, entre ellos Finlandia, Bélgica, Suiza, Australia, Estados Unidos y Alemania (donde reside). Pero jamás había puesto un pie en Sudamérica, hasta que hace tres semanas aterrizó en Uruguay para crear una obra inspirada en la música de Rachmaninoff­. “Al principio no quería hacerla con esta música. Es muy famosa, no sabía si era el momento adecuado”, detalló a Galería sobre la propuesta de la compañía. “Cuando uno enfrenta una música así, realmente quiere que sea el momento justo. Y resultó que sí, que era el momento. Fue intimidante y muy desafiante, sobre todo al comienzo”.

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El intento de conectar con lo que el compositor atravesaría al componer el concierto terminó derivando en The Stillness that Dances­ (“la quietud que baila”), pieza de danza que Davidson define como “un viaje poético a través de lugares silenciosos, muchas veces invisibles, que moldean la experiencia del amor y de la conexión con uno mismo”. “No es solo estar enamorado de otra persona, sino aprender a amarse a uno mismo”, agrega.

El nombre es una paradoja que refiere, según el autor, a lo que le sigue a una etapa desafiante. “Aparecen el silencio, la quietud, pero en esa quietud hay una energía enorme, una danza. Es como llegar a un punto en tu viaje donde, al superar algo, sentís calma, pero esa calma está llena de alegría y de movimiento interior. Es como un canto de libertad ”, explica.

El coreógrafo juega con esta paradoja a lo largo de la obra. En uno de los momentos más intensos de la partitura, cuando “parecería que todo debería estallar en la máxima emoción”, Davidson elige el camino opuesto: en escena no sucede casi nada. “Es como si todo lo vivido hasta ese momento estuviera contenido ahí, y la música hablara por sí sola”.

Más allá del idioma y la música, para Davidson­ también supuso un desafío crear una obra para una compañía con la que nunca había trabajado y bailarines a quienes no conocía. Lleva un tiempo, dice, encontrar ese flujo creativo y comunicación entre coreógrafo y bailarines. Sin embargo, todo esto fue propiciado por una “energía constante y positiva” en la sala, sumada al gran entusiasmo de los bailarines.

Impronta colaborativa

Curiosamente, ni Davidson ni De Luz llegaron al auditorio con una idea cerrada sobre la pieza que crearían, sino que el proceso creativo en los dos casos se fue desarrollando de forma colaborativa, en conjunto con los bailarines. En ese sentido, De Luz afirma “todavía sentirse bailarín”: “No vengo con una idea inamovible en mi cabeza, de decir que esto es lo que hay y hay que trabajarlo; me gusta que el proceso creativo sea una colaboración, aunque haya una idea, se plasman miniideas en el estudio y la pieza va tomando forma”. En la misma línea, Davidson dice haber cambiado con el tiempo su forma de trabajar. “No soy alguien que llega con todas las respuestas desde el inicio. Antes lo hacía: llegaba con todo preparado, decía “esto es lo que vamos a hacer”. Ahora prefiero dejar espacios y posibilidades, ver qué pasa en la interacción con los bailarines. Ese fue un descubrimiento hermoso”, subraya, aunque puede resultar “abrumador” para los bailarines. “Ellos no saben que tienen una voz fuerte dentro del proceso. Lo que busco es integrarlos a un equipo colaborativo, no solo utilizarlos para lograr lo que yo quiero”.

Aunque su idea inicial se mantuvo intacta, lo que cambia, dice, es cómo se va desplegando en el día a día, algo que también busca transmitir a los bailarines: que ellos, como humanos, también se sienten de manera distinta cada día. “Su trabajo es durísimo, día tras día repiten lo mismo. Interpretar un personaje en un ballet clásico está más pautado. En esta obra les pido lo contrario: que no repitan lo mismo, porque cada día es diferente. Trato de sacarles más de esa frescura. Es agotador, lleva mucha energía, pero es muy gratificante”, señala.

Además de crear la obra, Davidson también se encargó de diseñar el vestuario con la asistencia de Maite Gómez, coordinadora del vestuario y los elementos escenográficos de la gala. “Diseñar el vestuario me dio otra capa de expresión para reforzar lo que buscaba transmitir. En una obra abstracta, el mensaje llega mucho a través del movimiento y del lenguaje corporal, y el vestuario ayuda a que eso sea más claro”, comenta a Galería.

En el caso de Anacer —con vestuario también diseñado por Maite Gómez— la empresa Manos del Uruguay colaboró con la elaboración de mantones de lana, un elemento que añadirá un toque local a la pieza.

“Al final, somos pueblos hermanados”, indica De Luz, una de las varias razones por las que creyó que el BNS, con su “diversidad de estilos”, sería la compañía ideal para llevar adelante esta obra inspirada y localizada en un pueblo de origen gitano.

Aunque a simple vista sean obras muy distintas, lo que los coreógrafos se proponen a través de ellas es lo mismo: una conexión profunda con el público, que podrá reconocerse en la entrega de los bailarines y las diferentes emociones y atmósferas recorridas en Anacer y en The Stillness that Dances. “Al final, creo que el público va a sentir algo muy fuerte con todo el espectáculo”, concluye Davidson.

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