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Bajo el título Extranjeros en todas partes, la Bienal de Venecia, uno de los eventos artísticos más prestigiosos del mundo, celebra su sexagésima edición. Participan 300 artistas y 88 países que no solo exhiben sus obras en las sedes oficiales de Giardini y Arsenale, sino que toman por completo esta ciudad para vestirla de arte durante los próximos siete meses.
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En esta edición 2024, la Bienal cuenta con la curaduría del brasileño Adriano Pedrosa, director del Museo de Arte de São Paulo (MASP), que es el primer latinoamericano en ocupar este rol, reforzando la tendencia marcada en las últimas ediciones de mirar hacia el hemisferio sur. Con total coherencia con el título de la exhibición, se plantea un escenario abierto a expresiones representativas del arte foráneo, explorando los distintos lenguajes en un espacio de vanguardia en el que convergen artistas, críticos y aficionados al arte de todo el mundo.
La palabra extranjero, en distintas lenguas, tiene una raíz etimológica que la vincula al término extraño. Con esta idea como punto de partida, el curador de la bienal se propone dar identidad a esta nueva edición que busca reivindicar todo tipo de arte que pueda estar abarcado, en el sentido más amplio, por este concepto. Los artistas refugiados, los inmigrantes, los queer, los folk, los indígenas, los autodidactas son los protagonistas. Se podría considerar que es una edición que hace foco en la inclusión, rompiendo con una tradición de los años 60, 70 y 80, cuando la participación de artistas era casi exclusivamente para provenientes de Europa y Estados Unidos, tendencia que comenzó a revertirse lentamente a partir de los años 90.
De este modo, la bienal abre el juego a los outsiders y ya desde el inicio nos anticipa lo que vamos a ver en la exhibición central, con un mural sobre la tradicional fachada de la sede Giardini por el colectivo de artistas indígenas brasileños Mahku (Movimento dos Artistas Huni Kuin). Esta será una de las tantas obras que la muestra presenta realizadas por diferentes grupos étnicos o populares, alejados de la institucionalidad y la centralidad del mercado del arte contemporáneo. Si bien esta inclusión es valiosa, puede volverse algo repetitiva y alejarse de un programa estético para convertirse por momentos en una exhibición documental. En ese punto, la bienal desaprovecha una valiosa oportunidad de medir la temperatura artística de los últimos años y de pensar sobre cuál es el rumbo del arte contemporáneo. En varios pasajes nos preguntaremos si lo que estamos viendo es artesanía, arte popular o activismo político, dejándonos probablemente con más ganas de arte contemporáneo.
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El pabellón uruguayo estuvo a cargo del artista Eduardo Cardozo
Desde el principio. Ingresando al edificio principal de la sede Giardini, nos encontramos con la instalación de Ione Saldanha, formada por troncos de bambú pintados ubicados en el centro de la sala, en convivencia con una selección de artistas abstractos provenientes de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Egipto, México, Marruecos, Nueva Zelanda, Puerto Rico, Sudáfrica y Turquía, entre otros países. Este es uno de los espacios más logrados de la bienal, que seguro quedará en la memoria de muchos visitantes, un espacio que invita a atravesar ese bosque de color, descubriendo una selección de piezas de distintas partes del mundo.
Las esculturas de neón con el título de la bienal Extranjeros en todas partes, traducido a distintos idiomas y materializado en diferentes colores, realizadas por el grupo Claire Fontaine, es otro de los elementos característicos por su protagonismo en distintos momentos de la exhibición. Si comenzamos por la sede de Giardini y finalizamos por Arsenale, funcionarán como una suerte de apertura y clausura del recorrido. Este colectivo artístico nacido en Francia y actualmente residente en Italia trabaja esta serie de obras desde el año 2004, tomando el término foreigners everywhere como homenaje al grupo activista del mismo nombre que luchó contra el racismo y la xenofobia a principios de la década del 2000, y que la bienal toma también para su título.
El colectivo maorí Mataaho nos recibe en el ingreso del pabellón Arsenale con una luminosa trama textil que convive poéticamente con la arquitectura de la galería. La tensión de las líneas (especie de cintas) que la componen juega con la luz, dando como resultado una instalación que es a la vez un cosmos y un refugio. El deslumbrante patrón de sombras proyectadas en las paredes y el suelo se remonta a técnicas ancestrales. Este trabajo les valió el León de Oro a la mejor participación en la Bienal.
Otro espacio destacado dentro de Arsenale es el que se da gracias a la convivencia de obras de distintos artistas, como las fotografías de rejas y la escultura metálica del angoleño Kiluanji Kia Henda, cuyas tramas se superponen con las de la instalación textil de la artista saudí Dana Awartani. Completa este espacio en total armonía la obra del artista libanés Omar Mismar, con una técnica de arte mosaico tradicional que utiliza para retratar escenas contemporáneas a través de un lenguaje clásico. El resultado es un atractivo espacio de superposición de capas, transparencias y repetición de patrones, con distintas materialidades y estéticas que en conjunto alcanzan un equilibrio.
A continuación de esta galería nos encontramos con un espacio que presenta obras de artistas italianos que emigraron a América del Sur, como Clorindo Testa, Amadeo Luciano Lorenzato, Líbero Badíi y Paolo Gasparini, entre otros. Para seguir con el tema de artistas migrantes, el curador acierta al inspirarse en el original montaje del Museo de Arte de São Paulo (MASP), donde las obras se presentan sobre un vidrio sostenido en un bloque de cemento. Esta puesta da como resultado un recorrido fluido de la exhibición, en el que nos movemos libremente entre las obras que parecen estar suspendidas en el aire. Gracias al vidrio, que hace de soporte de las obras, podemos ver el lado de atrás del lienzo, algo poco frecuente, que en algunos casos revela manuscritos del artista y complementan nuestra conexión con la obra y su contexto.
Con un colorido y monumental mural de 27 metros de largo por seis de alto, realizado por el colectivo de mujeres muralistas de la India Aravani Art Project, culmina este espacio pero no el recorrido, ya que en el exterior nos esperan los pabellones internacionales. Es difícil definir cuánto tiempo se necesita para recorrer la bienal, pero al menos debemos dedicar un día a cada una de las dos sedes para tener una visión general.
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Arte por país. En el circuito de los pabellones internacionales se destacan las obras cinéticas de Márton Nemes en el espacio de Hungría, uno de los más llamativos por su arquitectura, en el que el artista presenta una producción basada en la abstracción y el uso del color con un lenguaje marcadamente contemporáneo. En materia cromática, el pabellón de Estados Unidos es otro de los relevantes por la paleta vibrante que utiliza Jeffrey Gibson, el primer nativo americano en representar a su país en solitario en la Bienal de Venecia. Su propuesta es escenográfica y funciona como un caleidoscopio, que impacta definitivamente al observador. El espacio genera un optimismo desde su estética hasta en la inclusión gráfica de frases que funcionan como una suerte de eslogan. Al mismo tiempo, este proyecto busca reivindicar el arte de los antepasados del artista y el trabajo del artesano.
Con una estética menos alegre desde lo visual, pero muy cautivante desde lo conceptual, el pabellón de Serbia toca el tema central de la bienal con un enfoque original. El artista Aleksandar Denic aborda el tópico de “lo extranjero” a través del colonialismo, en este caso refiriéndose a cuando empresas desembarcan en otros países para dominar un mercado. Lo materializa mediante una certera instalación que funciona tanto a nivel documental como también con el propósito de activar la memoria emotiva del espectador.
Compartiendo una estética oscura y una mirada diferente, el pabellón de Australia tiene como eje la creación de un árbol genealógico de las 2.400 generaciones de los pueblos nativos australianos. Este trabajo fue realizado por el artista Archie Moore, quien durante cuatro semanas escribió las paredes negras de la galería con tiza para plasmar este vasto árbol genealógico, mientras que en el centro de la sala colocó los documentos que sustentan su investigación de forma estética y meticulosa. La instalación fue reconocida por el jurado con el León de Oro al Mejor pabellón nacional.
En mis experiencias en anteriores ediciones de la Bienal, los países nórdicos (Suecia, Finlandia, Noruega), que comparten un mismo espacio, suelen destacarse por materializar propuestas sintéticas y contundentes. Con el marco de un edificio construido por Sverre Fehn —una maravilla arquitectónica—, los artistas Lap-See Lam, Kholod Hawash y Tze Yeung Ho desarrollan una interesante propuesta multidisciplinaria que involucra música, performance, arte textil e instalación.
Alemania es otro de los países que mejor utilizaron en su favor la arquitectura del pabellón, en el cual los artistas Yael Bartana y Ersan Mondtag encuentran un escenario de tensión y dramatismo ideal para presentar su proyecto, en el que la luz y la sombra son protagonistas.
Por último, el pabellón de Uruguay es uno de los que propone mayor poesía al desarrollar un espacio sobrio e íntimo que, como expresa el artista a cargo, Eduardo Cardozo, funciona como una especie de “bienvenida” para el espectador. En esta exhibición se materializa una suerte de correspondencia virtual que trasciende el tiempo y el espacio entre Cardozo y el renacentista veneciano Tintoretto. Un interesante diálogo imaginario que el artista propone mediante las tres instalaciones, El desnudo, Las vestiduras y El velo, que juntas componen una obra inmersiva y autorreferencial.
La Bienal de Venecia es un acontecimiento que quienes amamos y trabajamos en el arte esperamos cada dos años con ansiedad, para compartir experiencias, ver la mirada de los otros y dejarnos sorprender, en este caso por lo extraño, por lo extranjero