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La capital de Corea del Sur como prueba del milagro asiático

Seúl muestra cómo la herencia de un pasado oscuro provocó un desarrollo abrumador que coloca a Corea del Sur del lado de la cultura occidental, a la que conquistó con el k-pop, los contenidos audiovisuales y la cosmética

Editora Jefa de Galería

Visitar Corea del Sur puede parecer a priori una experiencia exótica, un destino poco común en la lejana Asia, un lugar del que llega información —algo inevitable en el mundo globalizado de hoy—, pero que vemos con cierto misterio. Sin embargo, es el país de Oriente más parecido a Occidente, en comparación con China o Japón. Desde el momento en que uno pone un pie en Seúl, más allá de las características particulares que la hacen una ciudad bella y amigable, nada hace pensar que se llegó a un destino apasionante por su tradición cultural milenaria que le imprime un aire especial.

Claro que tiene sus particularidades y sus grandes atractivos, pero quien entra por primera vez a Asia por Seúl no sentirá un choque cultural, no estará perdido ni apabullado por aterrizar en un lugar muy distinto a lo que ya conoce. Es una hermosa ciudad, muy amable y amigable con el extranjero occidental, pues está muy cerca de su cultura.

La conciencia urbana de Seúl

Como cada destino al que uno viaja, el lugar muestra sus características propias que responden a una cultura y una manera de ser de sus habitantes. Una de las que impactan a primera vista en Seúl es la calidad del espacio público, que invita a caminar la ciudad día y noche, a disfrutar de sus calles, sus lugares abiertos y edificios públicos, porque siempre tienen organizado algo de interés para quienes circulan por allí.

Las veredas son amplias, lisas y limpias. Las avenidas anchas permiten ver la impactante arquitectura moderna y hasta las montañas detrás. Cada pocas cuadras hay plazas que siempre tienen algo para ofrecer.

En primavera, los fines de semana, la principal biblioteca de la ciudad pone a disposición sus libros en espacios abiertos. En las plazas públicas, organiza áreas con pufs —y sombrillas individuales si es necesario—, rodeadas de modernas estanterías de acrílico llenas de publicaciones. Los interesados toman una caja transparente, eligen algunos títulos y se tiran en los pufs a leer, con amigos, en familia, con los chicos, solos.

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Otra forma que los seulenses encuentran para que su gente disfrute de la ciudad los días de calor es la posibilidad de refrescarse. Un curso muy llano comienza en una gran fuente y corre atravesando la ciudad en un parque construido a desnivel, donde las personas pasean y se mojan los pies en agua transparente. Este recurso se utiliza también en plena vía: los peatones se sientan en bancos de hormigón y ponen los pies descalzos en un surco en la vereda por donde fluye agua limpia. También hay sectores con chorros intermitentes que salen del suelo, el juego favorito de los niños en verano.

En las esquinas con semáforos hay amplias sombrillas de lona donde los peatones esperan el cambio de luz; algunas incluso tienen ventiladores. En otras esquinas, la luz roja y verde del semáforo también se prende a lo largo del cordón de la vereda, para advertir a los que van distraídos mirando el celular. La ciudad definitivamente está planificada para recorrerla, vivirla, disfrutarla.

El pasado de Corea se refleja hoy

Hasta aquí, uno está frente a un panorama de un país avanzado, con su idiosincrasia oriental de esfuerzo y disciplina que lo empuja a la superación y la excelencia, pero que mira mucho a Occidente y adopta gran parte de su lógica, lo que lo separa de sus dos grandes vecinos, China y Japón.

Hay una explicación. Corea tiene un sistema de libre mercado, es decir una economía capitalista, en oposición a la China comunista. La otra gran diferencia se define en términos de religión. En Corea, el catolicismo y el cristianismo protestante ocupan casi la mitad de la población, mientras que en Japón representan solo el 1%.

Así lo explica el embajador de Corea en Uruguay­, Wonil Noh, en conversación con Galería­. Desde hace varios siglos Corea tiene una fuerte tendencia religiosa, haciendo como una especie de acumulación de religiones: chamanismo, budismo, confucianismo, cristianismo, incluyendo catolicismo y protestantismo. Pero, probablemente, el mayor factor que influyó para que este país se separara de sus vecinos asiáticos fue que en la primera mitad del siglo XX (1910 a 1945) Corea estuvo colonizada por el Imperio japonés. “En ese sentido, los coreanos pensaron que importar o introducir la cultura de Occidente, incluyendo las religiones, junto con las fuerzas de Occidente, como Estados Unidos y Gran Bretaña, los enfrentaba al dominio colonial japonés y podía contribuir al mantenimiento de su independencia”, dice el embajador.

Expansión de la cultura coreana al mundo

Los medios de comunicación en Corea­ centran gran parte de su trabajo en el k-pop y los contenidos audiovisuales (cine y teleseries), industria con la que han conquistado el mercado mundial. La explicación a este fenómeno llamado hallyu (la ola coreana) también tiene relación con la historia del país.

Como territorio pequeño en el noreste asiático, a lo largo de los siglos el pueblo de Corea debió enfrentar varios períodos de invasiones de fuerzas extranjeras (japoneses, chinos, tribus nómadas de Manchuria). En el capítulo de la historia más reciente, al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los japoneses se rindieron ante las fuerzas soviéticas y estadounidenses, estas ocuparon las mitades norte y sur de Corea, respectivamente­. Como consecuencia de esta división de la península, en 1948 surgieron dos nuevas entidades: Corea del Norte y Corea del Sur. En 1950, Corea del Norte invadió Corea del Sur desencadenando la Guerra de Corea. El norte, apoyado por la Unión Soviética y China, el sur por Estados Unidos. En un momento la guerra llegó a un punto muerto y se firmó el armisticio de 1953, que divide la península a lo largo de la zona desmilitarizada, cerca de la línea de demarcación original. Ningún tratado de paz fue firmado luego, por lo que técnicamente los dos países continúan en guerra.

“En los 60, Corea era uno de los países más pobres en el mundo, con un ingreso per cápita de menos de 100 dólares al año. Durante los últimos 50 años, Corea ha desarrollado su economía y su democracia. Definitivamente es un ejemplo de milagro pasar de ser un país subdesarrollado a ser un país desarrollado”, asegura Wonil Noh.

Pero mucho antes de que sucedieran todos estos conflictos políticos, hace más de dos siglos, el papel de Corea en aquella región de Asia solía ser el de un profesor de cultura que transfería conocimiento a los habitantes de la isla japonesa, por lo que Corea tiene un potencial cultural ancestral. Otro factor que actúa en esta ecuación es que desde 1990 el gobierno ha mantenido la política de apoyo de inversión a la industria cultural, pero sin intervenir.

Los productores de las películas, teleseries y k-pop comparten la experiencia de las secuelas de la guerra y el proceso de democratización (luego de un largo período entre 1960 y 1987 de sucesivas dictaduras que sometieron al país a despóticos regímenes pero de gran crecimiento económico). Ellos mantienen el espíritu de crítica hacia la paradoja social, como se muestra en la película ganadora de cuatro premios Oscar en 2019 Parásitos o la serie de Netflix El juego del calamar(2021), e incluso el éxito musical de 2012 Gangnam Style, del cantante PSY.

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“Los productores son libres de censura del gobierno en comparación con Japón y China. China tiene la censura oficial. Japón tiene censura social y cultural. Productores y directores de películas que reproducen el aspecto negativo de la sociedad japonesa, aunque ganen el premio de Berlín o Cannes, son rechazados por la sociedad japonesa”, asegura el embajador. “En comparación, la mayoría de los directores coreanos tienen mi edad, sufrieron la dictadura y presenciaron la democratización y el logro del poder ciudadano contra la dictadura del militarismo. Por eso, ellos mantienen ese espíritu y reflejan la sociedad, incluyendo los aspectos negativos y la bipolarización entre la clase alta y la clase baja. Es un fenómeno global que se puede compartir con toda la gente en el mundo”.

Un tercer factor que influye en el éxito de esa ola coreana es la competencia de los productores, que se puede dividir en varios aspectos: se entrenan los talentos artísticos durante mucho tiempo, se contratan guionistas y compositores extranjeros y se apunta a un mercado global. Estos tres factores combinados en formato de ciclo virtuoso han logrado el gran éxito de los contenidos coreanos en el mundo, según Wonil Noh.

Sin embargo, el embajador aclara que estos factores no ocurren de manera natural. Originalmente, sí, los productores coreanos se dirigían a la audiencia coreana, pero en los años 90, por causa de la apertura del mercado de la cultura, Corea importó películas y música japonesa y estadounidense. Los productores coreanos se preocuparon por la competencia y frente a esta presión empezaron a buscar caminos para sobrevivir. Invirtieron mucho en sus producciones y lograron posicionarse en el mercado doméstico, atrayendo 5 millones de espectadores (hoy son más de 100 millones). Por el año 2000, algunos contenidos coreanos se pusieron de moda en el mercado asiático, incluyendo China y el sureste (Tailandia, Indonesia­, Malasia­), y entre 2000 y 2005 obtuvieron éxito en el mercado japonés. Durante la primera década del siglo XXI, Corea estaba orgullosa de que sus realizaciones eran número uno en su continente. El salto al mercado mundial no llegó hasta Gangnam­ Style (2012), el primer contenido en YouTube que llegó a las 100.000 vistas, (ahora tiene 5.000 millones). A partir de este éxito, los productores coreanos empezaron a pensar que su contenido podía ser atractivo al resto del mundo. Pero en 2016 sucedió un evento político determinante para globalizar el contenido coreano. Hubo un conflicto entre Corea y China por causa de la ubicación del sistema de defensa de misiles Thaad, instalado en Corea del Sur junto con Estados Unidos. Por esta razón, China prohibió (y continúa hasta ahora) la introducción de todo tipo de contenidos culturales coreanos en su mercado, que hasta ese momento era el principal importador. Esta circunstancia obligó a los productores a buscar nuevos consumidores e iniciaron su global targeting. Muchos críticos de cultura y expertos hoy aseguran que la prohibición de China contribuyó a la globalización del contenido coreano. Luego, el rol de la pandemia, conocido por todos, hizo lo suyo al obligar al planeta entero a quedarse en casa y buscar contenidos interesantes en las plataformas globales tales como Amazon o Netflix.

Belleza de exportación

Para quienes llegamos desde América Latina, un aspecto que impacta de Seúl es su seguridad. Los índices de delincuencia callejera son significativamente bajos. Por el día y por la noche, se puede caminar por las calles con total tranquilidad. Nadie toca lo ajeno. No hay robos ni asaltos. Y la vida vibrante sigue su ritmo casi hasta la medianoche. Después del atardecer, miles de personas recorren las peatonales del centro en una especie de mercado entre puestos ambulantes de comida y tiendas con las puertas abiertas hasta altas horas de la noche. El ruido es intenso, el bullicio mezcla música, conversaciones, avisos por altoparlantes y sonidos de la calle. El aire huele a fritura, pescado y dulces. Los infinitos carteles luminosos que se acumulan en línea vertical dan un baño de luz cálida y colorida al ambiente. En estas vías comerciales se alternan tiendas de ropa, deportes, bijouterie, accesorios, regalos, souvenirs típicos para el turista, pero sobre todo, y en proporción mayoritaria, de cosmética.

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La cosmética coreana es otra de las grandes industrias del país que ha logrado posicionarse en el mundo, pero especialmente en Asia. En cada esquina, una tienda de beauty care recibe continuamente público en busca de todo tipo de productos para el cuidado de la piel. Cremas, sérums, lociones, emulsiones y las tan mentadas y promocionadas máscaras, suavizantes, hidratantes, reafirmantes, iluminadoras, enriquecedoras. Esos locales hermosamente montados, iluminados y perfumados son la promesa de la belleza. Pero son solo un ejemplo de lo que se despliega en los pisos de las tiendas por departamento que ocupan edificios enteros de la ciudad, como Lotte o Shinsegae. Estas altas torres destinadas al consumo tienen en sus últimos pisos (como del 8 al 12) el sector de duty free, donde los extranjeros hacen sus compras, pasaporte en mano, a precios de free shop; una perdición para los adictos a las compras, que pueden elegir pasar el día entero subiendo y bajando por esos ascensores antes de visitar un palacio o un museo.

Nuevamente, hay ciertos factores que explican esta otra arista del poderoso mercado coreano. En lo que al gusto por lucir bien se refiere, los coreanos pueden encontrar su contraparte europea en los italianos y franceses. Disfrutan de vestir buena ropa, maquillarse, cuidar su aspecto; un rasgo al que le otorgan mucho valor. Por otro lado, el desarrollo de la industria petroquímica en Corea es muy fuerte; ocupa el tercer lugar en exportación detrás de los electrodomésticos y automóviles.

En los cosméticos coreanos hay dos categorías, los de gama alta, que compiten con Lancôme­ o Estée Lauder, y los de gama media (no hay de baja gama), que no tienen marcas de prestigio pero sí una muy buena relación precio-calidad, especialmente para los países en desarrollo, como los del Sureste Asiático­, Medio Oriente y México, donde estos productos son muy populares.

Pero más allá de lo comercial, esta industria traduce la importancia que el coreano le da al aspecto físico y deja al descubierto los altos estándares de belleza que se manejan, sobre todo para la mujer. “Es un reflejo de una sociedad muy competitiva”, reconoce el embajador Noh. “En el caso de los hombres, el poder económico es tal vez el primer factor, y en el caso de las mujeres, es el nivel de apariencia, que es el primer factor para ser más atractivas en la competencia del mercado matrimonial. La serie Mask Girl, de Netflix, describe la sociedad coreana adicta a la cirugía plástica, una tendencia que reconoce la apariencia como una prioridad. Sí hay este tipo de atmósfera que tiene un aspecto negativo para los jóvenes, y nuestra generación se preocupa por este fenómeno”.

Herencia destruida, reconstrucción y arquitectura moderna

Una de las actividades favoritas de quienes visitan Seúl son los recorridos por los cinco palacios de Seúl, pertenecientes a las diferentes dinastías que gobernaron esas tierras a lo largo de los siglos. El principal es el palacio real Gyeongbokgung, edificado en 1395 por la dinastía Joseon. Estos grandes enclaves turísticos reciben a miles de personas al día, extranjeros, pero también locales. Un dato interesante: quienes vistan ropa típica —que puede alquilarse en locales cercanos— tienen la entrada gratis. Por eso, ya en las inmediaciones de estos palacios se empiezan a ver grupos de amigos, parejas jóvenes, familias y niños vestidos con los atuendos de otra época, lo que hace al paseo toda una experiencia de acercamiento cultural.

Pero sucede algo particular: si el visitante mira con detenimiento y hace algunas preguntas, será informado de que lo que está ante sus ojos es una restauración en algunas partes, y reconstrucción en la gran mayoría, de la edificación original. Pues durante las sucesivas invasiones y los años de colonialismo japonés, estas antiguas construcciones fueron arrasadas y destruidas casi por completo. Pero los coreanos guardaban registros detallados de cómo eran esos palacios, incluyendo los minuciosos dibujos de las decoraciones de los techos, tanto en el interior como en el exterior, y hasta de los intensos colores que se habían empleado en esas increíbles pinturas.

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Con el desarrollo meteórico llegó la arquitectura moderna, y la ciudad de Seúl se erige vanidosa con una buena colección de edificios de aspecto contemporáneo y vanguardista que embellecen el paisaje urbano.

Un ejemplo de su arquitectura avanzada es el complejo Sebitseom, construido por el estudio de arquitectura Haeahn, que consiste en tres islotes artificiales sobre las aguas del río Han, curso que atraviesa la ciudad dividiendo la mitad norte de la mitad sur. En cada uno de los islotes, que se unen entre sí, se levanta un edificio, conformando un complejo cultural con salones de fiesta, restaurantes, cafés, salas de exhibiciones y convenciones, y un sector de marinas. Es considerado el primer espacio cultural flotante del mundo.

Con el objetivo de revitalizar la zona sobre el río, el gobierno de Seúl ofreció este territorio público a empresas privadas para la creación de un espacio para los ciudadanos. En una inversión público-privada, la ciudad se encargó del capital necesario para construir la estructura flotante y el sector privado se ocupó del diseño y la operación de las instalaciones.

En este proyecto la tecnología jugó un papel fundamental. Los tres islotes redondos fueron construidos como si fueran buques, por eso flotan. Cuando el río Han crece puede subir unos 10 metros sobre su nivel habitual, problema que también se sorteó utilizando tecnología de punta. El río Han tiene una profundidad de unos escasos 10 metros. Esto limitó el tamaño de los islotes, puesto que a mayor tamaño se precisa mayor profundidad para que la estructura flote. Esta fue la razón por la que se construyeron tres islas con un espesor de tres metros, lo que terminó definiendo el diseño del proyecto.

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Otro punto importante fue la estabilización de los islotes donde iban a funcionar restaurantes, salones de fiesta, galerías y tiendas, que no podían estar en movimiento. Para lograr esto, cada islote cuenta con 10 cadenas para su anclaje y una tecnología aplicada a cabrestantes, que a través de señales de GPS mantienen la ubicación ante el nivel y el movimiento del agua, logrando su estabilización. Por otro lado, así como un barco tiene un límite de pasajeros por una cuestión de peso, era importante que los edificios fueran livianos, por lo que se utilizó hierro y vidrio. La madera podía ser otra opción, pero en Corea es un material muy costoso.

El impacto de este proyecto en la comunidad local tiene que ver con dar buenas oportunidades para aprovechar el río al máximo. Además, por la noche el complejo luce una iluminación elegante y colorida que se refleja en el agua y destaca en el paisaje, por lo que es un punto popular de la vida nocturna.

Cada isla lleva un nombre: Semilla, Capullo­ y Flor. Desde el estudio de arquitectura responsable del proyecto aseguran que, como fue pensado para la revitalización del río Han, encontraron en el Renacimiento italiano ese significado y decidieron expresarlo en el proceso del florecimiento de una vida a través del tamaño de cada islote, uno pequeño, otro mediano y uno grande.

En la cultura asiática existe la costumbre en ciertos festivales de hacer flotar luces envueltas en estructuras de papel encima del mar. Esta fue la inspiración para estos tres edificios flotantes que brillan intensamente en la noche seulense.

Las similitudes de Corea con las sociedades occidentales y su afán por despegarse de sus vecinos, combinadas con sus propias características y lógicas que vienen de un pasado milenario, convierten a Seúl en una metrópolis con carácter propio, parecida a muchas pero en esencia, única.

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