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Los Berocay y un sapo que salta de generación en generación

Con el estreno de un nuevo show, el creador del Sapo Ruperto y sus hijos cuentan la interna detrás del entrañable clásico infantil

Redactora de Galería

Nadie puede decirle a un niño con qué jugar. Tapitas, cartón, palitos, un sapo. Sí, un sapo. Los hijos de “don Roy” y el propio Roy Berocay crecieron así, martirizando (con amor) a estos anfibios que aparecían en el patio de la casa en Parque del Plata y poniéndoles nombres.

Un día Roy le puso nombre a uno: “¡Ruperto­!”. A partir de ahí todos los sapos eran Ruperto, y no solo para sus hijos.

Son muchos los adultos que recuerdan de niños haberle llamado Ruperto a un sapo, y también son muchos los niños que hoy todavía lo hacen. Todo por el clásico personaje de la literatura infantil uruguaya que Roy Berocay creó a partir de aquel animalito al que nombró de forma espontánea y terminó instalado en el imaginario colectivo.

Ruperto tomó forma de historias contadas antes de ir a dormir, que se convirtió en varios cuentos antes de ir a dormir, y terminó siendo un sapo detective que hasta tiene una banda de rock.

Es el poder de la imaginación. Roy Berocay es escritor, músico, periodista y, sobre todo, un creativo. Es el puño y letra detrás de Los telepiratas­, Pateando lunas, Ernesto el exterminador, Pequeña ala, otros clásicos y todos los cuentos del sapo Ruperto. Después, habiendo pasado por El conde de Saint Germain, La Conjura­ y La Berocay Blues, sigue siendo “el viejo de la guitarra” en la banda de música para niños Ruperto Rocanrol, liderada por él e integrada por dos de sus hijos, Pablo y Bruno.

Con más de 15 años de trayectoria (el personaje del sapo tiene más de 30), la banda ya tiene cinco álbumes editados y canciones todavía sin grabar, de esas que solo los fieles de cada show conocen. Tocaron en importantes salas de Uruguay, Argentina y hasta Colombia, pero cada vez que se bajan del escenario la gente no pide fotos con el escritor infantil, tampoco con los muchachos, sino con Ruperto, que hoy es interpretado por la actriz Cynthia Patiño.

Más allá del espectáculo que tocan durante todo el año, con canciones que van desde lo folclórico hasta el hard rock y el hip-hop, y que hablan sobre fantasmas que les tienen miedo a los niños y todo tipo de animales que bailan, cada vacaciones de julio Ruperto Rocanrol se propone una cosa distinta. El año pasado el sapo fue un viajero del tiempo y del espacio, y la banda ganó un premio Florencio infantil con ese espectáculo. Este año Ruperto es el encargado del número más importante de una función de circo. Y grandes y chicos incluyen siempre su show en la agenda de invierno porque saben que va a ser una sorpresa disfrutable.

Con canciones nuevas y los hits de siempre, este año llega El circo eléctrico de Ruperto Rocanrol­, con doma de animales prehistóricos, el Gran Mago Rupertini, que quiere convertir a la banda en conejos, y una IA misteriosa que puede complicar las cosas.

Los Berocay recibieron a Galería en el estudio de grabación Bo probando vestuario. “No se opina del cuerpo del sapo”, bromean los hijos, mientras Cynthia acomoda sombrero y panza. La posterior conversación la ambientó el despliegue artístico del hijo de Pablo, de siete años, que repetía dos notas en el teclado creando… algo. Todo es así en esta familia: musical, artístico, manual, casero. Hecho con amor.

La cuna del Sapo Ruperto

Unas vacaciones a media cuadra del arroyo Solís Chico trajeron a Ruperto a la vida de los Berocay. “No conocía a nadie que se llamara así”, declara Roy sin tener idea de dónde salió el nombre realmente. “Yo también jugaba con sapos de niño, con la fauna de ahí”, del suelo hidromórfico, cuenta. Demian, el mayor de sus cinco hijos, que fue el que jugó con el sapo oficial, el bautizado, fue el primero en escuchar los cuentos cuando Ruperto todavía ni era detective, y es quien ahora lo dibuja para las gráficas de los shows.

El sapo tiene personalidad propia, y se parece mucho a su “padre”. Al menos eso se puede intuir, porque cuando se le pregunta a Roy cuánto tiene el personaje de él, se ríe.

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El escritor Roy Berocay junto a sus hijos, Pablo y Bruno, y el querido Sapo Ruperto

El escritor Roy Berocay junto a sus hijos, Pablo y Bruno, y el querido Sapo Ruperto

Empezó como un sapo niño, porque estaba pensado para Demian de niño. Después llegaron los demás hijos pero él era el modelo: “Es más fácil escribir para un niño que para los niños en general”, explica Roy. “Yo ya sabía lo que a mi hijo le gustaba, lo que pensaba, de qué se reía”.

Ruperto fue creciendo y cuando se convirtió en detective, que fue recién después de la publicación de Supersapo (2009) —que termina con la línea: “La próxima vez me hago detective­”, porque hacer de superhéroe era mucho trabajo—, Roy conectó con su infancia, con los sábados de pizza cuando vivía en Estados­ Unidos y veía con su padre y su hermano El superagente 86.

“Es un sapo vagoneta. Es un héroe uruguayo. Tiene esa cosa del ‘no me apures’, de decir ‘¿otra vez tengo que ir a pelear con los malos? Justo que estaba por tirar una carne al fuego…’”.

Sin embargo, aunque tan uruguayo, no es humilde. Es presumido, agrandado, pero muy muy torpe. Un personaje así ¿qué voz tendría? Eso fue todo un desafío para Cynthia, que se entrenó, obviamente, mirando la comedia del agente que hablaba por un zapato. “(La de Ruperto) es una construcción sumamente divertida”, cuenta la actriz. “Eso de tener que justificar en su agrandamiento la torpeza, que las cosas le salieron mal queriendo…”.

Cynthia le lee los cuentos de Ruperto a su hijo de cinco años, que no entiende el humor pero le encantan, y en cada lectura ella practica la interpretación. El pequeño todavía no sabe que su mamá es —ni se imagina que nadie pueda ser— el sapo.

Rock para niños

El pasado verano Roy todavía no encontraba qué hacer en estas vacaciones de invierno, hasta que a Pablo se le prendió la lamparita. No sabe por qué se acordó del Rock and Roll Circus de los Rolling Stones (el séptimo álbum en vivo de la banda, que también fue película), y pensó en un escenario que se llevara bien con el humor y con la torpeza —la de ellos, no la del sapo—: “No tenemos nada que ver con el circo, con esas destrezas, es absurdo y me encanta”, cuenta Pablo.

A partir de allí surgieron algunos guiños musicales a ese concierto y los nuevos personajes: Madame Gladys, la presentadora; el payaso Galletita, un payaso desganado, muy uruguayo, y el Gran Mago Rupertini, quien (esperemos) salva el show.

Roy adelanta que todo el espectáculo es controlado por una inteligencia artificial que mide el nivel de aprobación del público, y si el número circense no llega al 100% de los aplausos, se termina todo. La última esperanza está depositada en el número de Ruperto, que trata de convertir a Pablo y a Bruno en conejos. “Si con eso no llegamos, vamos a tener que dejar de tocar”, se lamentaron, cómplices.

Este es el sello de los Berocay. Tienen que esforzarse e innovar por la cantidad de niños que repiten el show y la cantidad de padres que también lo hacen, que vieron la banda del sapo cuando iban a la escuela. Esa bisagra generacional está empezando a darse recién ahora, lo que genera una sensación de “larga vida a la banda”.

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“Cuando vienen y me dicen: ‘Yo los iba a ver desde chiquito’, me siento viejo”, admite Bruno­. La familia cuenta que a veces deciden sacar un tema de la grilla porque hace muchos años lo vienen tocando y la gente al final lo termina reclamando. Algunos chicos saben temas que los Berocay ni siquiera tienen grabados, solamente de ir a los shows. “Hay fanáticos de Ruperto Rocanrol”, aseguran.

Ahora bien, ¿qué es Ruperto Rocanrol? ¿Es una banda para niños? ¿Es un espectáculo teatral? “Musicalmente no es una banda para niños, lo que son para niños son las letras o las historias entre canciones, siempre con ese aire burlón, con humor. La misma música con otra letra funcionaría para adultos, manejamos ese mismo nivel de exigencia”, recalca Roy. “Nosotros no queremos enseñarles nada, no es educativo esto, es recreativo, queremos que los niños se sientan libres, que salten, canten, se diviertan”.

Es más fácil escribir para un niño que para los niños en general”, explica Roy. “Yo ya sabía lo que a mi hijo le gustaba, lo que pensaba, de qué se reía Es más fácil escribir para un niño que para los niños en general”, explica Roy. “Yo ya sabía lo que a mi hijo le gustaba, lo que pensaba, de qué se reía

La familia Berocay es muy grande y está llena de niños de todas las edades. Por eso saben dar justo en la tecla de lo que funciona. Bruno cuenta que fue tío a los cuatro años y hoy tiene 12 sobrinos: “El vínculo con la gurisada, el humor, lo que sí, lo que no, todo eso lo tenemos totalmente incorporado. Además, son niños que tiran ideas, sugieren”.

Muchas cosas han ido cambiando en las infancias, pero muchas otras han ido quedando igual. “En la respuesta de los gurises en los conciertos yo no noto ninguna diferencia. Me sigo sintiendo como en El señor de las moscas —un clásico de la literatura inglesa de William Golding que habla sobre libertad, libertinaje y salvajismo—. Desde escuelas rurales con niños que no vieron una banda en su vida, hasta en las que vamos siempre, los chicos siguen siendo unos barderos. Si bien tienen otras formas de consumir música, todo más inmediato, más cortito, nuestros shows siempre duraron una hora y siguen despertando a los chiquilines”, observa Roy.

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Pablo Berocay junto a su hijo

Pablo Berocay junto a su hijo

Una cosa que Ruperto Rocanrol se propone es que nunca haya silencios en sus espectáculos. Termina una cosa y en medio de los aplausos empieza la otra, captando la atención de los niños enseguida.

En cuanto a ponerle un género, una etiqueta a la banda, los Berocay lo intentan pero no lo consiguen. Él único convencido de algo parece ser Bruno, que defiende que Ruperto Rocanrol es un musical, pero con un argumento bastante flojo: “Yo ahora estoy tocando en un musical, y esto es un musical“.

Después de un largo rato de intercambio entre los hermanos interviene Roy: “Nunca nos pusimos a pensarlo. Creo que la lógica es más de musical, sí, pero no es un musical tampoco, porque las canciones están al servicio de la historia y las escenas, pero estas también están al servicio de las canciones nuevas”. “Es como lo del huevo y la gallina”, bromea Bruno.

“Ruperto Rocanrol es Ruperto Rocanrol”, concluye Pablo. “Siempre fue un toque, y con el tiempo fue incorporando más cosas. Narraciones, sketches, acrobacias en tela, fue escalando, más teatro, hasta proyecciones. Pero todos lo seguimos sintiendo como un toque”.

Lo único claro es que cada año es el mismo estrés para toda la familia Berocay, porque todos colaboran. En proponer una idea nueva, esperar que la escenografía llegue a tiempo, terminar los trajes, que la difusión funcione… “Yo me despierto a las cuatro de la mañana pensando en el show”, confiesa Roy, que todavía se sigue poniendo nervioso. “El sábado, el día del estreno, es clave. Porque si no se ríen en una parte, hay que retocarlo para la siguiente función. Si Cynthia improvisa algo y funciona, lo incorporamos al guion. Y así”, cuenta.

“Antes, el show con el que terminábamos las vacaciones variaba bastante del primero. Hoy, no nos pasa tanto, los ajustes son mínimos. Pero también nos fuimos poniendo cada vez más incisivos a la hora de armarlos”, agregan los hermanos.

Al volverse más teatral, inevitablemente los músicos se convirtieron también en personajes, y antes de la aparición de Cynthia, ellos los interpretaban todos. Bruno y Pablo fueron reyes, magos, brujos, fantasmas, y el segundo de los hermanos lo padeció siempre un poco más que el primero. Aunque nadie le crea que sea precisamente tímido, a Pablo le cuesta la palabra en escena y es más del humor físico, por lo que agradece el respiro que les dio la llegada de la actriz.

En los primeros años, los Berocay se preguntaron si su música no sería demasiado pesada para un público infantil, e incursionaron en ritmos brasileños, candombe, murga, pop y hip hop, además del rock. Con la experiencia fueron descubriendo que cuanto más pesado y rítmico era el tema más reaccionaban los niños. “Algo primitivo hay ahí con esta música. Es como en El señor de las moscas”, reiteró Roy.

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Hacer música en familia

Roy creció en una casa con muchos discos, su tío tocaba en una orquesta de jazz y su tía era pianista, además del abuelo, que se pasaba todo el día escuchando música al igual que sus padres. Sus hijos crecieron en una casa también llena de discos, y con muchos libros. “Él siempre tocó en bandas y en casa había instrumentos, ensayos, nos criamos yendo a toques­ y ahora vemos que con los chiquitos de la familia está pasando lo mismo”, cuentan, y recuerdan que el hijo de Pablo dio sus primeros pasos en La Trastienda.

Pero hacer música en familia (Cynthia incluida, que está a punto de cambiar su nombre por Patiño-Berocay) es tan enriquecedor como agotador. “Nos terminamos viendo demasiado. Encima somos una familia grande, tenemos ochocientos cumpleaños, después toques, ensayos, entonces llega un momento en que a algún cumpleaños no vas. Vacaciones de la familia”, exige Bruno. “De hecho, empezamos a tocar juntos después de no vivir juntos”, agrega Pablo.

Roy menciona lo exigente que es tocar con sus hijos, más que con cualquier otro músico, porque “no se guardan nada” y si tienen que criticar, critican. “En esta banda yo no soy Roy Berocay, soy el viejo que toca la guitarra y canta”.

“Es muy difícil que en esta familia se pueda estar hablando más de 10, 15 minutos en serio”, resume Bruno. “Es la forma que tenemos de habitar el mundo”. Una de las herencias del apellido.

El escritor, a quien solo le queda reírse cuando le responden “¡genio!” a cualquier cosa que publica en redes sociales, así sea algo tan banal como el día que marca el calendario, le encanta desprenderse de ese aura cuando está en la banda y reconoce que sus hijos son músicos mucho más preparados que él. Ellos estudiaron, Roy es autodidacta. Eso lo obliga a “estar a la altura”, dice. “Cuando terminamos de tocar siempre se encargan de señalarme todas las partes donde me equivoqué. ‘¿Qué pasó? ¿Te olvidaste de la letra?’, me dicen. ‘Pensábamos que te estaba por dar un ACV’”.

“Eso lo pensamos en serio“, agrega Pablo con total seriedad, desplegando la acidez característica en el humor de esa familia.

Cynthia, por su parte, al principio lo vivía un poco diferente. “¿¡Cómo le van a decir que se olvidó de la letra al señor!?”. Después aprendió lo distendidos que eran los ensayos, se empapó de ese clima familiar, y ahora también se siente en la posición de hacer chistes.

“Es muy difícil que en esta familia se pueda estar hablando más de 10, 15 minutos en serio”, resume Bruno. “Es la forma que tenemos de habitar el mundo”. Una de las herencias del apellido.

Por lo demás, a Pablo y Bruno no necesariamente les iba bien en Literatura, ni les hacía gracia que sus compañeros los presentaran a sus padres como “el hijo de Roy Berocay”. “La profesora pensaba que me tenía que ir bien, pero me caía mal ella, entonces claramente no me iba a ir bien”, apunta Bruno. Pablo, por su parte, lo ve como en etapas. En la escuela le parecía divertido, tampoco entendía mucho. Después, en la adolescencia despegarse de los padres se le hizo más difícil si estaban recordándole todo el tiempo quién era el suyo, y ya en la adultez, lo expuesto: chistes ácidos, mucho respeto y música.

Ambos hermanos están de acuerdo en que algo negativo nunca fue. “Es hermoso ver la emoción de la gente cuando te cuenta cosas de tu viejo, cómo uno de sus libros los marcó, que lo quieran saludar… Pero nosotros éramos niños cuando él ya era conocido, entonces no conocemos otra cosa”.

En cuanto al futuro de la banda, que cada invierno encuentra la forma de reinventarse, mientras esperan que aparezca Netflix o la llamada de Disney, el objetivo de los Berocay está puesto en grabar todas las canciones que tienen pendientes de subir a las plataformas y, simplemente, seguir tocando.

El circo eléctrico de Ruperto Rocanrol en la Sala Zitarrosa. Del sábado 28 de junio al jueves 3 de julio, doble función, a las 15 y 17.30 horas. Entradas a 600 pesos por Tickantel.

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