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Viajes para explorar el dolor: la delgada línea entre memoria, respeto y morbo

El turismo oscuro atrae a millones de visitantes cada año a sitios marcados por la muerte y la tragedia, al tiempo que plantea interrogantes sobre cómo acercarse a estos lugares

Editor de Galería

No todos los viajes están hechos para sonreír. Algunos son para entender, para mirar de frente lo que otros prefieren olvidar. Llevan a paisajes silenciosos donde el aire pesa y las historias no se cuentan a gritos, sino en susurros cargados de dolor.

A ese impulso —el de explorar los escenarios más oscuros de la historia humana— se lo conoce como turismo oscuro (dark tourism). Es un tipo de viaje que no busca evasión, sino confrontación, que no ofrece postales felices, sino memorias difíciles. Quienes lo practican recorren campos de concentración como Auschwitz, ciudades arrasadas como Hiroshima o Chernóbil, trincheras de guerra, memoriales de genocidios y pueblos enterrados por desastres naturales. Puede que no sea por morbo, necesariamente, sino por el deseo de comprender lo que el mundo ha sido capaz de hacer.

Lejos de tratarse de una actividad de nicho, ha ganado importancia global. En 2023, el turismo oscuro generó alrededor de 31.900 millones de dólares, y se proyecta que para 2032 sus ingresos superen los 40.000 millones, con una tasa de crecimiento anual del 2,8%. Destinos en conflicto o marcados por tragedias recientes como Siria, Afganistán y Ucrania atraen cada vez a más visitantes, incluso frente a advertencias gubernamentales.

Sin embargo, este tipo de turismo no está exento de polémicas, despierta dudas y debates sobre cómo acercarse a estos lugares sin caer en el sensacionalismo e incluso hay quienes cuestionan su existencia.

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La serie de HBO Chernobyl reavivó el interés en la mayor catástrofe nuclear civil, y hasta la invasión rusa de 2022, Ucrania permitió visitas controladas a la zona de exclusión.

La serie de HBO Chernobyl reavivó el interés en la mayor catástrofe nuclear civil, y hasta la invasión rusa de 2022, Ucrania permitió visitas controladas a la zona de exclusión.

Poco para fotografiar, mucho para recordar

Los destinos asociados al turismo oscuro, por diferentes que sean, tienen bastante en común. Para empezar, lo evidente: están asociados con la muerte, el sufrimiento y los eventos trágicos (como genocidios, desastres naturales, guerras o dictaduras).

“Quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”, subrayó en 1905 el filósofo George Santayana en su libro La vida de la razón o fases del progreso humano. Y es ese uno de los valores que pregona este tipo de aventura: ofrecer lecciones sobre la condición humana, la memoria colectiva, el respeto y el recuerdo de las víctimas, así como la importancia de evitar la repetición de tragedias.

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Auschwitz-Birkenau, el mayor campo de exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial, recibe alrededor de 1,2 millones de visitantes al año.

Auschwitz-Birkenau, el mayor campo de exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial, recibe alrededor de 1,2 millones de visitantes al año.

El sitio más emblemático para este tipo de viajes es probablemente Auschwitz-Birkenau, el mayor campo de exterminio nazi, en Polonia, que recibe alrededor de 1,2 millones de visitantes al año. Pero no es el único. Sumando las cifras de los principales campos de concentración y memoriales en Europa —como Dachau, Majdanek, Buchenwald, Sachsenhausen o Terezín—, se estima que atraen entre 4,2 y 4,5 millones de visitantes cada año.

Visitar un campo de concentración no es una experiencia turística convencional, ya que el silencio domina el ambiente desde el ingreso. La mayoría de los visitantes se mueven con respeto, casi con recogimiento. Más que un paseo, es un acto de observación y conmoción.

Lo mismo sucede con Hiroshima, donde en 1945 Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica de la historia sobre una población civil y causó la muerte de más de 140.000 personas. En una ciudad hoy moderna y reconstruida —aunque cargada de dolor— se encuentra el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, junto al parque Memorial de la Paz y el icónico Domo de la Bomba Atómica, que evidencia la violencia de lo acontecido e invita a la recordación colectiva.

En 2024, el museo superó los 2 millones de visitas y alcanzó así su nivel más alto desde su inauguración. Este aumento se atribuye a factores como la atención global tras la Cumbre del G7 realizada en Hiroshima en 2023, la debilidad del yen frente al dólar y el impacto de la película Oppenheimer.

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Hiroshima, reconstruida tras la tragedia, atrae a millones que buscan recordar y aprender. En 2024, su principal museo recibió una afluencia récord de visitantes.

Hiroshima, reconstruida tras la tragedia, atrae a millones que buscan recordar y aprender. En 2024, su principal museo recibió una afluencia récord de visitantes.

La industria cinematográfica también tuvo su incidencia en Ucrania, donde la serie de HBO Chernobyl reavivó el interés en la mayor catástrofe nuclear civil de la historia. Desde principios de los años 2000 y hasta la invasión rusa en 2022, el gobierno ucraniano permitió visitas controladas a la zona de exclusión de Chernóbil (30 kilómetros alrededor de la planta). Los recorridos, organizados por agencias autorizadas, incluían un paseo por la ciudad fantasma de Prípiat, el reactor 4 (ahora cubierto por un sarcófago de acero), el radar soviético Duga-3 y monumentos a las víctimas del desastre.

A pesar de las garantías oficiales, que indicaban que la radiación absorbida por los turistas era comparable a la de una radiografía dental, algunos expertos y ambientalistas alertaron sobre el riesgo de exposición innecesaria a zonas con radiación residual, a la vez que se discutió si era ético abrir una zona contaminada y trágica como atracción turística.

En 2017, unas 50.000 personas visitaron la zona de exclusión. En 2019, tras la emisión de la serie, esa cifra se duplicó a más de 100.000 visitantes. De momento, las visitas a Chernóbil están suspendidas por razones de seguridad y no hay indicios de cuándo serán reanudadas.

Turismo de guerra

Mientras civiles ucranianos huyen de zonas devastadas, curiosos al extremo buscan acercarse al epicentro del peligro, ya sea por morbo o por deseo de ser testigos.

Desde colinas o puntos estratégicos cercanos a la línea de fuego, hay quienes observan con binoculares el humo de los bombardeos y el avance de los tanques. Algunos incluso pagan miles de dólares por tours que prometen panorámicas de ciudades en ruinas, historias contadas por soldados o guías locales, e incluso la posibilidad de escuchar el estruendo lejano de la artillería.

En Ucrania, War Tours y Capital Tours Kyiv ofrecen paseos guiados que incluyen visitas a áreas devastadas por el conflicto con precios que oscilan entre los 150 y los 250 euros. Parte de esos ingresos se destinan al apoyo del Ejército ucraniano. Pero, además, existen paquetes más extensos que pueden costar hasta 3.300 euros, que incluyen la visita a zonas más próximas al frente de batalla. Los turistas que participan en estos recorridos provienen sobre todo de Europa y Estados Unidos.

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En Ucrania se ofrecen recorridos turísticos que incluyen visitas a zonas afectadas por la invasión rusa.

En Ucrania se ofrecen recorridos turísticos que incluyen visitas a zonas afectadas por la invasión rusa.

Pese al auge de esta tendencia, el gobierno ucraniano desaconseja la visita de turistas extranjeros debido a la complejidad logística y a la falta de cobertura de seguros.

También acá

En Latinoamérica, este fenómeno no mira guerras lejanas, sino heridas propias: dictaduras, desapariciones, cementerios y pueblos olvidados en el tiempo.

En Argentina, además del tango y la gastronomía, sitios como La Perla (principal centro clandestino de detención durante la dictadura militar), hoy Museo de la Memoria, y el cementerio de la Recoleta, donde descansan aristócratas bonaerenses, despiertan el interés de los visitantes.

Para satisfacer el morbo, en Río de Janeiro existen tours a favelas, como Rocinha, Vidigal o Santa Marta (donde la violencia y la desigualdad son moneda corriente), y en Colombia el pasado violento de Pablo Escobar se ha convertido en atracción turística. En Medellín, se puede visitar su tumba, el barrio que lleva su nombre y La Catedral: una cárcel de lujo que mandó construir.

Estos narcotours provocan controversia y debates sobre si es correcto romantizar a un criminal en pos del beneficio económico. Mientras tanto, todo gift shop está repleto con imágenes del Patrón del Mal.

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El pasado de Pablo Escobar atrae turistas en Medellín, entre polémicos narco tours y souvenirs del “Patrón del Mal”

El pasado de Pablo Escobar atrae turistas en Medellín, entre polémicos narco tours y souvenirs del “Patrón del Mal”

Lejos de la violencia, pero no ajenos al dolor, los uruguayos tenemos nuestras propias heridas. La tragedia de los Andes, ocurrida en 1972, marcó para siempre la memoria colectiva del país. Hoy, el lugar del accidente (en el cerro Seler, cerca del glaciar de las Lágrimas) es destino de peregrinación y homenaje.

El sitio no solo es visitado por sobrevivientes y familiares de víctimas, sino que, tras el estreno de La sociedad de la nieve, despertó el interés de creadores de contenido como el mexicano Luisito Comunica, que documentó la expedición en su canal de YouTube.

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El youtuber Luisito Comunica en su visita al Cerro Seler, en la Cordillera de Los Andes, donde cayó el avión uruguayo en 1972.

El youtuber Luisito Comunica en su visita al Cerro Seler, en la Cordillera de Los Andes, donde cayó el avión uruguayo en 1972.

Operadoras turísticas —en su mayoría, argentinas— ofrecen excursiones al lugar, con recorridos que combinan trekking y tramos en vehículos cuatro por cuatro. Por respeto, se solicita a los visitantes no dejar ofrendas ni objetos personales en el sitio, para así preservar su valor.

No apto para Tik Tok

La búsqueda constante por el like o el contenido aesthetic ha transformado a lugares de tragedias en espacios de controversia. Por ejemplo, el Museo de Auschwitz ha pedido repetidamente a sus visitantes “equilibrio” a raíz de comportamientos polémicos: selfies sonrientes en las vías del tren por donde llegaban los prisioneros, poses de yoga o saltos y hasta hashtags de lo más insólitos, como #vacationvibes o #beautifulplace.

Lo mismo sucede en el Memorial del Holocausto, en Berlín. Allí influencers aprovechan el monumento (de más de 2.700 bloques de hormigón) como fondo para sesiones de fotos de moda o contenido de lifestyle.

Harto de esta falta de sensibilidad, en 2017 el artista israelí Shahak Shapira presentó su proyecto Yolocaust, para el que recopiló fotos de este tipo, que editó para superponer en imágenes reales del Holocausto, ofreciendo una crítica visual muy potente. La campaña no solo se volvió viral, sino que también causó un debate global sobre el respeto en memoriales.

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En 2017, el artista israelí Shahak Shapira presentó Yolocaust, un proyecto que superpuso selfies en el Memorial del Holocausto con imágenes reales de víctimas, como crítica al uso irrespetuoso del lugar.

En 2017, el artista israelí Shahak Shapira presentó Yolocaust, un proyecto que superpuso selfies en el Memorial del Holocausto con imágenes reales de víctimas, como crítica al uso irrespetuoso del lugar.

Como advierten John Lennon y Malcolm Foley —académicos británicos que en 1996 acuñaron el concepto—, “el turismo oscuro ofrece una oportunidad para aprender del pasado, pero solo si se aborda con sensibilidad y conciencia histórica”. Por eso, la forma en que se recorren estos lugares importa tanto como el motivo de la visita. No se trata solo de estar presentes, sino de saber mirar con conciencia histórica y sensibilidad.

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