El Paso de los Carros, en el río Olimar Grande, debe su nombre a la existencia de un vado natural o porque cerca de allí quedaba el taller de un tal Pérez o Pires que se dedicaba a la fabricación de ese tipo de vehículos.
La “tierra asombrada” del Olimar: cuentos orales sobre batallas, insurgentes, viejas trincheras y almas en pena, ahora en un libro ilustrado
El Paso de los Carros, en el río Olimar Grande, debe su nombre a la existencia de un vado natural o porque cerca de allí quedaba el taller de un tal Pérez o Pires que se dedicaba a la fabricación de ese tipo de vehículos.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn todo caso, sí es seguro que el 20 de mayo de 1904 tuvo lugar allí uno de los últimos combates de las fuerzas al mando del caudillo blanco Aparicio Saravia, que caería muerto algunas semanas después. No tan famoso como los posteriores enfrentamientos de Tupambaé y Masoller, el de Paso de los Carros, un paraje rural cerca de la ciudad de Treinta y Tres, costó muchas vidas, debilitó a los insurgentes, impactó a sus descendientes y produjo abundantes leyendas que aún hoy rondan por Treinta y Tres.
Fernando Gallardo (1956) pasó su infancia y adolescencia en un campo de su familia cercano al río Olimar. El niño recorrió con su padre y jugó con sus amigos en torno a las viejas trincheras desde las que se enfrentaron las tropas gubernamentales del general Pablo Galarza y las del coronel Basilio Muñoz, y creció escuchando historias y leyendas relacionadas con cargas de fusilería y sangrientos degüellos.
Los cuentos populares del Paso de los Carros, inspirados en las almas de los caídos, que tienen su momento estelar cada Viernes Santo o de luna llena a medianoche, Gallardo los recibió de su padre y se los contó una y otra vez a sus tres hijos.
Esa relación, tan cercana con el drama bélico, lo llevó a una verdadera obsesión que lo condujo hace una década a escribir una historieta y algunos poemas. Por eso ahora se explica que haya decidido publicar, junto al artista plástico Julio Castillo, el libro El bote de la muerte y otras leyendas del Paso de los Carros.
La obra, con las coloridas ilustraciones del pintor y creativo publicitario Castillo, fue presentado el mes pasado en el montevideano Club de Residentes de Treinta y Tres, un departamento que se ha caracterizado por la sensibilidad artística. Allí nacieron, entre otros, el compositor Ruben Lena y los escritores Julio César da Rosa y José María Obaldía.
Seguramente influido por ellos y por el minuano Juan José Morosoli, Gallardo escribió ocho relatos vinculados entre sí. Todos tienen en común no solo el mismo escenario rural cercano al antiguo campo de batalla —donde más de un siglo después se siguen encontrando balas de máuser y otros restos del enfrentamiento—, sino también a un joven narrador que siempre está de correrías con sus tres amigos.
Desde el comienzo hay una advertencia irónica: su lectura puede traer “efectos secundarios aún indebidamente evaluados” relacionados con las leyendas del bote de la muerte y la presencia de un lobizón a medianoche. Para los creyentes, el fallecimiento de alguien en forma repentina, sin posibilidad de confesión de los pecados, lleva a que las almas queden penando, vagando por el lugar donde abandonaron el cuerpo.
Hay un paisano que rema “cargando muertos equivocados” y “volteando conocidos y extraños con la muerte en la cara”. Recorre el río después del combate, “con la muerte cruzada en la frente con divisas blanca y colorada”.
Antes de dar paso a las aventuras infantiles y de las otras, el relato se centra en la contienda: “¡Había sangre y degüello, compadre! ¡Había sangre y degüello!”.
El abuelo le cuenta a su nieto que allí cerca “¡solo de los blancos cayeron trece comandantes con su gente, unos trescientos más o menos! Y de los colorados menos, pero igual, la matanza fue pareja, por bala, lanza o por degüello…”.
Hay tres relatos en los cuales la guerra está bien presente: La batalla del Paso de los Carros, El bote de la muerte del Paso de los Carros y ¡Viva la División 2! Este último se refiere al agrupamiento saravista que recibió el mensaje de “hay orden de no aflojar”, dada por un hermano a otro.
En los otros, las peripecias que viven el narrador y su troupe de amigos formada por el Nenito, el Pelau y Toto, Don Álvarez, padre de uno de ellos, pasan a ser el centro, aunque la guerra civil se mantiene como una referencia cercana, no solo geográfica.
Narración oral en “una tierra asombrada”. Los cuatro amigos son el auditorio ideal para que se despliegue la narración oral del pago. Entonces van apareciendo personajes pintorescos, como don Cidade, un hombre de pequeña estatura amigo de las exageraciones, tanto para mentir como para vestirse con ropa grande, tomar mate con una caldera de 10 litros, fumar un enorme toscano hecho con papel biblia o vivir en una casa desproporcionada en la cual escucha por una radio de onda corta “las cosas que pasan”.
“Preparados para lo imposible desde el mismo momento en que atravesamos la puerta de su rancho no dejábamos de sorprendernos del mundo fantástico con el que necesitaba vestir su liliputiense estampa”, cuenta el narrador acerca del pequeño don Cidade, quien mientras regulaba los tiempos del relato tomando el mate “con la pereza de un experto en manejar audiencias”.
Otro de los cuentos aborda el clásico duelo entre la ciudad y el campo. El profesor sabelotodo de la capital y el paisano orgulloso se enfrentan a propósito de las cosas extrañas que ocurren en la zona.
—Usté vino a una tierra asombrada, dotor.
—No soy doctor, señor. Pero no entiendo, ¿hay mucha sombra? ¿Y eso qué tiene que ver con la conversación, disculpe?
—No. Aquí hay asombro, dotor. Aquí todo puede pasar. Aparecidos, luces malas, almas en pena… ¡y pior hoy!