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Después de cinco temporadas, la serie estadounidense El Oso se despide con una entrega que es mejor que las dos que la precedieron, recupera buena parte del encanto que la popularizó y la pone en camino a seguir cosechando reconocimientos, como las ocho nominaciones a los Premios Emmy que recogió ayer 8 de julio.
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El final, disponible desde el 25 de junio en la plataforma Disney+, llega con sus tres protagonistas en pleno coqueteo con el estrellato de las películas. Jeremy Allen White fue un Bruce Springsteen apenado el año pasado y se pondrá en el rol de periodista en una secuela de La red social en cuestión de meses; Ayo Edebiri trabajó bajo la orden de Luca Guadagnino y a la par de Julia Roberts y debutó como actriz de Broadway, y Ebon Moss-Bachrach se aseguró unos cheques contundentes al disfrazarse de La Mole, de los Cuatro Fantásticos, para todo lo que Marvel y Disney (compañía también dueña de El Oso) le preparen de aquí hasta que el cine industrial se decida por colgar la última de las capas de los ya cansinos superhéroes.
Más allá del desafío logístico de reunir a ese elenco demandado, ya era hora de concluir una historia que se había dilatado. Su creador y timonero, Christopher Storer, parece haber respondido ante esa presión con un viejo truco culinario: la reducción.
La temporada final transcurre casi íntegramente en un solo día de servicio (siguiendo la fórmula de The Pitt), bajo una tormenta de proporciones bíblicas en Chicago, con el restaurante al borde del colapso económico y físico, reservas colapsadas y un equipo que debe improvisar sobre la marcha y con poca cosa a su alcance. La premisa funciona como la de una película de robos, con la urgencia de cada hora marcando el ritmo, y recupera algo que las temporadas tres y cuatro habían perdido. La cocina vuelve a mostrarse como espacio de sincronía, como un ballet voraz, y del oficio ejecutado con precisión bajo una presión extrema.
De esos ocho episodios, los primeros seis son los más breves y repetitivos, mientras que el séptimo dura casi una hora y apela al clímax total. El octavo y último funciona como un epílogo necesario para atar cabos y establecer nuevos destinos. La estructura es más ordenada que las entregas anteriores y la serie se ve beneficiada en ese enfoque.
Pero hay un problema que el formato no resuelve del todo. Varios de esos episodios no se sienten como tales. No tienen una unidad narrativa propia, no proponen ni resuelven nada por sí mismos, son simplemente pausas en una historia que por momentos pretende disfrazarse, intencionalmente o no, de largometraje. La televisión tiene en el capítulo una unidad que vale la pena defender, y El Oso en su tramo final la abandona sin remplazarla por algo equivalente. Es un reparo que la serie viene arrastrando desde la tercera temporada y que la quinta corrige a medias.
El heredero
Estrenada en 2022 sin mucho estruendo antes de convertirse en un fenómeno, El Oso llegó para actualizar la larga saga de protagonistas masculinos emocionalmente dañados en la televisión estadounidense. Desde Tony Soprano hasta Don Draper, desde Walter White hasta Kendall Roy, la llamada “televisión de prestigio” construyó durante dos décadas un catálogo del hombre que no puede con sus propios fantasmas y arrastra a todos a su derrumbe.
El chef Carmy Berzatto es el último eslabón de esa línea, pero con una diferencia clave: no representa la decadencia moral ni la mutación hacia el mal, sino el agotamiento. Su daño implosiona hacia adentro, en el espacio reducido de una cocina, en el vértigo de un servicio malogrado, en el roce diario con un equipo que también arrastra sus propias heridas. La escala de los demonios ha pasado de lo institucional a lo doméstico. Ya no nos fascina el hombre que devora el mundo, sino el que apenas puede sostenerse en pie.
El emparejamiento más acorde de esa línea no es Carmy con Tony Soprano o con Walter White, sino con Kendall Roy, el príncipe maldito de Succession. Ambos son hijos destruidos por un legado familiar, en el que la eficiencia profesional funciona como el único lenguaje disponible para ganar el amor que se les negó. Ambos heredan un negocio que es también una cárcel emocional. La diferencia es que Succession no le ofreció a Kendall ninguna salida, mientras que El Oso decidió que Carmy merecía una.
Esa decisión es donde la serie juega su apuesta definitiva en la temporada final, y también donde provoca algunos cuestionamientos. Carmy logra que el restaurante obtenga —no una, sino dos— estrellas Michelin, el horizonte que la serie había construido durante cinco temporadas como el símbolo máximo de la ambición. Pero el logro solo llega después de que Carmy decide dar un paso al costado de la cocina. Las dos estrellas funcionan entonces como un MacGuffin espiritual, y el éxito aparece exactamente cuando el personaje ha aprendido que no era eso lo que necesitaba.
El giro tiene una lógica interna fundamentada, pero lo que viene después es un poco más difícil de aceptar. Carmy termina la serie como pasante de arquitectura, tras una entrevista de trabajo en la que hace uno de sus monólogos a corazón abierto que la serie supo ya explotar. El resultado es rarísimo, con la idea de un hombre de cuarenta y pico sin formación real en el área, que empieza una carrera desde cero en un campo completamente ajeno. Se pueden hacer las paces con esa elección, como el personaje las hace con su propia vida. Pero no deja de incomodar un poco que una serie que construyó su verosimilitud sobre el detalle de oficio termine con un giro que pide una suspensión de incredulidad considerable.
Lo que se plantea de forma más orgánica es el arco de personaje que atraviesa Sydney. Ayo Edebiri lleva temporadas siendo el verdadero corazón de la serie, y la quinta la convierte finalmente en su cocinera definitiva. Bajo su mando, el restaurante no solo consigue las dos estrellas, sino que lo hace con una cultura de trabajo radicalmente distinta a la de sus predecesores: Carmy primero, y su hermano Mikey (Jon Bernthal) antes que él. En el nuevo Oso no se alientan los gritos ni los insultos, y la prohibición termina de cimentar la ruptura de un ciclo de abuso que la serie rastreó hasta la madre de Carmy y que se transmite como herencia tóxica a través de las cocinas.
Si la redención de Richie fue un logro emocional, la franquicia de sándwiches es el acierto estructural de la temporada. La idea nace de Ebraheim (Edwin Lee Gibson), el cocinero veterano del local original, un refugiado somalí que Mikey contrató años atrás y que ha visto pasar todas las iteraciones del negocio. Cuando Carmy y Sydney lo enviaron a la escuela de cocina junto con Tina, Ebraheim abandonó en silencio porque el mundo de la alta gastronomía no le convencía. Él prefería seguir alimentando a los trabajadores del barrio desde la ventanilla de sándwiches.
Ese instinto, que en otra serie sería un capricho nostálgico, llegó a ser el salvavidas financiero del restaurante. Su plan de convertir The Beef —el nombre original del local, el de los sándwiches de barrio— en una cadena de cocinas fantasma salva económicamente al Bear, pero también resuelve de un golpe el problema de clase que la serie arrastraba desde la segunda temporada. Porque la transformación del viejo local obrero en un destino para una clientela de otro nivel económico siempre tuvo algo incómodo. ¿Qué pasaba con la Chicago popular que había sostenido el negocio durante años?
La serie nunca lo dijo del todo, pero la franquicia es su respuesta. Permite que el restaurante nunca abandone del todo a la ciudad de donde vino, que el negocio que alimentó a los trabajadores del barrio sobreviva en paralelo al restaurante que busca las estrellas. Es una salida narrativa conveniente, sí, pero también es la más honesta que la serie podría haber encontrado para ese dilema.
El Oso terminó apostando por la redención cuando podría haber apostado por la condena. Carmy, Syd y Richie salen mejor de lo que entraron, el restaurante consigue más de lo que buscaba, la familia construida sobrevive. Es una apuesta que contrasta con la de Euphoria, otra ficción que se despidió este año. Euphoria eligió el camino contrario y su final optó por el vacío y la desolación, por la certeza de que sus personajes estaban condenados a repetir los mismos errores sin salida posible.
No todos los ingredientes de El Oso funcionaron. Hubo exceso de ternura, un refugio en lo burdo como único recurso cómico, y personajes como los Faks, cuya comicidad rozó siempre lo insoportable. Pero en su legado también hay bastante de lo que la serie hizo bien, como convertir el trabajo cotidiano, el oficio ejecutado en equipo, en algo que se parece al arte. La ficción entendió que la redención no es un destino sino un proceso, que la familia construida también se resquebraja, y que una estrella Michelin no borra las heridas. Eligió, contra todo pronóstico, que vale la pena intentarlo.