Nº 2090 - 24 al 30 de Setiembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDesde estas columnas se ha venido insistiendo con una dualidad que no siempre resulta clara, pero que existe sin duda alguna. Es la que hay entre las agendas de los partidos y la agenda ciudadana. Dos agendas que a veces se solapan, que a veces pueden ser casi la misma cosa, que a veces se separan y difícilmente se vuelven a encontrar. Esto sucede porque el interés de los partidos no se encuentra directamente relacionado con las demandas de la ciudadanía. Y porque muchas veces los partidos operan sobre la realidad con una gran prioridad en mente: la supervivencia y la expansión del propio partido. Precisamente un claro ejemplo de esta distancia era reseñada en la última columna sobre la Unidad Agroalimentaria Metropolitana.
En Uruguay los partidos políticos son tan viejos que se puede decir que no son una construcción del sistema democrático sino al revés: el sistema democrático es el marco en el que, tras décadas de darse tortas entre sí, pactaron de mejor o peor manera esos partidos. Quizá por eso las fidelidades partidarias de la ciudadanía suelen pasarle por encima a casi cualquier otra cosa y uno se encuentra, en pleno siglo XXI, gente que sigue pensando que vale la pena romperle la cara a otro en virtud de su elección ideológica. Lo que vendría a ser la política entendida como la prolongación de la guerra por otros medios.
Todo esto sería menos relevante si en Uruguay existiera un auténtico espacio ciudadano, un espacio que se pueda llamar “sociedad civil”, una que no sea mera correa de transmisión de los partidos políticos. Una que no se limite a jugar en el terreno ciudadano las mismas cartas ideológicas de sus mayores. Pero ese espacio, uno que se centre en las demandas de la ciudadanía sin ser mediado (y distorsionado) por los partidos, casi no existe en este país. De ahí que no nos resulte raro que un sindicalista pase a ser diputado y luego vuelva a ser sindicalista. O que el representante de una patronal ocupe el ministerio vinculado al sector de esa patronal sin que nadie se despeine, ni siquiera cuando juega de manera descarada a los dos lados del mostrador. Peor aún, eso solo se percibe como problemático cuando son “los otros”, los del otro partido, quienes lo hacen. Cuando se trata del partido propio, ese gesto patrimonial suele ser justificado o, en el colmo del servilismo ciudadano, aplaudido.
Con ese panorama, exacerbado por un periodo electoral largo como en el que nos encontramos, en donde los partidos pescan en el río revuelto de las fobias y filias que ellos mismos alientan, es un auténtico oasis que exista una propuesta que surja de la ciudadanía sin estar modelada y acotada por los partidos. Una propuesta que no esté al servicio de los planes de esos partidos sino que se pare firmemente en el piso ciudadano y desde ahí interpele a los gobiernos. Y a los propios ciudadanos, aletargados por los gases de invernadero que expulsa la maquinaria partidaria, que viene funcionando a full tras un año y medio de periodos electorales. La propuesta de la que hablo se llama Ghierra Intendente y es liderada por el artista visual Alfredo Ghierra.
Como toda propuesta auténticamente ciudadana, Ghierra Intendente está más preocupada por presentar públicamente aquellos aspectos de la ciudad que le parecen más relevantes y no tanto por apedrear el rancho ideológico de enfrente. Es más, si esa dimensión ideológica existe (y siempre existe), no gravita de manera evidente en sus propuestas. Y si bien el mismo Alfredo Ghierra define el proyecto como “artístico”, la cantidad de aristas que tocan sus propuestas lo convierten en un asunto claramente ciudadano.
El proyecto funciona como el marco en el que “artistas, arquitectos, diseñadores y directores de arte se preguntan, proponen, imaginan y proyectan la ciudad de sus sueños”, según las palabras de Alfredo Ghierra. Cada cinco años, el colectivo aprovecha las elecciones municipales para plantar su bandera en la escena política, para “desde el arte incidir o intentar incidir en la agenda de la ciudad”. Es, nos dice Ghierra, “un ejercicio de democracia directa, de sociedad civil consciente y de arte colaborativo” e, incluso en una sociedad altamente democratizada como la uruguaya, “la sociedad civil necesita aún hacer músculo y no dejar en manos de los partidos políticos toda la agenda de la ciudad”.
“No basta con votar cada cinco años”, apunta Ghierra en el discurso inaugural de la muestra del colectivo, “hay que hacerse cargo de lo que es de todos, todo el tiempo. Creo que esa es la base de la república”.
Plantado sobre los ejes periferia, ecociudad y patrimonio, Ghierra Intendente 2020 plantea, entre muchos otros temas, la posibilidad de un tranvía circular para el centro de Montevideo, se pregunta sobre el destino del edificio de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República, propone ideas atípicas para el mobiliario urbano, el reaprovechamiento de edificios abandonados, una luminosa propuesta integral para la Estación Central, un nuevo programa de bibliotecas públicas para la capital, la peatonalización del Parque Rodó y, muy especialmente, una reivindicación de la cultura del patrimonio inteligente. Son más de cincuenta los proyectos propuestos (http://ghierraintendente.com.uy/), pero solo por estos que acabo de enumerar, yo lo voto a Ghierra si de verdad se presenta.
Dicho esto, ¿de qué manera un puñado de buenos conceptos y buenas ideas pueden llegar a cristalizarse en un mundo dominado por la agonística de los partidos? ¿Cómo van a llegar a instrumentar esas ideas unos partidos dedicados a partir a la población en segmentos que les permitan ganar las elecciones? Porque los partidos llevan en el nombre la voluntad de “partir”, de ser solo una “parte” y no el todo. Y eso es algo que en sí mismo no es malo: no sería deseable vivir en un régimen de partido único, lo sabemos por experiencia. Pero ¿cómo conciliar esa búsqueda de la parte y al mismo tiempo ser capaz de velar por el bien común, por el todo?
Se me ocurre que un buen camino es el que eligió Ghierra Intendente: recordarles de manera sistemática a los partidos que hay vida inteligente más allá de ellos. Que sus agendas no son las únicas y que las preguntas que de distintas formas les hacen los ciudadanos, deben ser respondidas. Que existen zonas comunes que tienen que ser no solo preservadas sino desarrolladas. Es verdad, una vez que los partidos llegan al poder, tienen que lidiar con la realidad y sus limitaciones: problemas presupuestales, conciliación de intereses diversos, etcétera. Pero es justo para eso que cobran sus sueldos, para encontrar solución a los problemas concretos que se presentan.
Ahora, el asunto de imaginar una ciudad, un país, un lugar democrático en donde ejercer y vivir plenamente nuestra ciudadanía, no es ni puede ser un asunto exclusivamente de los partidos. Es antes que nada y siempre, un asunto de los ciudadanos. Somos nosotros los que nos agrupamos en partidos, proyectos artísticos, asociaciones de productores, sindicatos y clubes de bochas. Que el ciudadano es el centro de la vida democrática del país es algo que conviene recordarle de manera permanente a todo el sistema político. Y asegurarse de que no lo olviden.