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Elon Musk: Un dragón sin empatía que puede cambiar al mundo

Se editó Elon Musk, la biografía autorizada del hombre más rico del mundo, de Walter Isaacson

El 31 de marzo de 2022, el obscenamente multimillonario Elon Musk se reunió con el CEO de Twitter, el indio Parag Agrawal. Este le quería proponer al mandamás de la aeroespacial SpaceX y la automotora Tesla que fuera parte del consejo de la red social. “A Musk le cayó bien Agrawal. ‘Es un tío realmente simpático’, dice. Pero ese era justo el problema. Si le preguntas a Musk cuáles son los rasgos necesarios de un director general, no incluiría ser un tío realmente simpático. Una de sus máximas es que los directivos no deberían tener la aspiración de caer bien. ‘Lo que Twitter necesita es un dragón que escupa fuego —diría después de esa reunión—, y Parag no lo es’”.

Lo anterior es un fragmento del libro recién salido de imprenta Elon Musk (Editorial Debate), de Walter Isaacson. Para entonces, entre su sufrida crianza en Sudáfrica, sus andanzas en Silicon ­Valley, la motorización de PayPal, su autodiagnosticado Asperger, su convulsionada vida privada, el haber conquistado el espacio, el ponerles nombres ridículos a varios de sus 11 hijos, el construir autos eléctricos capaces de andar solos y hacer conocido su rostro robótico en todo el mundo, uno no sabe si odia más de lo que admira al personaje o al revés. Quizá sea esa una de las características de esta biografía, una que ha sido criticada en algunas reseñas: el énfasis en el cliché del gran-tipo-pero-intratable, de que solo un hombre al que den ganas de matar puede cambiar el mundo.

El propio Musk lo dijo en su recordada presentación en el mítico programa televisivo Saturday Night Live en mayo de 2021: “A cualquiera que haya ofendido, solamente quiero decirle que reinventé los autos eléctricos y que voy a enviar a la gente a Marte en un cohete. ¿Pensaban que iba a ser un tipo normal y tranquilo?”. Y no.

El proceso de adquisición de Twitter fue un ejemplo paradigmático. Musk pronto se dio cuenta de que él era el dragón que escupía fuego y que ser apenas parte del consejo de la empresa no le generaba interés. “Desde el principio, vio el potencial que tenía Twitter para convertirse en lo que había imaginado para X.com, una red social que permitía los intercambios económicos”, escribió ­Isaacson, quien siguió a Musk a cal y canto durante dos años, acompañándolo en fábricas y reuniones, entrevistando a él y a todo su entorno para confeccionar esta biografía autorizada. No está de más subrayar esto último: ninguna de sus más de 700 páginas carecen del aval del hombre que según Forbes y Bloomberg es el más rico del mundo. Y X, antes de que se transformara en el nuevo nombre de Twitter, es el banco online que Musk fundó en 1999 y que luego fue parte de PayPal.

Elon Musk con su hijo X Æ A-12, en la carrera de Reb Bull, junto a los pilotos Sergio Pérez, Christian Horner y Max Verstapeen, durante el Miami Grand Prix 2023 de Fórmula 1. Elon Musk con su hijo X Æ A-12, en la carrera de Reb Bull, junto a los pilotos Sergio Pérez, Christian Horner y Max Verstapeen, durante el Miami Grand Prix 2023 de Fórmula 1.

También uno de sus hijos se llama X, concretamente X Æ A-Xii, el mayor de su relación con la cantante canadiense Grimes.

Es complicado seguir una historia que tiene tantos links. Luego de consultar con su hermano menor Kimbal, una de las pocas personas que podría decirse aprecia, concluyó que Twitter estaba en decadencia: las cuentas con más seguidores, como las de Barack Obama, Justin Bieber y Katy Perry, no estaban muy activas. “La mayoría de estas cuentas ‘principales’ rara vez tuitean y publican muy pocos contenidos. ¿Está muriendo Twitter?”, tuiteó Musk en abril de 2022. Noventa minutos después, escribió Isaacson —editor de CNN, director de Time y autor de la elogiada biografía Steve Jobs, entre su currículum—, Agrawal le mandó un “comedido” mensaje de texto en el que le reprochaba suavemente su actitud: “Eso no me ayuda a mejorar Twitter”. La respuesta de Musk, al toque, pese a que era de madrugada ahí donde paraba (Hawái), fue: “¿Qué hicieron esta semana?”.

“Aquella fue la humillación definitiva por parte de Musk”, escribe el libro. Es el estilo Elon Musk. Finalmente adquirió Twitter por US$ 44.000 millones y lo renombró X. Sus cuatro hijos mayores, fruto de su matrimonio con la escritora canadiense Justine Wilson, no consideraban que era una buena idea. “Creo que es importante contar con una plaza pública digital que sea inclusiva y digna de confianza”, les dijo en una cena íntima —y cara— en la azotea del restaurante del Soho Club en West Hollywood. “¿Cómo vamos a conseguir si no que Trump resulte elegido en 2024?”, agregó tras una pausa. Supuestamente, según el libro, era una broma.

Millones de personas en el mundo creen que Musk está destruyendo lo antes conocido como Twitter. Él sigue impávido.

Dura crianza. “Como el niño criado en Sudáfrica que era, Elon Musk conoció el dolor y aprendió a sobrevivir con él”, escribe ­Isaacson bien de arranque. Nacido en Pretoria el 28 de junio de 1971, el futuro magnate tuvo una infancia y adolescencia difíciles. Estos pasajes, que están entre los más interesantes del libro, son utilizados por el autor para de alguna manera justificar el gusto que el protagonista parece sentir por el drama, el dolor y hasta la crueldad con la que hizo gala en el futuro.

Tanto Elon como Kimbal asistían a una especie de campamentos infantiles extremos llamados Veldskool. A los participantes les daban raciones de comida y agua y se los alentaba a pelear por ellas. A los 12 años lo sufrió, perdiendo casi cinco kilos; a los 16, más fornido, lo pasó mejor. La Sudáfrica del apartheid era, además, un lugar violento, lo eran las calles y también los colegios. En un recreo, por haber empujado a uno de los payasos de su clase, recibió una patoteada que aún décadas después le valió cirugías correctivas para reparar tejidos en su nariz. “Con todo, esas cicatrices eran leves comparadas con las emocionales infligidas por su padre, Errol Musk, un ingeniero, un granuja y un carismático fantaseador que todavía sigue atormentando a Elon”, escribió el biógrafo.

Lo atormenta en el recuerdo, pues Elon hace tiempo que no habla con su padre, cuya naturaleza de Dr. Jekyll y Mr. Hyde todavía le anuda la garganta. Este también fue contactado por Isaacson: “Admite con orgullo que ejercía una ‘autocracia callejera extremadamente severa’ con sus hijos. Luego pone empeño en añadir que ‘Elon aplicaría más adelante esa misma autocracia severa consigo mismo y con los demás’”. Un padre orgulloso.

Elon Musk y su madre, Maye Haldeman asistieron junto a la première de la película La venganza del coche eléctrico, dirigida por Chris Paine, en el Tribeca Film Festival, en abril de 2011. Elon Musk y su madre, Maye Haldeman asistieron junto a la première de la película La venganza del coche eléctrico, dirigida por Chris Paine, en el Tribeca Film Festival, en abril de 2011.

“Con una infancia como la suya en Sudáfrica, creo que tienes que apagarte emocionalmente en ciertos sentidos (...). Si tu padre siempre te está llamando retrasado e idiota, tal vez la única opción sea desconectar en tu interior todo aquello que habría abierto una dimensión emocional que él no tenía herramientas para abordar (...). Aprendió a desconectar el miedo. Si apagas el miedo, tal vez tengas que apagar también otras cosas, como la alegría o la empatía”, dice Justine, la primera esposa. Acá hay algunas pistas para entender a alguien “insensible”, que a su vez es un “innovador amante del riesgo”.

Errol, un rico ingeniero con destaque en el mundo de la construcción, incursionó en política y en las ganas de aprovechar cuanta oportunidad se le cruzara, y amasó una fortuna (bastante menos cuantiosa que la de su primogénito, desde ya). También se dedicó a importar esmeraldas en bruto desde Zambia y tallar en Sudáfrica. Sin embargo, según Isaacson, esto último, que el responsable confiesa ilegal, le aportó ganancias por solo 210.000 dólares. Pero no puede decirse que su hijo haya tenido mucha ayuda económica de su padre cuando se tomó el avión a Canadá para seguir su camino a los 17 años. Escogió ese país porque de ahí era oriunda su madre, la modelo y nutricionista Maye ­Haldeman, y porque estaba cerca de Estados Unidos, que siempre consideró su Meca.

Influencia en la guerra. Del inicio a la historia reciente. Musk fue un inesperado protagonista de la invasión rusa a Ucrania que comenzó el 24 de febrero de 2022. “¿Cómo he acabado yo en esta guerra?”, se preguntó en voz alta en una charla telefónica con Isaacson, quien, por supuesto, lo registró. Lo cierto es que su empresa de satélites Starlink, nacida como proyecto de SpaceX, dejó de ofrecer internet para que la gente “pudiera ver Netflix y relajarse y conectarse online para hacer los deberes” con el fin de facilitar ataques con drones.

Elon Musk, de Walter Isaacson. Editorial Debate, 734 páginas, 990 pesos. Elon Musk, de Walter Isaacson. Editorial Debate, 734 páginas, 990 pesos.

Moscú había desactivado los routers de la compañía norteamericana de satélites que gestionaba la internet de Ucrania. El libro cuenta que el viceprimer ministro del país, Myjaylo Fédorov, le pidió ayuda a Musk. El magnate le respondió enviando 500 terminales de Starlink primero y dos mil después. Sin embargo, los ucranianos pasaron de la defensiva a la ofensiva, al usar estos satélites para llevar drones submarinos cargados con explosivos para atacar a la flota naval rusa en Crimea, una región que Rusia había anexado en 2014.

“Aunque Musk había apoyado a Ucrania de inmediato, en política exterior, su instinto era el de un realista y estudioso de la historia militar europea”, escribe ­Isaacson. Poca cosa más “imprudente” que ponerse en contra de Rusia. Por eso “les dijo en secreto a sus ingenieros que desconectaran la cobertura a un radio de cien kilómetros de la costa de Crimea”. A su criterio, “Ucrania está llegando demasiado lejos”. Quizá nunca un empresario fue tan relevante en el avance y retroceso de las estrategias bélicas. ¿Realmente podía ser un tipo normal y tranquilo?

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