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    “Arreglarse para el otro es una señal de respeto”

    Desde la casona Villa D’Arenberg, en Punta del Este, la conductora y socialité Patricia della Giovampaola recuerda al príncipe Rodrigo, habla de su rutina en París y su gusto por la moda

    Son las seis de la tarde. Mientras los turistas disfrutan de la calurosa tarde del sábado en las playas de Punta del Este, Patricia della Giovampaola está a punto de terminar Nada de nada, la última novela del escritor Hanif Kureishi. “La lectura me apasiona y siempre tengo un libro pendiente para leer”, dice la conductora, exmodelo y socialité italiana. Está en el jardín de la Villa D'Arenberg, la casona donde hoy reina la calma pero que hace tres décadas era conocida por las multitudinarias fiestas que organizaba su marido, el príncipe Rodrigo, junto a su hermana Laetitia D'Arenberg.

    La conductora, que en su cuenta de Instagram mantiene el apellido de su marido y prefiere no revelar su edad, pasa largas temporadas de lectura, visitas y caminatas en la costa uruguaya. “Este es mi lugar en el mundo: aquí me casé y pasé muchas etapas de mi vida”, asegura. Y aunque tiene un apartamento en París, donde vive junto a su actual pareja, el periodista Jean-Paul Enthoven, siempre elige regresar a su casa cerca de la playa Mansa.

    A 12 años de la muerte de Rodrigo, Della Giovampaola recuerda con cariño su relación con el príncipe y dice, con orgullo, que fue la encargada del proyecto para que una calle del balneario llevara su nombre. También habla sobre su pasaje por la televisión, como la cara femenina de Verano del… en la década de 1980, y de su rutina en Francia con el periodista y editor Jean-Paul. “Los dos tienen perfiles diferentes. Rodrigo era más extrovertido, le gustaban las fiestas con amigos y recibir invitados, y Jean-Paul puede estar todo el día leyendo. Pero me complementaron”, cuenta.

    Hace un año le pusieron el nombre de Rodrigo D’Arenberg a una calle de Punta del Este. ¿Cómo surgió la idea de presentar el proyecto en la Intendencia de Maldonado?

    Ya hace un año, sí, y fue un día muy emocionante. Cuando murió mi marido, hace 12 años, quería que la gente de Punta del Este lo recordara porque siempre promovió este lugar como balneario y creía que era un punto internacional. Mi primera ambición era que pusieran su nombre a una calle. Cuando averigüé me dijeron que se podía hacer pero después de una década de su fallecimiento. Antes de que pasara el tiempo me empecé a mover y logramos que su nombre apareciera en una calle. Hasta ahora los primos en Europa me dicen que no saben cómo hice, pero es muy emotivo. También tuve que entregar una carpeta con sus fotos, algunas de sus fiestas, noticias, documentos e información que mostraba su compromiso con Punta del Este.

    ¿Cómo recuerda a Rodrigo?

    Era lo opuesto a mi novio de ahora. Era un tipo al que le gustaban las fiestas, estar con sus amigos y recibir invitados en su casa. No era una persona introvertida, era esplendoroso. También organizaba eventos increíbles. Yo llegué a su vida cuando estaba en los últimos años, pero era conocido por estos fiestas desde la década de los 80. Y yo logré estar en dos: la conocida fiesta grecorromana —que fue impresionante porque había 800 invitados disfrazados— y la de Sueño en una noche de verano. En esa organización ayudé bastante. Los invitados tenían que venir de rojo, verde o azul y los hombres de saco blanco. Era fantástico pero diferente a mi novio, Jean-Paul. Él es introvertido, no toma alcohol, no fuma y lee todo el día. Tuve la suerte de tener dos tipos diferentes que me aportaron muchísimo.

    Su pareja, Jean-Paul Enthoven, es conocido por su trabajo como periodista e intelectual francés.

    Sí, es un intelectual francés. Él me da ese costado más intelectual de Francia. Vamos juntos a conferencias, nos gusta ver nuevas obras de teatro y siempre me estimula con la lectura. Si no leo, estoy mal, me enfermo, necesito tener un libro. Ahora acabo de terminar Nada de nada, un libro de Hanif Kureishi y tengo para leer uno de Michel Houellebecq que me regaló mi novio para Navidad.

    El año pasado, cuando nombraron la calle Rodrigo D’Arenberg, la princesa Laetitia dijo que estaba agradecida por el reconocimiento. ¿Cómo continúa su vínculo con su cuñada?

    Mi relación con Laetitia es muy correcta y tranquila. La verdad es que no tenemos nada por lo cual pelearnos. Las cosas entre nosotras son muy cordiales, pero no nos vemos mucho porque ella vive en Montevideo. El año pasado, cuando vio el nombre de Rodrigo en la calle quedó muy impactada. Para ella fue una sorpresa. Antes de que pusieran el nombre no quise decir nada por si no me lo daban, pero cuando me dijeron el día en que iban a hacer el reconocimiento la llamé para que viniera a casa a tomar algo y quedó muy impactada. Fue muy fuerte. Todas las mañanas salgo por la puerta y veo que está su nombre en la esquina, se me forma un nudo en la garganta. Y estoy muy orgullosa de haberlo hecho. Aparte, desde la intendencia decidieron ponerla justo en la calle de la esquina, al lado de mi casa.

    Hace 30 años que pasa largas temporadas en Punta del Este. ¿Por qué elige este balneario?

    Es que amo con locura Punta del Este, es mi lugar en el mundo. Me casé acá y vengo hace 30 años. Las grandes cosas de mi vida pasaron en este sitio. Y en esta casa vivo hace 17 años. Me gusta mucho porque es tranquilo y nos conocemos todos. Aunque, si lo pienso, casi ni salgo de casa. Cuando no estoy es porque me gusta mucho caminar y hago seis kilómetros por la rambla. Hay mucha paz. Ya el otro día tuve que ir a Buenos Aires y me parecía raro. Me puse zapatos, pantalones, vestidos. Acá estoy todo el día de short y zapatillas. Es un mundo distinto.

    Punta del Este siempre fue un balneario de lujo. ¿Siente que en los últimos años cambió su identidad?

    Ha cambiado mucho y, sobre todo, en temas de seguridad. Hace un rato se armó un escándalo en casa porque uno de mis invitados entró y dejó el portón abierto. Acá no se puede dejar el portón abierto. Me acuerdo que antes veníamos y dejábamos la puerta abierta. Todos salían y entraban y no pasaba nada. El balneario, por otro lado, se ha vuelto más internacional; viene gente de afuera y son simpáticos. Llegan amigos de todo el mundo y Punta del Este está en el ojo turístico mundial. La gente que antes no sabía ni dónde quedaba ahora viene especialmente a la zona.

    También tiene un apartamento en París. ¿Cómo divide su tiempo?

    Básicamente, voy y vengo. Hace un año falleció mi papá y estuve un poco menos en Francia. Siempre me sirvió porque es muy cerca de Italia, donde vivía él, y me quedaba en mi apartamento para viajar a verlo todo el tiempo. Mi familia también tiene negocios en Alemania, entonces voy y me queda más cerca. Pero también paso largas temporadas entre Punta del Este y Buenos Aires. Ahora, mi familia está muy reducida: quedó mi hermana Rosella, que viaja mucho conmigo, viene a Punta del Este y va a Inglaterra a ver a su hija, y mis padres fallecieron. Mi novio también vive en Francia pero viaja mucho.

    En Uruguay se hizo conocida en los 80 por ser la cara femenina de Verano del..., el programa de temporada que se emitía por Canal 12. ¿Cómo recuerda su pasaje por la televisión?

    Fue hace muchos años, pero recuerdo esa época con cariño porque era muy divertido. Tenía 20 años y conocí Punta del Este. Era otro balneario: había algunos argentinos y era más casero. Yo cubría eventos, moda y las casas. Pero hoy sería imposible. La gente no va a mostrar las casas como antes porque la DGI pasa revista y están controlando si la gente muestra cosas que no declararon.

    Entonces, siempre le gustó la moda.

    Sí, me gusta pero no es lo más importante de mi vida. Es algo que heredé de mi madre. A mi hermana y a mí siempre nos decía que teníamos que estar bien vestidas y arregladas. Ella creía, y ahora yo también, que arreglarse para el otro es una señal de respeto. Si vos te tomás tu tiempo para vestirte, mostrás esfuerzo y cariño. Mi madre era muy coqueta y me transmitió ese concepto. Es importante la imagen que le das al otro.

    Es usual verla en grandes eventos de París y Punta del Este con vestidos de firmas europeas. ¿Tiene algún diseñador favorito?

    Han cambiado un poco porque ninguno mantiene siempre la misma línea. Creo que el único que mantuvo su estilo, aunque bajó un poco después de su muerte, fue Oscar de la Renta. Conservo todos sus trajes y me los vuelvo a poner con los años porque no pierden vigencia. También me gustan algunas cosas de Dior, sigo a creadores nuevos como Peter Dundas y mi hermana se viste mucho con Valentino.

    ¿Cómo considera que se visten las uruguayas?

    La mujer uruguaya se viste muy bien. La otra noche fui a comer al Yacht, que es un símbolo del uruguayo —si vas a comer a La Huella no podés diferenciar a los locales de los turistas, pero ahí sí—, y todas estaban muy elegantes y frescas. También fui al desfile de Six O´Clock (y mirá que no voy mucho porque me aburren) y me sorprendieron los diseños de Margo Baridón. Vi que tenía una colección de algodón y lino blanco con algún detalle flúo. Eran cosas delicadas.

    ¿Cómo hace para mantenerse en forma?

    Tiene un poco que ver con mi genética. Mi papá murió a los 90 años el año pasado y tenía las piernas flacas como yo. Y aunque me gusta darme algún gusto, no soy una loca de la comida. Puede ser que una vez por año me agarre un ataque de locura y me vaya a comer una pizza. Pero es muy raro. Lo que sí me gusta es comer pasta sin gluten: tengo mis raíces italianas.

    ¿Es celíaca?

    No, pero unos amigos italianos me dieron un libro que me ayudó a descubrir que si como sin gluten me siento mucho mejor. Me hincho menos y estoy más cómoda.

    Está acostumbrada a viajar durante todo el año. ¿Qué no puede faltar en su valija?

    Las zapatillas (risas). No sé manejar, entonces son mi salvedad. Me las pongo y puedo caminar 10 kilómetros. Siempre necesito hacer la ciudad a pie. Todas las mañanas en París me pongo las zapatillas y voy al gimnasio, regreso con las compras y no paro. Me gustan mucho los deportes.

    ¿Es rutinaria?

    Siempre mantengo una rutina, soy aburridísima. Me gusta comer siempre en el mismo horario y hacer ejercicio todos los días. Es una parte de mi vida importante pero tampoco soy obsesiva. Siempre creí que la armonía y el bienestar en la vida se logran encontrando un equilibrio. Y yo creo que lo logré. La gente que me conoce hace mucho dice que siempre fui prolija y equilibrada. n