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    “Entro a la casa y me doy cuenta de cómo es la persona”

    A Javier Iturrioz, el arquitecto y decorador argentino que trabaja con firmas como Hermès y se encarga de las puestas en escena de las fiestas más exclusivas de Punta del Este, le cansa el minimalismo, adora el arte uruguayo y considera que los argentinos de su generación tienen un estilo poco original y aburrido

    En la época de Luis XIV, en los años 20 o en los 50 son los tres momentos en los que Javier Iturrioz hubiese querido vivir. Y, dicho esto, se entiende todo. Iturrioz —argentino, arquitecto, bon vivant y uno de los nombres más destacados de la decoración de su país— es afín al concepto de “más es más”. Así son sus puestas en escena. Vidrieras de tiendas de moda que van desde Hermès hasta Vitamina, fiestas como las de Chandon en Punta del Este, restaurantes en Palermo, residencias en Recoleta, locales en la Avenida Alvear, todos sus trabajos tienen sello. Y la firma Iturrioz lleva algo de francés, de búsqueda por generar espacios que no parecen Buenos Aires, de opulencia sutil, siempre aggiornada, de colores extremos y paredes repletas de cuadros.

    Hijo de padre diplomático y una madre que lo llevaba a remates y a exposiciones, Iturrioz pasó su adolescencia en Europa, con base en Holanda y España. No sabía si estudiar Arquitectura o Veterinaria. El test vocacional fue contundente: arquitecto y decorador. Iturrioz no se olvidó de su gusto por los animales. En su majestuoso apartamento —al que se acaba de mudar luego de una reforma que le llevó ocho meses—, ubicado frente a la Plaza San Martín en Buenos Aires, convive con siete galgos. Es metódico, obsesivo, workaholic, no tiene secretaria, contesta él su celular y los mails, le cuesta mucho delegar, cultiva un humor ácido, habla con muchas palabras en inglés y francés, puede ser muy políticamente incorrecto, puntual y de vestimenta impecable. A veces es él quien se define, otras se nota después de escucharlo hablar por un rato. Instalado en Punta del Este —como todos los años desde hace décadas—, el decorador y arquitecto argentino habló sobre la impronta porteña en el balneario uruguayo, el tedio que le generan los argentinos que se visten todos iguales y que no tienen personalidad para decorar sus casas, y los países que visita para inspirarse.

    Los uruguayos tenemos la idea de que la faceta más estética de Punta del Este responde al buen gusto de los argentinos. ¿Está de acuerdo?Sí. No quita que considere que hay cosas maravillosas en Uruguay que no tienen nada que ver con los argentinos. Hay una influencia europea que no es nuestra. Lo ves mucho en Montevideo. Todo el arte uruguayo es increíble. Yo soy gran fanático de Torres García y de toda su herencia. También de Figari. En lo que tiene que ver con la parte de arquitectura esas casas estilo Tudor de Carrasco, los cascos antiguos de las estancias del interior, las casonas del Prado, todo eso es muy lindo. Pero Punta del Este fue concebida en su mayoría por argentinos y lo más lindo del balneario, la parte más clásica, todo lo que es San Rafael, tiene mucho de Argentina.  Lo que pasa es que a Punta del Este la arruinaron con los edificios. Con los Trump, por ejemplo. Yo prefiero que siga habiendo ranchos, a esos edificios que te tapan la vista. Incluso en Manantiales. Vas y decís: “¿qué pasó acá?”. Ahora está lleno de bloques. Es una ciudad.

    ¿A nivel arquitectónico qué es lo que le atrae?Soy mucho más clásico, de otra época. Más Belle Époque, french style de acá a la China. Pero después me gusta mucho Alejandro Bustillo, Pachi Firpo y ni que hablar el estilo del Hotel San Rafael. Eso es lo que me gusta, no el Conrad. Yo, si tuviera plata arreglaría el San Rafael, agarraría el hotel de Montoya y lo haría más boutique. Lo nuevo, todo vidriado, no me gusta. El salvajismo de Punta del Este era muy lindo, las casas de piedra, los techos más rústicos.  Ahora tenés una nave espacial en José Ignacio con una piscina con luces led. Eso es un atentado. Estancia Vik sí me gusta. Pero lo otro, no.El progreso siempre tiene su lado menos amigable. Claro. Yo me acuerdo de lo que era antes cruzar el puente de La Barra, era como ahora ir a Cabo Polonio, una expedición. Ahora se masificó mucho. Y por más que la zona de San Rafael sea demodé seguís teniendo a los veraneantes de Punta del Este de toda la vida. Veroniquita Pueyrredón tiene su casa acá, por ejemplo. Acá está la esencia de Punta del Este. Claro que me gusta mucho La Barra y también Manantiales. José Ignacio ya me parece muy lejos. Ir a comer a La Huella me parece un trámite. Nunca me quedo en José Ignacio aunque lo hayan puesto muy de moda.  

    ¿Qué tan importante es para usted que un arquitecto tenga un discurso estético?Lo que a mí me gusta es que en la escultura, la pintura, la moda, la decoración puedas ver el discurso, que sepas de dónde viene esa estética. A vos te puede gustar o no (Carlos) Ott, (Rafael) Viñoly, pero ves sus trabajos y te das cuenta de que son de ellos. Eso habla de sus personalidades. Después lo que sucede es que hay personas que se compran un apartamento en un edificio francés y entrás a la casa y parece un catálogo de IKEA. Eso tiene que ver con la falta de educación y con el no asesoramiento. Los argentinos no tienen la costumbre de tomar decoradores. Vos vas a Palm Beach, New York, y todas las casas de determinado nivel están puestas por decoradores. El argentino por ahorrar no llama a alguien para que lo asesore.

    Alguna vez ha dicho que el estilo de los argentinos le resulta aburrido. ¿Por qué?No el argentino de generaciones anteriores, ese era muy europeo, muy de avant-garde. A partir de los 90 se empezó a hacer todo igual, le tienen miedo al color, ves todo en serie. Desde cómo se visten a cómo bailan. Ibas a casa FOA y todo era igual. Y, sin embargo, ibas a Casa COR en Brasil y era todo distinto. Vas a las casas de géneros en Buenos Aires y todo es beige y gris. Pedís un verde esmeralda y no tienen, un colorado y tampoco. ¿Por qué? Porque la gente no lo compra. Entonces es un bodrio. Ahora de a poco está cambiando. Las generaciones un poco más jóvenes son más originales. Se arriesgan, sobre todo en la moda. Y por suerte hay marcas que acompañan. Ellos son los que compran el cuadro más moderno en Arte BA, los que se la juegan a un empapelado retro, a la cortina estampada. Pero hay un segmento de la población que es un bodrio. Después están los más veteranos que vivieron la mejor época de Buenos Aires. Te saben poner una mesa con vajilla de porcelana y conocen lo que tienen.

    ¿O sea que los argentinos aburridos son los de su generación?Sí. Yo soy un freak. Pero afuera hay millones como yo. Yo veo cómo hijos heredan cosas divinas de sus padres y las venden. Terminan en los remates porque les parece que son un horror. Y después van y te ponen la mesa de sushi con un plato cuadrado, una servilleta negra y los dos palitos. Con los cuadros pasa lo mismo, no les interesa nada el arte.

    ¿Esa unificación no responde en buena medida a estas empresas internacionales que vaticinan las tendencias y nos dicen que el color de 2016 va a ser tal?Hay un poco de eso, pero el argentino mira las revistas de allá. Le dan bola a la “Para Ti Decoración”, “Living” y a “Hola”. No miran publicaciones internacionales. Son muy pocos los que lo hacen. Pero vas a Londres, a París y no ves que esté todo el mundo igual. Hay mucha más personalidad. No te siguen todos lo mismo. Acá se pone de moda la casa de decoración Mar Abierto y ves que todos ponen los almohadones con el pescadito azul de ahí. Todo termina siendo Zara Home. Me molesta la saturación de la moda. No quita que determinadas cosas usadas en otro momento sí me gusten. Los que viajan, los que están metidos en serio en el tema de la decoración, a los que ya les aburrió el minimalismo, los que prefieren el more is more, esos sí tienen casas con personalidad. Y las hay.La clave, tal vez, es que para apostar a un estilo maximalista hay que asumir ciertos riesgos. Claro. Ahí está el tema del qué dirán. Pasa lo mismo con la ropa. No se animan. Todo termina siendo muy obvio.

    ¿Qué hace con sus clientes cuando le piden algo más minimalista?Es que esos nunca me van a llamar. Cuando yo muestro lo que hago ya segmento a mis clientes. No me van a pedir un mueble de rattan, una silla sola y que la pared no tenga cuadros. Me llaman porque se sienten identificados con la estética que yo muestro y  dejan que los asesore. Y ahí yo pongo colores, estampados, cortinas de borlas, los hago comprar arte, espejos. Una casa tiene que hablar de la personalidad de su dueño. Cuando veo esa casa que es igual a la otra e igual a la de más allá lo primero que pienso es: “No tenés personalidad”. Yo entro a las casas y me doy cuenta de cómo es la persona, si tiene personalidad o no.  

    ¿Dónde se nutre?Viajo a destinos un poco más exóticos: Tailandia, India, Turquía. Y después voy a Londres, París y New York todo el tiempo. Ahí llevo una lista de las cosas que tengo que ver: los nuevos restaurantes, las librerías, tal local que abrió. Compro revistas, libros. También voy mucho a los museos, a ver exposiciones de decoración, miro desfiles de moda, voy a bienales de anticuarios. Ahí te encontrás con lo moderno mezclado con lo antiguo y con piezas de arte.

    ¿Quiénes siguen siendo los número uno?Los franceses y los tanos. El francés siempre es chic, el italiano puede ser Versace o más la Toscana. De todas formas, los que más me sorprenden siempre son los franceses. Logran meterte en unos climas que no lo hace nadie como ellos. Tienen eso exótico, exuberante y excéntrico mezclado con el charme. Siempre es paquete, saben cómo mantener la línea, nunca se pasan.

    ¿Cuáles son las ciudades de América Latina que le resultan más atractivas hoy?Santiago ha crecido un montón. Pero a mí la que más me gusta es San Pablo. El brasileño es tanto más libre que nosotros. No le tiene miedo a nada, se viste increíble, es feliz. Y eso se refleja en la decoración. Tienen muy buen gusto, además. Los mexicanos también manejan muy bien su estética.

    ¿Hay lugar para la sorpresa en sus trabajos?Con mi trabajo pasa mucho que la gente dice: “Esto lo hizo Iturrioz”. Sorprendo más en los locales comerciales, pero siempre hay una impronta. En restaurantes como Leopoldo o Low, que es el último que hice, en todos hay algo que te hace sentir que no estás en Buenos Aires.