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    “Las mujeres están hartas”

    La experta en violencia familiar en Latinoamérica Alessandra Guedes ve como positiva la apertura que generó el movimiento Me too pero advierte un “retroceso increíble” en derechos sexuales

    Los estratos más altos y los más bajos de la sociedad tienen puntos en común. Suelen estar más protegidos de la violencia contra la mujer. El problema está en el medio, con las mujeres que en las últimas décadas han salido con más fuerza a la calle a trabajar y ocupar un nuevo espacio en la sociedad, dijo a galería Alessandra Guedes, asesora regional en Violencia Familiar de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en Washington.

    Guedes, que estuvo en Montevideo para la presentación del manual Atención de salud para las mujeres que han sufrido violencia de pareja o violencia sexual, nació en Brasil. Luego se mudó a Washington, donde trabajó en hospitales psiquiátricos y en cárceles. Ya recibida regresó a su país para dedicarse a temas de salud sexual y reproductiva en adolescentes. Desde entonces no ha parado; hace 20 años que se dedica a temas de violencia en Latinoamérica.

    Según la experta, la clave para reducir la ocurrencia de violencia sexual, de pareja, contra la mujer y los niños parece estar en aplicar una política pública amplia, pero también en tener un movimiento feminista fuerte que logre calar hondo en su mensaje de que es inaceptable y no es “parte de la vida”.

    ¿Es correcto asociar la violencia de género al machismo?
    —Totalmente. En la raíz de la violencia contra las mujeres están las relaciones desiguales entre hombres y mujeres. Hace que las mujeres piensen que tienen que ser sumisas o que asocien el “ser hombre” a una imagen de alguien violento, con poder o con control sobre todo. En Latinoamérica lo llamamos machismo; en otros lugares lo llamamos de otras formas pero es lo mismo. La raíz es la desigualdad de género.

    Has vivido en Inglaterra y ahora en Estados Unidos. ¿Qué diferencias ves con lo que ocurre en el Sur?
    Cuando empecé recuerdo que fui a una conferencia en Estados Unidos sobre salud sexual y reproductiva y violencia para las mujeres y pensé que iba a llegar allá y tendría todas las respuestas sobre qué deben hacer los profesionales, cómo manejarlo, etcétera. Me sorprendió mucho ver que estábamos en la misma página, que no estaban tanto más avanzados. Estamos aprendiendo al mismo tiempo.
    La mayor diferencia es que en Latinoamérica hay ciertas normas o creencias mucho más difundidas. Tenemos investigaciones y encuestas que preguntan bajo cuáles circunstancias está un hombre justificado a pegar a su esposa. Le dan seis categorías que incluyen: si la mujer no cuida a los hijos, si sale sin pedir permiso, si se le quema la comida... Estas normas son mucho más aceptadas en países como los nuestros, de bajo y mediano ingreso, que en países de alto ingreso. Son estas las normas que hacen que las mujeres mismas piensen que la violencia es aceptada. El desafío es cambiarlo, que dejen de pensar que está justificado. Al final somos reflejo de las comunidades en las cuales vivimos. Cuántas veces ante casos de violencia hemos escuchado decir ‘¿pero por qué salió sola?’, ‘bueno, pero, ¿qué vestía?’ Son todas maneras de al final responsabilizar a la víctima, no al agresor.

    En Uruguay hubo un caso reciente en la localidad de Quebracho en que un hombre mató a su exsuegra y a un policía. Luego, algunas voces como la de una autoridad local e incluso gente de la comunidad pusieron la culpa sobre la expareja del homicida. Por lo que menciona, entiendo que es una manifestación social de justificar la violencia.
    No hace falta interpretación. Hay muchísimas actitudes que buscan desculpabilizar a las personas responsables y poner la culpa en las víctimas y tienen diferentes formas… Puede ser por la pasión, por el amor, porque les fue imposible controlarse, porque la mujer vestía provocadora. Hay una historia milenaria de quitarles responsabilidad a los hombres y ponérsela a las mujeres. Esta es la cultura de desigualdad de género. Es esto. El hombre que no puede controlar su deseo sexual, sus emociones o porque es fuerte. Tiene diferentes variaciones, pero la raíz es la misma. La mujer es la sumisa, la que recibe la culpa o la responsable. Lo vemos ahora en todo lo que está pasando con Me Too y Hollywood. Siempre intentan cambiar el foco para culpabilizarlas a ellas.

    ¿Por qué cree que Me Too surge ahora?
    Las mujeres están hartas. El trabajo que hacemos hoy tiene el apoyo de grupos de mujeres feministas que han gastado su vida para poner este tema en la pauta política. Ahora empezó acá “ni una menos”. Es una acumulación de décadas. Hay todo un historial para llegar a donde llegamos. Hace 20 años, cuando empecé a trabajar en el tema, tenía que convencer a la gente de que era un tema de salud pública. En serio… ¡convencerlos!

    ¿Qué le decían?
    Que eso no es salud. Que es un problema personal de la familia, que no hay que involucrarse y que máximo tienes que hablar con la Policía. Recuerdo un ginecólogo en un país de la región que me dijo: “Yo solo miro la vagina, no miro nada más”.
    Pero no creas que es solo aquí. En Estados Unidos el problema de violencia sexual en los campos universitarios es enorme. La estimativa es que una de cada cuatro mujeres es víctima de violencia sexual. No necesariamente violación, pero algún tipo de violencia sexual. Cualquier violencia es inaceptable, un absurdo.
    En la medida en que se empieza a hablar más del tema las mujeres se sienten más cómodas denunciando. Los servicios están mejorando, las atienden mejor y puede llevar a un aumento de las denuncias, no necesariamente de la ocurrencia. Escucho con frecuencia que es horrible cómo están aumentando las denuncias. Lo veo como algo positivo, porque las mujeres se sienten más seguras.
    En la OPS estamos terminando un análisis y solo ocho países tienen tres encuestas con intervalos de tiempo que nos permiten mirar tendencias (Uruguay no es un o de ellos). Todo indica que hay una leve disminución de los niveles, una leve tendencia a una reducción. La mayoría son países que tienen políticas, protocolos, lo que falta mucho es tener los recursos para hacer estas políticas y protocolos reales en la oferta de servicios.
    Uruguay está mucho más avanzado que otros países de la región, tiene equipos de referencia. Resta seguir en capacitación, monitoreo y evaluación para saber si los cambios llegan a mejorar los resultados finales.

    ¿Hay alguna clave del éxito en los países que lograron reducir sus cifras de violencia?
    Sabemos que es necesaria la intervención desde varios lados, pero entre los factores más consistentes para disminuir los niveles de violencia contra la mujer está la presencia de grupos de mujeres organizadas, como pasó en Nicaragua, que lograron reducir 50 % la prevalencia de violencia de pareja en 20 años, según los estudios de Mary Ellsberg.
    Vimos en un estudio de OPS algo que es coherente con lo que sabemos de otras regiones: el riesgo más alto de violencia está en los niveles intermedios socioeconómicos. De alguna manera, en la extrema pobreza y la extrema riqueza estás protegida.

    Se dice que en política los polos pueden tener puntos en común. ¿Tal vez en los dos extremos de la sociedad está la mujer más sumisa y tradicional? ¿Por qué el mayor riesgo está en el medio?
    Sí, es curioso. La teoría es que en la medida en que las mujeres empiezan a desafiar los papeles tradicionales de género, ya sea a través de la educación o de conseguir empleo, la violencia es utilizada para mantener el statu quo. La violencia contra las mujeres es tanto manifestación de desigualdades de género como una manera de perpetuarlas. Las mujeres empiezan a tener mayor autonomía financiera, educación, trabajo fuera de la casa y aparece la violencia como forma de intentar “mantener” a la mujer en su lugar.

    El aborto tras una violación genera apoyos y a veces se justifica desde el sector salud. ¿Cuál es el panorama actual?
    Hay una mezcla. Yo soy de Brasil y el Código Penal solo lo permite en casos de violación y riesgo de vida para la madre. Aun así hay conversaciones para retirar estas excepciones. Hay países en donde estuvimos trabajando en un protocolo para el sector salud por mujeres violadas y mientras lo hacíamos quitaron el acceso a la anticoncepción de emergencia y tampoco se permite el aborto. Hay países en donde hay una ola de retroceso increíble para el aborto y para derechos humanos, derechos sexuales y reproductivos de toda naturaleza.

    ¿Por qué ocurrió un retroceso?
    Hay una influencia de grupos de extrema derecha y de la Iglesia en algunos casos. Lo que está pasando en Estados Unidos tampoco ayuda mucho. Si el presidente publica sus valores, yo puedo también ser vocal de mis valores. Les dio permiso a personas que podrían tener una visión racista o creer cosas que socialmente no eran aceptadas a que ahora se sientan muy cómodas en decirlas. De alguna manera está alimentando esta ola de conservadurismo, no causando, porque esas cosas estaban de antes.
    Entonces, hay una dualidad porque por un lado está Me Too y por otro surge una ola de conservadurismo.
    Totalmente, pero no sé si es una dualidad o incluso una respuesta a lo que está sucediendo.

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    ¿Qué le digo?

    “Y si se pone a llorar, ¿qué hago?”.

    Escuchar y no juzgar, demostrarle que le cree, ayudar a que la mujer entienda que no es su culpa y, si llora, permitirle silencios para que se reponga. Estas son algunas de las claves sobre cómo deberían reaccionar las personas que trabajan en el sector salud para lidiar con casos de violencia de género.

    El tema a menudo genera nerviosismo por no saber cómo responder. Por eso, el Ministerio de Salud Pública (MSP) presentó el manual clínico Atención de salud para las mujeres que han sufrido violencia de pareja o violencia sexual, que propone nuevas pautas sobre cómo reaccionar cuando se detectan casos de violencia y que sigue las recomendaciones de la Organización Panamericana de la Salud, OPS.
    Según datos del MSP, en 2017 los médicos registraron 3.700 situaciones de violencia de género en los sectores público y privado. La mayoría fueron casos vinculados a violencia de pareja y de ellos 1.629 fueron considerados de riesgo alto, publicó Búsqueda en enero. De todos modos, los números indican que hay muchos más casos. Según una encuesta nacional de 2013 que tiene vigencia aún hoy (ya que se considera que los números deberían actualizarse cada cinco años), 27,5 % de las mujeres mayores de 15 años sufrieron algún tipo de violencia doméstica y 6,2 % violencia sexual. El MSP prevé realizar una nueva encuesta que estaría lista para finales de este período de gobierno.

     

    Hace 10 años no pasaba

    “Yo sé que tengo la presión por allá arriba, lo que pasa es que mi marido ejerce violencia psicológica. Él nunca me pegó pero es violento, sí”, planteó una mujer al llegar a una consulta con Irene Petit, integrante de la Unidad de Medicina Psicosocial del Hospital Maciel y directora del Área Programática Violencia de Género y Generaciones del Ministerio de Salud Pública (MSP).

    “Ya no es tan fácil evadir el tema”, aseguró Petit, que se sigue sorprendiendo de una reciente y mayor apertura de las mujeres uruguayas a contar lo que les sucede.

    “Bueno, yo me crie con un padrastro, sufría abuso sexual”. Así respondió una señora con obesidad mórbida en su primera consulta en el centro de salud para acceder a una cirugía bariátrica cuando le preguntaron sobre su historia y composición familiar. “Hace 10 años no pasaba eso, ahora son las usuarias del sistema de salud las que interpelan para que les demos respuestas, la ciudadanía en general habla más de esto”, planteó Petit a galería. Para ella, es resultado de un mayor énfasis en la política pública e impulso de la sociedad civil.

    Su grupo de trabajo en el MSP también viene analizando una tendencia: mayor número de suicidios del victimario tras asesinar a su pareja. La culpa por un lado, pero también una mayor condena social, podrían estar incidiendo.