Con su aspecto de veterano dandy, jeans gastados, pelo largo y ojos claros —generalmente escondidos por lentes de sol, incluso de noche—, al conocer a Paul se puede suponer que es un artista francés. Paul es, en realidad, Pablo Chiappori, argentino, descendiente de italianos, diseñador de interiores, creador de locales de marcas como Rapsodia, Jazmín Chebar y Converse; de restaurantes como el Novecento de Miami; hoteles como The Shepley de Miami; posadas como La Alondra en la provincia de Corrientes, y Casa Chic de Buenos Aires y Carmelo. En Uruguay no solo lo eligen celebridades de la vecina orilla para sus casas de veraneo, como el empresario Alan Faena o la mediática Calu Rivero, sino que recientemente se encargó del cambio de look de Café Misterio, entre otros proyectos.
Paul es un apodo que recibe desde la infancia y con él bautizó sus locales con el fin de unir su figura pública —la que se codea con el jetset rioplatense— y su vida privada, de la que se sabe que tiene 63 años, dos hijas —Mía y Fiona, de 14 y 12 años respectivamente— y que se divorció hace pocos años. “Paul es la marca y yo estoy detrás. Soy bastante para adentro. Mi vida no se mezcla. Para eso está Paul, el personaje”, contó a galería desde su local esteño, Paul Deco Beach House, donde disfruta de una tabla de quesos y una copa de Aperol. Si bien la casa de decoración lleva tres temporadas en la Ruta 10 de La Barra, la posibilidad de comer y beber en su deck es reciente: allí abrió el bar Decata, que ofrece ensaladas, sandwiches, tragos y pastelería. De la evolución de sus trabajos a lo largo de su carrera, del diseño en Punta del Este, de sus trabajos recientes y sus nuevos proyectos conversó con galería.
No, empecé a venir hace unos 25 o 30 años, a trabajar, a hacer locales para distintas marcas. Llegaba en noviembre y me instalaba tres meses. Hice locales de Ricardi, el Mango Bar, Diesel, Soviet, eran los 90, cuando todas las marcas querían instalarse acá. También hice varios años la agencia de Pancho Dotto. Después me agoté; es terrible cuando venís a laburar y tenés que terminar todo para el 30 de diciembre. Así que dije “no vengo más”, y estuve como peleado con Punta, hasta que decidí volver, pero con una propuesta más fuerte: armar un local de Paul.
¿Cómo decidió ser diseñador de interiores?
De chiquito siempre decía que iba a ser arquitecto, pero cuando llegó el momento de ir a facultad no tuve ganas. Era un momento difícil en Argentina; era 1974. Entonces me puse a hacer decoración, hice el primer trabajo y no paré más. Después me contacté con una parte del trabajo más comercial: hacer casas está buenísimo pero no tiene comparación con generar la imagen para una marca; ahí tenés la respuesta inmediata del aplauso y el reconocimiento. Para una casa estás un año y medio laburando, terminás con una comida (con los propietarios), te dicen “gracias, Paul, quedó lindo”, y se acabó. En cambio, cuando hacés algo vivo, algo que trasciende, como una marca, recibís un feedback distinto.
En épocas en las que el diseño de interiores es incluso una carrera universitaria, ¿cómo se mantiene actualizado?
Es un esfuerzo, un trabajo. Una de las primeras marcas que hice en Buenos Aires fue Fiorucci. Y Elio Fiorucci, un tipo muy brillante, dio una charla donde dijo que “las marcas envejecen con sus dueños”. Mantenerse vigente es un desafío, hay que buscar y lanzarse. Yo tengo el ejercicio porque manejo la imagen de muchas marcas, y debo pensar no tanto, en lo que me gusta a mí sino lo que está buscando el otro. Entonces tengo que salir de mí mismo para pensar qué es lo que el otro desea.
¿En estos años, identifica algún cambio en su estilo?
Sí, voy cambiando todo el tiempo. Por ahí el local no lo refleja, porque en el local hay de todo, mientras que lo que hago para mis trabajos como diseñador de interiores es mucho más jugado, atrevido y ecléctico, mezclo mucho más.
En épocas de Pinterest e Instagram, ¿sigue comprando revistas?¿Cuáles?
Compro la “AyD” española y durante mucho tiempo recibí “Vogue” de decoración de Australia. Después cada tanto compro alguna distinta. Hoy Pinterest tiene tanto que no haría falta comprar nada, pero como me hice comprando revistas lo sigo haciendo. Además me gusta el papel, ver todo impreso. De todos modos, no podés estar afuera de Pinterest.
Desde que abrió este local en La Barra, ¿cuánto tiempo al año pasa en Punta del Este?
Vengo temprano en diciembre, por el 15. Es el mes que más me gusta. En enero me quedo hasta cuando aguanto, porque el verano es intenso. ¡Diez días acá son como treinta!
¿Tiene casa en Punta del Este?
No todavía, porque quiero tenerla sobre el mar y cuesta bastante conseguirla. Posiblemente, la tenga en breve, pero un poco más lejos, porque todo en José Ignacio no se puede. ¡Me arrepiento de no haberla comprado en su momento! Estos días me estuve quedando en Casa Chic, porque me gusta estar adentro del pueblito y caminar. Pero también hice una casa muy copada sobre el mar, cerca del Aeropuerto, para Male (Magdalena Fonda), mi socia. Ahí está la casa de huéspedes que es como si fuera mía.
¿Cuál es el máximo error común que observa repetidamente en casas puntaesteñas?
Acá hay muchas casas que están hechas en los 90, que fueron nefastos, una época “modernosa” y kitch. Grasa, muy grasa. De lo símil, de lo parecido a un material pero que no era de ese material. ¡Y para mí las cosas tienen que ser nobles! Fue una mala época y de eso acá todavía se ve mucho. Ahora la gente le empezó a dar más importancia a armar la casa de verano. Antes iban juntando cosas, total era solo para el verano. Pero hoy se hace una casa como si fuera para vivir todo el año, al mismo nivel de la que tienen en Buenos Aires, por ejemplo, o mejor todavía. También hay muchas casas que se hacen para alquilar, entonces no hay un concepto de home detrás, sino que está equipada para ser útil. A mí me gustan las casas vividas.
¿Cuáles fueron sus obras más recientes en Uruguay?
En Montevideo le hice un cambio de look a Café Misterio y también hice una casa para eventos, en Carrasco, en la calle Puyol. Por ahora se hacen solo eventos muy indoors, pero es una casa como no hay en Montevideo, bien puesta, con una cocina abierta en la que podés participar. También reciclé una casa en José Ignacio para un cliente, y estoy rediseñando Le Club, el de Miguel Zchapire. Para esta temporada le hice el restaurante y el año que viene seguiré con el reciclaje del hotel. También le estoy armando la casa a Calu Rivero en Laguna Escondida. Y algo más surgirá.
¿Cuál fue para usted el mayor desafío que emprendió en el Este?
Esa que arreglé en José Ignacio, porque era una casa muy caprichosa, de un arquitecto que se llama Jacques Bedel, que fue muy importante. Es una casa caprichosa en su diseño, con arcos de ladrillo tipo panteón, pero la modifiqué, la teñí de gris y le puse mucha madera.
¿Y qué otros proyectos tiene para este año?
En Estados Unidos hice hace un año un hotelito (The Shepley, en Miami Beach) y ahora estoy haciendo dos más: uno que también está en la Collins (de Miami) y otro en Washington. Recién empiezan las obras. Son chiquitos, de esos clásicos déco de dos pisos. En Buenos Aires siempre estoy pensando alguna cosa nueva, para divertirme. Hacer cosas nuevas tiene que ver con estar vivo.