En su rol de productor, Sorondo se ocupa “de todo”. Desde la elección del director a la de los actores, pasando por el vestuario y la escenografía. Divide su tiempo entre Uruguay —donde está al frente de la escuela de comedia musical de Valeria Lynch— y Buenos Aires, donde tiene un equipo trabajando para él.
¿Cómo fue abrirse camino en el ambiente del teatro cuando venía de otra actividad?
Es recerrado. Al día de hoy tengo más contactos con colegas argentinos que acá. Acá no tuve mucha relación. Conozco a Mario Morgan, con el que me llevo excelente. Hoy estoy con un proyecto a futuro: quiero hacer una Asociación Uruguaya de Empresarios Teatrales, está en Argentina y soy socio. Quiero juntarnos y empezar a trabajar juntos.
¿En qué momento pasó de ser el productor de Maxi de la Cruz a lo que es hoy?
Al tiempo de estar con Maxi empezó a entrar dinero por los espectáculos. Yo seguía siendo periodista y esa plata la empecé a invertir en la productora, en aprender del trabajo. Comencé a moverme en cosas como comprarme ropa, un auto, a montarme como empresario. Y en la promoción de Maxi. Empecé a viajar a Buenos Aires. Seguía trabajando como periodista. Además, Maxi me recomendó a artistas que recién empezaban: Rafa Cotelo, Manuela da Silveira, Pablo Fabregat. Les decía: “Tenés que hablar con mi productor que es un genio” y ahí empezaba a producirlos. Al poco tiempo se dio el segundo salto grande con Valeria Lynch. En el verano de 2009, Alfonso Lessa me llamó para Telemundo. Yo estaba trabajando en Punta del Este, agarré para no perder la oportunidad, y salía desde ahí para el informativo. Pero el 20 de enero les mandé un mail para decirles que renunciaba porque no podía con todo. Me sentí muy mal pero no podía más, estaba trabajando mal, estaba quedando pegado en mi rigurosidad. Uno de los días antes de terminar me mandaron hacer una nota a Valeria Lynch en el Conrad. Le hice la nota y me pasó lo mismo que con Maxi: me encantó, me enamoró. Cuando terminaron las entrevistas los demás medios le dije: “¿Tenés productor acá?”. Me dijo: “Sí, tengo unos contactos hasta abril, pero hablá con mi secretaria”. La secretaria me dejó un mail, empecé a mandarle. Valeria fue un antes y un después, me abrió el mercado en Buenos Aires; después traje figuras de la música como Patricia Sosa, Estela Rabal y los Cinco Latinos, Sandra Mihanovich. Cuando cumplió 60 me invitó a su casa en Buenos Aires, me agarró de la mano y me presentaba a todos. Un día me llevó a Ideas del Sur, me presentó al Chato Prada, fui al Soñando con cantar con ella. Eso me abrió muchas puertas y aprendí muchísimo a su lado. Ganó un Grammy a la excelencia musical por su trayectoria en 2013 y me llevó a Las Vegas a recibirlo. Le debo muchísimo, la quiero pila.
¿Cómo hizo su carrera como productor en Argentina?
Empecé de a poco a traer teatro antes que Valeria me abriera puertas. En las primeras obras me fue muy mal. Traje Taxi, a Facundo Cabral, que murió a la semana de venir. Mientras, hacía las obras con Maxi y Valeria. Hubo altibajos.
Usted empezó a traer un tipo de teatro que acá en un principio era mirado con cierta suspicacia, por el tipo de humor y figuras que lo hacían. ¿Cómo logró imponerse?
Me pasó como periodista que me decían: “Ahora andás con esto”. La primera fue Taxi, con Marcelo de Bellis y Diego Pérez, Alejandro Fiore, Carna, las hermanas Escudero, que estaban en el Bailando. Fui y traje lo primero que había. Ni pregunté. Yo trabajaba con Maxi, Maxi estaba con Pachano y ahí empecé. Hubo cosas a las que dije que no; lo que más o menos pensaba que podía funcionar lo traía. Y después venía a los teatros y decía que tenía eso. A veces, un productor argentino que tiene muchas obras tiene dos que son clase A y las otras ocho no. Y te dice: “O las diez o nada”.
¿Cómo terminó asociado a Gustavo Yankelevich?
Este año hicimos una comedia musical en el Teatro Maipo. Éramos Gustavo Yankelevich, Lino Patalano y yo. En realidad, yo era el socio minoritario, me da hasta vergüenza decir que soy socio de ellos. Fue una experiencia increíble, estoy muy contento. Las producciones argentinas me hicieron ver muchas cosas y traté de sacar lo mejor. Ellos lo ven como una industria y al actor hay que levantarlo para el público. Aprendí los códigos y las reglas.
¿Hay diferencias entre lo que les gusta al público argentino y al uruguayo?
Lo que camina en Argentina viene acá y también camina. Adrián Suar y Julio Chávez caminaron bárbaro acá y allá. Benjamín Rojas, Nico Vázquez y Gimena Accardi hicieron una obra para jóvenes, también. Y no tenía nada que ver un público con el otro.
¿Cómo terminó gestionando el Teatro Regina de Buenos Aires?
Se abrió una licitación el año pasado. Decidí tirarme al agua, y empecé a averiguar, amigos míos de Argentina me llamaron para decirme que lo hiciera. Me presenté con otras cinco empresas y la gané. El teatro es tuyo por cinco años. Lo alquilás y podés hacer lo que quieras. Tenías que presentar proyectos, referencias, todo. No lo podía creer. Me fui a Buenos Aires, es en Santa Fe entre Talcahuano y Libertad, a seis cuadras de Corrientes. Allá tengo un equipo armado. Van productores con obras y se va armando la grilla. Y también empecé a producir mis primeras obras. Acá también tengo una escuela de comedia musical de Valeria Lynch. Hago giras en el interior, no me da el día para todo. Tengo dos hijos, la vida es diferente. Llegó un momento en que quiero comenzar a disfrutar de los éxitos, o preparar los fracasos.
¿Tuvo muchos?
Muchísimos. Empecé hace diez años como productor con Maxi. Fui creciendo pero con altibajos. Por lo menos en estos diez años arranqué tres veces de cero. Perdí muchísima plata, perdí el apartamento en el que vivía y alquilé. Además, me endeudé. Pero lo elegí y me gusta.
Polémica por obra “a la gorra”
La decisión de Diego Sorondo de producir en Uruguay Bollywood, del argentino José María Muscari, generó algunos cuestionamientos en ámbitos teatrales porque se trató de una obra bajo la modalidad “teatro a la gorra”. Eso significa que no se paga una entrada, sino que al final del espectáculo se “pasa la gorra” y el público entrega el dinero que estime pertinente. La obra fue protagonizada por el argentino Diego Ramos y la uruguaya Patricia Wolf, a los que se sumaron otros 38 integrantes que participaron en un casting, sin ser actores profesionales.
¿Por qué decidió hacer una obra de esas características?
Muscari la había hecho en Buenos Aires varias veces. Viajé a verla y estaba en las antípodas de lo que yo haría, porque soy muy clásico. Pero me gusta hacer teatro para todo el mundo y abrir la cabeza. La obra en sí revolucionaba todo, es diferente. Se hizo una audición con casting abierto. Se llenó de gente que quería probar, trabajadores, amas de casa, gente que quería hacer teatro. Hacés un teatro en el que se puede subir al escenario cualquier persona que sueñe con hacerlo, y a la vez le das la oportunidad libre a toda persona que no puede ir al teatro por plata a que pueda hacerlo. Era una combinación que me parecía genial. Lo quería hacer como algo de Responsabilidad Social Empresarial. Había gente llorando, algunos de 62 años y otros de 19, todos en un mismo escenario: amas de casa, jubilados, un estudiante, un camionero. Estoy feliz, superó mis expectativas, de mayo a ahora la vieron 9.000 personas. Yo puse el condimento de dos famosos porque para la gente que subía al escenario era un plus tenerlos. Fue en el Teatro Astral, en Durazno y Javier Barrios Amorín, la idea nunca fue hacerla en un teatro comercial. A la salida estaban los actores y bailarines con la gorra, después contaban el dinero y se hacía la liquidación entre todos. El dinero se divide entre todos: producción, actores, bailarines, la Comisión Fondo Nacional de Teatro (Cofonte), Agadu, todos. La gente ponía en promedio 180 pesos. Había algunos que ponían 500 y otros 50.
Uno de los críticos al sistema fue, justamente, Cofonte. En un comunicado señaló: “En la seguridad de que los trabajadores de teatro de nuestro país entienden este llamado de atención de nuestra Institución, que tiene como uno de sus objetivos defender la labor artística y velar por el cumplimiento del apoyo económico que la Ley 17.741 impone, se exhorta a no recurrir a esos medios espurios de recaudación”.
En los primeros lunes que hicimos doble función, a Cofonte le tocaron casi 6.000 pesos por lunes. En Bajo terapia, con sala llena en el Movie, por función los miércoles creo que le pagaba 1.500 pesos. Porque acá como había un actor argentino decían que era un elenco mixto y en vez del 1,5% había que pagarle el 3%. Cuando después veo la crítica y la carta, digo “esto es joda”. Un lunes no hay teatro en Uruguay. El día que no reciben plata, ellos reciben el triple de cualquier obra uruguaya. Y estoy hablando de Bajo terapia o Falladas, con sala llena de 600 personas. Cualquier sábado en cualquier teatro de la zona del Centro, con cualquier obra nacional, ¿cuánto se lleva Cofonte? Te apuesto que no se lleva más de 500 pesos. Los lunes se llegó a llevar 6.000 pesos por lunes. ¿Y salís a quejarte?
¿Por qué cree que se quejaron?
Porque no sabían que habíamos pagado. Ellos salieron un miércoles con esto. Fui al programa Algo contigo a un debate con la presidenta de Cofonte, que arranca a decir que ellos necesitaban dinero. Y le dije: “Mire que está mal informada, se pagó el lunes pasado”. No era que me había enterado de que se habían quejado y pagué. Y ahí cambió de tema y empezó a hablar de la dignidad del actor, que no podía ser a la gorra. Los actores de Bollywood cobran mucho más que muchos actores profesionales. Son 40. Mucho más que muchos actores profesionales un sábado. No más que todos, pero mucho más que algunos. Y después se armó lío porque Franklin Rodríguez dijo que Paty Wolf y Diego Ramos seguramente no estaban a la gorra. Y es mentira. Todos estaban a la gorra.
Gente del teatro se queja de que, en general, el precio de las entradas es muy bajo. ¿Qué opina?
Considero que son baratas. Hice Bajo terapia, con escenografía de Nelson Mancebo, seis actores en escena, un despliegue espectacular, un elencazo, director Álvaro Ahunchain y las entradas van de 390 a 540 pesos. No me parecen caras para una obra así. Pero no podés irte del mercado.