N° 2014 - 28 de Marzo al 03 de Abril de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáBenjamín tiene cinco años y le gusta jugar a las escondidas. El domingo 17 de marzo por la tarde, paseaba con su familia por la zona de La Laja en la provincia argentina de San Juan. Mientras jugaba escabulléndose de su madre entre la vegetación del lugar, Benjamín se perdió. De inmediato se organizó una búsqueda desesperada que incluyó más de mil personas, drones y hasta un helicóptero. Un día después, cuando el ánimo ya flaqueaba, un grupo de motociclistas lo encontró bajo un árbol. Estaba asustado y tenía sed. Había recorrido veintiún kilómetros intentando encontrar el camino de regreso.
Las fotos lo muestran regalar sonrisas desde la cama del hospital hasta donde fue trasladado para recuperarse de su odisea, una odisea con final feliz. Junto a él posan autoridades de la provincia y la familia, que luce en el rostro el alivio de quienes despiertan de una pesadilla. Emocionada y agradecida ante tantas muestras de solidaridad, la madre hizo unas breves declaraciones a la prensa en las que contó lo vivido desde la desaparición hasta el anuncio del hallazgo y el posterior encuentro.
Imagino a los dos apretados en un abrazo inagotable que habrá atenuado la angustia vivida durante la ausencia. E imagino los días venideros que traerán una y otra vez el relato de lo acontecido, modificado por los filtros de la memoria, enriquecido por los detalles que poco a poco irán surgiendo de la bruma del recuerdo. Según la crónica de Clarín, lo primero que dijo el niño al ver a su madre fue: “¿Por qué no me buscaste?”
A mí me pareció una ternura la injusticia de ese reproche lanzado en un instante de confusión donde se habrán mezclado el amor, la felicidad y el miedo. Y no puedo evitar una sonrisa ?como sonrió, comprensiva, la madre al contarlo? porque me trae al recuerdo reproches de mis hijas, en circunstancias mucho menos dramáticas, por supuesto. También, para qué negarlo, reproches míos a mi madre. Algunos quizá veraces en cuanto a los hechos, pero aun así, injustos en su esencia. Porque, comparados con los incontables gestos de entrega maternal, esos reclamos palidecen.
¿Qué necesidad hay de enrostrarlos como si fueran el origen de algún trauma horrendo? ¿Será que a los hijos nada les es suficiente? ¿Será que creen que las madres todo les deben? ¿En un instante de insatisfacción se borran horas y horas de desvelos?
No es cierto que todas las madres sean buenas. Ni siquiera que todas quieran a sus hijos. Hay que empezar por aceptar eso y derribar esas fantasías absurdas que idealizan la maternidad como un estado que envuelve a las mujeres en un halo de santidad y las torna abnegadas, generosas y diligentes. Entre esa perfección inalcanzable ?que nos vende la publicidad cuando se acerca el mes de mayo? y la monstruosidad absoluta ?que muestra la crónica policial? hay una escala de comportamientos dentro de la que las madres se mueven. Nos movemos.
Sin embargo, entender esto a nivel racional no es suficiente. Provenimos de una matriz cultural que ha espiritualizado el rol maternal y lo ha elevado a un ideal que nada más conduce a frustraciones. Parecería que la buena madre solo se concibe como un ser siempre sonriente. Ese mandato existe, pesa y nos llena de obligaciones a cuya altura no siempre estamos. Cuando esto sucede, sobreviene la culpa. Nos quitaría bastante de esa culpa entender que, incluso las que amamos a nuestros hijos y daríamos la vida a cada minuto por ellos, también nos cansamos y, a veces, no estamos dispuestas a hacer sacrificios, no queremos. Como en toda relación compleja, hay matices.
Tenemos tan interiorizado ese mandato, tan arraigado a la lista de deberes que hay que cumplir para ser buenas mujeres, que nos comportamos como si fuera un hecho incuestionable. Transmitimos a nuestros hijos la idea de que estamos a su servicio y que pueden pedirnos lo que quieran cuando quieran. Les hacemos sentir que, cuando no podemos o no queremos, tienen derecho a despreciarnos, a decir que somos malas y a pescarse rabietas. Y hasta parecería natural que olvidaran todo lo que hemos hecho por ellos.
Tengo para mí que en algún momento ?sin necesidad de palabras? los hijos captan el potencial de culpa que anida en las madres y se aprovechan de eso. Convertidos en implacables tiranuelos aprietan y aprietan las clavijas con sus exigencias. Allá van las madres a satisfacer sus deseos, aunque esto implique postergarse y renunciar a ser ellas. En estos tiempos de reivindicaciones feministas, las mujeres nos debemos una reflexión más sincera en lo que al ejercicio de nuestra maternidad respecta. Porque es en torno a ese eje que gira la trama más densa de nuestra condición femenina. Y siento que estaremos en mejor posición para plantear nuestros legítimos reclamos hacia fuera cuando perdamos el miedo a ser madres imperfectas.