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    “Se viene” la producción de alimentos intensiva y una alta conciencia ambiental; hay que “caerles fuerte” a los que no cumplen

    La presión de los consumidores se hace sentir en los mercados, mientras desde Naciones Unidas los países se comprometen a una producción más sostenible y amigable con el ambiente. Para los productores es un desafío, les exige cambios, implica costos y demandan apoyos. Todo esto está ocurriendo.

    “Es muy importante ir al Parlamento y lograr líneas de trabajo que superen a los partidos, acuerdos de largo plazo para que los productores tengan un horizonte claro en sus planes de inversión”, dijo a Búsqueda Esben Lunde Larsen, miembro del programa de Alimentos, Bosques y Agua del Instituto de Recursos Mundiales (WRI, por sus siglas en inglés). Antes Esben participó en política en Dinamarca. Fue parlamentario y luego ministro del Gabinete del Gobierno de su Majestad la Reina (entre 2015 y 2018), primero como ministro de Educación Superior e Investigación y luego como ministro del Medio Ambiente y Alimentación.

    Entre los trabajos en los que ha participado Lunde en el pasado está el informe Creando un futuro alimentario sostenible, que en diciembre de 2018 publicó WRI junto con el Banco Mundial. Lunde participó en junio en Montevideo del evento El futuro de los sistemas alimentarios en Uruguay: conciencia agropecuaria, capital humano y tecnología verde, del BM y el Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca (MGAP). Desde entonces, en poco más de un mes las conversaciones entre las dos partes han avanzado. Según información que proporcionó el BM a Búsqueda esta semana, el banco acordó con la WRI trabajar junto con Lunde para adaptar el trabajo sobre el futuro alimentario sostenible para el caso de Uruguay. La propuesta es elaborar “recomendaciones específicas” para el país alineadas con la agenda 2030.

    A continuación un resumen de la entrevista que el lunes 29 de julio Lunde mantuvo con Búsqueda durante su visita a Uruguay.

    —Viene de una familia con tradición en la agricultura. Se define como un “hijo de granjero” a quien siempre le interesaron estos temas, los de alimentación y los ambientales. ¿Cómo ve la forma en que ha cambiado la preocupación por el impacto ambiental de la producción agrícola y el uso de pesticidas en las últimas décadas?

    —La actividad agrícola en Dinamarca estaba altamente interesada cuando los pesticidas fueron introducidos y eso corrió también para muchos países alrededor del mundo. Los fertilizantes podían mejorar los cultivos y hacer una revolución en la producción. Podían hacer que mejore la economía del campo y al momento en que se introdujeron no hubo, desde mi percepción, muchas consideraciones sobre su uso y las consecuencias.

    —Está hablando de lo que ocurrió a mediados del siglo XX.

    —Sí, de las décadas de 1950 y 1960 en adelante. Es en las décadas de 1970 y 1980 que se empieza a ver una reacción ambiental a esto. Pasa de ser una herramienta de maravilla para ser algo problemático y los productores tuvieron que acostumbrarse. No fue solo para el campo, también en la industria en esa época tuvieron que realizar cambios. Había que adaptarse. Globalmente se pasó de usar estas herramientas tal vez no tan enfocados en 1950 y 1960 a hoy, en que los productores tienen que estar bien concentrados en hacer un uso muy preciso. Por eso hablamos de agricultura de precisión.

    —Los productores sienten la presión de tener que ser cuidadosos con lo que usan. Aún hay ciertas resistencias a poner el cuidado del ambiente en un lugar elevado en las cuestiones a considerar a la hora de producir. Pasa en Uruguay, ¿ya ocurrió en Dinamarca? ¿Qué pasa ahora?

    —Sí, ha llevado tiempo. Probablemente se acelerará (en Uruguay) debido a las tecnologías modernas y el fuerte foco de los consumidores preocupados por lo que comen y su impacto ambiental. También es debido a las obligaciones asumidas en Naciones Unidas y las del Acuerdo de París (sobre cambio climático, firmado en 2016). Está mucho más el foco en el tema que cuando ocurrió en Dinamarca en 1980. Nosotros empezamos en ese momento con nuestros planes de regulación del agua para prevenir el impacto de los pesticidas. Era más difícil. No había tanto conocimiento sobre el tema y la aceptación de poner presión sobre los productores en el campo también era distinta en 1980 respecto a lo que es ahora.

    —¿Cuáles son las diferencias?

    —Hoy está mucho más aceptado que los productores agropecuarios tengan que contribuir a realizar una producción más sustentable que antes. En 1980 el término sustentabilidad no se usaba. Me acuerdo cuando empezamos a tener productores orgánicos en Dinamarca, era casi un chiste. Hoy el mercado orgánico en Dinamarca es el 16% de todos los consumos, es el más grande en el mundo en el mercado de los alimentos enteros (no procesados). Esto muestra una transformación. Hay mucho respeto y aceptación por la producción orgánica mientras en 1980 y 1990 había gente que se preguntaba: ¿Son hippies estos?

    —¿Cómo mide el impacto que generó este crecimiento de lo orgánico?

    —Desde 1990 hasta 2014 Dinamarca ha incrementado su volumen de producción en 22% y al mismo tiempo ha disminuido sus emisiones de gases de efecto invernadero 16%, sus emisiones de nitrógeno 43% y el excedente de fósforo 83%. Hemos visto una muy profunda y empinada curva hacia abajo en el impacto ambiental y al mismo tiempo un incremento de más del 22% en producción. Entonces, es posible desarrollar agricultura e incrementar la producción y al mismo tiempo, con estrictas regulaciones, disminuir el impacto ambiental.

    Dinamarca ha crecido en su economía más del 80% desde el principio de 1980 y el campo es el 25% de nuestras exportaciones. Ese es un buen mensaje para los productores en Uruguay, que se puede crecer en potencial y en economía y al mismo tiempo ser ambientalmente amigable, tener una producción sustentable y un alto bienestar animal.

    Hay buenas noticias y también desafíos. Hay que golpear fuerte a los que no cumplen. Con esto me refiero a: si no disminuyes el uso de pesticidas o de nitrógeno como deberías de acuerdo a las regulaciones en Uruguay, necesitas, como gobierno, caerles fuerte a esos. Si no lo haces, no tendrás buenos ejemplos que lideren.

    —Aquí el gobierno ha asumido que controlar se le hace cuesta arriba. ¿Ha escuchado sobre este problema?

    —Lo he escuchado, pero una vez más ustedes están siendo ayudados por el desarrollo. Hoy se puede hacer control por satélite y con drones. Con tecnología moderna se hace más fácil hacer el control necesario. Al mismo tiempo se pueden implementar sistemas de reporte desde el campo directo hasta adentro del gobierno. En Dinamarca tenemos sistemas de información en los que los productores reportan sobre sus niveles en campo, uso de pesticidas, químicos, condiciones de vida de los animales. Tenemos sistemas de registro online para todas las cosas que el ministerio necesita información. Los productores ya están acostumbrados, ha sido un desarrollo de años.

    Hoy la tecnología es tan barata… el gobierno de Uruguay tiene una excelente plataforma para copiar el sistema de uno de los países que hacen producción intensiva y también muy exitosa. Junto con Dinamarca, Irlanda y los Países Bajos son los que están liderando en la Unión Europea en sistemas de registros que Uruguay podría copiar y adaptar. Se viene la producción de alimentos intensiva y también una alta conciencia ambiental.

    Estoy lleno de admiración por lo que Uruguay ha obtenido en el cuidado de la erosión y con sus planes de uso y manejo del suelo. Muestra liderazgo político, foco en la tierra y en restauración que es la clave para una producción sustentable a largo plazo. Otra vez, hay que ser muy estrictos.

    Es muy importante cuando se habla de desarrollo sostenible generar un plan, también para Uruguay, con foco en abrir nuevos mercados, para que los productores tengan un marco seguro para colocar los productos, para exportar. A los productores les cuesta plata desarrollar una producción agropecuaria sostenible y necesitan sentirse seguros en su inversión. Por eso es tan importante para el gobierno uruguayo ver cómo maneja las exportaciones. Los estándares ambientales y el bienestar animal van a ser clave para lograr nuevos mercados.

    —Los consumidores exigen más cuidado y presionan al mercado.

    —Sí, están muy al tanto de estos temas.

    —¿Cuán importantes son y cómo inciden los compromisos internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y el Acuerdo de París de cambio climático?

    —Trabajo como miembro del WRI y lanzamos un reporte junto al Banco Mundial antes de la Navidad del año pasado sobre cómo se puede alimentar al planeta de manera sustentable cuando seamos dos billones más en 2050. Las recomendaciones son vitales para las obligaciones internacionales. En el sistema de Naciones Unidas es muy importante esto, estar a la altura de los ODS, del Acuerdo de París y en la mirada de cómo el campo puede contribuir a disminuir el impacto ambiental. Habrá consecuencias gigantescas en todo el mundo si no disminuimos nuestro impacto y evitamos el aumento de la temperatura. Hay que producir más alimentos y de manera más sustentable. Uruguay puede ser un país líder en esta región, ha mostrado que es capaz de hacer cambios.

    —En las negociaciones internacionales se escucha la voz de los países de renta media y baja que reclaman apoyo. A los productores se les pide actuar y se les reclama hacerse responsables, pero esto cuesta dinero. ¿Qué pasa con los que no son ricos?

    —Sabemos que hay países ricos en el mundo que pueden hacer más y que están, desde mi punto de vista, obligados a hacerlo. Luego hay países de renta media que necesitan ser más específicos en sus planes de acción climática y en cómo trabajar juntos con sus productores. Pero el gobierno debe ayudar apoyando programas. El gobierno danés lo ha hecho con programas de compensaciones para preservar el agua subterránea, entre otras cosas. Cuando hay requerimientos sobre el impacto ambiental, esto puede ser necesario y bueno, pero hay que mirar de cerca lo que hace en la economía del productor y cómo lo balanceamos.

    El caso de Dinamarca muestra que es posible en una generación cambiar su impacto ambiental, hacer crecer su economía y usar herramientas diferentes en el campo. Esa es realmente la buena noticia para los países de renta media y para los productores: pueden tener un futuro más próspero y al mismo tiempo ser más amigables con el ambiente en la manera en que producen.