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    ¿Soy una mala feminista?

    N° 1973 - 14 al 20 de Junio de 2018

    El caso Weinstein ha marcado un antes y un después en lo concerniente al acoso sexual, e incluso puede decirse que  también en las relaciones entre hombres y mujeres. Tal como ocurre en otros muchos órdenes de la vida, de pronto un oscuro secreto a voces se quiebra y todo el mundo empieza a prestar atención a una situación sabida (y consentida) durante siglos. En Psicología Social este fenómeno se conoce como ignorancia pluralista. Se llama así a una situación en la que la mayoría rechaza un determinado comportamiento creyendo, incorrectamente,  que  el resto de la gente sí lo acepta, de modo que todos siguen sometiéndose a  él, hasta que un día  alguien  alza la voz para denunciarlo. Se rompe entonces la espiral de silencio y se producen  a continuación  multitud de denuncias hasta convertirse en un clamor. Así ha ocurrido con lo que ahora llamamos movimiento Me Too, uno que comenzó a hacerse viral cuando la actriz Alyssa­ Milano creó un hashtag con dicha etiqueta animando a las mujeres a tuitear sus experiencias para demostrar cuán extendido está el comportamiento machista. Desde entonces no solo se ha viralizado, sino que hasta la revista Time nombró “Persona del año” (personas, en este caso) a las artífices de romper el silencio, personificadas en cinco de ellas, las que según Time más han colaborado en generar lo que el editorial de la revista denominó “el cambio social más veloz y notable desde los años sesenta”. Dicho movimiento ha propiciado  desde entonces que hombres del mundo del cine, la música y todas las artes, también la política, la empresa, etcétera, fueran acusados de acoso. Algunos hasta de acosos cometidos veinte o treinta años atrás y sin más prueba que la palabra de la persona supuestamente acosada. En ciertos casos incluso después de que la Justicia se hubiera pronunciado a su favor absolviéndolos de los cargos presentados.

    En los Estados Unidos ha comenzado a producirse un curioso efecto colateral del Me Too. En no pocas  empresas altos directivos prefieren tratar y negociar con colegas de su mismo sexo, no sea que una acusación de conducta impropia suponga una suspensión o un despido.

    Es el caso, por ejemplo, de Steven Galloway, profesor de la universidad de Columbia Británica, al que las autoridades universitarias suspendieron de su cargo impidiendo así la posibilidad de que el profesor se defendiera de las acusaciones que pesaban sobre él, y que más tarde se demostrarían falsas. Entre los firmantes de una carta remitida a la Universidad deplorando dicha arbitrariedad figuraba Margaret Atwood, candidata al Nobel y célebre autora de El cuento de la criada. Casi la achicharran viva en esa moderna pira inquisitorial que son las redes sociales y se vio obligada a defenderse. Lo hizo en una carta titulada ¿Soy una mala feminista?,  en la que comenzaba diciendo que el Me Too era un síntoma de lo defectuoso que es el sistema judicial, de modo que las mujeres, al no poder obtener audiencia imparcial a través de los cauces legales, decidieron valerse de la nueva herramienta de Internet con el éxito que todos conocemos. “Esto ha sido muy efectivo” —añadía Atwood en su carta—. “¿Pero ahora qué? ¿También la Justicia se va a impartir en Internet?”. A continuación mencionaba algo que, a pesar de ser una obviedad, no está de más recordar: que para que las mujeres tengamos derechos humanos y civiles antes debe haber derechos humanos y civiles para todos. “¿O es que las buenas feministas que me acusan de mala feminista” —concluía Atwood— “piensan que solo las mujeres merecen estos derechos?”. Yo también debo de ser una mala feminista, porque estoy de acuerdo en todo lo que ella dice. Es más, me niego a ser una feminista buena si eso significa ser ventajista o injusta o Torquemada. Dicho esto, existe una razón más para precaverse. En los Estados Unidos ha comenzado a producirse un curioso efecto colateral del Me Too. En no pocas  empresas altos directivos prefieren tratar y negociar con colegas de su mismo sexo, no sea que una acusación de conducta impropia (recuérdese que para acusar ahora ya no se necesitan pruebas) suponga una suspensión o un despido. Dirán ustedes que esto es una exageración y que en España no puede pasar. Pero las sobreactuaciones —y yo creo que en este asunto se ha sobreactuado bastante— acaban produciendo exageraciones e injusticias también por la otra parte. Me Too ha puesto fin a muchos años de ominoso silencio. Ojalá no muera ahora de éxito.