N° 1996 - 22 al 28 de Noviembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl cambio es permanente, pero hay períodos en los que parece más intenso. Me pregunto si será un egocentrismo de mi parte considerar que este es uno de esos períodos. Quiero decir, ¿cómo evaluar si esta época que me ha tocado es más vehemente en lo que respecta al cambio o si es solo una idea mía por el mero hecho de estar inmersa en ella?
He formulado la pregunta a jóvenes que tienen la edad de mis hijas y la respuesta ha sido unánime: también ellos padecen el vértigo. Me sorprendió hace unos días, durante una conversación informal al terminar una clase, saber que mis alumnos se sentían abrumados por la tecnología. Quizá no al grado de algunos de nosotros, sus mayores, pero sí desde esa posición de inestabilidad que propone la variación constante y que no permite ni un segundo de respiro.
Son veinteañeros y, como me explicaban, nacieron antes de la explosión de los teléfonos inteligentes. Algunos, incluso, evocaban ?con la misma sonrisa enternecida de los viejitos que recuerdan tiempos idos? las películas en VHS o aquel chirrido insoportable al conectarnos a la red.
La charla surgió enraizada en cuestiones prácticas. El celular, no es novedad decirlo, plantea un desafío pedagógico ineludible y, cada tanto, se impone rediscutir y renegociar su integración productiva al aula. ¿Cómo armonizar sus ventajas con su potencial invasivo? ¿Hasta qué punto nos hemos convertido en esclavos suyos? ¿Nos hemos vuelto adictos? Y, lo más importante en tanto cambio de paradigma de las relaciones humanas, ¿cómo hemos modificado algunos hábitos que nos obligan a abandonar ámbitos de seguridad en los que antes era más difícil penetrar y que ahora se ventilan con una impunidad alarmante? La privacidad y la intimidad, por ejemplo.
Mis alumnos manifestaban una cierta angustia porque ni siquiera el impulso fresco de su juventud, ni su luminoso desparpajo, ni su percepción de inmortalidad alcanzaban para mitigarles la molestia de sentir que caminaban sobre una cuerda floja. Me di cuenta de que su posición era ?es? más delicada que la mía. No digo que no me afecte, pero a determinada altura de la vida ya hay una base hecha que permite jugar el partido incorporando las nuevas reglas a las viejas. Ellos lo tienen más difícil porque están dando los primeros pasos para insertarse en el mundo de los adultos y deben hacer frente a la realidad que se les abre, tentadora. Es una realidad fascinante e ilimitada en las posibilidades que ofrece, pero también acuosa, resbaladiza, de bordes inciertos. No hacer los movimientos necesarios, rápido y bien, implica un riesgo. El riesgo es quedar fuera de juego.
Al ver su perplejidad, su resignada aceptación de los hechos, reconocí en estos jóvenes a la misma criatura vulnerable, asustada, contradictoria, que fui a su edad y que, de algún modo, sigo siendo. Vi mis ojos en sus ojos, y los ojos de mis padres y los de mis abuelos. El mismo azoramiento. La tecnología avanza a una velocidad que no permite la adaptación emocional de las personas. En lo más fino de la naturaleza humana, nuestros antepasados y nosotros no tenemos tantas diferencias.
Por eso, aunque parezca que se las saben todas y nos miren a veces con el desdén de la omnipotencia, aunque se burlen de nuestra dificultad para asimilar la tecnología y se enojen ante nuestra torpeza o nuestra resistencia, también los jóvenes sufren al verse expuestos de un modo tan descarnado a un cambio que los supera.
El no saber si la intimidad de su sexo está reservada al ámbito de la pareja o si un día puede aparecer en las pantallas de la humanidad entera. El sentir que cualquier cosa vale, que da lo mismo, que es un todo contra todos y un sálvese quien pueda. Que como nadie cree nada, da igual y no hay que preocuparse. Que cualquier mentira pronto se olvida y que el honor es un concepto perimido porque no hay forma de que la calumnia o el agravio deje una huella duradera. Esa gran confusión crea un abismo, una falta de certezas, una inseguridad emocional que los deja frágiles y desnudos ante la obligación del futuro. Sufren. Claro que sufren. Y, al igual que los más veteranos, tienen conflictos de adaptación con estas nuevas formas de la convivencia.
Mientras escribo esta columna oigo en la radio una noticia que me distrae: Ida Vitale ha recibido el Premio Cervantes. La emoción es tanta que necesito decir algo y decirlo ya, aunque no esté en la línea de lo que venía escribiendo. Cuánto, cuánto, cuánto me alegra este reconocimiento que no solo la enaltece a ella, sino a todos los uruguayos. Y cuánto me alegra, más allá de banderas, que aún se valore la poesía. Al fin humanos, necesitamos un espacio de encuentro con lo más puro y acaso olvidado de nuestra esencia. Quizá, ahora que lo escribo, no haya, después de todo, tanta distancia entre lo de más arriba y esto.