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    Artistas de lo imposible

    El Cirque du Soleil llegó por primera vez a Uruguay con “Kooza”, un espectáculo que regresa a los orígenes circenses de la compañía; aún quedan cuatro funciones para disfrutar uno de los shows de artes escénicas más atractivos que se hayan montado en el país

    El diccionario de la Real Academia Española define la palabra imposible de la siguiente manera: “No posible. Sumamente difícil”. Las definiciones, a veces, no les hacen justicia a las palabras. Imposible es, en este caso, lo que hacen un grupo de hombres y mujeres sobre un escenario redondo ubicado a pocos metros de la costa de Solymar en un predio que los uruguayos conocemos como Parque Roosevelt.

    Estos hombres y mujeres —en sus 20, 30, 40, 50 años, con cuerpos fibrosos, energía inagotable, una noción poco humana de lo que es el miedo— un día cualquiera, cuando eran pequeños, decidieron que querían ser artistas de circo. Y así lo hicieron. Hoy forman parte de la compañía circense más grande del mundo: Cirque du Soleil.

    Son artistas que tienen la capacidad de dejar sin argumentos a los que hablan de lo no posible. Lo prueban noche tras noche en cada una de las funciones que despliegan alrededor del mundo. Lo demostraron en Uruguay con “Kooza”, el  espectáculo que los trajo por primera vez al país. Hasta el 4 de abril, en su mítica carpa azul y amarilla, los artistas de lo imposible desafían los sentidos de aquellos que tengan la oportunidad de irlos a ver.  

    La vida del circo. Hay una pregunta que el adulto le hace —una, dos, diez veces— al niño: “¿Qué querés ser cuando seas grande?”. Y las respuestas suelen oscilar entre las siguientes opciones: bombero, bailarín, astronauta. Con la adultez esos sueños, por lo general, quedan en el camino.

    Por lo general.

    En Toronto, Canadá, un niño llamado Joseph Arrigo miraba, una y otra vez, el video del espectáculo de Cirque du Soleil “Nouvelle Expérience”. Arrigo —hijo de un docente de música, bailarín nato, clarinetista y flautista— supo desde pequeño que quería estar en un escenario. Y el trabajo del Cirque du Soleil lo cautivaba cada vez que ingresaba junto a su madre a esa carpa gigantesca que acompaña a la compañía por el mundo. “Desde que era un niño —y creo que fue eso lo que me atrapó—  podía observar la magia en el escenario. Cada vez que entraba a la carpa sentía que ingresaba a un mundo completamente diferente y quería ser parte de ese universo mágico”, dice Joseph sentado en una de las butacas azules que noche tras noche, desde el 9 de marzo, reciben a cientos de uruguayos en el Parque Roosevelt.

    Cuando Joseph tenía 14 años, David Shiner —clown mítico de Cirque du Soleil, actor, director— creó “Kooza”. Era 2007. El espectáculo de la compañía circense más grande del mundo giró por varios continentes. Los artistas, como sucede siempre en los shows de estas dimensiones, van cambiando con los años.

    Joseph hizo su primera audición para formar parte del equipo del show el día de su cumpleaños número 18. Quedó. Pero decidió que aún no estaba lo suficientemente maduro como para sumarse a la compañía de sus sueños. Trabajó en otros circos en Estados Unidos y en Canadá hasta que en 2014, cuando tenía 21, lo volvieron a contactar. Desde ese entonces Joseph encarna a Trickster, uno de los personajes principales de “Kooza” y el responsable de crear en el escenario ese universo mágico, lúdico, fascinante que es “Kooza”.

    Kooza viene de la palabra sánscrita koza y significa caja, baúl o, incluso, tesoro. Cuando Shiner creó esta pieza —que vuelve a lo más esencial del Cirque du Soleil— trabajó mucho sobre el concepto de montar un circo dentro de una caja. Shiner explicó su espectáculo en las siguientes líneas: “Kooza versa sobre la conexión humana y el mundo de la dualidad, sobre lo que es bueno y lo que es malo. El tono es divertido y gracioso, ligero y abierto. Es un espectáculo que no se toma a sí mismo demasiado en serio, pero que tiene mucho que ver con las ideas. A medida que se van desgranando los números, explora conceptos como el miedo, la identidad, el reconocimiento social y el poder”.

    Joseph viene girando con “Kooza” desde hace más de un año. En enero volvió a Toronto. Cuando se le pregunta cuál es el lugar que llama casa, el artista duda. Dice que Toronto es donde viven sus padres, donde están sus cosas. “Cuando estás en tour nadie tiene una casa. Yo amo la energía que te da el circo y vivir de gira. Este es nuestro estilo de vida. El hogar es donde está el corazón y mi corazón está acá”, explica. La respuesta es la misma que repiten todos integrantes del equipo de  “Kooza” y, seguramente, la misma que dirán los que integran los distintos shows de Cirque du Soleil. Hay decenas de nacionalidades, idiomas diferentes, costumbres únicas, pero cuando se les pregunta dónde está su casa ellos responderán: “Donde esté el circo”. Y ahora una parte del circo está en Canelones, a pocos kilómetros de Montevideo. Así que durante las últimas semanas el territorio oriental ha sido el hogar de los 48 artistas que dan vida a “Kooza” y de las decenas de técnicos que fuera del escenario hacen que el espectáculo brille a diario.  

    El equipo de “Kooza” descansa los lunes, el único día que no hay función. La primera semana, después de la première, el domingo, hubo fiesta. Técnicos y artistas celebraron en Lotus. En sus horas libres hicieron actividades como ir al concierto de Ricky Martin, comer mucha carne en el Mercado del Puerto, caminar por la rambla, hinchar por Peñarol en uno de los partidos por la Copa Libertadores (Diego Forlán quedó tan fascinado con el show que los invitó a todos al Estadio), comprar dulce de leche para llevar y, sobre todo, descansar el cuerpo. No hay que olvidar que durante seis días de la semana estos hombres y mujeres le exigen al cuerpo más de lo permitido, más de lo posible.

    La calma previa a la tormenta. Mami Ohki es la responsable de la comunicación de “Kooza”. Es japonesa, de la ciudad de Kyoto, y está vinculada a la compañía desde hace años. Vio los números del show infinidad de veces, pero aún en los ensayos se sigue maravillando. El ambiente en el backstage es tranquilo, por momentos demasiado. Los artistas hacen ejercicio en un caminador, comen algo en un restaurante que se montó al costado de la carpa, a veces leen, otras aprovechan para llamar a sus familias, incluso algunos descansan. “No esperen una emoción particular previa a cada función porque no la van a encontrar. Hay que guardar energías para el show”, declara Mami. Y tiene razón porque después lo que se verá en el escenario es una explosión de energía. Un espectáculo —aunque probablemente no sea el más destacado de Cirque du Soleil— que logra que los entusiastas uruguayos griten extasiados durante las dos horas de la función. En “Kooza” están todos los ingredientes de un espectáculo circense clásico: payasos, equilibristas, trapecistas, músicos en escena, un vestuario majestuoso, un perro de tamaño humano. Hasta acá podría ser un espectáculo más, pero este es un show de Cirque du Soleil y, por ende, el nivel de excelencia es tan alto como los saltos que hacen sus acróbatas. Y eso hace que el público se quede sin respiración en varias oportunidades. Hay, por ejemplo, dos delirantes que durante varios minutos volarán (sí, vuelan, hay que verlos) alrededor de dos ruedas que pesan entre ambas 750 kilos y que hacen girar solo con el peso de sus cuerpos. También hay un equilibrista que formará una torre de siete metros con sillas y terminará haciendo un espectáculo él solo con la fuerza de sus brazos en la parte más alta de la creación. Y, como si el riesgo no fuera suficiente, un grupo de acróbatas serán lanzados por los aires con una báscula y llegarán a volar hasta los nueve metros de altura.

    ¿Cómo no gritar como si fuéramos niños aun a los 50 años? ¿Cómo no taparse la boca con asombro y hasta los ojos por temor a lo que está por venir? ¿Cómo no respirar más rápido como si ese salto fuera nuestro? ¿Cómo no salir en estado de éxtasis, intentando que la retina guarde cada detalle, cada pirueta, cada color, cada sonido? Eso y mucho más es lo que sucede en “Kooza”, el reino de los artistas que nos demuestran que, dentro de esa carpa de rayas azules y amarillas, no hay imposibles.